Animal político
Sergio García Zamora
Editorial El Mar y la Montaña, Guantánamo, Cuba, 2014.
Cuando un libro me es tan cotidiano, salto del asiento y balbuceo. Muchas veces he hablado con su autor y pienso que he estado a las puertas de un poema. Hablar con su ausencia – por qué no – bien pudo haber sido el germen de un poema. Imagino que ha de ser semejante a la “extracción de la piedra de la locura” de Alejandra Pirzarnik, hablar con alguien que está lejos. Todos hemos de hablar con los ausentes cuando la voz del espíritu se quiebre frente a la clarinada de un verso. Si las razones para tal desbordamiento incineran nuestros labios, ya no queda más, hablar solo, es el mayor imperativo. Yo no podía guardar silencio ante la página en blanco cuando las líneas de Animal Político declaran que mi mano es soberana de escribir cuanto desee y dueña de ayudarme si lo necesito.
Animal Político es uno de esos libros que parecen irreales. El solo hecho de saber plantear los elementos de lo indescifrable, lo enigmático, lo misterioso, lo contradictorio o lo absurdo de la vida, combinado con un discurso brillante y preciso, nos hace discurrir entre sus páginas absortos por lo significativo del verso.
En él Sergio García Zamora escribe creativamente sobre aquellos aspectos que conforman nuestras dudas más hondas y acechantes o las más consumadas certezas, en torno a abismos aterradores y anheladas cimas, o bien procurando entender lo que a menudo nos inquieta o a ratos nos conforta, como la mejor manera de entrar a fondo en nosotros mismos y, al entendernos, de paso comprender mejor los enigmas que caracterizan marcadamente a los demás.
Es un texto que, por su intensa significación, por su poder de transformar o por su carácter provocador, es capaz de cambiar nuestra percepción del contexto social donde se desarrolla la sustancia de nuestra actividad humana que llamamos vida. Nada le es ajeno a este joven creador. Ideas, temores, esperanzas, ansias de salvación ante los embates de un mundo indiferente y básicamente hostil al ser profundo. Un artista que tiene de su lado la fuerza abrumadora de un lenguaje propio, originalmente articulado, con el que inclaudicable en su visión de mundo, ha sido capaz de plasmar toda suerte de vivencias, cuando ya no ha podido contenerlas palpitando oblicuamente o a mansalva en la frágil piel de su alma.
Es genuino hasta la raíz, no repite fórmulas, a nadie imita o quiere impresionar o complacer con lo diferente de su obra. Sólo busca expresarse a sí mismo, comprenderse, entender a fondo las contradicciones de la realidad circundante. Animal político es un texto que permanece fiel al análisis de todo lo que acontece fuera y dentro de su autor, y a la vez fiel a sus intuiciones como una manera de estar enraizado en el mundo sin un diálogo de compromiso extra personal. Comunica sus vivencias de la manera más vívida posible, y despierta resonancias personalísimas en el lector hasta sacudirlo, hacerlo sentir, pensar.
El mejor método para hablar de poesía consiste en ir directamente a la poesía misma, comprendiendo que existe lo que se denomina lectura poética, que en efecto es tal y como se dice en el compendio que a continuación presentamos:
Declaro a mi mano República Independiente. Soberana de escribir cuanto desee y dueña de ayudarme si lo necesito. Pero la lengua no. La lengua todavía espera su guerra de liberación nacional. Esta noche comienza la descomposición de los cuerpos. Once millones de habitantes y nadie va a notarlo en la mañana. Once millones de habitantes juzgan demasiadas cosas como algo natural. Asombroso será cuando el olor se vuelva insoportable, aunque la gente se acostumbra a lo insoportable, sobre todo si lo insoportable es su propia descomposición. He pensado dar gracias a San Judas y a la Virgen de la Caridad por no estar como los obreros del azúcar: gente que quedó disponible, es decir, gente de la cual el gobierno puede soberanamente disponer. El titiritero sacaba sus títeres y eran un portento. Títeres de toda índole, principalmente títeres policías y ministros. Había incluso un títere poeta. Siempre el titiritero escondió las ganancias bajo el retablo pobrísimo. Pero los muñecos vieron tanto oro que mientras el dueño dormía comenzaron a robar. El titiritero lo supo, aunque nada dijo, se rascó la barba y pensó…pensó…pensó. Hasta que (…) en la siguiente feria los títeres salieron a escena sin cabezas. En Santa Clara, yendo por la avenida del Papa recordé que ayer mismo, ayer, nuestros cristianos eran perseguidos como a cristianos. Sobre Luanda y Etiopía, donde ningún sueño nuestro ha fructificado, están las almas todavía de aquellos muchachos, almas que el mucho viento y la memoria no dejan reposar y vagan por la pradera junto a comunes almas. Cruzando la bahía para llegar a Casablanca, vi la cabeza de mi horror entre las aguas que tajó el crucero de paso por el Caribe, de paso siempre: gente que arriba a una isla y luego dice: ayer estuvimos en Cuba y fue magnífico. Antes de irnos a beber bajo la borrasca de nuestra vida, le pedí al coleccionista me mostrase una pieza con la efigie de Camilo, una moneda, un atisbo de las mil cosas que solemos necesitar. Seré breve, dijo el político. El político habló entonces durante seis horas. La brevedad, al parecer, asusta a los políticos. Seré breve. Solo para complacer al extranjero los hombres del Che vuelven a tomar el Tren Blindado y la Batalla de Santa Clara prosigue infinitamente. Los turistas miran con el solo asombro de los turistas, con el molesto asombro de los turistas. El vivo descarrilamiento está en el celador del lugar: hombre de pie bajo la sombra, que lanza sobre ellos su mirada como un buldócer. Muchachos apostados junto al río harán que la sangre llegue al río y lo fecunde. Un río infestado de cadáveres como el Escamandro y un puente inservible como la trascendencia. Los poetas de vanguardia caen primero. El resto de los hombres caminará sobre sus cuerpos para cruzar las aguas. Y seguir. Asistir al desastre de la patria cuando uno es la patria: muchacho que se contempla en el cristal de los comercios y se arregla la camisa, el pelo un poco; joven animal turbado en los espejos de algún bar, de algún hotel. Con extranjero te habrá confundido la vieja que pedía en inglés para el almuerzo, para el nieto siempre. No importa ya cuando vuelves en la tarde y te recuestas junto al amor y le hablas cómo ha sido de terrible el tajo mientras acaricia imperturbable tu cabeza y cuida de ti en el hospital de sangre que llaman casa todavía. Por la gente que se ha ido o irá pronto a Venezuela creyendo escapar de la borrasca – salario mercenario, agua por cargar, familia siempre – deberías rogarle a San Judas, patrón de los desesperados. Esta isla es un dragón con los ojos comidos por la sal; un dragón ciego, cuyas escamas no esplenden, aunque cien vírgenes las pulan durante toda la noche. Bañarse en su sangre, como Sigifrido, concede vida eterna, la pobre vida eterna. Es tan difícil vivir sobre el lomo de un dragón. Mi alma está libre de impuestos y libre también de las deudas. En el lenguaje económico llaman doble moneda a la doble moral. Disimular el cuerpo en un plantón, donde eres caña entre mil cañas por quemar. Disimular el cuerpo y esperar el tajo. Tomar de ti únicamente lo provechoso: el cuerpo sin cogollo, el cuerpo dulcísimo, el millonario cuerpo del azúcar, hasta que acabe la crisis o te vuelvan a engañar. Mientras las mujeres trabajan como si aún viviesen en la emigración, el extranjero fuma en el balcón de Cuba y quema nuestra rebeldía. Nadie ha logrado- decorosamente – convencerme de lo contrario. En las casas de la gente que se ha ido han puesto oficinas del registro de la vivienda: papelería infranqueable para la gente que no tiene casa ni se ha ido. Arrimar palabras. Una palabra y otra palabra. La cuartería del lenguaje. Un barrio pobre en medio del lenguaje. Si una palabra arde la otra arderá también. Si una cae, ya sabes. Decir madre mía, patria mía, y que el posesivo sirva de puntal. En esta ciudad solo he visto cómo la gente se curva, cómo el aliento no es aliento, sino suspiro y cómo nos volvemos animales de silencio en el barro. Perdóname, pues, si maldigo al gobierno por la tardanza del café, lo cual justifica, de forma poética, algunas páginas como esta, honestamente fallidas. Si te dicen que bajo ese campo jamás sucedió batalla alguna, no expliques el sentido del poema, pues inútil será, como inútiles han sido los sitios donde se peleó por Cuba. Un país. Somos un país. Un país sin bandera, sin himno, sin escudo. Voy al aeropuerto a despedir amigos: muchachos escuálidos que mi madre alimentó para seguir matando el hambre mía, el hambre de ellos. Voy al aeropuerto a despedir a la patria de la patria. Corazón mío, estamos bogando el esplendor y la existencia avanza como avanzan los esquifes bajo el imperativo de los días.