Imaginemos que tienes delante todos tus libros, sobre una mesa y estás obligada a explicar a los posibles lectores de qué va cada libro. ¿Qué les dirías? Probemos con estos:
Sagrada:
Mi primer libro; una colección de relatos de ciencia ficción muy humana, más bien lírica; un panorama por mi mente que ya presenta los temas que más me ocupan: el amor, la muerte y la trascendencia, la traición, la nostalgia, los juegos literarios…
Consecuencias Naturales:
Una novela corta en la que presento, en clave de humor, ciertos estereotipos de conducta humanos en lo que respecta a roles socio-sexuales. Una historia de primer contacto en la que un varón humano, para alcanzar el honor de ser el primero en hacerlo, tiene relaciones sexuales con una extraterrestre, se encuentra con que es él quien queda embarazado, y debe trasladarse al planeta alienígena, cuya población está cerca de la extinción, hasta el momento del nacimiento.
El mundo de Yarek:
Se trata de una novela corta que según la crítica tiene ecos de novela de aventuras al estilo Joseph Conrad en la que un xenobiólogo es condenado por genocidio a cumplir una condena de veinte años de aislamiento completo en un planeta deshabitado. Pero el planeta no está tan deshabitado como parece y el final es una vuelta de tuerca. La novela plantea, entre otros, temas como la justicia, la soledad, la solidaridad, la necesidad de contacto, el sentimiento de culpa, la responsabilidad, etc.
El vuelo del hipogrifo:
Siempre he definido esta novela como mi declaración de amor a la literatura, sin géneros, sin fronteras. Es la primera de las mías en las que me sentí totalmente libre de trabas a la hora de decidir qué entra y qué no. Es un juego literario en el que yo pongo las reglas e invito al lector a seguirme en un viaje por varios lugares –unos reales y otros algo menos–, en el tiempo, y a través de los géneros literarios y su historia. En la peripecia superficial una joven filóloga se encuentra casi por azar con que es administradora del legado de un erudito hispano-italiano, pero los que ella cree simples documentos de investigaciones literarias resultan ser un gran secreto: la posibilidad de entrar en diferentes mundos literarios tan reales como el nuestro. Lógicamente, no es la única que desea ser la poseedora de ese secreto. Así construyo un híbrido entre novela negra, fantástica, de aventuras, histórica… de todo. Disfruté enormemente escribiéndola.
El secreto del orfebre:
Esta es una novela muy breve que se lee en una sentada; de hecho que, por mi gusto, debería leerse de una sola vez para alcanzar esa unidad de efecto de la que hablaba Edgar Allan Poe. Es uno de los textos con los que más me identifico: me apareció de repente, sin avisar, y tuve que ponerme a escribir de inmediato porque la voz del orfebre estaba allí, quería contar su historia y para eso me necesitaba a mí. La escribí muy deprisa, sin pararme a pensar, sin que me diera tiempo a asustarme por estar metiéndome en un relato que, además de ser una intensa historia de amor, era también ambientación histórica de las posguerra franquista e incluía una dificilísima paradoja temporal. Ni yo misma he sabido nunca cómo se llama el orfebre ni cómo acaba realmente la historia, pero me gusta así. En esta se aprecia también la influencia de Leonard Cohen, mi poeta favorito; de hecho, la historia empieza igual que una de sus canciones, Famous Blue Raincoat.
Disfraces terribles:
Esta es una de mis novelas favoritas, con uno de mis personajes femeninos más queridos, Amelia Gayarre. Es una novela que trata de libros y escritores en París en distintos momentos del siglo XX; hay una doble historia de amor, y de traiciones; muchos secretos enterrados, muchos malentendidos que destruyen vidas enteras, un par de muertes inexplicadas… pero sobre todo es una novela sobre la fuerza de la vida, el amor y la amistad, sobre la imposibilidad de recuperar el pasado, y sobre la ficción que siempre está presente en la memoria, sobre el hecho de que toda narración es invención, aunque estemos hablando de nuestros propios recuerdos.
Corazón de Tango:
Es una novela híbrida, mitad realista y mitad fantástica sobre el nacimiento del tango en el Buenos Aires de 1919, donde intento mostrar de dónde surgen los sentimientos que cristalizarán en los textos de los tangos que aún seguimos bailando. Es, en la base, una tragedia clásica –la crítica inglesa la calificó de “shakespeariana”–unida a un emocionado homenaje a mi maestro, Julio Cortázar.
Las largas sombras:
Mi última novela publicada y la única que está ambientada en Elda (Alicante), la ciudad donde nací y me crié. Sucede en dos tiempos: 1974 y la actualidad y, con el arranque de una muerte que no se sabe si es suicidio o asesinato, nos va presentando a un grupo de mujeres que en 1974 tenían dieciocho años y estaban terminando la secundaria. Poco a poco, al hilo de la resolución del caso, el lector asiste a una comparación entre la España de entonces y la de ahora, entre las ilusiones y sueños de un país que estaba a punto de salir de la dictadura y el momento actual en que somos conscientes de que no hemos conseguido lo que queríamos. Pero todo está llevado con tensión y un cierto humor, sin amargura, aunque mostrando el desencanto real de esas mujeres que se produce en la comparación de sus ilusiones de antaño con el momento presente.
Caballeros de Malta:
Es una de mis novelas históricas escritas para un público juvenil en la que la peripecia de los protagonistas es inventada pero el trasfondo es totalmente real: el asedio que el ejército otomano de Suleimán el Magnífico puso a la isla de Malta en 1565, que estaba defendida por un puñado de Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan. Cuando estuve en Malta oí la historia narrada por un excelente guía, me di cuenta de que era aventura en estado puro, y dos años después volví, habiendo leído todo lo que encontré en ese tiempo, visité todos los lugares y escribí la novela porque sentía la necesidad de que los jóvenes, y también los menos jóvenes, supieran –hoy, cuando nos enfrentamos constantemente con esa actitud cobarde y resignada que muestra tanta gente– que es posible luchar y vencer en condiciones desesperadas, incluso cuando todas las posibilidades están en contra. Y, por supuesto, no me refiero a cuestiones de religión, ni a que haya que combatir contra los que tienen otras creencias. Yo hablo de una actitud valiente frente a la vida y frente a las dificultades.
Escribir ciencia ficción, fantasía, novela negra y literatura para niños y jóvenes estuvo considerado por muchas décadas como “escribir en arte menor”. Aún hoy, cuando digo que mis primeros escritos fueron de literatura infantil me sueltan un “¡ah, menos mal que te curaste de esa enfermedad!”. ¿Qué piensas sobre estas denigraciones supuestamente “literarias”? y ¿Qué has encontrado en la literatura juvenil que te hace insistir en crear dentro de ese “subgénero”?
Sí, la verdad es que es curioso que aún haya tanta gente que piense que la literatura puede juzgarse o por el tema que trata o por el público al que se dirige. A mí me sigue enfureciendo que dejaran morir a Astrid Lindgren sin concederle el Premio Nobel cuando es una de las escritoras que más lectores ha marcado con sus novelas y que más ha hecho por la lectura en el siglo XX, mientras que otros autores no cuentan en sus novelas más que sus problemas personales o una visión muy parcial de la sociedad en la que les ha tocado vivir y se les premia por ello. Pero me figuro que dentro de cincuenta años seguiremos sabiendo quién era Astrid Lindgren y leyendo las aventuras de Pippi Langstrumpf mientras que las obras de esos otros autores, y que al jurado le parecieron relevantes en una época determinada, pasan de moda muy rápido y se olvidan.
Pero para que se entienda mejor esa costumbre mía de trabajar en todos los géneros posibles, lo que hace que cada una de mis novelas sea algo diferente a las anteriores, tengo que empezar muy atrás en mi vida.
Desde muy pequeña, tuve la suerte de poder leer todo lo que me apeteciera de la biblioteca de mis padres –en español– y de la de mis abuelos –en español y en francés–, y poco a poco, en la adolescencia, también en inglés, sin censuras, sin preguntas, sin ningún problema. Además, desde los once años, me dejaban comprarme una novela al mes libremente elegida, con lo que me figuro que debí de leer todo lo que había en la época de literatura juvenil. Luego ya empecé a sacar lo que tenían en la Biblioteca Municipal y ahí ya pasé a leer cualquier cosa que me llamara la atención –clásicos, ciencia ficción estadounidense, nouveau roman francés, poesía romántica, novela negra, literatura gótica y de terror, la literatura del boom latinoamericano… Por eso me fui formando un criterio de lectura muy personal y, cuando tenía dudas, preguntaba, pero nunca pensé que algo era menos bueno o menos importante por estar en una colección o en otra. Siempre fui una enamorada del texto, de las palabras; cosas como en qué editorial había salido, o qué premio le habían dado, o qué decían las reseñas no me afectaban en absoluto. Y sigo así hasta ahora…
Por eso cuando empecé a escribir, lo hice comenzando con el género que más placer de lectura me había dado hasta ese momento: la ciencia ficción, pero enseguida empecé a añadir toques de mis otros géneros amados: el terror, la aventura, el misterio, el crimen… y poco a poco fui ampliándome, injertando por aquí y por allá para que el mismo árbol diera dos o tres frutos diferentes; y la verdad es que estoy muy contenta con el resultado de mis hibridaciones e injertos aunque, lógicamente, en términos de publicidad y venta no resulta muy práctico el que cada novela sea diferente de la anterior. Creo que los lectores que me siguen lo hacen porque les gusta mi voz y mi manera de pensar, porque les gusta la sensación de la sorpresa, ese no saber exactamente con qué se van a encontrar. Otros lectores, por el contrario, se sienten defraudados cuando ya me tenían clasificada como una autora de fantástico, por ejemplo, y de repente se ven leyendo una novela mía en la que todo es realismo puro. Eso los desconcierta, cosa que comprendo perfectamente, pero yo tengo que estar enamorada de lo que escribo y tengo que divertirme haciéndolo. No puedo evitar que me surjan historias muy diferentes y que insistan hasta que las escribo. No puedo cerrarles la puerta a mis historias con la justificación de que no es eso lo que mis lectores esperan de mí.
Hace algunos años, cuando me planteé la posibilidad de escribir novela juvenil, después de tres de ciencia ficción y una de terror, no pensé que fuera en absoluto diferente, como trabajo, a lo que había hecho hasta ese momento. Y el resultado me ha dado la razón. Cuando escribo juvenil lo hago igual, sin concesiones formales ni de otro tipo (salvo lo de que no debe haber escenas de sexo explícito –tampoco tengo gran interés–, ni glorificación de la violencia, el terrorismo, etc. –que, obviamente, no voy a hacer aunque estuviera permitido–), pensando sobre todo en que la novela va a ser leída por gente más joven, con menor experiencia de lectura y que, por tanto, hay que darles lo mejor que una pueda dar, para que no se aburran, para que quieran leer más, para que les sirva para su vida.
Algunos colegas que han elegido (por opción o porque tienen que ganarse la vida) el mundo académico confiesan que es una especie de castigo (entre otras causas, por todas esos esquematismos casi burocráticos que tienen que vivir los profesores) y una bendición porque les ha permitido contemplar la literatura desde otras perspectivas, al parecer bastante enriquecedoras de la propia obra literaria que ellos escriben. ¿En qué sentidos ha afectado o ha ayudado a tu obra personal tu desempeño como profesora?
Mi experiencia es similar a la que tú cuentas de esos colegas. Tiene ventajas porque tienes esa doble mirada –analítica, histórica, crítica por un lado, creativa por otro– y porque estás en contacto con gente joven. Eso lo considero una ventaja porque, de otro modo, cuando uno se dedica solo a escribir, se encierra en su estudio durante horas y horas y se aleja del mundo normal.
Pero tiene desventajas importantes: te quita tiempo –mucho–, te obliga a corregir cientos de páginas, y te coloca en una posición muy incómoda con tus colegas porque tú sabes ciertas cosas sobre la creación literaria que sólo se aprenden con la práctica del oficio (y que, lógicamente, ellos ignoran por falta de experiencia propia) y muchas veces se producen tensiones porque a ciertas personas no acaba de gustarles que un colega académico sea también escritor. En el mundo universitario a veces tiene una la sensación de que los autores favoritos son siempre los que ya han muerto, porque el corpus de investigación ha quedado definitivamente cerrado y, además, el autor en cuestión no va a llevarle la contraria a nadie cuando se publique un análisis sobre su obra.
Has escrito también dentro de las normas de eso que tanto atrae a los lectores (y que en mi opinión en los predios intelectuales hoy se considera poco menos que literatura basura gracias a las horrendas películas de ese género en cine): el terror. Sin embargo, El contrincante es una de tus novelas que más he disfrutado, tal vez porque yo, creo que igual que tú, he aprendido mucho del norteamericano Stephen King. Háblame de eso: el terror como género, King, el terror visto por ti…
Efectivamente, admiro mucho a Stephen King y soy una asidua lectora suya. Me encanta el género de terror –terror psicológico y terror sobrenatural, especialmente– porque me parece una forma muy certera de presentar al ser humano enfrentado a algo que lo supera, que pone en marcha todos sus mecanismos de supervivencia, que saca a la superficie lo que cada uno tiene dentro, lo que cada uno es; mucho más, en mi opinión, que esas plúmbeas novelas que tanto gustan a ciertos críticos, con cuatrocientas páginas de monólogo interior en las que un personaje, normalmente mediocre y pesado, le da vueltas y vueltas a sus miedos, obsesiones y problemas, o, mucho peor, a su insomnio, su impotencia o su estreñimiento.
Toda la literatura, del género que sea, por muchos monstruos, fantasmas o extraterrestres que contenga la obra, trata de los seres humanos, de sus reacciones, sus problemas, sus miserias y sus glorias. Y nada saca más a la luz todas las reacciones psicológicas de los seres humanos que el verse confrontado con lo incomprensible, con lo inesperable.
Yo siempre he sido de la opinión de que la narrativa se inventó para contar lo extraordinario, las cosas y situaciones que no eran cotidianas y que, por no serlo, resultaban llamativas y atractivas al público: La literatura realista de Bocaccio, por ejemplo, fue un invento para variar, para salir del idealismo que empezaba a resultar pesado de tanto repetirse, y más tarde en el siglo XIX se volvió al realismo para superar el romanticismo que también había empezado a empalagar. Luego volvió a suceder: después del Modernismo con sus cisnes y sus nenúfares, los escritores empezaron a desarrollar otra vez estéticas feistas y un gran interés en los ambientes sucios, bajos, cutres. Pero, en mi opinión, se trata de tendencias estéticas sin más, todas igual de válidas e interesantes aunque cada uno tenga sus gustos personales. Por eso me molesta tanto cuando muchos críticos consideran que sólo lo que refleja la “realidad” “como es” resulta valioso, sin darse cuenta de que el realismo no es más que un código, un género, una moda como todas las demás. No es la “verdad”, la realidad no “es” de una manera concreta y sólo esa; todo depende de la mirada, del enfoque, de la selección del material, de lo que se pretenda poner de relieve.
Siempre me ha llamado la atención que lo feo y lo malo se identifica más con lo real que lo bello y lo noble, mezclando de un modo lamentable vida y arte. O que los problemas de un personaje inventado que es minero en paro se consideran más importantes que los de una hermosa aristócrata, también personaje inventado, a la que se le aparece constantemente gente que ya ha muerto.
En mi propia obra no hago diferencias: escribo cada vez la historia de la que me he enamorado, independientemente del género al que pertenezca. Por eso tengo de todo. Aunque cualquiera que conozca mi obra sabe que mi corazón late más deprisa con lo fantástico (terror, prospectiva, fantástico general…) y que, incluso cuando escribo una novela rigurosamente realista, nunca se trata de cosas que pasen todos los días.
Hacerle a un escritor esta pregunta, además de un lugar común, los mete en un callejón sin salida. Y creo que en tu caso es todavía más inhumano preguntar porque sólo de pensar en cada uno de tus libros me viene a la mente una referencia literaria distinta. De todos modos, me gustaría insistir: ¿tus maestros literarios?
¡Qué pregunta tan difícil, sí! Pero lo intento.
Creo que he conseguido aprender de todos los autores que he leído en la vida, tanto de los buenos como de los no tan buenos, ya que también enseña mucho darte cuenta de que hay cosas que no quieres hacer nunca.
Julio Cortázar es uno de los que más me han marcado y a los que más admiro, aparte de que lo siento muy cerca de mí en su forma de ver las cosas, en su sentido del humor, en su convicción de que la realidad es mucho más amplia que lo que aceptamos cotidianamente como realidad. Para mí es el Maestro.
Julio Verne, y Rider Haggard me dieron el gusto por la aventura y la narración sin más. Herbert G. Wells me dio un empujón importante. También recuerdo con cariño a Alejandro Dumas, a Paul Féval, a Robert Louis Stevenson, y a Arthur C. Clarke.
Cervantes y Gonzalo Torrente Ballester me han enseñado mucho en cuanto al uso de la lengua y también en muchos juegos literarios. He disfrutado un montón con los relatos de Jorge Luis Borges y de Carlos Fuentes y he conseguido aprender de ellos, al menos eso espero.
En inglés reconozco la influencia de Edgar Allan Poe, poesía y prosa, de Ray Bradbury y su lirismo, del pensamiento de Ursula K. Le Guin, de las realidades múltiples de Philip K. Dick. De Stephen King he aprendido a crear tensión y misterio, pero también de Shirley Jackson y Daphne du Maurier. Me gustan también Antonia Byatt y Carol Shields.
Y, por supuesto, Leonard Cohen, para mí el mejor poeta vivo, que me ha marcado desde los dieciocho años.
Como ya te he dicho, prácticamente de todos aprendo algo porque hace ya muchísimo tiempo que me acostumbré a leer como escritora, con el ojo abierto a todo lo que me pudiera servir para mis propios textos. Los que escribimos no tenemos otra escuela más que la lectura, tanto de los grandes como de los menos grandes, de los clásicos y de los modernos. Por tonto que parezca, no dejo de asombrarme cada vez que la lectura de una página me conmueve o me hace ver un paisaje o me permite entrar en el pensamiento de un personaje y sentirlo real. ¡Sólo son palabras! No hay más; no hay banda sonora, no hay efectos especiales, no hay luces ni maquillaje ni un experto director de fotografía… sólo palabras. Te juro que, para mí, es lo más cercano que hay a la magia pura.
Finalmente, en los últimos tiempos se ha extendido una pregunta que muchos intentan responder: ¿en qué sentidos han lacerado o han impulsado las nuevas tecnologías al universo íntimo de la creación, primero, y en segundo lugar a la difusión de la literatura? ¿Eres de esas personas que creen que los días del libro están contados?
Yo soy una persona optimista y no creo que los libros vayan a desaparecer tan rápido, pero la verdad es que, mientras se conserven las historias y exista la posibilidad de leer, no me preocupa tanto el soporte con el que lo hagamos.
Después de darle muchas vueltas, me compré un e-reader hace tres meses y la verdad es que le encuentro muchas ventajas. Como viajo mucho, tanto por trabajo como por placer, me ha solucionado la vida el hecho de poder llevar decenas de libros en cuatrocientos gramos de peso. Además he ganado mucho en espacio doméstico porque, si en un mes compro seis o siete libros, normalmente sólo quisiera conservar uno o dos de ellos; los otros ya los he leído y no los voy a releer. Sin embargo, si fueran de papel, los tendría por casa estorbando. Si no me han gustado, tampoco me animo a regalárselos a nadie, y hay algo en mí que no me permite dejarlos en un contenedor de papel, de modo que acaban en doble fila en alguna estantería. Mientras que así, en el e-reader, no ocupan lugar.
Pero también hay desventajas: no es fácil ni rápido encontrar un punto concreto en el libro que uno está leyendo, los índices están muy mal hechos en la mayor parte de las antologías o libros de ensayo; no todos los libros que a uno le interesan están disponibles y además depende del país en el que uno tenga registrado su aparato el que pueda comprar o no ciertos títulos. Y algo que me molesta mucho: compra tras compra, el sistema va dibujando un perfil y te ofrecen cosas constantemente que van en la línea que supuestamente te interesa. Esto no me parece una ayuda, lo llamen como lo llamen; me parece una intromisión en mi vida privada y no tiene demasiada gracia que todo el mundo pueda ver qué clase de lecturas prefiero y que sólo me llegue información de lo que algo/alguien supone que me puede interesar. Slavoj Zizek habla en este contexto del Echo-Raum (el espacio de eco) en la Red, donde, al cabo de un tiempo, uno se encuentra solo con su propio eco que se confunde con la reacción de otros; poco a poco, todas las informaciones que uno recibe son las que espera recibir y se produce una retroalimentación que nos va dejando solos pero en la creencia de que nos relacionamos con los demás.
Además, no hay que olvidar que muchos de mis libros favoritos los he encontrado por puro azar ojeando en una librería. Eso es algo que seguiré haciendo toda la vida, por mucho que avance la técnica.
En cuanto a la escritura, la verdad es que estoy muy, muy contenta de que existan procesadores de texto. Yo empecé con máquina mecánica y tipex corrector; luego vinieron las máquinas eléctricas de bola, luego las de margarita, que ya corregían hasta una línea, luego las de mini-pantalla de dos líneas y, por fin, los ordenadores. Ahora escribo siempre en ordenador, claro; y para los viajes en un notebook pequeño que pesa poco y tiene el teclado suficientemente grande para que me quepan las dos manos con todos sus dedos. A lo que me niego es a escribir con los pulgares como un chimpancé. Pero estoy muy agradecida a quien inventó el ordenador en el que escribo y que me permite solucionar tantos problemas de orden práctico.
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