Enrique Jardiel Poncela, uno de los mejores humoristas de todas las latitudes, fue un escritor y dramaturgo español, nacido en Madrid el 15 de octubre de 1901 y fallecido en la misma ciudad el 18 de febrero de 1952 (a los cincuenta años y cuatro meses). Enrique Jardiel murió en la pobreza, casi olvidado, pero en la actualidad su obra ha sido revalorizada al punto de citársela como de las más enjundiosas que se hayan escrito en el humorismo durante el siglo XX. Sus padres fueron Marcelina Poncela y Enrique Jardiel. El escritor adoptó ambos apellidos, para diferenciarse de su padre, de igual nombre y quien también escribía.
Su hija Evangelina asegura que Enrique “tuvo dos amores, uno tan grande como el otro: Las mujeres y el Teatro. Los dos le dieron mucha alegría y mucho sufrimiento.
“En el Teatro no le hicieron sufrir las envidias, las críticas… Le hizo sufrir el Teatro, porque era un enamorado de él; y quiso transformarlo en el arte que siempre había sido, pero se encontró solo. No le entendieron. Nunca le entendieron porque hablaba un idioma que desconocían”.
El público, en general, lo seguía fielmente, pero los críticos se ensañaban cada vez más con una obra que no estaban capacitados para juzgar. Ganó dinero y también lo perdió cuando quiso hacerse empresario de sus obras. Viajó mucho, realizó una película en Hollywood (“Angelina”).
Su obra, relacionada con el teatro del absurdo, se alejó del humor tradicional acercándose a otro más intelectual, inverosímil e ilógico, rompiendo así con el naturalismo tradicional imperante en el teatro español. Esto le supuso ser atacado por una gran parte de la crítica de su tiempo, ya que su humor hería los sentimientos más sensibles y abría un abanico de posibilidades cómicas que no siempre eran bien entendidas. A esto hay que sumar sus posteriores problemas con la censura franquista. Sin embargo, el paso de los años no ha hecho sino acrecentar su figura y sus obras siguen representándose en la actualidad, habiéndose rodado además numerosas películas basadas en ellas.
Su vida estuvo ligada totalmente al mundo del teatro y llena de altibajos de dinero y éxitos. Desde muy temprano no volvió a colaborar con nadie, en la creación de obras. Nunca perteneció a ningún sindicato, grupo, sociedad, círculo o asociación de tipo alguno. Fue totalmente individualista en su vida y en sus ideas. Fue tan exitoso que fue plagiado sin compasión por autores españoles, ingleses y franceses (entre ellos Miguel Mihura, Alfonso Paso, Jean Anouilh, Noel Coward, M. J. Farrell y A. J. Perry).
Al inicio de la década del 40, durante un viaje que efectuó en esos años a España el cantante mexicano Jorge Negrete, le preguntaron en una entrevista en Radio Nacional cuál era el motivo principal de su visita. –Tengo dos motivos– respondió el conocido cantante: visitar la Madre Patria y conocer personalmente a Jardiel Poncela. Se necesita tener la personalidad de Jardiel Poncela para decirle NO, al humorista y actor mexicano Cantinflas, quien le propuso en 1947 que hiciera guiones para él. Jardiel Poncela contestó que él no sabía escribir para una personalidad determinada y tan concreta como era la suya.
Jardiel Poncela escribió siempre, aunque en sus inicios se perfilaba para ser un autor “serio” y no el humorista que resultó siendo. El comienzo de su fama se produjo cuando colaboraba en revistas de la época, como “Buen Humor”. En 1927 publicó “Amor se escribe sin hache”, su primera novela. Luego, en pocos años, escribiría tres novelas más “¡Espérame en Siberia, vida mía!”, “Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?” y “La tourneé de Dios”, ésta última en 1932. Muy joven abandonó la novela, en la que brilló y se dedicó, casi exclusivamente, a escribir para el teatro, género en el que logró grandes éxitos, como “Eloísa está debajo de un almendro”, o “Un marido de ida y vuelta”.
Su hija Evangelina (psicóloga clínica) en la biografía que escribió sobre su padre dice sobre su final:”Se fue sin temer a su “enemiga”, como llamaba a la muerte. Se fue en busca de su madre.
“Se fue cansado de sufrir, había sufrido mucho, física y moralmente. Se fue en paz consigo mismo, sin un renuncio, porque fue fiel a sus ideas hasta el final. Hasta el último momento fue el Jardiel de siempre.
“El 17 de febrero, el médico le inyectó para que descansara, para que durmiese, no se despertó más, del sueño pasó a la marcha definitiva la mañana del 18. No había cumplido 51 años. (…)”
Su nieto Enrique Gallud (doctor en filología hispánica), en la biografía que escribió sobre su abuelo dice sobre el final de Jardiel Poncela: “El entierro fue un acontecimiento en Madrid (…). Lo más importante es que vivió, que la suya fue una vida digna y plena, una vida bien aprovechada en lo humano y en lo artístico. En último extremo –diría-, la vida misma es su propia justificación:
“Y en tanto el barco avanza hacia la opuesta orilla,
hacia la última orilla, hacia la orilla triste;
pero ¿Y eso qué importa, si al existir se existe,
y la existencia en sí ya es una maravilla?”
“Y se fue, cuanto más se le conoce, más se le aprecia, como lo puede demostrar la infinidad de lectores y espectadores entusiastas en España y en toda Hispanoamérica. Esto no es sino justo, pues Jardiel dedicó su obra y sus esfuerzos a alegrar a sus semejantes, y la risa es lo más sano, lo más bueno, lo que más se parece a la felicidad”.
El escritor español Ricardo Bada dijo sobre este genio del humor: “Cosa triste es, muy triste, pensar que Jardiel murió ninguneado por una sociedad a la que había entregado lo mejor de su inteligencia y de su inmensa capacidad de trabajo. Cuando falleció en Madrid, a la temprana edad de cincuenta años, cuatro meses y tres días, su esquela fúnebre hubiese podido expresar, con absoluta certeza, que la causa de su muerte fueron el desánimo, y quizás la rabia, frente a una incomprensión analfabeta sumada a la envidia más repugnante.
“Los que debemos a Jardiel Poncela algunas de las pocas horas de diversión desternillante (…), conservaremos siempre, de él, un recuerdo agradecido por tanta risa, tanto horizonte abierto, tanta sanidad mental como supo transmitirnos.
“Todos cometemos errores. El suyo fue fatal: en vez de exiliarse a Colombia, a México, a la Argentina, donde lo habrían recibido con los brazos abiertos, Jardiel Poncela eligió querer seguir haciendo reír a un pueblo tan genéticamente negado para el humor como lo era (ojalá no lo siga siendo) el español. Lo pagó muy caro (…): con la vida”.
El reconocido periodista y escritor español César González Ruano escribió sobre Enrique Jardiel Poncela, el día de su muerte (en el diario “Arriba”): “Agotado y casi eclipsado, disminuido por un bosque de espaldas, cuando mejor indiferentes, Enrique Jardiel Poncela entra hoy por derecho propio en la Plaza Mayor del Recuerdo, ocupando, con su mínimo volumen, el caballo de la estatua ecuestre que le corresponde en la historia de nuestra literatura española como el humorista más completo que nuestro siglo ha dado”.
Y en el diario “La Vanguardia Española”, el mismo González Ruano enfatizó:
“La mañana de hoy, lunes, 18 de febrero, en que escribo estas líneas trajo la infausta nueva de la muerte del escritor y comediógrafo Enrique Jardiel Poncela, ocurrida en este mismo suelo de Madrid donde su mínima figura física y su general simpatía humana eran tan populares.
“(…). Las últimas veces que vi a Jardiel fueron en la mañana y en la tarde del último sábado y comprendí que nunca más volvería a verle. (…) y he aquí que el amigo de los años inolvidables nos ha dejado, después de una larga despedida de una vida tan sin alicientes para él, que el observador menos sutil que le hubiera visto habría comprendido que nada podía ya retenerle. Muere, efectivamente, Jardiel Poncela tras unos años de desilusión absoluta que cierran definitivamente el ciclo de una existencia escéptica y desdeñosa para los bienes de la vida. Sólo un temblor religioso le estremeció en aquellos últimos momentos de una tremenda extenuación producida, creo yo, tanto como por un físico agotamiento, como por un moral y voluntario no deseo de continuar entre nosotros.
“Tristemente me ha correspondido el ser uno de los últimos y de los pocos amigos suyos que puede dar testimonio de este desaliento, impresionante y terrible, en el que andaba su pobre alma ese sábado cuya fecha se hospeda ya en mi memoria con patética profundidad. Él se negaba a vivir tozuda y estoicamente. Ni medicinas ni médicos, ni bálsamos, materiales ni espirituales pudieron corromper aquella decisión espantable de la que yo puedo dar fidedigno e impresionado testimonio. Es más, la pequeña alegría que mi presencia pareció darle por la mañana, se enturbió en una evidente repulsa cuando sospechó por la tarde que yo quería oponerme a aquel destino por él elegido y aceptado. Las últimas palabras que Enrique me dijo fueron estas:
—Márchate… Me fastidias… Me fastidiáis todos… Vete y llévate a tu amigo.
“(…) Por eso me desorientó enormemente ese estremecimiento religioso que, sin duda, dulcificó sus últimos momentos. Pero la religión esta vez para Enrique no era un camino de esperanza en esta tierra, ni a ella debió pedirle nada en lo referente a ese pobre cuerpo que apenas existía ya en aquel tremendo sábado que no se me olvidará nunca.
“Deja Jardiel Poncela una evidente obra que, aparte de sus muchos valores en sí, tiene un valor en la historia de la literatura nacional de nuestro siglo. Epígono tardío de aquella literatura cómica llamada en España festiva, él, mejor que nadie, fue el precursor de una línea de humor absolutamente contemporáneo y que, ajena a nuestras Letras, tenía, sin embargo, mucho que ver con una tradición latina y aun española. (…) Si sus novelas tienen un claro interés, es evidente que Jardiel fue el único autor teatral en su género con vigencia y éxito en los escenarios nacionales.
“En los últimos años, la Vida no le trató bien. Por unas causas o por otras lo cierto es que su aguda sensibilidad padeció el despego y el olvido de las gentes que él consideraba como más seguras y afectas. La tremenda decadencia física a la que él se había abandonado, había eclipsado los venturosos días del éxito y puede decirse, esta vez sin exageración, que Enrique Jardiel Poncela era un auténtico muerto al que, un extraño destino le permitió la suprema y rara condición de sobrevivir sólo para darse cuenta de aquellas terribles verdades que la suprema misericordia de Dios suele evitar a los hombres. Desde un profundo olvido, repito que voluntario, él quiso asistir al ocaso de días de esplendor que entonces no parecían tener atardecer posible.
“Estoica y duramente Jardiel nos deja porque su voluntad no nos quería de ninguna manera acompañar. La muerte hará crecer sobre el hueco que deja entre nosotros su mínima figurilla humana, los laureles que a última hora le regateó la vida con una crueldad y una voluntad que sólo ahora comprendemos del todo”.