El sueño del otro
Juan Jacinto Muñoz Rengel
Plaza & Janés, 2012
En su prólogo a Perturbaciones. Antología del relato fantástico español actual (Salto de Página, 2009), Juan Jacinto Muñoz Rengel afirmaba que la literatura fantástica “mantiene un pulso constante con los límites de nuestra idea de realidad”; sin embargo, precisaba después, para resultar efectivo (para disparar bien), el escritor fantástico debía elegir cuidadosamente qué blanco de la realidad en concreto iba a poner en cuestión, contra qué convención de aquella construcción que entre todos hemos dado en llamar nuestro mundo, iba a cargar. Muñoz Rengel sugería así, del mismo modo que lo han hecho teóricos y escritores como el fundacional Todorov, David Roas, Susana Reisz o Rosie Jackson, que el buen relato fantástico debía empezar por establecer un marco lo más parecido posible a nuestro entorno cotidiano, para luego transgredirlo desde dentro. El sueño del otro, segunda novela del autor malagueño tras la mucha menos ortodoxa El asesino hipocondríaco (Plaza & Janés, 2012), podría leerse en cierto modo como una puesta en práctica de estos postulados. Y sin embargo, quien firma estas líneas aceptaría que alguien defendiera la novela como perteneciente al género de la ciencia ficción. La naturalidad con que el libro evita dar explicaciones acerca de la naturaleza sobrenatural o especulativa del fenómeno imposible lo permite.
El sueño del otro es una narración bicéfala, que sigue la progresiva pesadilla de dos personajes condenados a soñar el uno con el otro sin distinguir (ni ellos ni el lector) quien sueña a quien, qué lado de la realidad es el auténtico y cual es el onírico. André Bodoc es un director de informativos locales de éxito en todos los campos de su vida; Xavier Arteaga, un gris profesor de instituto, divorciado y con un hijo. Este punto de partida permite una estructura dual en la que las fronteras entre los dos mundos (que son, aparentemente, el mismo, es decir, el del lector) se difuminan página a página, propiciando no sólo ese efecto fantástico que mencionaba Muñoz Rengel, sino, lo que parece más importante, el cuestionamiento extratextual de la propia realidad del lector.
Es aquí donde El sueño del otro encuentra su punto de presión más efectivo, al retratar el desmoronamiento moral, social y cultural del que tanto se habla hoy: la extrañeza en que los personajes acaban instalándose no se refiere sólo al hecho fantástico de soñar el uno con el otro, sino que acaba fundiéndose/confundiéndose con la extrañeza que el propio lector pudiera tener de su mundo. Como espeta uno de los personajes: “¿O crees que tiene sentido un mundo en el que las agencias de calificación y los intermediarios financieros derrocan gobiernos? No, es un chiste (…) Las promesas y los programas electorales no implican ningún tipo de compromiso legal. Los políticos no dimiten. Los ineptos y los bufones copan las televisiones y son seguidos en masa. Los empresarios exconvictos cobran cantidades millonarias por conceder entrevistas (…) No es posible. ¿Dónde está la cámara oculta? Esto no puede ser la realidad”. El sueño del otro amplía así los límites de lo fantástico, no tanto como género sino como efecto, abordando bajo esta lectura temas como el suicidio, el divorcio o los malos tratos, y deslizando, de paso, una tesis no por manida menos perversa: la idea de que aquello que llamamos realidad no es sino una construcción de los medios de comunicación más o menos aceptada por todos. De hecho, quizás la novela se hubiera enriquecido aún más atenuando algunas referencias implícitas a la actualidad más inmediata. No las necesita: lo que quiere contar, está bien contado.
Más cerca de los volúmenes de cuentos publicados por su autor que de El asesino hipocondríaco, la novela reafirma la existencia de una literatura española fantástica (o digamos simplemente no mimética) que no necesita de coartadas culturales para llegar por sí sola a un lector no necesariamente especializado. Félix J. Palma o José Carlos apuntan también en esta dirección. La diferencia de Muñoz Rengel con muchos de sus coetáneos es, posiblemente, que sus referentes miran tanto a lo foráneo (en El sueño del otro, al menos, sobrevuela la sombra de Roland Topor, Kafka, Borges e incluso de Philip K. Dick) como a la propia tradición fantástica española (José María Merino, Cristina Fernández Cubas). Esto aporta al panorama español la diversidad que todo género necesita para afianzarse.