Estética de la Derrota
Moisés Mayan.
Ediciones Ancoras, Nueva Gerona, Cuba, 2015
Para hablar con justicia acerca del libro Estética de la derrota, Ediciones Ancoras 2017, del escritor holguinero Moisés Mayán, es necesario primeramente referirse a alguno de los conceptos que alrededor de la poesía se han emitido a través de los tiempos. Octavio Paz, uno de los más grandes exponentes del género en Latinoamérica y el mundo, se refiere a ella en los siguientes términos: “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Ejercicio espiritual, liberación interior. Pan de los elegidos; alimento maldito. La poesía revela este mundo; crea otro. Aísla; une. Es invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia. El tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia. Sublimación, compensación, condensación del inconsciente. La poesía es voz del pueblo, lengua de los escogidos, palabra del solitario…” Para que un libro alcance estatura poética tiene que ser parte esencial del imperativo que demanda la presente conceptualización. Y de esa dimensión universal, de esa magia que encarna la vida, que da voz a lo que no tiene voz, que se hace corpórea, irreductible e irrepetible, está hecho el poemario Estética de la derrota:
El ejercicio de la escritura es casi una ablación.
Todo poema auténtico es un desgarro en la corteza cerebral.
Un martirio que enfrentas en silencio.
Sufres. Sufres. Sufres. Como oveja ante tus trasquiladores.
Será más fácil cosernos la boca con alambre de púas.
Extirparnos los ojos con incandescentes metales.
No hay tortura como el acto que antecede al poema.
Lo indicado es permanecer en silencio.
Operar con palabras es solo equiparable
a la manipulación de sustancias radioactivas.
Cuando Mayán galopa a pelo del corcel que nos hace esencialmente humanos, acarrea la argamasa que, en un acto de fe, da lugar a la concepción del poema. Y sucede que crear es eso. Un acto de fe. La coronación de las palabras en el acto genuino de un poema. Hay quienes comparan a un libro de poemas con el nacimiento de un niño parteado por las manos de su autor. Estética de la derrota es eso, un paritorio. Un ser extraído de las entrañas de la vida, de todo gesto espiritual que deviene en la esencia animal que nos difiere del animal que somos. De “lo complejo que puede ser un hombre. Del interior de ese hombre”. De la visión amplia y profunda de lo cotidiano llevada al papel como necesidad impostergable. De la creación trascendental que prolonga la estatura del poema hasta el alto mismo del cielo.
De los poemas que conforman este libro apretado, hecho de culpas y de fuego, releamos con el lector para dejar bien alto el sentido de este fragmento:
“De niño he sido útil para cargar culpas.
¿De qué aprovecha el talento?
¿La capacidad de amar con palabras un cuerpo?
Los buenos reciben la bala.
Mueren en la ergástula.
Les arrancan los ojos.
Y sus manos escriben palabras rotas.
¿Quién me debe la sobrevida?
¿Mis hijas? ¿Quién carga las culpas mías?
¿Cristo?
La poesía de Mayán está llamada a explorar, a esclarecer la oscuridad del alma y el misterio, que baña al ser humano insumiso a su ley. Es evocación en este siglo de una condición humana más digna del hombre original. Es una poderosa lección del arte de mirar el mundo en derredor e internarse por los laberintos espirituales de una poesía testimoniante y vivificadora, a tono con su largo viaje por el desierto de la vida. Estética de la derrota es eso. Una lección de vida. De lo engañoso que es más que todas las cosas el corazón. Es desvestirse, orinar esa vida trágica y culposa manchada de sangre y M como las manos del enterrador. Zanjar las venas para limpiar de opio lo que gruñe y duele, lo que enfermó una vez y rompió los cristales del sueño. Es volver a la paz de ese miedo que acecha como tormenta y remueve los cimientos profundos del mar.
Como barcas que se alejan y luces que se apagan, así de roto, de sombrío, es el eco de un septiembre inacabado que fenece en la memoria del poeta. Poeta hombre, poeta luz, poeta nieve, poeta hijo, padre poeta. Todo poeta muriendo en las afrentas de un mundo corroído por la indigencia de un dolor que preña. De un mundo que “hubiera podido morir sin conocer y en su pecho estarían intactas las tinajas”.
Hay una voz culpable que se arrastra a la sombra de un discurso, a veces mítico, a veces cristalizado por la verdad, que va dejando una estela de sangre con sabor a labios, a lo largo de la llama transfiguradora e inmortal que llamamos poesía. De tales certezas se duele el poeta cuando exclama:
“Pobres niñas que no conocen la felicidad
Pero ellas no le creerán.
Mis hijas no le creerán.
El enterrador entrando en ti como los alcoholes
destilados en serpentín en la garganta del borracho.
En el hígado del borracho.
A su tiempo sepultará al borracho
Aunque ahora comparta su mesa
Como una familia.
Un libro que arde en dos dimensiones espirituales diferentes – “Vencimiento” y “La psique humana”- y va dejando una huella de pureza y constancia ilimitada, porque está dotado de poder expresivo y comunicativo a tono con las exigencias de un hombre concreto, capaz de vender el producto de un sentimiento creado, al precio más alto que pudiera alcanzar el sentido recto de la palabra. Palabras que libertan y purifican y encarnan en algo diferente que trasciende y traspasa los límites convencionales del poema, porque subsisten aún más allá de todo lenguaje articulado.
“Una bestia invisible ahueca la forma de la casa.
Roe los pilotes que han ido levantándose de a poco
en la difícil sustancia de los días.
Ay de los que creen en la solidez de los muros.
No saben que todo muro tiene la finalidad
de ser abatido”
Vencido por la adversidad, Mayán se tuerce en un enigmático ruedo, matizado por el carmín que destila las fibras del músculo amatorio, en constante disquisición con la superficie por donde discurre lo hondo de la vida y de todo cuanto se llame sepultura de la voz que atesora el poema. “La ciudad se disuelve en mis manos como hielo. Cada vez son más las zonas tomadas por el dolor”.
Como un concierto de ánades migrando en el silencio de la noche, llegan desde el lado terrenal del cielo un conjunto de versos y concurren, en acrobacia de sobrevida, en una obra, toda autenticidad, denominada meritoriamente, Estética de la derrota.