La dama de las camelias
Alexandre Dumas
Nocturna Editorial, España 2012
«Libiamo ne’lieti calici che la bellezza infiora» («Bebamos alegremente de este cáliz resplandeciente de belleza»), se canta en la famosa escena del brindis en La Traviata, de Verdi (inspirada en La dama de las camelias, de Alexandre Dumas, hijo, la novela que nos reúne esta tarde), en una melodía entonada por el tenor protagonista que rebosa alegría, pero la alegría del vals decadente. En esa frase, sin embargo, se concentra lo que a mi manera de ver es el asunto central de la novela —de Marguerite Gautier, el personaje principal de la novela, en realidad—: el carpe diem que viene de lejanos tiempos medievales; la alegría del que celebra antes de que se acaben las razones para celebrar.
La dama de las camelias es una obra de transición entre el Romanticismo más idílico de principios del siglo xix y el Realismo más feroz de la Europa sumida en una Belle Époque que no tuvo nada de bella para la mayoría; pero no puedo dejar de percibir en este libro la misma turbia materia que se «disfruta» en una novela del siglo anterior —pero no menos realista y perversa—, Las relaciones peligrosas, como la conocí originalmente, y que también han traducido, con menos belleza, pienso, como Las amistades peligrosas. Quizá lo que me mueve a hacer la comparación es el destino final de las protagonistas, el destino de espaldas a la sociedad de su tiempo: por un lado, la marquesa de Merteuil, en Las relaciones…, pierde lo más preciado para ella, la reputación —y con ella la belleza, por cierto—; y por otro lado, Marguerite Gautier, en La dama de las camelias, que pierde también su bien más preciado, que no es la hermosura ni el dinero, sino la vida inmersa en ese cáliz resplandeciente de belleza que fue su vida de «mantenida», pues de ninguna otra manera hubiera podido seguir viviendo: ella no conoce ni quiere —ni está en condición de— conocer otra forma de alegría. Como le dice Armand, ese pusilánime, en una de sus cartas: «No soy lo suficientemente rico para amarla como quisiera ni lo suficientemente pobre para amarla como usted quiere». Ambos personajes, la marquesa del siglo xviii y la cortesana del xix, distanciados desde luego por infinidad de características, comparten una que me parece esencial: la de caminar por el finísimo borde de una sociedad que no perdona al que se descuida y que de inmediato sustituye a la vieja estrella por una nueva.
Desde el punto de vista narrativo, el valor de esta novela hoy en día radica en su capacidad para convertir la podredumbre y el luto en hermosura y fiesta, con los sencillos recursos del flashback y la narración con marco; pues la primera vez que «vemos» a Marguerite es tan solo una calavera, eso sí, una hermosa calavera plena de una terribilità gótica, y el narrador lo sabe: «Era horrible de ver y es horrible de contar. Los dos ojos no eran más que dos agujeros, los labios habían desaparecido y los dientes blancos estaban apretados unos contra otros. Los cabellos largos y secos estaban pegados a las sienes y velaban un poco las cavidades verdes de los pómulos. Y, sin embargo, reconocí en aquella faz el rostro blanco, rosado y feliz que había visto tantas veces». Nadie diría que este fragmento pertenece a una novela de amor, sino a una de las descripciones perturbadoras de Ann Radcliffe, Charles Maturin e incluso el maestro del horror, H. P. Lovecraft. Y nadie diría que, en efecto, estas palabras del personaje fueron escritas en la realidad por Dumas, hijo, a Marie Duplessis, su amante y en quien se inspiró para el personaje de la novela.
Pero a partir de esta iniciación romántico-realista —el amante que desentierra a la amada para colocarla en el lugar que se merece y reconocerla incluso más allá de la descomposición física—, los narradores están preparados para contar, desde el principio, la historia gozona, trágica, amorosa, vitalísima de una mujer que pagó con su vida, pero no con el olvido, la valentía de vivir como le dio la gana. Y si la fama no es la inmortalidad, se le parece mucho.
Texto leído en la presentación de La dama de las camelias, traducida por José Manuel Fajardo y editada por Nocturna.
Librería La Fugitiva, Madrid, 18 de octubre de 2012.