Uno de los clichés más viejos y establecidos habla del riesgo que supone hacer siquiera la más tímida reseña de poesía; pero los clichés, como los prejuicios, tienen razón y sentido, aunque solo sea como principio para el juicio ponderado. Sobre todo en tiempos como estos, de ambigüedades a las que recurre el esnobismo entre las élites, zarandeando a la literatura; que entre valores populares y experimentos de falso surrealismo, se escuda en criterios de subjetiva individualidad.
Afortunadamente, cuando eso era de temer, Rita Martín llega, tocada por el astro; pues nunca hubo un título tan atinado, para una poesía que retorna al cancionero popular y se atreve con géneros estrictos y rimas encantadoras. Tal parece que se trata de un esfuerzo de la poesía por recuperarse a sí misma, en una contracción a aquella sensualidad ligera e ingenua del Renacimiento; y, amén de diferencias y tradiciones, de cualquier referencia, hay aires de Petrarca en esa pretensión de poesía simple. Borges sentenció que la rima exige el ripio, pero no abundó en el tesón que disciplina las vulgares exigencias; él, que figurando el paraíso, tejió los dramas más insólitos en rimas perfectas, abrumado por sus dones y la claridad de Dios.
Con este título, pues, Rita Martín logra una vindicación insólita de la poesía, arrastrándola más allá de sus elitismos; y en un soneto glosa una redondilla famosa y ya canóniga, nada menos que teresiana, y con no menos dignidad. En general, sus sonetos son como gloriosas cuentas, que recuerdan el mejor momento de la poesía femenina latinoamericana; aquella denostada por la masculina universalidad de los rígidos intelectos que la opacaron por mucho tiempo. No hay la sexualidad desbordada de Carilda Oliver Labra, pero son más finos y tenues; tampoco hay el afán catedralicio de la Loynaz del Castillo, que ya era una primera claudicación masculinista y sería, sino un recogimiento de bardo simple, de juglar. Hay, sí, asombros como los de Delmira Agustini, con trasfondos de irónico existencialismo, a lo Storni; pero lo mejor es que estos acordes, estas referencias estéticas, no son solo ni primeramente estilísticas, sino que, desde la dignidad, por la belleza alcanzada y el tratamiento magistral de las imágenes, logra igualarse a las que un día fueran conocidas como las “mujercitas”.
Martín no es una “mujercita” en estos poemas, tampoco ellas lo fueron en los suyos, pero no pudieron evitarse la injusticia; y ese es el mérito mayor de Martín, quien, como una restauración de la monarquía las vindica con su propia actualidad. De ahí que, cuando Rita accede a una temática contemporánea, como el seco existencialismo, logra desgarrarnos de verdad; porque no ofrece sermones, sino experiencias, como en “Sombras”, en “Sin nombre”, en la serie “Ruegos”, y por esa falta de pretensiones, logra hacerse legítima, con un vuelo lírico que nos dice que se trata de poesía. Más tenue que los fulgores románticos, que fueron en definitiva una revolución, logra una exhortación a la pureza; como es el caso del mismo poema que da título al libro, Tocada por el astro, el cual nos habla de su propia apertura a la experiencia ajena. Esto, por demás, sería lo que siente la diferencia, reconociéndole esa sensibilidad especial atribuida per se a los poetas; esa capacidad para comprender como propio el drama ajeno; el de quien, por más próximo que sea, no deja de ser el otro.
El mérito de esta poesía es que, sin recurrir al lugar común ni al temido ripio, es definitivamente lírica; de ahí lo de su dignidad, porque además tampoco se remite a ese otro equívoco que reduce la lírica a singularidades sintácticas, a paradojas inteligentes, o a un onanismo dramático. Es lírica, en el sentido de que logra estructurar musicalmente sus imágenes; de que logra darles esa cadencia que representa la sublimación emocional en toda su sutileza y complejidad; como si se tratara de un velo tejido por las Parcas con sangre de héroes, de un lamento de ninfas desterradas a la Germania por el triunfante Cristianismo.