La mosca en la pared

Martín Sotelo

THE WIRE. Toda la verdad
Rafael Álvarez
Principal de los libros, 2013

 

thewireSuperman ya no podía sobrevolar las altas y gemelas torres, pero la banca, aunque ya hundida, aún no había sido rescatada tras el estallido, empezando así el acopio. En esa franja de tiempo, es decir, en la época de la cosecha, entre 2002 y 2008, mientras la Estatua de la Libertad se exhibía cada vez más oxidada, se emitieron, en la HBO, las cinco temporadas de The Wire, serie de televisión -aunque mejor sería decir antitelevisiva o “novela visual”- que retrata, con enorme lucidez, gran valentía y una asombrosa honestidad, la consolidación tentacular en todos los ámbitos sociales e institucionales del fraude que hoy vivimos.

THE WIRE. Toda la verdad, de Rafael Ávarez, con la colaboración de David Simon, es una gran enciclopedia de la serie, publicada por Principal de los Libros en una edición preciosa, amplia y completísima, con resúmenes precisos de las cinco temporadas, numerosas imágenes en blanco y negro y a color, y entrevistas a actores y al propio David Simon, creador junto con Ed Burns de la serie. Gracias a tan magnífico libro, nos enteramos de las condiciones en que se desarrolló el rodaje, de las dificultades para llevar a la televisión una serie tan poco televisiva por el complejo entramado de la historia y sus muchos personajes, del papel de las mujeres, de la política de Baltimore antes, durante y después de la emisión, de en qué personas reales se basan los personajes, de las condiciones de vida de algunos actores que no son actores, del estado real de las escuelas públicas, o del mítico silbido de Omar que en realidad es doblado por una mujer, ya que el actor que interpreta a tal personaje no sabía silbar. Por incluir, hasta incluye un glosario de palabras y expresiones para los que ven The Wire en versión original.

En el libro, como en la serie, nada se salva, ni las calles, ni la infancia, ni la familia, ni los sindicatos, ni la policía, ni la justicia, ni la política, ni la educación, ni los medios de comunicación. Y nada ni nadie se salva porque, de alguna manera, todos se salvan, ya que, como sucede en las antiguas tragedias griegas, en las que los protagonistas parecen condenados a enfrentarse inútilmente al fracaso en un juego amañado para el divertimento de los dioses, todo está programado para que así funcione el juego y cualquier acto heroico –es decir, correcto- fuera del plan establecido es cercenado de inmediato. Evocando, pues, más a Sófocles que a Shakespeare, esta serie policíaca subvierte todas las reglas del género al juzgar como falsa, o poco acorde con los tiempos actuales, la premisa maniquea de los mitos del western tradicional en los que se han venido basando las series televisivas de policías, y en donde se da por hecho que el bien predomina en un mundo amenazado permanentemente por el mal y donde el héroe bueno ha de enfrentarse al malvado de turno para salir siempre victorioso. En The Wire, como sucedía también en el Quijote, sucede justo lo contrario. El mal predomina en el mundo, de tal modo que, si hay alguna amenaza concreta que resolver, ésta procederá de cualquier acto bondadoso, por no decir ignorante, accidental o ingenuo, y no de una acción malvada, pues la corrupción es el estado habitual de las cosas. Es, por tanto, la bondad, y no la maldad, lo que amenaza nuestro statu quo, y de ahí que actualmente se fomenten los estados enfermizos y psicopáticos, las adicciones como cultura o el sexo más animal.

En sus cinco temporadas, el fraude legislado y burocratizado lo tiñe todo; es, digamos, el gran Dios que juega con las cartas marcadas que reparte a los mortales y es también el tema central de la serie. La interesada y engañosa guerra contra las drogas, tratada más como un problema delictivo que de salud pública, la represión brutal contra los marginados, la muerte del trabajo y de la clase obrera -otra farsa que recuerda a la de El astillero de Juan Carlos Onetti-, el paripé de la política y sus corruptelas, la estafa burocrática de las estadísticas manipuladas en la educación pública, o el maquillaje de los medios de comunicación que falsean la realidad, y en donde el más tramposo obtiene premio.

Visto lo visto, podría pensarse que The Wire es el colmo del pesimismo y la desesperanza. Y lo es, pero no es menos cierto que también presenta como ninguna otra obra de arte el valor de la dignidad y de la única esperanza real que existe y vale la pena conquistar, la de la lucha diaria e individual por la vida y la dignidad, encarnada en esos actos bondadosos (ignorantes, ingenuos) que algunos personajes de la serie emprenden a pesar de saber que, al llevarlos a cabo, no hacen sino arruinar sus vidas profesionales e incluso personales, pero que, de algún modo, les permite redimirse de sus vidas domésticas y poder levantarse con dignidad cada mañana y mirarse sin asco al espejo, aunque alrededor de uno siga flotando, y cada vez más extendida y más apestosa, la misma mierda de siempre.

Tampoco, al contrario de lo que pudiera entenderse, es una serie reporteril o documental. Es una gran novela en imágenes –la mejor que se ha escrito sobre la sociedad contemporánea-, operística, con distintos puntos de vista, precisa, humana, sin héroes ni villanos ni trama definida, en la que los segundos planos son igual o más importantes que los primeros, sin protagonistas destacados porque todos importan, que entretiene y denuncia sin denunciar, sin juzgar ni moralinas de ningún tipo, simplemente mostrando fielmente cómo es la realidad, con unos personajes perfectamente perfilados en sus más íntimos detalles, dignos de Dickens, y con unas atmósferas dignas del mejor Poe, pero todo tejido sin ningún énfasis ni artificio, (formalmente, evitan en todo momento incurrir en el fraude que denuncian, es decir, en la farsa que toda ficción implica), de manera que la serie se sigue como se leen las buenas novelas, sin tener conciencia el lector de que está leyendo un libro. Únicamente el personaje de Omar, atracador de traficantes armado con una recortada y ataviado con su abrigo del Viejo Oeste –personaje favorito de Barack Obama y de gran parte de los amantes de The Wire-, está cubierto de un halo mítico y fantasioso, desentonando en la serie como un personaje de tebeo. Si bien este halo legendario con que se presenta al personaje no es casual, sino motivado por el efecto embrujador que su figura causa en los más jóvenes del barrio, dispuestos a seguir sus pasos con admiración.

Historia, pues, inagotable, llena de matices y meandros, alejada de la tan recurrente mirada burguesa contemporánea, sin concesiones a la audiencia ni al espectador medio, ya que, en lugar de tratarlo como si fuera estúpido y hubiera que dárselo todo masticado, como es costumbre, le exige atención y le atribuye la capacidad suficiente para colocar cada pieza del puzzle en su sitio y para desentrañar por sí solo el siniestro entramado del mundo en el que vive, y que retrata un mundo amoral y disfuncional, sin más cultura que la de la adicción al poder, al dinero, a las drogas, donde, sin embargo, hay una más que evidente moral establecida (la higiénica de Pilatos) y donde todo parece funcionar como debe. Historia con un invisible narrador tocapelotas y omnisciente que es esa mosca en la pared que lo ve todo, mosca cojonera que, al igual que nuestro diablo cojuelo, que se entretenía en levantar lo hojaldrado de los tejados para descubrir el pastelón de Madrid, se alimenta en las basuras de las esquinas de los barrios más bajos para alzar después el vuelo y posarse, zumbona y merdosa, en las fachadas mugrientas de las viviendas de protección oficial, en la vena picada y tortuosa de un yonqui, en la sangre de un cadáver, en la placa de un policía, en la maza de un juez, en el maletín de un abogado, en la boca aburrida de un trabajador sin trabajo, en la mesa impoluta de despacho sobre la que cruza los pies el alcalde, en el pupitre de un escolar o en la primera plana de un periódico cuyo titular asegura que las moscas no existen.