Luis Pulido Ritter (Panamá, 1961). Poeta, narrador y profesor universitario. Es, sin dudas, una de las figuras cimeras de la intelectualidad panameña y centroamericana. Doctor en Filosofía y Sociología por la Universidad Libre de Berlín, ha publicado tres novelas: Recuerdo Panamá (1998), Sueño americano (2000) y ¿De qué mundo vienes? (2008). También ha publicado poesía con Matamoscas (1999) y El mar (2011). Actualmente su vida personal y profesional se comparte entre Ciudad de Panamá y Berlín.
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2
El abogado defensor afirmó que podían condenarme a pena de muerte por la muerte de María de Jesús. Es más, dijo con tono alterado, han encontrado cocaína en el cuarto del hotel. ¿Qué motivo tenía yo para matarla?, le pregunté. Él afirmó que veía el motivo claramente, porque, como yo mismo le había dicho, estaba enamorado de ella desde la adolescencia y los celos explican todo. Dijo que hasta Ricardo sabía del enamoramiento, porque separó nuestras manos en la casa de Miguelito. Veía ese gesto como algo revelador. Lo que me llamó la atención es que el abogado asumía de antemano mi culpabilidad del crimen, es decir, no era inocente hasta que se probara lo contrario. Él dejó de caminar de un lado para otro en la celda, dio dos pasos hacia mí, y me recordó que ya eran dos días de interrogatorio. Entre nosotros cayó una pausa que parecía siglos y, entonces, dando un paso hacia atrás, preguntó qué había hecho yo mientras María de Jesús era violada por el padre. No hice nada, dije sobresaltado, ¿qué podía hacer yo? Estaba paralizado por ver algo semejante. No creía que eso fuera posible. Y lo más chocante fue que después de la violación subió la madre a la pieza y la levantó de la cama.
El abogado quiso saber inmediatamente qué había pasado, cómo era posible esa violación con el acuerdo de la madre, pero insistí en continuar con el hilo de lo que había empezado. Seguí diciendo que, en la casa de Miguelito, no volví a ver a María de Jesús en el transcurso de aquel día. Estuve tentado de tocar varias veces su puerta, pero no lo hice por temor. La niña era atendida la mayor parte del tiempo por la empleada, cuyo nombre era Lucrecia. También atendía a María de Jesús, llevaba y traía platos de comida, y, cuando Ricardo salió de la casa con Miguelito, entré en la cocina para hablar con ella, porque quería saber qué estaba sucediendo con María de Jesús. No solamente podía ser por el parto que estaba en tal mal estado. La pobrecita, la pobrecita, dijo Lucrecia lavando los platos. Al terminar de lavarlos, se secó las manos con el delantal y volví a preguntarle qué pasaba en esa casa. Mientras la empleada Lucrecia me hacía saber que Miguelito se comunicaba con su mujer solo cuando era necesario, es decir, casi nunca, y que su relación con la niña era lo más distante, Ricardo y su cuñado estaban en la piscina tomando whisky. Ya habían prácticamente cogido medio kilo de cocaína y me reprocharon por no participar en esa orgía de alcohol y polvo. Miguelito, entonces, le dijo a Ricardo que tenía que tener mucho cuidado conmigo, pero este dijo que yo sería incapaz de matar a una mosca.
Lucrecia salió hacia la piscina para llevar más whisky. Al regresar a la cocina, le di dos billetes de veinte dólares, porque era lo que me había pedido si quería informaciones de esa casa. Los cogió sin ninguna duda.
–¿Quiere saber qué ha pasado? –dijo ella metiendo los dos billetes en su bolsillo.
–Por eso le doy los billetes –dije sentándome en la mesa.
–Realmente no lo sé. No lo sé.
–¿Cómo que no lo sabe? ¿Acaso no está aquí todo el día?
–Pero no puedo escucharlo todo. Hay muchas cosas que no sé.
–Solo quiero saber lo que sabe. Y punto.
–Ella le dijo que no era su hija.
–¿Qué? ¿No es su hija? ¿Entonces, de quién?
–¡No sé!
Me levanté de la silla, miré a través de la ventana hacia la piscina, y Miguelito sostenía el vaso de whisky con su mano derecha. Flotaba sobre una tortuga de aire y reía a todo pulmón. Ahora me resultaba difícil conciliar la imagen que estaba viendo de él con la idea equilibrada y distante que me había hecho de su personalidad.
–Es la coca y el whisky –dijo Lucrecia–. No reconoces a la gente. Antes del matrimonio había mucha felicidad en esta casa. Lo conozco desde que era un niño. ¡Qué lindo era! Me llamaba Tanta, Tantita. Desde hace veinticinco años le he preparado el desayuno y la cena. Cuando conoció a María de Jesús estaba muy enamorado. No pasaba día sin que hablara de ella.
–¿No le ha dicho nada sobre el verdadero padre de la niña?
–¡No!
–Lo que ha hecho es encerrarla. Es un milagro que la haya sacado de la habitación ahora. ¡Qué tan parecida es a su hermano! Oiga, ¿puedo preguntarle algo?
–Sí –pregunte.
–¿Y qué ha dicho Ricardo sobre su hermana?
–Que su marido puede hasta matarla.
–¡Dios mío! Entonces, va a matarla. No he podido dormir bien ningún día. Es verdad, Miguelito puede matarla en cualquier momento. Tengo miedo. He tratado de decirle que se tranquilice. Pero, no. Se ha vuelto loco.
Miguelito salió de la piscina y Ricardo flotaba sobre una tortuga de plástico. Aquél cogió un carrizo y aspiró el polvo que estaba sobre la mesa.
–No sé qué va a ser de la vida de Miguelito –dijo Lucrecia sentándose sobre la silla–. Es buen muchacho. Nunca ha sido malo.
En ese instante, Miguelito sacó un revólver de su pantalón para apuntar a Ricardo. Reían.
–Y su padre que era un hombre tan bueno –siguió diciendo Lucrecia–. También era como mi hijo.¡Qué alegría cuando su padre vino de Europa graduado de abogado! Todo parecía tan bonito. Pero la cosa se jodió cuando conoció a su mujer, a esa cubana comemierda, porque lo volvió loca con la ambición. Salió hambrienta de la isla, pidiendo limosnas, y arrastrándose. Convenció al padre de Miguelito que tenían que hacer más plata. ¡No importara cómo! Fue ella quien corrompió a su propio hijo con esos sueños de tenerlo todo en la vida. Nunca voy a olvidar cuando le dijo que había tenido el sueño de que él cagaba oro. ¡Imagínese! ¿Cómo una madre va a hablarle así a su hijo? Pero lo que sí tiene es una diarrea de cocaína. Ahora, ¿qué ha pasado? Es terrible lo que ha pasado.
–¿Qué? –dije viendo a Miguelito que disparaba contra el agua de la piscina.
–Miguelito ha matado a la madre con sus propias manos.
–¿Qué?
–No se ponga nervioso –dijo Lucrecia levantado su taza de café–. Solo le recomiendo que no provoque a Miguelito y que haga lo que él quiera.
Ricardo reía a carcajadas y se zambullía en el agua para ir de un extremo al otro de la piscina. Cuando la empleada caminó hacia la piscina, para llevarles otra botella de whisky, salí de la cocina pensando en lo que ella me había aconsejado. Me detuve en el portal. Ricardo sacó la cabeza del agua y comenzó a reír al verme.
–¡Vamos, entra en el agua! –dijo Ricardo–. No seas cobarde.
Y bajo la mirada atenta de Lucrecia, que me miraba con lástima, Miguelito me amenazó con el arma al salir de la piscina. Con la punta del cañón me empujó hasta el borde de la misma, y dijo:
–Salta, coño. ¡Salta!
Terminó empujándome en el agua. Miguelito reía al ver mis chapoteadas, porque no sabía nadar y, con mucha dificultad, traté de llegar al borde. Levanté el brazo para que me ayudara a salir del agua, pero lo que hizo fue poner la palma de su mano sobre mi cabeza para hundirme. Ricardo salió de la piscina y le dijo a su cuñado que se dejara de tonterías y fue aquél quien finalmente me extendió el brazo para sacarme del agua. Me pregunté qué habría hecho el desgraciado de Miguelito si hubiese estado solo. Seguramente me habría matado. ¿Cuál era el motivo de su enemistad hacia mí? Me alejé de la piscina con su burla a mis espaldas y le preguntó a Ricardo qué clase de amigo tenía, que parecía un fideo inofensivo, y que tenía ganas de darme un puñetazo. Ahora Miguelito me parecía un bocón. ¡No era el mismo que había conocido en Panamá! Era otro. Lo poco que tenía de personalidad lo lograba con el revólver que no abandonaba ni por un minuto.
Entré en el cuarto que compartía con el tipo de los cabellos blancos. Pensé en alguna posibilidad de sacar a María de Jesús de esa casa. Ahora sí creía que no saldría con vida de las manos de Miguelito. A Ricardo le daba igual qué podía pasar con su hermana, pero a mí no, porque sentí en sus ojos que me había dicho que la sacara de ese infierno, y yo la seguía queriendo, sí, no podía dejarla sola allí, ahora tenía que ver cómo sacarla, aunque vi con mis propios ojos que Miguelito la trató muy bien cuando la llevó a la sala. Se comportó como todo un caballero ¿Acaso estaba tramando algo?
Me levanté de la cama. Pensé romper la puerta, la cerradura, a pesar que Miguelito perforara mi alma. Inmediatamente rechacé esta idea. No es mi problema. ¿Qué tenía yo que ver con este entierro? Lo único que deseaba era salir de allí. Pero volví a sentarme en la cama con la idea fija de salir con María de Jesús, con la mujer que siempre había querido, y que me quería, pero que nunca habíamos podido estar juntos. Era seguro, como había dicho Lucrecia, que él la había encerrado. Nadie se encierra voluntariamente. Miré a mi alrededor y pensé que, hasta ese momento, no sabía cómo se llamaba el matón de los cabellos blancos, nunca habíamos compartido más de cinco palabras, y en la misma pieza nos comportábamos como dos extraños. Yo no existía para él. Era un cero a la izquierda. Además, impedía que tratara de acercarme o preguntarle algo con su comportamiento esquivo. Era taciturno. Vi su revólver, que guindaba sobre una chaqueta en el armario, al levantarme de la cama para ver a través de la ventana. Lo saqué de la cartuchera. Era la primera vez que tenía un arma en mi mano, la miré detenidamente, me pregunté qué se sentiría al apretar el gatillo, qué significa estar en la piel de un matón. Seguramente no se siente ni un cosquilleo en los bigotes, todo se hace profesionalmente: sacar el arma, apuntar a la víctima y disparar. Me pregunté cuántas personas había asesinado ya. Y, pensando en alguna posibilidad de salir de la casa con María de Jesús, aún sostenía el arma en mi mano, cuando entró el matón en la habitación. Me la quitó de un manotazo.
–¡Qué sea la última vez que te vea con mi revólver! –dijo metiendo el arma en la chaqueta.
Cerró el armario con llave, giró sobre sus pies y volvió a salir de la casa. Poco después, salí del cuarto y encontré a Lucrecia preparando la cena. Ricardo y Miguelito habían abandonado la piscina y no estaban en la casa. Le pregunté a ella a dónde habían partido. ¡Dios lo va a saber!, dijo con fastidio. No sabía si dar una vuelta por la casa o caminar por ese barrio residencial que parecía una fortaleza con sus guardias privados y perros. Decidí quedarme en la casa, pues tuve la idea de ver a María de Jesús. Di una vuelta alrededor de la casa, me detuve debajo de su ventana, y reconocí un poco de luz en el interior de su habitación. Cogí una piedrecita del suelo y la tiré a la ventana. Esperé un rato por respuesta. Nada. Hice lo mismo tres veces. Nada. No podía haberme equivocado de ventana y pensé que ella no quería ningún contacto con el exterior. Pero no podía ser posible. La conozco muy bien para saber que se alegró al verme y quizás era el motivo por el cual me odiaba Miguelito. ¿No le habrá dicho que yo era su único amigo?
Yo sabía de las visitas del padre de María de Jesús, las visitas que siempre deseaba la madre, y que ésta misma promovía para tenerlo cerca de la familia. María de Jesús, como hija de su padre, solamente tenía que abrir las piernas, tragarse el grito en la garganta y, cuando no las abría, le caía una andanada de bofetones. Primero del padre y después de la madre. Además, el precio que pagaba el padre por estas visitas era bien caro. La casa de lujo, los autos, los viajes, las joyas. La madre había prostituido a su propia hija con el padre de sangre y lo que me dijo, días antes de casarse con Miguelito, por una carta que recibí en Miami, en la que me pedía al final de la misma que la ayudara a salir de esa casa, es que esas visitas comenzaron a partir de los dieciséis años, es decir, un año antes que yo presenciara la violación en su propia pieza:
Cuando niña no podré olvidar los días que mi padre me cargaba sobre sus piernas. Dormía a su lado, jugaba conmigo, y me llamaba su reina. Sí, era su reina. Me atendía todos los días y, como era menor que mi hermano, él me protegía de los juegos de niños que eran peligrosos para mí. No le gustaba que me relacionara con otros niños. Solamente con niñas. En mis cumpleaños le decía a mi madre que no había que invitar a familias con niños. Mi madre le decía que esto era absurdo, que estaba loco, y que entonces no podían venir muchos de sus amigos porque tenían varoncitos. Él dijo que no importaba. Sus regalos para mí eran muñecas y casitas para armar. Y lo que más me gustó fue el día que me regaló un pequeño órgano de música. Ésto sí fue lindo. Pero un día lo rompió en pedacitos cuando vio que le comencé a prestar más atención al órgano que a él. No le gustaba que algo fuese más importante. Lo peor era que mi madre estaba celosa de mí. Cada vez que podía me regañaba y me castigaba. No era la misma atención para con ella. Un día le dijo a mi padre que sería capaz de matarme si él no era capaz de darse cuenta que no era solamente madre. ¡Qué también era una mujer! El interés de mi padre por mí fue acrecentándose a medida que fui creciendo y, algunas veces, pedía que me pintara los labios frente del espejo. En mis cumpleaños ya no me regalaba muñecas, y casitas para armar, sino zapatos de tacones y vestidos. Le complacía verme como si fuese una mujer. Y mi madre le decía que parecía una puta. Ellos ya no dormían juntos en la misma pieza. Dormían separados. Y la mayor parte del tiempo, cuando mi padre regresaba del trabajo, la pasaba conmigo en la habitación. Disfrutaba acostarse al lado mío y se olvidaba por completo de la existencia de Ricky. Los celos de mi madre llegaron a un punto que un día casi me mata. Estaba lavándome los cabellos en la tina y ella comenzó a ahorcarme con sus dos manos. Mi padre, por mis gritos, llegó corriendo hacia donde estábamos y agarró a mi madre a puñetazos y patadas. Al ver que mi madre lloraba en el piso, y que repetía que iba a matarse, experimenté en mi pecho un sentimiento de dolor por verla humillada. Yo también la quería. Pero, en ese momento, ocurrió algo muy extraño. Mi padre se acercó a mi madre y la levantó del piso, le quitó los cabellos del rostro, secó con sus manos las lágrimas, y dijo que no dejaba de quererla. Pero que quería divorciarse. Mi madre comenzó a reír, no podía creerlo, y su risa se transformó en llanto, su odio en venganza, y dijo que si quería recibir el divorcio tenía que violarme, violar a su propia hija de sangre, violar a la hija de su esposa en matrimonio cristiano. Mi padre dijo que sencillamente estaba loca, que sus estúpidos celos hacia mí ya la hacían delirar sin medida. ¿Cómo se le ocurriría que iba a violarme? ¡Yo era su hija! Él volvió hacia mi madre y le dio un golpe en el rostro, porque perdió el control de lo que estaba haciendo. La habría matado si no hubiese sido por Ricky que se lanzó hacia él llorando.
Mi padre no venía a la casa. Y, según mi madre, todo el dinero se lo llevaba su amante que recién había conocido después de la separación. Se quejaba que ni yo era suficiente motivo para que cumpliera sus responsabilidades. Por supuesto, estaba triste que mi padre no estuviera en casa. Ahora me sentía muy sola al lado de ella, que me irritaba con su mal humor, quejas, y golpes. Mi madre lo llamaba por teléfono a su oficina y le exigía todo lo que se merecía por haberlo ayudado a llegar donde estaba, porque desde que eran estudiantes lo había apoyado con sus estudios. Como ella venía de una familia más acomodada, le enviaba dinero. Incluso, le dio el dinero para que comprara su anillo de graduación.
Al ver mi padre que no podía lograr el divorcio, y presionado por la otra mujer que tenía, pues ya iba a venir una criatura al mundo, amenazó a mi madre con quitarle hasta la casa donde vivíamos. Pero no lo hacía por mí. Para él, Ricky era el hijo de ella. Y este, que era conmigo lo más distante, veía en ella la que le aseguraba su dinero en el bolsillo, sus discos y la limosina. Yo estaba sola en esa casa. Algunas veces había pensado ir donde mi padre, escaparme de los gritos de mi madre, pero supe por intermedio de mi padre que su nueva mujer no iba a aceptarme. No sabía a dónde correr. Lo que pensé fue graduarme de la escuela, conseguir un trabajo de lo que fuera e irme de la casa. Lo más lejos posible de mi familia, especialmente, de mi padre, porque sentía que me había rechazado. Era una traición.
Y un día escuché la voz grave de mi padre, mientras estaba haciendo las tareas de matemáticas en mi pieza. Salí a la escalera y mi madre dijo que entrara nuevamente a mi cuarto. Él estaba ebrio. Le decía a mi madre que era una desgraciada. Preguntó por mí. Ella dijo que estaba en mi pieza. Él entró. Me alejó de su cuerpo al querer abrazarlo y pregunté qué le pasaba, si había olvidado que era su reina, la que siempre había querido, y que por favor me sacara de allí. Dije que mi madre me mataría. Entonces, él dijo algo que me confundió, porque a partir de ese día mi madre no me tocaría un pelo, y que ahora haría lo que ella esperaba, porque necesitaba el divorcio para poder casarse con su otra mujer. Dijo que me acostara en la cama. Estaba paralizada. Miraba hacia el techo sin comprender qué había pasado. Y mi padre lloraba al lado mío. Decía que lo perdonara, que había cometido un pecado, y que Dios lo iba a castigar. Al cabo de un rato, mi madre entró en la pieza. Me levantó de la cama y me llevó al baño para limpiarme. Y antes de salir del baño dijo que para Ricky debería seguir siendo una virgen. ¿Puedes creer esto, Alberto? No puedes imaginarte todo lo que es eso. Tú mismo fuiste testigo de lo más cruel que le puede pasar a una niña. Y no sé cómo he sobrevivido. No sé. Lo único que sé es que con nadie he podido hablar de todo este pecado. Porque si hay pecados, Alberto, este es el peor pecado que se puede cometer. Toda mi vida he tenido vergüenza de mí, de mi cuerpo, y de mi vida. ¿Con quién he podido hablar de esta desgracia? Con nadie. Si no fuera por ti me sentiría mucho peor. Alberto, te quiero. Siempre te he querido. Sé que estás lejos de mí, muy lejos, pero me alivia saber que leerás estas líneas. No te imaginas lo feliz que me hace escribirte, pues no me siento sola. Y te he escrito lo anterior para que sepas por qué voy a hacer un paso que me ayudará a salir de esta casa. Quiero que me comprendas, Alberto. Para mí es la única posibilidad viable. Voy a casarme con Miguel Echeverría y él sabe por qué quiero hacerlo. ¿Puedes creerme, Alberto? No voy a casarme por amor. Miguel me da la impresión que es un buen muchacho. No sé qué intenciones tiene él para conmigo, pero lo que sí sé es que le soy simpática. Creo, incluso, que está enamorado de mí. Y esto me da miedo, sinceramente. Temo desilusionarlo, más si se ha portado bien conmigo, y está dispuesto a ayudarme. No le he dicho nada sobre las violaciones. No quiero confundirlo. Mi padre está celosísimo de él, pues ahora sí ve que va a perderme. Definitivamente. Y mi madre, Alberto, ve en este matrimonio la oportunidad de un buen negocio. Ricardo piensa lo mismo. ¡Qué familia tengo! No quiero pensar más en ellos. Suficiente me he sacrificado para no crear escándalo. Un escándalo que a mí misma me espanta. Creo que ahora sí tengo la oportunidad de escaparme y de ser feliz, tengo la posibilidad de salir de esta prisión y de ser libre, que no me persigan, de no ser humillada, sí, de no ser más nunca humillada, y quizás después nos podremos encontrar, quién sabe. Sé que esta carta te sorprenderá. Pero a mí me ha sorprendido más escribirla. Nunca pensé que fuera capaz de hacerlo, tener la valentía de escribir sobre el papel mis humillaciones y, sobre todo, decirte que te quiero. Sé que no me creerás. Y te doy toda la razón. No he hecho nada para ganarme tu amor. Al contrario, desde la vez que mi madre te prohibió entrar en la casa, yo me retiré cobardemente. No dije nada, pero, cómo iba a decirlo. Alberto, me casaré en dos semanas. Por favor, quiero que me comprendas, María de Jesús.
Volví a la realidad después de recordar lo que me había escrito María de Jesús. Mientras Lucrecia preparaba el plato de comida para ella, insistí en entrar a su cuarto, pero no daba el brazo a torcer. Afirmaba que Miguelito la mataría si se daba cuenta que había entrado a verla. Si quieres le escribes una carta y se la entrego, dijo terminando de preparar la comida. Pero esa posibilidad estaba descartada, quería verla con mis propios ojos y, cuando puso el plato sobre una bandeja, y se dispuso a salir de la cocina, dijo:
–¿Qué quieres ahora de mí? Nadie puede verla. Ni su hermano.
Saqué dos billetes de veinte dólares, que tenía en mi billetera, y los levanté a la altura de su cara. Movió la cabeza negativamente e, inmediatamente, le mostré un billete de cien dólares. En su rostro se dibujó una sonrisa, y dijo:
–Así me gusta, papacito.
–¡Me vas a dejar limpio!
–El que quiere algo que pague –dijo acercándose a mí.
–¿Dónde pongo el billete?
Ella hinchó el pecho como hace un pavo real con su cola. Miró en el interior de sus senos, y dijo:
–En mi pecho. Allí está segurito.
Sosteniendo el billete con el dedo índice y pulgar lo acerqué a su pecho y los metí lentamente entre sus senos. Subí con cuidado las escaleras, porque podía aparecerse Miguelito. Ella dijo que no me preocupara, que los perros ladraban cuando él llegaba a la casa y, al llegar al último escalón, y a un paso de la puerta de su habitación, escuché la voz del matón desde la primera planta. ¡No puedes estar allí! Fue un grito que me dejó paralizado, mudo, nervioso. El matón subió de dos en dos los escalones y me agarró por la manga de la camisa para zarandearme de un lado para otro. Preguntó si no sabía que nadie podía verla, que ella misma no podía salir de su pieza, y me lanzó escalera abajo. Llegué hecho mierda a la planta baja y él volvió a cogerme por el brazo para arrastrarme hasta el patio. Recibí una patada en el estómago que me sacó el aire. Mientras trataba de levantarme del suelo, el matón entró en la pieza, y al regresar traía consigo el revólver. Me levantó de la grama agarrándome por el cuello de la camisa y no dejaba de gritarme que iba a ponerme frío, que yo no estaba allí para ver a María de Jesús, que no tenía confianza en mí y que él mismo iba a encargarse de liquidarme. Y lleno de pánico, dije:
–Pero soy amigo de Ricardo.
–No me hagas reír, idiota.
–Es el jefe, ¿no es cierto?
–¿El jefe? El jefe es el padre. Él es su empleadito. Y estoy aquí para cerciorarme de que la mercancía llegue a su destino. Tienes que aprender dos cosas en este negocio. La primero es saber quién es el jefe. Y lo segundo es no meterte en lo que no te importa. No debes entrar en la habitación de María de Jesús. Está prohibido. ¿Comprendes, mariconcito?
Volvió a meterme un patadón en la boca del estómago que me tiró de cuerpo entero sobre la grama. Él se quedó un tiempo observándome y, en ese momento, no tenía duda de que el matón iba a liquidarme y, precisamente, por haber llegado a esa certeza, pensé que no iba a perder nada si lograba defenderme. Si no lo hacía me mataría, con seguridad. Me arrastraba de la grama para acercarme a un árbol y logré apoyarme contra el tronco. El matón seguía observándome sin moverse, disfrutaba de contemplar a su víctima antes de devorarla, y, cuando decidió caminar hacia mí, con el revólver ya cargado, desesperadamente comencé a buscar algún objeto entre la grama y encontré un azadón con el que se arregla el jardín y esperé llorando de miedo al matón. Por la oscuridad, que nos rodeaba, él no podía ver que había encontrado esa arma provisional y mordiéndome los labios, para no gritar por el pánico, lancé un golpe con el azadón que le penetró en la sien y el arma se disparó al caer el cuerpo sobre la grama.
Aliviado entré a mi pieza sin poder quitarme el pánico de encima.
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