Capítulo 2:
“Triste comedia”
Protagonistas de esta historia y circunstancias de tiempo, modo y lugar de la misma
Madrid, finales de 1926 y los tres primeros meses de 1927, cuyo inicio posiblemente fue en teatro Maravillas de Madrid, donde la presentación del trío Irusta-Fugazot-Demare, prevista para un período de quince días debió prolongarse a tres meses por el gran éxito que obtuvo.
A comienzos de 1927, cuando sucedieron los hechos. Enrique Jardiel Poncela tenía 26 años y medio, Lucio Demare tenía 20 años y medio, y Josefina Peñalver era una muchacha española, cantante, poetisa y retratista, de aproximadamente diecinueve años y de la cual desconocemos la fecha exacta de su nacimiento.
Al decir del crítico y autor Fernando Méndez-Leite, Irusta Fugazot y Demare (eran) ídolos a la sazón de los auditorios femeninos en España y sañudamente combatidos por un gran sector del sexo feo, envidioso o celoso, de su éxito con las mujeres. (El Tango en España, por Juan Manuel Peña, pág. 96).
“JOSEFINA PEÑALVER, la “Dama del Guante Verde”, mujer aún casada y con un hijo cuando conoció a Jardiel (…), mantuvo con éste una relación sentimental, fruto de la cual nació Evangelina en diciembre de 1927. La pareja convivió (…), estableciéndose en una vivienda situada en el nº 15 de la madrileña calle de Santísima Trinidad. Sin embargo, como ya dijimos, ella decidió abandonar el hogar familiar, quedando la niña a cargo de su padre Jardiel Poncela.
“Es curioso el paralelismo que establece Jardiel Poncela entre las tanguistas y las mujeres de mala nota, prueba inequívoca de que el tango como manifestación artística no debía interesarle mucho. O quizá todo se deba a que la madre de su primera hija, Josefina Peñalver, se acabó marchando con un célebre cantante de tangos”.
Sobre el abandono de Josefina Peñalver a Enrique, en la biografía escrita por su nieto Enrique Gallud Jardiel, se dice que, en 1926, Enrique inició la relación con la “mujer fatal” JOSEFINA PEÑALVER. Comenzaron a vivir juntos –lo que provocó que muchas personas les retiraran el saludo- y pasaron bastantes apuros económicos. También vivió con ellos el hijo menor de Josefina, Jesús María Lobato de cuatro años y medio (nacido el 4 de julio de 1923).
La penuria aumentó y la situación se fue haciendo cada vez más angustiosa. Como era casi imposible mantener los gastos de aquella casa, la pareja decidió tomar una decisión desesperada: se separarían por algún tiempo e intentarían salir a flote cada uno por su lado.
Mientras continuó el idilio entre ambos, sobre Josefina Peñalver, Jardiel Poncela escribió: “Luego amé a otra mujer, excepcional por su belleza deslumbrante, su inteligencia vivaz y su finura de espíritu. Me hizo tan feliz que estuve a punto de casarme. Por fortuna, me acordé a tiempo de que ella estaba casada y mi boda no pudo arreglarse”.
A finales de 1926 nació su hija Evangelina. Tres meses después Josefina abandonó a Enrique, a su hija recién nacida y a su hijo José María, y se marchó a Buenos Aires con el pianista argentino Lucio Demare, del trío Irusta-Fugazot-Demare.
“El amor es como una goma elástica que dos seres mantuvieran tirante sujetándola con los dientes; un día uno de los dos que tiraba se cansa, suelta y la goma le da al otro en las narices”.
La consternación que le produjo dejó claro que Jardiel Poncela no lo esperaba en absoluto. Sin saber qué hacer, recurrió a su hermana Angelina, quien acababa de quedar viuda. Decidieron que ella viviera con él y contrataron a una aya para que cuidara a la pequeña Evangelina.
Jardiel Poncela sufrió una gran depresión y tardó mucho en rehacerse y olvidar. Su primera novela, Amor se escribe sin hache, lo confirma pues está dedicada a ella:
“A la maravillosa y exquisita “Nez-en-L’air”, cuyo perfume predilecto compré muchas veces para poder recordar en la ausencia sus ojos melancólicos.
“En recompensa a cuanto la hice sufrir; como recuerdo de los años felices en que vimos amanecer juntos y para que al leer este libro en alguna o ciudad remota comprenda que no he olvidado mi promesa”.
En el blog “Jardiel cumple 100 años” se dice sobre este particular:
“Estas palabras —delicadas, nostálgicas, ennoblecedoras palabras— de Jardiel dan testimonio de la finura de su espíritu. Pero la historia de esa pasión amorosa había tenido, en su final, amargos aspectos. Y había sabido de engaño y desengaño, de olvido y abandono sobre un fondo de música de tango malevo”.
Y en este blog se ratifica que “(…) este fracaso sentimental, que le dejará para siempre un poso amargo y que nunca pudo olvidar de manera plena (…)”
Sobre Josefina Peñalver, Evangelina, la hija de ambos, en la biografía sobre su padre Enrique, cuenta:
“A una sección que tenía Enrique en “La Correspondencia” (la cual inició en 1921) y que firmaba como “El Conde Enrico di Vorsalino”, que consistía en un consultorio sentimental en broma, comenzó a escribirle una niña de trece años desde el internado de su provincia. Firmaba “La Dama del guante verde”, dibujando al final de las cartas un guante verde. A él le hacía mucha gracia todo aquello, la contestó en broma en el periódico, volvió ella a escribir, terminando al final en una correspondencia particular entre ellos, duró aquel curso, un día dejaron de llegar las cartas de “La Dama del guante verde”, los primeros días las echó de menos pero luego siguió su vida normal sin volverse a acordar de ello. Pasaron cuatro años cuando un día entró su padre en el despacho diciéndole: Ahí afuera hay una señorita estupenda preguntando por ti, que quiere verte.
“Era Josefina Peñalver, “La Dama del guante verde”, la que escribiera desde el colegio en su ciudad de provincias. “Se había casado y aprovechando un viaje a Madrid con su marido, pensó que era el momento de conocerse personalmente. Charlaron de aquella correspondencia, rieron al recordarla y Josefina se fue prometiendo escribir, pero ninguno de los dos lo hizo, desapareciendo nuevamente de la vida de Enrique, hasta que varios años después (…), se había separado de su marido y ni corta ni perezosa se había venido a Madrid a “buscarse la vida” (…) ella escribía y dibujaba mejor, de modo que él se ofreció a ayudarla en lo que pudiera. Empezaron a verse, a frecuentarse y a enamorarse…”, aunque Enrique estaba todavía de novio con Amparo Robles.
“Un día Enrique y Josefina decidieron vivir juntos, algo tan mal visto en aquella época que a Enrique le retiraron el saludo las amistades formales (…), alquilaron un pisito en la calle de la Santísima Trinidad 15, los dos muy valientes defendiendo su amor. Solo tenían para vivir lo que ganaba Enrique (…). Eran muy felices, ella comenzó a dibujar también (…) añadiendo unas pesetillas a la casa.
Dice Evangelina que las amistades “serias” los despreciaban por inmorales, “pero tanto mi abuelo, como mi tía Angelina los comprendían y los ayudaron, pero su hermana María Jardiel y su marido no los trataron y se cruzaban de acera.
“Fueron muy felices, el 20 de diciembre de 1927 nacía yo. Todo parecía ir normal en el pisito de Santísima Trinidad. Nada hacía pensar en una futura ruptura, pero tres meses después de mi nacimiento, Enrique (de 26 años y medio) se presentó en casa de su hermana Angelina para comunicarle el abandono de Josefina Peñalver, dejando en la casa a su marido, a su niña de tres meses y a su hijo de cinco años.
“Esa separación fue terrible para Enrique y lo hizo caer en una gran depresión.
“Y esa separación no fue tan sencilla como Enrique la cuenta en uno de sus prólogos, ya en “frío” y con tiempo transcurrido. Allí está contado como si hubiese querido que hubiese sido. Y esto encaja con la dedicatoria de Enrique en “Amor se escribe sin hache”.
En esta obra Jardiel Poncela ya intuye los avatares que trae el amor. Y en uno de sus más conocidos párrafos, dice de modo sentencioso:
“Esto era el amor: en el hombre una presunción ridícula. En la mujer una vanidad sucia. Y en los dos un instinto animal de secreciones y de glándulas.
“—¡Qué asco, Dios mío, qué asco!¡Y eso constituye la base del mundo!¡Eso es el eje ideal alrededor del cual gira el plantea desde una aurora remota a una noche ignorada!-
“Las mujeres: nervios, pasiones confusas, ambiciones necias, los trajes, las joyas y, encima de ello, sensualidad y orgullo.
“Los hombres: fatuidad, bestialidad, lujuria.
“Y el dinero: el metrónomo, que lleva el compás de la vida de todos merced a su tintineo disolvente.
“Los hombres, con tal de tener dinero, traicionaban, mentían, se envilecían, asesinaban, vendían a un amigo, a un camarada, a un hermano.
“Las mujeres se vendían a sí propias.
“Los ideales -paredes de tierra arcillosa– se desmoronaban.”
Evangelina en la biografía de su padre no oculta que “tenía cinco años cuando conocí a mi madre (a mí siempre me habían dicho que había muerto).
“Había vuelto de Buenos Aires a donde se fue, después de la separación, con los famosos cantantes argentinos Irusta, Fugazot y Demare.
“Cuando volvió, cinco años después de la separación, ella tenía un motivo para estar de vuelta y así se lo dijo a Enrique. Se había quedado viuda y si él quería podían legalizar mi situación casándose.
“Mi padre la dijo:
“Ya es tarde. Hay otra niña en idénticas circunstancias y mis hijas tienen que ser iguales. Tampoco pienso casarme con la madre de la otra niña, sería injusto para la nuestra, como lo sería casarme contigo para la otra. Mis hijas serán iguales legalmente siempre”. Y agrega Evangelina, “y así ha sido y así figura en mi documentación: “Hija de Enrique y madre desconocida” que ya es gracioso”.
“Al llegar a un acuerdo sobre este tema, ella le dijo que se volvería a ir y que quería verme antes.
“-De acuerdo, pero no le digas que eres la madre. La chiquilla vive tranquila y como piensas irte la vas a armar un lío.
“(…) Dos cosas me quedaron grabadas en mi mente infantil de aquella señorita tan simpática. Un paraguas que tenía como mango la cabeza de un perro y (…) que me dejase “registrar” su bolso a mis anchas.
“Diez años después volví a ver a mi madre sabiendo ya que lo era, volví a admirar su belleza, pero pudiendo analizarla, sobre todo su carácter. Era un ser con un sentido del humor tan grande, que una tragedia contada por ella se convertía en una juerga haciéndote reír a carcajadas.
“Tenía una capacidad de simpatía tan grande que con una sonrisa se ganaba a quien quisiera. No hay pasión de hija en todo esto, pues realmente la vi sólo dos veces en la vida, y la segunda que conviví con ella un mes, salimos tarifando, teníamos los caracteres muy parecidos y chocamos. Es justicia, sólo justicia…”
“Vino en muchas revistas fotografiada, porque aparte de haber tenido un éxito como cantante en la Argentina con el famoso trío, también lo había obtenido con un libro de poemas que escribió por aquella época. (…) Más tarde (en 1941) cuando tenía yo quince años ya, hizo una temporada de entrevistas para “Primer Plano” firmadas por Josefina Peña, hasta que se marchó a Brasil donde adquirió gran nombre como retratista. (…)”.