Almas en pena congelada

Antonio J. Ubero

Dumala
Eduard von Keyserling
Traducción: Carlos Fortea
Nocturna Ediciones, 2012

 

dumalaNo me canso de decirlo: gracias a la audacia de esos editores que aman la literatura por encima incluso de sus posibilidades materiales, es posible disfrutar de obras que de otra forma no serían más que ilusiones para aquellos lectores que buscan algo más que los caprichos del mercado, y no saben suficientes idiomas como para disfrutarlas en su lengua original.

Es la de estos intrépidos editores una labor arriesgada, pues no sólo han de enfrentarse a los tradicionales obstáculos culturales en un país paradójico como éste, donde el ritmo de la edición es inversamente proporcional al gusto por la lectura, sino que además han de bregar con la ingratitud de un mercado que relega sus productos a un limbo sombrío tan sólo frecuentado por quienes no se dejan cegar por el fulgor de la mediocridad, y gustan de escarbar en los olvidaderos de las librerías de cierto fuste -cada vez menos frecuentes en provincias- en busca de esas obras de las que saben de su existencia por alguno de esos foros para iniciados que -también paradójicamente- abundan en internet, o gracias a la piadosa recomendación de algún lector entusiasta e instruido.

Visto lo visto, mucho me temo que Dumala será una de esas obras que deambulen sin pena ni gloria por los estantes de algunas librerías sin recibir el aprecio que merece, mientras otras medianías se apropian de los espacios más vistosos en busca de incautos que las compren para regalar o sencillamente se dejen llevar por la corriente y el gasto que realicen sólo contribuya a consolidar su falaz percepción de que los libros son caros.

Sin embargo, yo pediría a quienes decidan comprar un libro que le den una oportunidad a esta magnífica novela pues no lo lamentarán. En primer lugar, porque aun no siendo una de las obras más afamadas del escritor alemán, eso no quiere decir que sea un trabajo menor; al contrario, sus páginas muestran todo el embrujo de la literatura de Keyserling con la misma fuerza que se puede encontrar en su novela más conocida, Princesas. Y en segundo lugar, es necesario disuadir a quien calibre el valor del libro por su volumen de que estas 167 páginas cunden lo suyo, ya que cada palabra atesora un valor que induce a la reflexión, obligando al lector a realizar un inevitable ejercicio de introspección para digerir las turbulentas emociones que cautivan a sus personajes, con los cuales se traza una relación que les hace dolorosamente familiares.

No es tanto el relato lo que atrae la atención como la conducta de sus protagonistas, esclavos de unos sentimientos que la condición social y moral de cada cual matiza hasta convertirlos en meros autómatas, incapaces de romper las ataduras de sus convenciones por mucho que el instinto les empuje hacia lo inconcebible. En Dumala el amor es un tormento insoportable que manipula las conciencias, aunque siempre prevalezca la resignada convicción de lo moralmente aceptable, de la compasión incluso, venciendo a la naturaleza en combate desigual y encumbrando a la soledad como emperatriz suprema de tan erráticas personalidades.

Keyserling narra una historia de amor desenfrenado en medio de un paisaje helado que se convierte en metáfora de esa resignación. Karola, la bella esposa del barón Werland quien se encuentra impedido, es el objeto de deseo de tres individuos diferentes: Werner, el riguroso pastor de la comunidad, el mundano barón Rast, y el apocado y sentimental Pichwit, quien trabaja para el barón Werland en el vetusto palacio de Dumala. Cada cual vive su pasión a su manera, pero mientras Rast seduce a Karola abiertamente consciente de sus posibilidades, los otros dos se acercan a su amada de una forma más furtiva en busca de una oportunidad que saben imposible. Esa certeza aviva los celos de uno y la amargura del otro, que alcanzan su apogeo cuando descubren que la baronesa inicia una relación adúltera con el astuto Rast, despertando intenciones irracionales que ambos despechados conducirán a su manera hasta un clímax en el que todo parece posible, incluso el homicidio.

El escritor alemán envuelve su tempestivo relato con la quietud de la cegadora blancura de la nieve, tan sólo maculada por los matices de luz cálida que se filtran por entre los árboles del bosque que sirve de escenario para el mundo real de sus criaturas, las cuales adoptan sus formas más abyectas cuando cae la noche y la tiniebla oculta sus aviesas intenciones; las sombras se convierten así en espejos que expresan las pesadas cargas que soporta cada uno de ellos -así se lo hace ver Werner a Karola durante uno de sus fortuitos paseos por el bosque, en un memorable pasaje de la novela.

Sentimientos congelados que no impiden el violento torbellino interior de las pasiones no correspondidas. Eduard von Keyserling muestra el dolor de la renuncia como expresión del determinismo social que modela deliberadamente la naturaleza humana: nada es lo que hemos decidido que no debe ser.

Insisto: no debería pasar desapercibida esta novela. Ni para quienes ya conocen al autor ni para esos amantes de la literatura que aún no han leído nada de él. Merece la pena compartir siquiera por un rato la suerte de estos personajes, conocerles, analizar sus comportamientos y enjuiciarlos si se quiere. Pues quizás así sea posible advertir esa parte oculta de la conciencia que lucha denodadamente por mantener a raya las pasiones.