Alonso Burgos, y sé que es un poco osado pretender adelantarme a los acontecimientos, será un nombre que oiremos en el futuro de las letras mexicanas y latinoamericanas. Desde nuestro primer encuentro, que se produjo cuando él asistía como alumno a uno de los Talleres de Escritura Creativa que imparto en el Instituto Cervantes de Berlín, pude constatar su talento natural para narrar, acompañado ese talento por una cultura universal impresionante, algo que suele ser una «rara avis» entre las nuevas generaciones de escritores. Bastó leer un cuento para descubrir que estaba delante de un escritor, por lo cual le pedí (casi le obligué, cosa que no hice con otros alumnos con tanta insistencia) a que me enviara otras de sus piezas. Todas y cada una de ellas superaba a la anterior y proponía lecturas que, ancladas en la fabulosa tradición literaria mexicana, daba un salto hacia ese espacio donde circulan las grandes obras de la literatura universal: el de la existencia por sí misma, el de la configuración de un universo propio, independiente, que late más allá de los vientos de vida que el escritor, durante el proceso creativo, les insufla. Resultaba un crimen de lesa literatura no ayudar a alguien tan talentoso a lograr el sueño de todo escritor primerizo: tener su primer libro en las manos. Y me propuse eso como meta. Hoy, debo confesarlo, me siento orgulloso de haber encauzado esa nueva obra que conforman los cuentos de Nada más que diablos, que ahora publicamos en la editorial Iliada Ediciones, otra de las áreas editoriales de OtroLunes. Así nace esta entrevista.
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Galina Álvarez, en la plenitud de su carrera literaria
Cuando hace unos días Amir Valle, amigo personal y director de OtroLunes, me pidió que le realizara una entrevista a la autora del libro de relatos Ana y las páginas perdidas, recientemente publicado por la editorial Letrame, de Almería, mi primera reacción fue de sorpresa; luego sobrevino un instante de duda, hasta que, finalmente, le contesté que me temía no ser capaz de escribir una línea completa con la objetividad que requería un trabajo como el que me invitaba a publicar. El problema es que la escritora en cuestión es ni más ni menos que Galina Álvarez, Galia, mi esposa y compañera de vida durante tantos y tantos años. Cuando le expuse mis temores, Amir insistió en la tarea, debía tomármelo como un desafío profesional, dijo, un duelo conmigo mismo que, él estaba seguro, yo era capaz de vencer.
De manera que, sin otra alternativa, me puse manos a la obra y me releí los cuentos contenidos en el volumen. Como cualquiera puede suponer, los conocía de antes; pero me pareció de justicia que los repasara con esa especie de frialdad, o de imparcialidad, con la que se miran las cosas que pertenecen al reino del raciocinio y no del corazón, las emociones y los sentimientos acendrados por decenios de años de amor compartido.
Empecé a escribir inspirado en las historias que me contaba mi abuelo
José Ramón Gómez Cabezas (Ciudad Real, 1971) es psicólogo. Desde hace algunos años combina su actividad profesional en una asociación atendiendo a niños afectados por TDAH con una intensa labor como colaborador de distintas publicaciones dedicadas al género negro. En la actualidad ejerce la presidencia de la Asociación Novelpol (Amigos de la Literatura Policial). Sus novelas anteriores fueron: Requiem por la bailarina de una caja de música (Editorial Ledoria, 2009), Orden de busca y captura para un Ángel de la guarda (Ledoria, 2014) y El ataque Marshall (Serial, 2014) con la que llegó a ser finalista de varios premios nacionales. Acaba de publicar las novelas Metástasis (Ed. Milenio, 2018) y Ojos que no ven (Ediciones del Serbal, Premio La orilla negra 2018).
La sinopsis de Metástasis presenta así la novela: «En los tiempos en que un padre de familia puede enterarse del embarazo de su hija de diecisiete años a través de internet, en la comisaría del distrito Ronda 1 los ordenadores obsoletos mueren en decadencia. La ciudad entera se degenera a pasos de gigante. Los gloriosos éxitos deportivos se trasladaron hace tiempo, el esqueleto de su cancha abandonada es testigo de los yonquis que viven más allá del deseo. La biblioteca, albergue de día de los sin techo, las plazas, epicentro de campamentos ilegales de desheredados. El aeropuerto y los accesos del tren de alta velocidad, propiedad privada de los nuevos ricos del Este, que han construido una ciudad paralela de casinos y complejos hoteleros donde la ley se flexibilizó hasta la sinrazón. En medio de este panorama de austeridades selectivas, el inspector Félix Perea debe investigar el fallecimiento del coordinador regional de empleo, cargo vinculado a un pasado político llamativo. La comprometida situación en la que encuentran el cadáver, no es más que el comienzo de una investigación que poco a poco irá contaminando cada uno de los pasos como un foco cancerígeno que no puede evitar contagiar otros órganos. Como una auténtica metástasis».
Sobre Ojos que no ven se dice que: «Son tiempos convulsos, de inestabilidad, donde la monarquía de Alfonso XIII se tambalea ante los intentos golpistas y el afán por instaurar una nueva república. Joaquín Córdoba es reclamado por su amigo Mateo con carácter de urgencia. Toledo lo recibe con una niebla característica que intenta esconder por momentos el esplendor de una ciudad milenaria. Poco a poco, Joaquín se va viendo inmerso en una serie de acontecimientos desagradables que suceden en la ribera del Tajo. Los cadáveres de varias prostitutas van apareciendo secuencialmente con las cuencas de los ojos vacías sin que a nadie parezca preocuparle este hecho. La investigación llevará a Joaquín a poner en peligro su vida y la de los que lo rodean. Joaquín sigue la pista de un grupo extraño de jóvenes que dice llamarse La Orden de Toledo, pero la evolución de los asesinatos le lleva a sospechar incluso de su propio amigo. Todo podría resultar una pesadilla de no ser por la belleza de María».
Sobre esas novelas trata esta entrevista.
Cuba necesita muchos más cambios que unos cuantos permisos
Uno de los mayores enriquecimientos que he recibido durante mis 30 años como periodista es el privilegio de conocer a grandes periodistas. Periodistas, como digo siempre, «de verdad», no de esos que uno se encuentra en las redacciones de agencias, periódicos, emisoras de radio o televisión, cuyo único interés es rellenar los espacios de noticias, salgan como salgan, con tan de ganarse el dinero. A esos les llamó «mercachifles del periodismo», y lamentablemente son una especie cada vez más numerosa y, por ello, los culpables mayores de que el periodismo hoy sea un medio tan poco serio y denigrado por la mayoría de la población.
Así que, conocer a alguien como Isaac Risco, repito, es un privilegio. Periodista de alma, apasionado, con un profundo sentido de la necesidad que el periodismo tiene de ser objetivo y lo más imparcial posible, como muchos latinoamericanos tenía una idea de Cuba que en muy poco tenía que ver con la realidad y más con esa poderosa propaganda que el gobierno de la isla y sus seguidores difunden por el mundo. En ese sentido, su estancia de cinco años como corresponsal de la agencia alemana DPA en Cuba fue, reconoce él, un despertar, un abrir de ojos ante un hecho histórico que es mucho más complejo de lo que suelen mostrar las dos casi únicas posiciones que existen sobre el polémico «Tema Cuba»: paraíso o infierno.
Su primer libro de periodismo, Crónicas del deshielo, que acaba de publicar la editorial madrileña Verbum, es un ejemplo de cuánto se conmocionó la vida de Risco con la problemática y la singularidad cubana. Nos conocimos en la redacción televisiva de Deutsche Welle y entablamos una primera y muy rica conversación sobre Cuba, a la que siguieron otras, hasta que me dijo que estaba trabajando en un libro sobre sus vivencias como periodista extranjero en la isla. «Me gustaría leerlo», le dije y poco después me envió un pdf con el texto. Confieso que inicialmente tuve mucho miedo: he leído -tanto en español como en inglés y alemán- casi todo lo que los periodistas extranjeros acreditados en Cuba han publicado después de su trabajo en mi país y las desilusiones han sido terribles. Hay mucho maniqueísmo, mucha ceguera y mucha superficialidad y hasta mucho folclorismo barato en esos libros, y por ello emprendí la lectura del libro de Isaac Risco con cautela. Pero estaba equivocado. Es un libro auténtico, confrontativo, de esos que lanzan preguntas al lector constantemente, de los que obligan a ver la realidad, analizarla y sacar conclusiones sin que el periodista te dicte lo que quiere que pienses. Un libro, para utilizar una palabra hoy muy común, «interactivo», en el cual el lector no es un ente pasivo. Y fue tanta la impresión que le propuse escribir el prólogo. Aceptó y me siento honrado de que un libro tan humano, profundo y profesional como este lleve mis palabras de presentación.
De esos temas hablamos en esta entrevista, en exclusiva para OtroLunes.



