Limónov
Emmanuel Carrere
Editorial Anagrama, 2013
Ya Truman Capote, en su rompedora A sangre fría, dejó bien claro que las fronteras entre el periodismo, la novela y la Historia son, como poco, permeables. Dependen del talento del autor, de los matices de los personajes y de la amplitud de los hechos. En España tan peculiar mezcla la ha practicado Javier Cercas en obras como la espléndida Anatomía de un instante donde, como en este Limónov, a la vez analiza hechos históricos y se adentra en la conciencia de seres de carne y hueso como si fueran personajes de ficción (caso de Adolfo Suárez). Emmanuel Carrere es un experto en tan peculiar subgénero. Lo demostró, por ejemplo, en la fascinante El adversario, donde mostraba las peripecias de un hombre a quien su doble vida se le fue tanto de las manos que terminó matando a toda su familia. Una de las características de la obra de Carrere es su omnipresencia: suele ser el narrador de sus propias obra, no se camufla bajo una voz anónima o un personajes y hurga, sin hurtarnos datos de su propia vida personal, en los hechos y reflexiones de sus peculiares monstruos. ¿Es Limónov una novela, es una biografía? La respuesta depende de cada uno y, sobre todo, carece de importancia. Porque, ante todo, es una obra magnífica, que interesará a cualquiera preocupado por la historia de esta nuestra Europa y de la naturaleza humana.
Pero Limónov no es solo la narración de una vida excéntrica, de un hombre que fue uno de los pocos bohemios de la Rusia soviética, chapero en Nueva York, escritor maldito en París, miliciano en Bosnia y defensor del estalinismo en la Rusia de Yeltsin, también es la apasionante crónica de uno de los periodos más turbios de la historia de Europa: la privatización de todo un país conocida como perestroika, narrada cien veces pero nunca bajo la perspectiva, radicalmente distinta, que adopta Carrere. Una óptica muy crítica, próxima a la de su protagonista pero no idéntica porque, aunque el autor sienta cierta fascinación por su antihéroe, también le fustiga y critica sus actuaciones más radicales, como su participación en las matanzas de Sarajevo y su implacable egocentrismo. A Carrere le atrae Limónov pero sabe que un autor no puede dejarse obnubilar por sus criaturas. Si así hubiera ocurrido el resultado no habría sido una obra memorable sino un panegírico indigerible.
Como parece obvio, Limónov demuestra con nitidez la subjetividad de la historia con minúsculas y de la historia con mayúsculas: que en aquellos hechos que siempre nos han parecido evidentes hay grietas, matices. También sitúa el espacio que habitan muchos de los conocidos por antisistemas en nuestros tiempos, cuyo radical anticapitalismo les emplaza entre la nostalgia soviética y ciertas filias neonazis.
Desde una perspectiva formal, Carrere posee un estilo sólido, que prima la transmisión del mensaje, mezclando la perspicacia, la agudeza y el sentido del ritmo de los mejores periodistas y la capacidad para recrear escenas, para entrar en la conciencia de los personajes, para estructurar una obra de largo recorrido combinando subtramas y el seguimiento del protagonista de los grandes narradores. Concluyendo, nos hallamos ante una obra cumbre de la literatura francesa y, por lo tanto, europea de los últimos años. Porque Francia sigue siendo, pese a su leve y sostenida decadencia, el corazón de la cultura europea.