La mujer del Coronel
Carlos Alberto Montaner
Alfaguara, 2012
Desde que tenemos uso de razón nos topamos, cara a cara, con un mito que se ha convertido en una especie de orgullo nacional, de tarjeta de presentación del cubano, vaya donde vaya: su exacerbado erotismo, sus supuestas artes amatorias excepcionales. Pero sales de la isla y descubres que lo mismo se dice de los jamaicanos, de los panameños, de los puertorriqueños, de los dominicanos, con lo cual el mito adquiere rango de caribeño. Y ya cuando te das cuenta de que igual fama tienen los brasileños o los mexicanos, entonces estás obligado a “reconocer” que en este lado del mundo hay una virtud amatoria extendida. Si a todo lo anterior sumamos una evidencia clara: el espíritu falocentrista de la internacionalmente conocida Revolución Cubana, los que vivimos en la isla quedamos encabezando esa fuente de portentos sexuales que es la “caliente América”, como se dice en Europa, con todo el doble sentido del adjetivo.
La mujer del Coronel, novela más reciente del periodista y escritor Carlos Alberto Montaner, aprovecha esa última conjunción: la del mito y la del carácter estrictamente machista de la Revolución, para escribir una de las novelas más divertidas de las letras cubanas de las últimas dos décadas, sin dejar de lanzar un dardo certero a la médula de un espinoso asunto, el de la intolerancia ideológica contra todo aquello que se aparte de los esquemas supuestamente ejemplares, incorruptiblemente modélicos del “hombre nuevo” que esa Revolución pretendió construir alguna vez.
Es necesario partir de que el erotismo en casi todas sus vertientes es un elemento natural de la literatura cubana de los últimos tiempos. Se ha llegado a decir, al menos de la narrativa escrita en la isla, y muy cercanamente a lo despectivo, que es difícil encontrar un cuento donde no exista un desnudo o una escena de sexo. Recuerdo las etiquetas de “loco enfermo” que algunos críticos oficiales (generalmente escritores que desempeñaban ese papel) colgaron al escritor Agustín de Rojas cuando comenzó a leer en diversos encuentros literarios los ardientes fragmentos de una novela erótica (entonces y todavía hoy) inédita. Y no puedo evitar la sonrisa burlona del novelista Guillermo Vidal a quien esos mismos críticos y otros comisarios de la cultura llamaron “maníaco sexual” porque en todos sus cuentos y novelas acudía a largas descripciones de sexo que, contrariamente a lo que se decía (“es sexo por sexo, sin fin artístico”), eran momentos vitales para el hilo dramático de la trama y psicológico de sus personajes. Lo innegable es que, sin que se haya estudiado las razones, son pocos los escritores cubanos que hemos abordado la novela erótica directamente hasta llevar nuestras obras a los límites que el género indica, hasta donde sé: Agustín de Rojas, Guillermo Vidal, Jesús David Curbelo, Alberto Garrido y quien escribe estas líneas. Ahora, desde el exilio, y con La mujer del Coronel se suma Carlos Alberto Montaner.
Nuria, Arturo y Martinelli configurarán el clásico triángulo, tan común en la vida íntima de nuestra “especie superior” que, sin embargo, en muchas culturas (en específico en el ámbito de la sexualidad) parece regida más por el instinto del animal que por el raciocinio que nos ha dado ese grado de superioridad. Y ese triángulo parecerá uno más de tantos: Nuria, una bella psicóloga cubana viaja a Italia por trabajo y comienza a sentirse atraída por el profesor Martinelli, un hombre tan enigmático como manipulador, erotómano desde cualquier arista que se le mire, y esa atracción la llevará a traicionar a su esposo, el coronel Arturo Gómez, uno de “nuestros heroicos luchadores internacionalistas en África”, como diría el discurso oficial del gobierno cubano.
Ahí comienza la diferencia entre este triángulo y otros que ocurren en la vida: el coronel Arturo sabrá de la infidelidad de su esposa, no por un vecino, no por un familiar, no por un descuido de los amantes furtivos… Se enterará porque el poder político, ése mismo que pretende convertir a cada cubano en un “hombre nuevo” de conducta ejemplar y moral intachable, no puede aceptar que se veje de tal modo a uno de sus héroes y, como lo ha establecido, pone a ese héroe en la obligación de probar su temple: su fortaleza moral, su integridad como “revolucionario cabal”, su futuro como pieza en el juego de ajedrez de la política dependerá de lo que haga él con la, más que “pecadora”, traidora Nuria.
Esa es la tela de araña que lanza el novelista para hacer reflexionar al lector: la libertad personal (tanto la de Nuria como la de Arturo) asediada por los extremismos ideológicos, en este caso de signo político. Arturo, acorralado por los “deberes” como hombre y como revolucionario, está atado de pies manos y es conducido a un paredón del que sólo puede salvarse atacando a su propia libertad (si obedece los estrictos lineamientos que para su vida han dictado otros desde el poder) o suicidándose socialmente (si decide apostar por salvar su amor con Nuria, perdonando una infidelidad que ella no buscó en ningún momento). Nuria, que ha vivido disminuida como ser humano por ser mujer y por ser, además, la esposa de un héroe, encontrará en la propuesta atrevida y seductora del profesor Martinelli una libertad individual que sólo había conocido con Arturo en los primeros tiempos de su relación, aquellos tiempos en los que las ataduras ideológicas no habían alcanzado a tomar las bridas de la desaforada pasión del amor nuevo. Visto de ese modo, el camino es único: la condena para las almas libres.
Me he preguntado mucho, a lo largo de la lectura de La mujer del Coronel si la tesis de esta novela, la que la convierte en una clara representante del género, la novela erótica, es la que viene a mi mente mientras leía las encendidas descripciones de la relación entre Nuria y Martinelli (algo así como toda la malicia de un Marqués de Sade esgrimida para esclavizar sexualmente a una ninfa que descubre que su experiencia amatoria es la de una novicia). Dicha tesis, que fue bien desgranada décadas atrás por Anais Ninn o Henry Miller en varios de sus libros, apunta a que el único espacio de libertad total de la especie humana es su sexualidad, ya que, según esa teoría, cuando dos personas se entregan a la cópula, la mente es liberada de sus ataduras racionales y se produce un retorno al tiempo en que este acto era, en simples palabras, disfrute, expansión natural de los deseos, autocomplacencia y, sólo por casualidad, instante de perpetuación de la especie (pues sería mucho tiempo después cuando se “racionalizaría” el hecho de que esa relación entre dos seres podía engendrar vida). Y en el caso de Nuria, protagonista que se rebela contra la supuesta rígida moral revolucionaria dejándose arrastrar por las trampas erotizantes de Martinelli, queda muy sutilmente dicho que esos momentos de sexo, de pasión compartida, de rebeldía contra los esquemas que atan la libertad incluso de su vida íntima, han sido los momentos de mayor libertad que ha vivido, los momentos en que más ella ha sido “ella”, desnudando literal y espiritualmente su verdadero ser interior. Será también un descubrimiento para Nuria comprobar que esa pasión en apariencias perdida en su relación con Arturo no tiene necesariamente que morir si ellos dos, amor mediante, convierten sus momentos de intimidad en algo cada vez distinto, en una búsqueda de todos los espacios carnales y espirituales de placer que sus cuerpos esconden, siguiendo la ancestral creencia de los hindúes de que nada mata más el amor que cuando llega ese instante en que los amantes dejan de creer que el cuerpo del otro es un enigma a descubrir, eterno enigma. Y por eso Nuria llega a creer que esa experiencia con el profesor Martinelli será nueva savia para el árbol casi seco de su amor con Arturo, sin saber que la ha alcanzado ya aquel ojo censor que lo vigilaba todo y a todos del que hablaba el novelista George Orwell.
Ese detalle, en apariencias repetitivo si se mira desde fuera de la isla, es otro de los elementos interesantes de esta novela: los cubanos hasta poco tiempo atrás se sabían vigilados pero no imaginaban hasta dónde en realidad lo eran. La amplísima casta de vigilantes que el régimen fue creando a lo largo de los años dentro de la sociedad cubana (desde la mismísima célula familiar hasta los espacios aparentemente más seguros) comenzó con la implementación en la mente del cubano de a pie de la desconfianza en el otro y de la ley del ojo por ojo, leída en una manera muy curiosa: “yo vigilo a los demás porque sé que ellos me vigilan”. Pero una de las tácticas del régimen para controlar cualquier rebeldía individual ha sido precisamente dejar correr la duda sobre el verdadero alcance de su ojo censor, de modo que en la isla todos se saben vigilados pero son incapaces de demostrar que son en realidad vigilados, todos, y todo el tiempo. Y curiosamente ese mecanismo ha extendido la creencia de que “en realidad no nos vigilan, no creo que puedan hacerlo, económicamente hablando (…) hacernos creer que estamos siendo observados es sólo una táctica para mantenernos bajo control”, dijo en internet hace unos años un prominente intelectual cubano, en un viaje a España, en respuesta a una incómoda pregunta de un periodista. Sea cual sea ese alcance, lo cierto es que así como hace un par de años asistimos a la decapitación política de estrategas y defensores a ultranza de la utilización del Gran Hermano (léase el vicepresidente cubano Carlos Lage y el canciller Felipe Pérez Roque) en esos primeros tiempos en que corre La mujer del Coronel la vigilancia “del otro” no sólo buscaba descubrir en “espíritus débiles y traidores a la justa causa por la que luchamos” la corrupción material o la acumulación excesiva y peligrosa de poder, sino incluso pretendía monitorear las fallas en la esfera más íntima del ciudadano, aplicando una escala de valores que, otra vez lo decimos, estaba basada en el carácter falocéntrico de los líderes de la Revolución: un revolucionario podía serle infiel a su mujer, pero una mujer jamás podía serle infiel a su hombre (marido o novio, si era revolucionario) a riesgo de ser crucificada por la Revolución y por su pareja (a quien se le prohibía incluso pensar en la palabra “perdón” si no quería sufrir la misma o una crucifixión peor que la de su infiel “Eva”). Y esta intolerancia machista se extendía a las “almas enfermas”, los homosexuales, con consecuencias terribles que ya bien se conocen en la historia de Cuba y que se extienden todavía a estos días en que, por puro maquillaje, Mariela Castro Espín, la hija del actual presidente aboga por crear una nueva clase político-sexual: la Comunidad LGBT revolucionaria, para diferenciarlos muy radicalmente de “esas otras locas” que parecen condenadas a seguir siendo consideradas elementos “enfermos de nuestra sociedad”, según dijera el tío de Mariela, Fidel Castro, en aquellos años en que se iniciaron las cacerías de brujas contra “conductas impropias” como la homosexualidad o como “las indecencias” atentatorias contra la moral revolucionaria de las que trata La mujer del Coronel.
Finalmente, necesito retomar una frase. Dije al inicio que esta era una de las novelas más divertidas escritas por un cubano en los últimos años. Dejando a un lado la ya demostrada evidencia de que nuestra novelística está signada por un interés de los escritores en reflejar diversos dramas de la “cubanidad”, con lo cual resultan bichos raros algunas novelas que asumen esos dramas desde la risa o la mirada jocosa, en La mujer del Coronel Carlos Alberto Montaner expande una verdadera propuesta lúdicra en una especie de juego a Las mil y una noches: Nuria, condenada ya por las convenciones políticas sin que ella misma lo sepa, presentará al lector cada noche una variante nueva del erotismo, gracias al contrapunteo sexual que mantiene con el sádico profesor Martinelli. Y esa intriga en la búsqueda de la propia capacidad amatoria de Nuria acrecienta el deseo de la lectura, incluso más allá de las, en ocasiones, crudas descripciones de sexo. El juego es lo que importa. El saber hasta dónde la pareja de amantes puede llegar. El adivinar qué nuevos enredos tejerá Martinelli para que la hermosa Nuria no pierda el deseo de perpetuar el juego. El otear, a través de las reflexiones históricas, filosóficas y psicológicas de los amantes, en zonas poco transitadas del erotismo como manifestación inseparable de nuestra existencia.
Lástima que el juego terminara allá, en Italia. Y que la necesidad aprendida por Nuria de liberar las riendas a su amor con Arturo quedara sólo en su deseo. No obstante, cuando leemos la solución que encuentra el “héroe” Arturo al final de la novela, cuando leemos las palabras que en su honor escriben los dictadores y cuando hojeamos el alucinante (por absurdo y risible) Expediente Secreto 343/83 que guarda para la historia las pruebas de la infidelidad de Nuria en Italia, movemos la cabeza, pronunciamos un bajo “¡qué locura!” y, seguro estoy, dejamos escapar una sonrisa, triste quizás, pero sonrisa al fin y al cabo. Es la única libertad que nadie ni nada, ningún edicto ni ninguna circunstancia, ha podido arrebatarnos a los cubanos en estos terribles años de dictadura: la libertad de reírnos de nuestras desgracias.