Los poemas de nadie o el libro de Rita Martín

Sobre Poemas de nadie

María Elena Hernández Caballero

poemas-de-nadieUna propuesta de silencios y desarraigos atravesando nevadas, espejismos y ciudades, originalmente El libro de nadie, (momentáneamente y solo para esta edición, Poemas de nadie), acaba de ver luz por la editorial Letras Cubanas. Debo confesar que, a pesar de mi alegría inicial, sentí cierta molestia por “este error de imprenta” que de alguna manera rebaja la contundencia del libro a una reunión de poemas sueltos, escritos como al pasar. Pienso, por ejemplo, en cómo modificaría nuestra manera de abordarlo si en lugar del Libro del desasosiego, fuera Apuntes sobre el desasosiego. Parece un detalle menor, pero no lo es. De todas formas, ya sea “libro” o “poemas”, lo primero que sorprende es el alto nivel de despojamiento con que de entrada se presenta. ¿Por qué simplemente nadie? Tal vez sea nadie quien ha venido de lejos y ha soñado. O tal vez quien declara haber escrito entre la muerte y la intemperie para el olvido de su propio ser. O, incluso, quien ha perdido la certidumbre de haber tenido un nombre. Escrito en épocas y espacios diferentes, este libro, en donde aparece reunida toda su obra poética, reconstruye una historia de resistencia. La historia de resistencia de Rita Martín. Entre su Habana natal, Miami, Carolina del Norte y Virginia, en el Sur de los Estados Unidos, en tierras donde también hubo gran devastación y donde todavía “Scarlet O’Hara alienta en el polen”, ocurre el milagro de lo blanco, que es la escritura. Pero que también es soledad, tiempo, desconcierto, espera, isla, luz, amor, memoria, cansancio, derrota. Y patria. Interrogación. Y aceptación serena. Lo que no puede expresarse en su totalidad. Y más. Lo blanco acecha como espacio incierto al que aferrarse con violencia. Y cuando se deja conquistar, lo hace casi en silencio, con una densidad ajena a toda moda o injerencia que atente contra la estructura compacta de esta escritura concentrada sólo en los grandes asuntos. “No es que le falta el sonido, es que tiene el silencio”, así define Fina García Marruz el cine mudo. Un despojamiento parecido, a mi modo de ver, es una de las  mayores virtudes de esta poesía que debemos leer con todos los sentidos alertas, pues en ellos descansa. “He oído a los muertos acercarse/ con piedras en las manos y un espanto en el alma”, escribe. El horror es casi cinematográfico, lo terrible va saltando barreras hasta atraparnos sin remedio. Lo mismo ocurre en otros textos. Especialmente significativo me parece “Pájaros Negros”: “Es el negro pájaro sobre el farol/ no el cuervo. / Un pelícano/ resucitó sobre su ala. /La lluvia, pertinaz, sobre el asfalto”. Y luego: “El perro muerto durante meses/ en la carretera. Su olor/ su desintegración al sol. Polvo de nuevo”. Nada queda. Pero la nada es todo, pues todo es susceptible y está listo (quizá de manera fatal) para transformarse y encarnar de nuevo. El tiempo es circular, los poemas parecen estructurados como un mecanismo de ruedas dentadas. “¿El futuro será apenas el inicio?”, pregunta. Entonces, ¿luego de una devastación nos aguarda otra? ¿Estamos condenados a no tener descanso? Y si éste llegara, nos advierte, solo podría ocurrir en el remanso de la lluvia. Pero inmediatamente  caeríamos “dentro del círculo de fuego”.

En los libros escritos en Estados Unidos encontramos un deseo de apertura hacia otros paisajes, un cierto desprendimiento de la insularidad dolorida, lo que a mi modo de ver es otra vuelta de tuerca sobre los mismos temas, que no hace sino aportar interés. Como si nos dijera: si somos víctimas de las circunstancias, (o tal vez somos la circunstancia misma) entonces nuestras circunstancias (o nosotros) han cambiado. A la Cuba secreta de los vitrales, la bahía y el mar; a las horas casalianas, a lo nuestro: “Carroña más carroña igual carroña”, se suman ahora las mujeres de Tara, el downtown de Miami. Los hoteles y plazas. Y las repeticiones “donde al poeta lo echan, por sucio, por sediento”. La poeta, sin embargo, siempre desde su afán de resistencia, sabe que vive “como la muerte, adentro/como la vida, afuera” y nos invita  con sus poemas de gran sutileza y calidad a “partir el mundo en dos, en tres: partirlo”.

En las numerosas antologías de poesía cubana, me gustaría ver con más frecuencia el nombre de Rita Martín. Ojalá este “libro” tenga en Cuba (y fuera de ella) la atención que merece. Confío que sí, aunque ella (y esto es otro despojamiento), se ría de estos olvidos, tocada por el astro como está.

TOCADA POR EL ASTRO

Y tu vida, sin más, a la intemperie.Nada escuches, nada te importe.
Inicia la partida:
Como al músico que a tu lado añoras
Anda ciega, pero anda.
Como al cantor
Que a tu lado reclamas, anda sorda,
Pero anda. Como al caminante
Que a tu paso exiges, anda muda,
Pero anda. Ciega,
Sorda, muda acaso,
Traza la marcha en un solo sentido.
Sujeta con la mente el recobrado sueño:
Los ojos son amargo cactus
Y hacia el infinito sientes,
Tocada por el astro, traslúcidas las manos.

Del Autor

María Elena Hernández Caballero
Poeta y narradora. Premio David de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en 1989 con el poemario Donde se dice que el mundo es una esfera que dios hace bailar sobre un pingüino ebrio. A este título se le suman los libros de poemas Elogio de la sal (Santiago de Chile: Editorial Cuarto Propio, 1996) y Electroshock-Palabras (Argentina: Editorial La Bohemia, 2001), así como la novela Libro de la derrota (Argentina: Azud Ediciones, 2011). Residió en Chile entre 1994 y 2000, siendo ahí cofundadora de la Editorial Las Dos Fridas. Su poemario La rama se parte acaba de ser publicado en este 2013 por la Editorial Torremozas, en España. Reside desde el 2000 en Buenos Aires, Argentina.