El escritor cubano Justo Vasco y el chicano Rolando Hinojosa-Smith fueron mis puertas para conocer a la escritora española Elia Barceló.
Justo Vasco, apoltronado en una de las butacas del lobby del Hotel Chamartín, de Madrid, desde donde partiría al día siguiente el Tren Negro que conduciría a los escritores a la Semana Negra del año 2002 o 2003, comenzó a señalarme a los escritores que tenía al alcance de la vista y a “presentármelos” del único modo en que él sabía hacerlo: caracterizándolos por sus méritos literarios y a través de anécdotas que los convertían en seres de carne y hueso, como él o yo. Y cuando alguien del grupo soltó por lo bajo, en tono algo dolido, “como siempre, sólo hombres, y para colmo, somos feos a matar”, Justo sonrió y dijo, en tono paternal: “no se preocupen, chicos, ya aparecerán las escritoras”.
Y así fue: poco después, vimos salir del bar del lobby a un viejo alto, con rostro pícaro y gestos de muchacho travieso, acompañado de una mujer que, como él, se hacía notar: vestía con una rara mezcla de informalidad y elegancia y, sobre todo, enseñaba una luminosa y bella sonrisa.
— El gran Rolando Hinojosa-Smith – me dijo –. Un gringo bueno.
Y luego, casi señalando a la mujer con su prominente y ya canosa barbilla.
— Y Elia Barceló – dijo –, la Gran Dama de la Ciencia Ficción y el fantástico español. Te va a encantar conocerla. Para empezar, te voy a regalar un libro que acaba de publicar. Tienes que leerlo.
Y dos días después, ya en Gijón, me regaló El vuelo del hipogrifo, en una bella edición de la editorial española Lengua de Trapo.
Ese fue el comienzo de mi afición por la literatura de Elia Barceló. Después, una hermosa y sincera amistad con ese gran escritor a quien empecé a llamar como otros, afectuosamente, “Nuestro gringo viejo en Gijón”. Y a través de él, y de Justo Vasco, y de Paco Ignacio Taibo II y de Cristina Macía, muchos encuentros con Elia en Semana Negra, siempre con la alegría de encontrarme otra vez con su luminosa e inagotable sonrisa.
Comencemos por lo que debía ser el final: ahora mismo, ¿qué escribe Elia Barceló?
Llevo más de dos años trabajando en un proyecto nuevo. Se trata de una trilogía fantástica, o incluso una saga, ya veremos, cuyo primer volumen aparecerá en mayo de 2013. Se llama Anima Mundi y es una especie de híbrido entre fantasía urbana y novela de aventuras con fondo de ciencia ficción, en la que prescindo de motivos clásicos como vampiros u hombres lobo, dragones y unicornios, o naves espaciales para intentar crear una sensación nueva. Hay una gran variedad de escenarios, ya que la trama sucede en muchas ciudades de nuestro planeta, y aparecen muchos personajes, no todos humanos convencionales. Trato también temas que nos preocupan en la actualidad: el poder, la fuerza que dan el dinero y la belleza, la extinción de las especies, el deseo de abrirse a otras realidades, de alcanzar el contacto con otros planos, el enfrentamiento entre diferentes ideas y grupos de poder… Más de mil páginas de texto dan para mucho…
Y el inicio… ¿qué viene a tu memoria si te preguntara por el primer escrito con alguna pretensión creativa?
Descontando lo primero que traté de escribir a los doce años –una novelita de ciencia ficción que no llegó a tener más de diez páginas porque mi imaginación iba mucho más rápida que mi mano– empecé a escribir con cierta intención literaria al llegar a la universidad, a los diecisiete, dieciocho años, en gran parte porque me sentía muy sola y, al principio, me sobraba el tiempo. Mis primeros textos eran de un género que yo bauticé como “espejismos”. Se trataba de una especie de imágenes, viñetas, cuadros… en los que normalmente aparecía una figura inquietante o curiosa en un paisaje extraño; con frecuencia no pasaba casi nada, no había apenas acción, yo misma no sabía quién era esa figura ni dónde estaba ni qué hacía allí, pero había una magia especial en el hecho de crear con palabras una realidad alternativa. Era muy importante que las palabras fueran precisamente esas y no otras –como en la poesía– porque sólo con esas aparecía esa sensación extraña, esa magia. Quizá si hubiera sabido dibujar bien, me habría dedicado a plasmar en un papel o en un lienzo mis visiones internas, pero como no era lo bastante buena, me decidí por la palabra.
Después, dos o tres años más tarde, escribí mi primer relato terminado. Se llamaba Embryo y lo escribí un viernes santo, de una sentada, a mano, en la mesa de la cocina del piso de estudiantes en Innsbruck donde vivía mi novio. Yo había venido a visitarlo por la Pascua y, mientras él ayudaba a un compañero a montar una estantería, me refugié en la cocina y escribí de un tirón la historia que se me había ocurrido por la mañana. Unos meses más tarde fue también mi primer relato publicado. Se lo envié a Miquel Barceló, que acababa de poner en marcha un fanzine estupendo llamado Kandama, y lo aceptó inmediatamente junto con otro muy cortito –Minnie– que escribí poco después de Embryo.
Sé que esta frase: “Semana Negra, la única semana que tiene 10 días”, significa mucho para una gran cantidad de los más importantes escritores hispanoamericanos y españoles de los últimos 25 años. ¿Qué significa para Elia Barceló, la escritora y para Elia Barcelo, el ser humano, así, por separado?
Significa mucho, muchísimo, para mí, en las dos vertientes. Cuando fui por primera vez a la Semana Negra, en 1996, había escrito unos cuantos relatos, no tenía más que tres libros publicados, todos de ciencia ficción, y había ganado el Premio Internacional de la Universidad Politécnica de Catalunya con El mundo de Yarek (1994). Sólo conocía a gente del fandom, no tenía ninguna experiencia editorial, nunca había tratado a escritores profesionales, jamás se me habría ocurrido que pudieran invitarme a un festival de esa envergadura.
Llegar a Gijón, a la Semana Negra, fue una revelación, un milagro. Por primera vez me sentí parte de un gran colectivo de personas que inventan historias, que usan la palabra para comunicar sus sueños, sus esperanzas, su rabia, su denuncia, su optimismo, su crítica… No he vuelto a sentirme sola como escritora; allí he ido conociendo, año tras año, a muchos de los que ahora son grandes amigos: colegas escritores, editores, traductores, agentes, correctores, periodistas, fotógrafos, jefes de prensa… personas que viven en torno a los libros. Allí conocí al que fue mi primer editor de mi primera novela fuera del género en el que había trabajado siempre, mi primera novela “blanca” –en palabras de Paco Ignacio Taibo II–: el también escritor Javier Azpeitia; allí compartí unos días con César Mallorquí, que me empujó a escribir novela juvenil, cosa que hice con éxito poco después –gané el Premio Edebé con una novela negra juvenil, uniendo así las dos influencias “semaneras” –; allí te conocí a ti, Amir, y a otros amigos cubanos, como a Justo Vasco, y a Lorenzo Lunar, y empezó mi amor por la literatura cubana, que ha cristalizado en varios cursos universitarios; allí empezó mi amistad con el mismo gran Paco Taibo, y su mujer, Paloma, y su hija, Marina, y su yerno José Ramón, con el maestro Rolando Hinojosa-Smith, con Cristina Macía, Fernando Marías, Care Santos, Alfonso Mateo Sagasta, Jose Carlos Somoza, Lorenzo Silva… tantos y tantos excelentes compañeros del “honrado gremio de escritores” que va aumentando cada año con colegas más jóvenes que se dedican a todo tipo de géneros y se redondea con los amigos de siempre, con los que empecé en la ciencia ficción hace más de veinte años, como Rafael Marín y Juan Miguel Aguilera.
La Semana Negra ha sido, profesionalmente, lo más importante y maravilloso que me ha pasado en la vida. Y desde el punto de vista personal, un enriquecimiento que no se puede medir. No puedo separar las dos vertientes porque mi profesión es mi vida y todo está muy unido.
En una de esas Semanas Negras, nuestro inolvidable amigo, Justo Vasco, me dijo que yo iba a quedar encantado cuando conociera a la “Gran Dama de la Ciencia Ficción y la Fantasía Española”. Confieso que tuvo razón, te conocí y me encantó y ya sabes que soy uno de tus fans, como también soy fan de la cubana Daína Chaviano, catalogada también de “Gran Dama” de este género en América Latina. Pero, intentando no ser sexista ¿cómo se lleva eso de ser considerada la Gran Dama de un género en el que, sobre todo, predominan los hombres?
Justo era de esas personas que habría que haber inventado si no hubieran existido. Siempre tenía una palabra amable y alegre para todo el mundo, nos ponía en contacto a unos y a otros, nos hacía sentirnos incluídos, bienvenidos, en casa. Él ya no está, pero sus novelas siguen ahí, tan estupendas como siempre.
Lo de la “gran dama” es halagador, ¿qué duda cabe?, pero es algo que hay que relativizar un poco. Primero: no hay muchas mujeres de lengua castellana que se dediquen a la literatura prospectiva en general, ni siquiera a la fantasía. Si lo ampliamos a la gran casa del fantástico hay alguna más –está Cristina Fernández Cubas, está Pilar Pedraza, Lola Beccaria, algunas veces Rosa Montero, y Ana María Matute con una novela-, pero la verdad es que hay muchos más hombres. Por eso a veces resulta más halagador estar considerada entre “los mejores escritores de género fantástico”, así en masculino. Pero no voy a negarte que es bonito y hace ilusión eso de que la llamen a una “gran dama” o “dama negra” y que la consideren parte de la “trinidad femenina” junto con Daína Chaviano, a quien sólo conozco por carta y a Angélica Gorodischer a quien también conocí en la Semana Negra, donde tuve el honor de llevar junto con ella el taller literario para jóvenes..
Cuando leí tu primer libro, Sagrada, tuve la impresión de que esa recopilación de historias tenía algo de cierre de una etapa literaria; algo así como si tirabas en un rincón la llave de un momento de tu carrera en la que andabas buscándote lo mismo en textos donde el lirismo es muy palpable o en historias con códigos lingüísticos muy claros del cyberpuk o la modernidad. ¿Fue algo premeditado o pura casualidad?
Sagrada –el libro, no la novela corta del mismo título– fue mi primera publicación y no fue realmente premeditado. El editor de la colección Nova, de Ediciones B, era casualmente el mismo Miquel Barceló que publicaba el fanzine Kandama donde habían salido mis primeros relatos. Miquel me ofreció la posibilidad de reunir los cuentos que habían aparecido dispersos, completar el volumen con otros aún inéditos y redondearlo con una novela corta –Sagrada– que yo había terminado poco antes. Naturalmente me entusiasmó la idea y lo hicimos. En ese libro está, como muy bien dices, todo lo que a mí me interesaba temática y formalmente en esa época. Ahí se ve una especie de escaparate de lo que yo era entonces como escritora: mi amor por la evocación a través de la palabra, la influencia de Ray Bradbury, de Ursula K. Le Guin, de James Tiptree Jr., el deseo de modernizar el género en lengua española probando ciertos experimentos formales que yo había descubierto con autores latinoamericanos generalistas, como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa… y como, en ciencia ficción, estaban haciendo Alfred Bester, Philip K. Dick y Joanna Russ, aunque yo tenía una voluntad muy clara de desligarme de modelos abiertamente anglosajones… yo quería trabajar en el género que más placer de lectura me había dado a lo largo de mi vida, pero quería que ese género se convirtiera en algo que no diera esa ligera vergüenza que sentían algunos lectores (que incluso forraban las novelas para que la gente en el autobús no supiera la “basura” que estaban leyendo). Yo quería contribuir a que fuera algo más literario, más en la línea de lo que se estaba haciendo en literatura general. Por eso escribí La dama dragón o Aquí estamos todos juntos, para demostrar que los temas son importantes, pero el tratamiento que se les dé es lo que los convierte en literatura.
Si tuvieras que describirle a nuestros lectores, específicamente a esos que no te conocen, qué es, cómo nació y cuál ha sido el desarrollo novelístico de tu mundo personal, Umbría, ¿qué dirías?
Umbría no es un invento solo mío, por eso es tan bonito y variopinto. Nació hace ya bastantes años –aún el siglo pasado– de una idea original de César Mallorquí. Nos habíamos hecho amigos durante una Semana Negra y habíamos estado hablando de los universos compartidos que algunos escritores estadounidenses de ciencia ficción habían desarrollado para colocar sus historias. A los dos nos parecía una buena idea eso de pedirle prestado un escenario galáctico a un colega para situar una historia concreta sin tener que crear, además, todo un universo.
Unas semanas después. César me escribió proponiéndome la creación conjunta de algo parecido aunque de dimensiones más modestas: nosotros no íbamos a crear un universo sino una simple provincia española, una autonomía uniprovincial, donde situar nuestras historias fantásticas. Esa región tendría ciertas características especiales, como la de que dentro de sus fronteras suceden cosas realmente extraordinarias y todos los habitantes son conscientes de ello, pero nadie lo confiesa ni lo nombra en voz alta.
Luego pensamos que si, en lugar de dos escritores, fuéramos cuatro, nuestra tierra crecería de manera más orgánica, así que decidimos incluir también a Julián Díez, gran periodista y especialista en literatura prospectiva, y a Armando Boix que en aquella época estaba produciendo unos excelentes relatos fantásticos. Entre los cuatro –por e-mail y en dos reuniones “físicas” a lo largo de dos años– creamos la base de Umbría, con su geografía, su historia, literatura, monumentos, fiestas, tradiciones, gastronomía, etc. El resto iría haciéndose a lo largo de nuestros relatos y novelas ambientadas allí. De momento sólo hay dos novelas mías que suceden en Umbría: El vuelo del Hipogrifo, (2002) (la tercera parte de la novela) y El secreto del orfebre, (2003), y una de César Mallorquí, Leonís (2011).
Lo bonito de crear un espacio entre cuatro es que hay muchísimas cosas que uno tiene que aceptar “porque sí”, igual que cuando uno nace los ríos y las montañas ya tienen nombre, tanto si a uno le gustan como si no. El principal río de Umbría se llama Lugones (que en mi opinión es un nombre horrible para un río) porque lo inventó Julián y a él le gustaba. Y en Oneira –la capital, inventada por Armando, si no recuerdo mal–, hay una puerta gótica, resto de la antigua muralla, que me inventé yo, que se llama la Puerta de las Rosas, y que cualquiera que ambiente una historia en Oneira no tiene más remedio que usar. Igual que la especialidad culinaria de Umbría es el cerdo al estilo de Lotar porque así lo decidió César.
Hay veces que me da mucha pena que aquel entusiasmo inicial se perdiera y que no haya más historias de Umbría, pero quizá lo retomemos antes o después. La verdad es que durante un tiempo Umbría fue tan real para mí que cuando, viendo las noticias de la tele española, salía la carta meteorológica, siempre miraba a ver qué tal tiempo tenían por allí. Muchas veces me sorprendía diciendo: “ay, los pobres, ya está lloviendo otra vez”, porque Umbría es una región cantábrica, norteña, con un gran influjo mediterráneo impuesto por mí, claro, y con una isla, también de mi cosecha, que a veces está y a veces no.
Hay escritores que aseguran (aunque en verdad me resisto a creerles) que a ellos no les importan los lectores. En tu caso, tus historias llenas de intriga, misterio, aventuras, parecen estar escritas para conectar con el público y me consta que hay un público amplio que sigue tus libros. ¿Influye ese lector sin rostro en lo que escribes? ó en otras palabras ¿cómo es tu relación con el lector durante y después del acto de escritura de un libro?
¡Pues claro que me importan los lectores! Cuando uno cuenta una historia –oralmente o por escrito, tanto da– la cuenta para alguien y ese alguien es la mitad del proceso. Todos los libros están mudos hasta que alguien los lee, los activa, los completa; leer es una cooperación, es un acto de amor que se cumple entre dos.
Lo que pasa es que yo, cuando imagino a mi lector ideal, pienso en alguien muy parecido a mí. No pienso en masas de lectores, no decido si esto lo van a leer más las mujeres o los hombres, los jóvenes o los mayores; yo pienso en una persona parecida a mí en tanto que lector, alguien a quien le gusta ir descubriendo poco a poco lo que hay en el pasado –secretos, misterios, actos aparentemente incomprensibles– y que está afectando el presente; alguien a quien le hace feliz que lo sorprendan, que lo lleven por caminos inesperados, que tenga la paciencia de leer ciertas informaciones crípticas o extrañas sabiendo que más adelante se desvelará el misterio; alguien que cree que el amor importa y que uno tiene derecho a luchar por su felicidad aunque fracase; alguien que sabe que hay gente mala pero mucha menos que gente buena, aunque los malos hagan más ruido y más daño.
Me importan mucho las personas que leen o van a leer mis libros y por eso me encanta conocerlos, ponerles rostro, hablar con ellos después de esas lecturas públicas a las que tan aficionado es el público austriaco y alemán y a las que yo me he aficionado tantísimo.
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