Hace algunos años, al escribir en el magazine digital bimensual Otro Lunes (Madrid), sobre los filmes La ley de Herodes (1999) y Un mundo maravilloso (2006), advertíamos la tendencia de Luis Estrada (1962) como director de cine a convertir sus filmes en una crítica inflexible de la sociedad mexicana contemporánea1.
En particular, llamaba la atención de Estrada la forma en la que el país arribaba al nuevo milenio envuelto en un horizonte de brumas (partido único de gobierno, pobreza, corrupción, violencia gansteril y policial) tan espeso como la nube de smog que flota sobre México D.F, la capital.
Con la aparición de los nuevos filmes El infierno (2010) y La dictadura perfecta (2014), lo que asomaba como tendencia una década antes se acaba de confirmar plenamente. A partir de ahora se debe hablar de Estrada como un director de cine que, con la lente, a la usanza decimonónica de Balzac con la pluma, deviene un cronista de la desesperanza que traslada a la pantalla -en tono de humor negro- la decadencia institucional y social de México.
El infierno
En 2010, por segunda vez, el estreno de un filme de Estrada (El infierno) coincide con una fecha patria: 2010 se ubica en el marco de los festejos del bicentenario de la Revolución como el año 1999, fecha de estreno de La ley de Herodes, coincidió con otro momento transcendental: el arribo del nuevo milenio y la llegada al poder por mayoría electoral del Partido Acción Nacional (PAN) tras setenta años de gobierno unipartidista del Partido Revolucionario Institucional (PRI)2.
Siguiendo con las semejanzas, las locaciones de El infierno (2010) y La ley de Herodes (1999) se ubican en zonas periféricas de el país. En particular “el norte”, con su extensa frontera de cara a los Estados Unidos por más de tres mil kilómetros, será el sitio ideal para “plantar la carpa” de El infierno3. Con ciento cuarenta y cinco minutos de duración (running time), el filme excede cualquier extensión de la cinematografía anterior de Estrada.
La historia central que se cuenta es la de “El Benny” (actor Damián Alcázar), que regresa como deportado y desempleado al país natal tras veinte años en Estados Unidos. La trama se complica con otras subtramas que, por momentos, obligan al director a “tirar de la cuerda” porque se le van de las manos y todo puede terminar en un “puzzle” cinematográfico en el que los espectadores y los críticos deberán suplir con la imaginación el final de nudos dramáticos abiertos no siempre vueltos atar de forma adecuada. Por ejemplo, el personaje de Eufemio Mata (“El Cochiloco”) interpretado magistralmente por el actor Joaquín Cosío, cuya muerte es presumible dentro de el filme pero nunca los espectadores llegan a ser testigos visuales ni auditivos de cómo sucedió.
La situación del Benny es paradójica: en Estados Unidos fue un “ilegal” que pasó veinte años escondiéndose de la Migra, regresa a México como deportado y deviene de nuevo un “illegal”. No porque le nieguen papeles de ciudadanía sino porque al no encontrar empleo se convierte en gatillero al servicio de los cárteles clandestinos de la droga.
La trama que sigue es muy extensa y complicada y el hilo conductor que une las historias es el de la muerte violenta de todos los protagonistas. Aquí, de nuevo, estamos en presencia de el peculiar empleo de el tiempo que Estrada impone a la dramaturgia cinematográfica de muchos de sus filmes: el principio y el final como la mítica cola de la serpiente Ouroboros se cierran sobre sí mismos en una singular autofagia homicida. A grandes rasgos, los contornos de los círculos infernales por los que atraviesa el Benny desde su llegada a México son:
- Benny recibe informes de su padrino que su hermano menor Pedro (“El Diablo”) fue asesinado y luego sabrá que el asesino es su actual patrón, Don José de los Reyes (actor Ernesto Gómez Cruz). La causa fue por adulterio entre “El Diablo” y Doña Mary Reyes (actriz María Rojo), la esposa de el capo mafioso. Benny se hace cargo de el sobrino huérfano Benjamín (“El Diablito”), actor Krystian Ferrer y se convierte en amante de Guadalupe (actriz Elizabeth Cervantes) su cuñada.
- Benny entra en el “mundo de la droga” a través de Eufemio (“El Cochiloco”), actor Joaquín Cosío, un viejo amigo que lo unirá a su banda de matones a sueldo: “El Huasteco” (actor Jorge Zárate), “La Muñeca” (actor Alfonso Figueroa), “La Cucaracha”, actor (Silverio Palacios), “El sargento” (actor Dagoberto Gama) y “El J.R.”, actor ( Mauricio Isaac). Todos ellos están al servicio de Don José de los Reyes, el capo de el cártel “Los Reyes” quien a su vez está en guerra con su hermano Don Francisco de los Reyes, jefe de “Los Panchos”, el cártel rival.
- La guerra mafiosa entre “Los Reyes” y “Los Panchos” se intensifica y se ven obligados a contratar ex-soldados de unidades élites de el Ejército. Uno tras otro caen los gatilleros aniquilados por sospechas o delaciones entre las dos bandas rivales o dentro de la misma banda. Entre las muertes grupales más aparatosas se cuentan la de la familia de “El Cochiloco” ordenada por Don José, su patrón, porque lo cree culpable de la muerte de su hijo “El J.R.”, la de Don Francisco y sus hijos (“Los Panchos”), también ordenada por Don José y la matanza final de Don José y sus secuaces del cártel ametrallados por el Benny cuando juraba el cargo de presidente municipal.
- En el plano familiar Benny se verá afectado por los asesinatos de su hermano “El Diablo”, de su amigo “El Cochiloco” y de Guadalupe, su amante. También hay una “vendetta” familiar entre Benny y su sobrino “El Diablito”, el autor de la delación que causó la muerte de “El J.R.”, el hijo de Don José que había asesinado a su padre. Benny promete ante las tumbas de su hermano y su amante que cuidará de “El Diablito”, aparece un joven que le revela que es el nieto de Don José y lo mata a tiros. En la escena final “El Diablito” está delante de tres tumbas: la de su padre, la de su madre y la de su tío. Se aleja en una camioneta, llega al almacén de drogas y mata al asesino de su tío, el nieto de Don José de los Reyes.
No las he contado, pero la cifra de muertos sobrepasa la veintena. Si el filme tiene una duración de unos ciento cuarenta minutos la aritmética indica que hay un crímen cada siete minutos. Lo cual sin ser record Güiness al menos es una buena marca. El tono de el filme es de “humor negro”, no podría ser de otra forma, si fuera realista la situación terrible que se cuenta sería insoportable para los espectadores. Valdría la pena aclarar que no se trata de muertes comunes sino de asesinatos de alta calidad técnica que van de la muerte a tiros con pistolas, al ametrallamiento con fusiles de asalto AK-47 (“cuerno de chivo” en el argot mafioso mexicano) pasando por capuchas de asfixia, cuerpos trucidados con machetes, decapitamientos en vivo y post-mordem4.
Como línea general que da unidad al argumento está la complicidad entre los factores del poder: militares, policías, mafiosos, jueces, políticos, todos están coludidos, se temen entre sí y gozan de la bendición espiritual de la iglesia católica. En El infierno no existe la división de poderes (legislativo-judicial-ejecutivo) solo hay poder único: el de la corrupción. El ejemplo más notable de esta cadena de corrupción es cuando el Benny acude a la policía federal norteamericana de la frontera en busca de protección a cambio de dar testionio contra Don José y se da cuenta que también están coludidos con el cártel de “Los Reyes”.
Aparte de el contenido crítico que ya hemos analizado anteriormente, en la realización de El infierno el director Luis Estrada conjuga con gran maestría los elementos formales que determinan la “puesta en escena”.
La fotografía: a cargo de Damián García combina los exteriores coloridos de los paisajes de zonas semidesérticas con las locaciones interiores de lujo de las mansiones de los capos de la droga en contraste con los pobres interiores de las rancherías en las que son reclutados los gatilleros.
También hay chalets de estilo clase media baja norteamericana -como el que habita la familia de El Cochiloco- de los que se hacen propietarios los gatilleros una vez que empiezan a matar para el cártel sin olvidar el encierro y la oscuridad cómplice de las cantinas y las vallas de lidia de gallos que devienen el eje central de casi todas las transacciones de drogas y las masacres producto de las rivalidades de los grupos mafiosos.
La música: a cargo de Michael Brook es una acertada selección de temas basado en las interpretaciones de bandas y grupos de música norteña que frecuentemente aluden a los narcos y al contrabando y que resultan muy apropiados para el contexto territorial de la frontera mexico-norteamericana en el cual se desarrolla el filme.
Los actores: con Damián Alcázar como estrella -en quince años y cuatro filmes de Estrada dedicados a la realidad contemporánea de México- encabeza el repertorio con la singularidad de que esta vez el personaje secundario de Joaquín Cosío (“El Cochiloco”), le imprime a su rol de gatillero del cartel de Los Reyes tal grado de veracidad y humanismo que, en los minutos en los que aparece con su vestimenta tejana de pantalones vaqueros, botas, cinturón de cuero y sombrero Stenson, llega a opacar al actor principal Damián Alcázar.
Es el personaje de “El Cochiloco” el que da la pauta del superobjetivo de el filme en una frase clave que resume El infierno: “El infierno es aquí merito ¿Ya no se acuerda cuándo éramos chamacos el hambre que teníamos, la miseria en la que vivíamos? Como ahora mismo que cabrones como nosotros andan matando así porque así nada más porque no tienen una manera decente de vivir. Me cae que esta vida y no chingaderas es el verdadero infierno”.
La dictadura perfecta
Es la última entrega cinematográfica realizada por Luis Estrada en 2014. El silogismo de el título podría indicar que existen dictaduras (im) perfectas, pero no creo el director quiera llamar la atención oblicuamente hacia esa posibilidad sino plantar la crítica en México al inicio de el sexenio político -el tercero del siglo XXI- bajo la éjida del Partido Revolucionario Institucional (PRI) tras dos sexenios de gobierno del Partido Acción Nacional (PAN)5.
Con una duración temporal (running time) de ciento cuarenta y tres minutos, el filme es ligeramente inferior en tiempo a su precedente El infierno en cuya realización también aunaron voluntades el director Luis Estrada y el guionista Jaime Sampietro.
El infierno representa en el presente lo que “La ley de Herodes en el pasado”: develamiento de la corrupción y apetencia de poder en las zonas más atrasadas y periféricas de México. De igual forma, podríamos homologar La dictadura perfecta con Un mundo maravilloso. En ambos filmes se concibe la vida en una gran ciudad en términos de el mordaz comentario de Voltaire (“vivimos en el mejor de los mundos posibles”), en éste caso, el mundo de México D.F., la capital más poblada de el mundo cercada de anillos de villas-miserias y cubierto el cielo por una nube de smog.
El filme comienza muy “alto” con una entrevista entre el presidente mexicano (actor Sergio Meyer) y el embajador norteamericano Ford (actor Roger Cudney)6. La secuencia inicial en el despacho presidencial transcurre en un clima de intimidad -al menos por parte del locuaz presidente, no así el embajador que guarda silencio y trata de medir el alcance de las palabras fuera de la retórica protocolar- hasta el punto de que el presidente, tras quejarse de la baja calidad de vida de los mexicanos que los fuerza a emigrar, le confiesa al embajador: “Si Estados Unidos abren las fronteras, los mexicanos trabajaran del otro lado haciendo lo que ya ni los negros hacen”.
Esta conversación está siendo transmitida al país por el monopolio televisivo TV MX a través de su noticiero estelar 24 horas en 30 minutos que conduce el sagaz periodista Javier Pérez Harris (actor Saúl Lisazo)7. Inmediatamente, ordena cortar la transmisión por fallas técnicas. No pasa tiempo sin que desde la residencia presidencial (Los Pinos) le hagan llegar al director de TV MX José Hartmann (actor Tony Dalton) un video que involucra al gobernador estatal Carmelo Vargas (actor Damián Alcázar) en un caso de corrupción y narcotráfico.
Una mano lava a la otra. El envío de el narco video tiene de objetivo que se transmita por TV MX para desviar la atención de los televidentes de la repercusión en las redes sociales de la frase de el presidente en su plática con el embajador. TV MX se valdrá de su gran poder mediático para “limpiar” la imagen de el presidente manchada por la frase racista sobre el trabajo de los mexicanos en Estados Unidos y el que desarrollaron en el pasado de esa nación los negros esclavos8.
El director de TV MX encargará a dos súper estrellas de la empresa, el productor Carlos Rojo (actor Alfonso Herrera) y el periodista Ricardo Díaz (actor Osvaldo Benavides) el trabajo de “lavado de la imagen presidencial” a través del “lavado de imagen del narco-dinero del gobernador”. El filme, a partir de ese instante, se revela un filme crítico (1) de la corrupción política (2) de la manipulación de la verdad por los medios de comunicación. No es nada casual entonces que el filme La dictadura perfecta lleve por subtítulo “La verdad sospechosa”9.
Para lograr su objetivo el binomio del productor y el periodista deberán trasladarse al interior del país, se sucederán los viajes entre México D.F. y la capital de provincias, bien pronto descubrirán -como le ocurrió a Benny en El infierno– que políticos, policías y narcotraficantes son una misma cosa. Dentro del esquema de corrupción generalizada, el “cuarto poder” (la prensa), en las figuras de ell productor Rojo y el periodista Díaz, se ven forzadas adaptarse o perecer10. Optan por la segunda posibilidad con una gran frialdad y llevarán a cabo metódicamente el plan trazado por la gerencia de TV MX.
Si antes borraron en una operación mediática el impacto de las declaraciones del presidente al embajador norteamericano ahora deberán borrar de la memoria de los telespectadores en una nueva operación mediática la imagen del gobernador Vargas recibiendo del capo mafioso “El mazacote” una maleta llena de dinero. Ergo, podemos suponer, el “nuevo lavado de imagen” no es gratuito y el dinero de la maleta irá a parar a la gerencia de TV MX como pago anticipado por el servicio mediático prestado.
Una vez en provincia el team de periodistas idea pasar a primer plano en las pantallas un hecho que sensibilice a la teleaudiencia nacional y eche al olvido la imagen del gobernador Vargas (“el gober de oro”) traficando droga y recibiendo millones a cambio de proteger a delincuentes. Este hecho sensiblero y romanticón será el secuestro de un par de niñas gemelas hijas de un matrimonio de clase media por el que se pide un millón de dólares como rescate. A partir del momento en que se da la noticia, el gobernador Vargas sale de su despacho, a pie, en carro o helicóptero, dirige la operación de búsqueda y recorre las zonas en las que los secuestradores pueden mantenerlas ocultas con casco y pistola al cinto.
Algo obstaculiza la manipulación de las imágenes que 24 horas en 30 minutos TV MX difunde como si fueran capítulos de telenovela que goza de elevado raiting de los telespectadores: el diputado del Partido de la Revolución Democrática (PRD) Agustín Morales (actor Joaquín Cosío), se empeña en acusar al gobernador Vargas de corrupción y de estar coludido con el narcotráfico. La denuncia reiterada en el parlamento y la televisión, a la postre le cuesta la vida11.
Una vez establecidas las coordenadas de la trama hagamos el balance de el filme que, en cierta forma, equivale a decir “hablemos de nuevo de la muerte”.
En lo que se refiere a las actuaciones, con la excepción de el diputado de el PRD Agustín Morales, todos los periodistas, políticos, policías y delincuentes son realmente malos. Son mucho más “los malos” que los buenos”. Quiero decir: todos son buenos actores en sus respectivos roles de malvados.
En el empleo de la música a diferencia de El infierno que utiliza un buen número de “rancheras” y canciones “norteñas” alegóricas a la vida en la frontera mexico-norteamericana, La dictadura perfecta se vale casi siempre de la música clásica para “puntear” los diferentes nudos dramáticos de el filme. Uno de los mejores ejemplos –por lo risueño e irónico de la situación- es cuando las dos pequeñas gemelas, recién liberadas del cautiverio tras la intervención del gobernador Vargas, son presentadas en el noticiero 24 horas en 30 minutos de TV MX. Frente a las cámaras, entonan a duo y “a capella” “El himno a la alegría” de Beethoven.
Mención especial merece la fotografía de el filme, a cargo esta vez de Javier Aguirresarobede. La claridad y la nitidez de las imágenes grabadas posiblemente con técnicas de “high definition” son realmente impecables en todo momento.
Y en lo que al guión se refiere en El infierno y en La dictadura perfecta abundan los muertos, pero no tanto: alrededor de una docena. Casi todos los asesinatos son de macabra ejecución y no toman por sorpresa a los espectadores. El infierno es filme de lucha entre capos de la droga y “gatilleros” de carteles rivales. Ergo, los tiros y las ejecuciones abundan en el pietaje fílmico y da igual que las armas empleadas puedan ser pistolas, ametralladoras, cuchillos o machetes.
¿Ocurre así en La dictadura perfecta? Pienso que no. Y me explico: El infierno muestra a personajes clandestinos, sin ley y sin nombre en ambientes sórdidos. Visten “a la tejana”, con botas, pantalones y camisas de mezclilla mientras que La dictadura perfecta muestra la élite empresarial de la capital (consorcio TV MX con acceso a presidentes y embajadores) y la corte política del gobernador de la provincia (jueces y policías), coludida en la corrupción institucional, vistiendo trajes y camisas de seda.
Es decir, de los primeros (mafia de narcos) esperamos la muerte en bruto por docenas mientras que de los segundos (mafia empresarial y política) esperamos “negocios chuecos” y malversaciones, pero, si cometen crímenes, que sean pocos y con algún grado de refinamiento como el uso del veneno. Caso contrario, en La dictadura perfecta el gobernador Vargas asesina con su pistola en su despacho delante de el periodista Rojo al asistente que le ha entregado documentos a su rival politico, el diputado perredista Morales. Y éste a su vez es empujado al suicidio por los periodistas que lo traicionan entregando sus pruebas documentales de corrupción al propio gobernador, hasta que, finalmente, es asesinado en aparente suicidio.
Reiteramos, no en balde La historia oficial lleva por subtítulo “La verdad sospechosa”, obra de teatro de el dramaturgo novohispano Juan Ruíz de Alarcón, escrita hacia 1620 en el apogeo del mundo colonial hispano y de las intrigas de la corte en las que era ducho el autor. El tema central es el de las mentiras reiteradas con ánimo de obtener provecho personal -en el caso de Don García, el amor de una mujer de la corte.
Nada nuevo bajo el sol. A principios de el siglo XVII al igual que ahora a principios de el siglo XXI las lealtades y las deslealtades son materias sujetas a cambio en función de los intereses de las partes involucradas. La circulación de noticias en una época en la cual no existía la prensa, era sustituida por los secretos, los rumores y los corrillos de la corte que hacían y deshacían reputaciones según las voluntades de los virreyes. Ahora son los modernos medios de comunicación los que establecen las reglas de el juego y las alianzas pertinentes entre los empresarios, los politicos y los delincuentes con el objetivo de fabricar las realidades que convengan a sus intereses.

