"¿Quién le teme a Ena Lucía Portela?"

Entrevista cortesía de La Habana elegante

Jorge Camacho

EnaLos niños prodigio y los enfant terrible – decía Wichy el Rojo, en un texto apócrifo y memorable sobre Yves Moore – no abundan en la literatura.

Sí los hay en otras artes, especialmente en la pintura y la música, pero cuando se trata de contar vidas y experiencias propias o ajenas, los adolescentes como Rimbaud no son muchos, y diría más, son inexistentes. Ena Lucía Portela, ya no es una adolescente, recién ha cumplido treinta y tres años, pero que sea esta chica aún tan joven uno de los escritores cubanos contemporáneos más conocidos en el mundo, dice mucho de su talento, de su arte de narrar, y de su rebeldía.

Las universidades y casas editoriales de todo el planeta han comenzado a notarlo. Sus textos se estudian en la Universidad de Madison en Wisconsin, en la City University of  New York, en la Universidad de California, LA, en la Sorbona, en Leyden, en Gotemburgo, en la Universidad Hebrea de Jerusalén, en la Universidad de Kansas, Lawrence… y hasta en la Universidad de La Habana. En la nota de contracubierta de la edición francesa de su novela Cien botellas en una pared (Éditions du Seuil, 2003), se afirma que su prosa se asemeja a la de Boris Vian, y las reseñas sobre este libro (todas positivas) abundan en los sitios de los periódicos y revistas Le Monde, Libération, Le Humanité, Le Figaro, Telerama y La Femelle du Requin, para mencionar sólo algunos. En el propio 2003, Cien botellas… obtuvo el premio Deux Océans-Grinzane Cavour que otorga la crítica francesa al mejor libro latinoamericano traducido al francés en un período de dos años. El año anterior, la versión original en español, publicada por la editorial Debate en Madrid, mereció el premio Jaén de Novela, que otorga la Fundación Caja de Granada. Hasta el momento ha sido traducida, además, al portugués, neerlandés, polaco, italiano, griego y turco. Es esta la tercera novela de Ena Lucía Portela, quien antes había publicado El pájaro: pincel y tinta china y La sombra del caminante, además de la colección de relatos Una extraña entre las piedras y el cuento El viejo, el asesino y yo, que obtuvo en 1999 el premio Juan Rulfo de Cuento que otorga Radio Francia Internacional. Sin embargo, en su propio país las referencias a su obra, salvo contadas excepciones, entre las que cabe destacar los trabajos investigativos de las profesoras Luisa Campuzano y Nara Araújo, brillan por su ausencia; se ocultan más que se revelan con orgullo, como sucede con la mayoría de los escritores que se han dado a la tarea en Cuba de escribir sobre el llamado “período especial”, que han publicado sus obras en el extranjero, y que han minado la literatura de la Isla con todo tipo de referencias antes vedadas1.

Pero si la academia y las casas editoriales de tantos países han comenzado a reconocer el valor de estas obras, ¿cuál ha sido la actitud del Estado cubano y de la crítica en general ante estos escritores? En el mejor de los casos, la respuesta ha sido el silencio, la veterana tozudez de ignorar. En un país donde todos los medios de comunicación pertenecen al Estado, ignorar significa hacer que no existas, condenar al olvido. Por ello, valga decir, que un gobierno que no deja margen para la disidencia ni la individualidad, donde la política es la medida de todas las cosas y sus críticos ― que con la excepción de uno o dos siguen el sonido del cencerro ― Ena Lucía Portela nunca ha hecho una declaración a favor del Estado, nunca ha ocultado lo que opina realmente, nunca ha viajado en una delegación oficial a ninguna parte, nunca ha recibido el Premio de la Crítica, nunca ha aparecido en la televisión y cuando alguien se refiere a ella en público lo hace con un marcado desdén o un voluntario olvido. ¿Quién le teme a Ena Lucía Portela?

Con el fin de responderme algunas de estas preguntas, le pedí el verano pasado a una gran amiga, Margarita Portela, que le hiciera llegar este cuestionario a su prima Ena Lucía. Mi amiga se lo entregó personalmente y Ena Lucía aceptó responderme en un par de semanas. Desde entonces hemos mantenido una excelente correspondencia que trataré de resumir en algunas preguntas para el lector.

 

¿Cómo fueron tus comienzos en la literatura? ¿Comenzaste en un “taller literario”, no? Para los que no conocen la mecánica del taller, ¿nos puedes explicar un poco de qué se trata?

¿La mecánica del taller? ¡Huy, que feo suena eso…! Parece un poema de Regino Pedroso. Ninguna mecánica. Sólo un grupo de amigos muy jóvenes que se leen cuentos y poemas unos a otros, y hablan boberías, y toman roncito, y a veces alguien toca la guitarra. Cosas de juventud. Uno se la pasa bien, pierde el tiempo gloriosamente tal como corresponde a esa edad, y ya. El trabajo real del escritor, pienso, es una labor solitaria. Empecé, creo, desde que era niña. Mi padre era traductor de inglés y mi madre correctora de estilo. Entre ambos tradujeron El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, entre otros libros. En casa había, pues, muchísimos libros y yo los devoraba cual polilla. Tuve la suerte de acceder a esa clase de lecturas que, si no las haces de niño o adolescente, ya no las harás nunca. Te hablo de Salgari, Verne, los Dumas, Mark Twain, Walter Scott, Fenimore Cooper y otros así. En algún momento, me dio por imitar a aquellos que, pensaba yo, seguramente se la pasaban muy bien inventando todas esas historias. Escribí cuentecitos, poemitas y, no me lo creerás, hasta una obrita de teatro. Lo primero que publiqué fue un cuento en una revista, que nunca he recogido en ningún libro ni creo que tampoco lo haga, titulado “Dos almas perdidas nadando en una pecera”. El título lo saqué de la canción de Pink Floyd, ya sabes. Yo tenía entonces dieciocho años y adoraba a Pink Floyd. Se armó cierto revuelo por el tema del cuento. Pero ya hablaremos de eso más adelante.

 

¿Cuál fue la reacción del público en general, incluyendo el más especializado de la crítica, al éxito que han ganado tus historias en el extranjero?

Al público en general, quiero decir, a los lectores, no creo que les interese mucho el éxito en el extranjero, sino las historias en sí mismas. Creo que en Cuba tengo muchos lectores, aunque eso es difícil de calcular. Muchas personas, en diversas circunstancias, me han dicho que les ha gustado mucho Cien botellas en una pared y que a sus amigos también les gusta. Y también están mis lectores de siempre, que empezaron a leer lo que escribo desde El pájaro: pincel y tinta china, luego los cuentos, La sombra del caminante, los artículos, etc. Esos son pocos, pero empedernidos y fieles. En cuanto a la crítica cubana, es un chiste. Me ignoran alegremente. O quizás no con tanta alegría. Cien botellas…ha ganado dos premios internacionales y ha sido traducida hasta el momento a siete lenguas, pero no es lo bastante buena, al parecer, como para ganar el Premio de la Crítica acá. Este hecho tan curioso de que un editor en Estambul, por ejemplo, encuentre valores donde el crítico cubano no ve ni hostia ha sido atribuido por distintas personas a distintas razones: política pura y dura, sexismo, homofobia, inquinas personales, etc. Como quien dice, la razón de la sinrazón.

 

Se ha hablado de tus aproximaciones al “lesbianismo” como un hito en la narrativa cubana. ¿Cuál fue la reacción del público?

Bueno, es divertido. Entre mis lectores fijos, de los que te hablaba antes, la mayoría son gays, tanto mujeres como hombres, y no precisamente del medio cultural, sino de los más diversos orígenes y profesiones. Los hay médicos, ingenieros, periodistas, dependientes de farmacia, una artesana, etc. Como diría Juan Goytisolo, los simples lectores de a pie. Y son incondicionales. Todo empezó a partir de “Dos almas perdidas…”, en 1990. La leyenda de que fui la primera escritora cubana en tratar estos temas, la supe a través de Internet, y me hizo gracia. Dios mío, me dije, pero qué país tan incivilizado… Y luego, ves que en un programa de televisión ponen la cubierta de mi librito El viejo, el asesino y yo y una voz en off dice: “Y por último, algunas escritoras tratan de temas ajenos a nuestra realidad.” ¿No es gracioso? Temas ajenos a la realidad de nuestra televisión, donde editan de manera infame películas como Filadelfia o El beso de la mujer araña, no exhiben Fresa y chocolate, alertan sobre lo peligrosas que son las drogas puesto que quienes las consuman pueden llegar a convertirse en homosexuales (¡), entre otras bellezas por el estilo. Entonces, en los Estados Unidos, una tropa de gays hacen una manifestación contra Bush, que es el gran cavernícola, y aquí no dan la noticia. Quizás temen que los gays de acá se entusiasmen y se contagien y le hagan una a Castro, que es el otro gran cavernícola. Por eso, entre otras cosas, me parecen tan ridículos los izquierdistas norteamericanos que apoyan el sistema cubano.

 

En una de tus historias te sales del ambiente cubano y tratas de expresar la “extrañeza” de una escritora cubana-americana en Nueva York ¿Por qué esta experiencia?

Te refieres a “Una extraña entre las piedras”. Yo estuve en los Estados Unidos en la primavera de 1997. Fui a Nueva York, a Washington y a Miami. Nueva York me impactó muchísimo. De ahí en adelante he viajado por varias ciudades europeas (París, Barcelona, Madrid, Amsterdam, Biarritz, Lisboa, etc.), y ninguna me ha hecho un efecto ni por asomo parecido. En NY se respiraba un aire de libertad inigualable. Uno tenía la impresión de que allá todo es normal, de que todas las diferencias son admitidas, de que para provocar un escándalo lo único que puedes hacer es lanzar aviones contra las Torres Gemelas. Menos que eso, no llamaría la atención en absoluto. También descubrí en NY mi propio sentido del patriotismo. Nunca me he sentido “cubana”, pero allá me sentí fuertemente “hispana”. Y ésa es mi patria: la lengua española. También descubrí en NY lo muy pero que muy complejo que puede resultar el ser humano. Cómo ambiciona la libertad y sin embargo a menudo no sabe qué hacer con ella. Cómo se puede sentir alguien terriblemente solo entre millones y millones de personas. Cómo la estupidez humana, y también la maldad, pero sobre todo la estupidez, no tienen nada que ver con los sistemas políticos, ni con las condiciones económicas, sino que forman parte de nuestra propia naturaleza. Y entonces escribí ese cuento, que ahora, dicho sea de paso, me parece bastante ingenuo.

 

Al mismo tiempo se ha escrito ya bastante sobre el exilio en Cuba. ¿Cuán distinta crees tú que fue tu caracterización de esta exiliada en relación con la literatura sobre el exilio que ya existía en la Isla?

No lo sé. No tengo la menor idea. Apenas si conozco la literatura cubana del exilio. Y es una lástima, pues sé que incluye textos excelentes, como el estremecedor Boarding home de Guillermo Rosales. Pero no conozco mucho sobre eso. Sólo puedo decirte que mi personaje no es propiamente una exiliada con nostalgia de lo que dejó atrás ni nada por el estilo. Su hogar es NY, y se siente extraña allí de la misma manera en que a menudo nos sentimos extraños en nuestro propio hogar y en cualquier parte. Uno puede sentirse extraño porque, en definitiva, uno es extraño, esté donde esté. Y no me refiero sólo a los existencialistas profesionales, sino a las personas en general. Ahora, si te refieres a personajes exiliados que aparecen en la literatura cubana producida en la Isla, me temo que en eso siempre se ha cultivado el estereotipo. Gente triste, derrotada, fea y bruta. De los triunfadores no se habla. Aunque, en general, en los últimos años, me parece que esta visión del “espanto” de la Calle 8, por decirlo así, ha ido matizándose un poco. Es posible que en algún momento a los exiliados se les considere personas tan normales, o tan anormales, como los habitantes de la Isla. Quién sabe. Yo personalmente creo que las personas pueden ser de una u otra manera, más inteligentes o más estúpidas, más generosas o más canallas, con independencia del lugar donde vivan y de cual haya sido su trayectoria en la vida. No me gusta la división entre escritores de la Isla y escritores del exilio. Me parece artificial, malintencionada, y hasta cierto punto nociva.

 

¿Crees posible hablar desde donde vives de una experiencia tan ajena y tan plagada de ideologías como es la del exilio?

Bueno, como decía aquel chismoso personaje de Terencio: nada humano me es ajeno. Creo que, desde aquí y desde cualquier otro rincón del mundo, se puede escribir sobre cualquier tema. No son los temas los que están plagados de ideologías, sino las mentes de los humanos imbéciles. Ideologías son, para mí, los diversos conjuntos de “verdades” pre establecidas que suelen asumir las personas que no tienen ganas de pensar por sí mismas y que le temen a la libertad y a la responsabilidad que ésta conlleva, lo cual, por desgracia, ocurre con muchísima frecuencia. Pero eso a mí no me quita el sueño. Me resulta tan asfixiante la atmósfera de los republicanos duros, como la de los izquierdosos extremistas. En definitiva, como te decía antes, en los dos lados encuentras la homofobia, el racismo, el sexismo, y otras muchas maneras de agresión a la diferencia. Y no admito, de ninguna manera, que esas sean las dos únicas opciones para un cubano de aquí o de allá, o para cualquiera.

 

Has dicho que te interesa mucho la violencia y en tus historias reaparece este tema continuamente. ¿Por qué y bajo qué circunstancias concibes un escenario de violencia (cultural, sexual o político) en Cuba? ¿Hay algo en especial que te motiva a escribir sobre este tema?

Hablo de la violencia en Cuba, cuando escribo sobre Cuba. Si escribiera sobre otro sitio, hablaría de la violencia en ese otro sitio. No es una cuestión nacional, sino global, que afecta a todos los seres humanos, e incluso a todos los seres vivos del planeta, o al menos eso creo. Quiero decir, no creo que los cubanos seamos ni remotamente las criaturas más violentas del mundo, aunque por momentos pudiera parecerlo, sobre todo por la forma de hablar y de gesticular. Lo que me motiva a escribir sobre ese tema es mi propia curiosidad con respecto al lado oscuro del ser humano, que siempre se trata de ocultar. Los cristianos, y probablemente también los musulmanes, los budistas, etc., identifican este lado oscuro con el Mal. Los ateos lo identificamos con el instinto, las pulsaciones atávicas, la irracionalidad. En fin, lo vemos como algo muy natural, que se aparta del ideal de civilización, pero que existe y, de hecho, es lo que informa la mayoría de nuestras acciones. Lo interesante, por decirlo de alguna manera, a mi juicio, es que nuestra cultura en Occidente, pese a Marx, Freud, Nietzsche, Shopenhauer y otros, sigue siendo profunda y visceralmente cristiana. Esos tipos y sus obras sólo están ahí, pienso, para consumo de cuatro gatos intelectuales. Pero la mayoría, que incluye a muchos que se pretenden intelectuales, se mueve por resortes cristianos. O sea, mayoritariamente hipócritas, falsarios, negadores de la realidad. Mira, por ejemplo, el tema de la tortura. En el Occidente pre-cristiano, se torturaba por diversión, por placer, porque somos una manga de sádicos y punto. Ahí tenemos el circo romano. Después del cristianismo se ha torturado en nombre de la fe religiosa, de la patria, del proletariado, en fin, de la Causa. Siempre hace falta algún pretexto. Lo que sea, excepto la verdad. Queremos hacer lo que nos gusta y, al mismo tiempo, creernos buenos. Tenemos una profunda necesidad de creernos buenos. Y así nos va. En su versión de Las ciento veinte jornadas de Sodoma, Passolini agarra los cuatro libertinos de Sade y los convierte en fascistas. Y miente. No porque los fascistas sean incapaces de semejantes prácticas, claro que no. La mentira está en que no hay que ser fascista para dedicarse a tales menesteres. La misma historia, podría ocurrir en cualquier otro sitio fuera de Saló, bajo un régimen comunista, islámico, e incluso, por espeluznante que resulte, en una sociedad plural y democrática.

 

Leyendo La sombra del caminante encuentro muchas referencias a lo que podríamos llamar “la alta cultura” o la cultura clásica. Sin embargo, estas referencias están como minadas por un giro lingüístico o un contexto que las corrompe. Te pongo un ejemplo. Se menciona esta cita que parece sacada de una canción de Willy Chirino con Álvarez Guedes: “pensando que la vida es una barca como diría Calderón de la mierda”. ¿A qué se debe esto?

Pues eso de “minadas” y “corrompidas” me suena como si yo fuera un cromañón que estuviera acabando con la cultura fina y exquisita. ¿Por qué lo hago? No lo sé. Supongo que eso me divierte, como también divierte a muchos de mis lectores. Nada, que los cromañones somos así, una caterva de desalmados. En serio, no creo que ningún escritor pueda explicar por qué hace todo lo que hace en su literatura. Es que también escribimos con nuestro lado oscuro.

 

Hablando ahora de algo más general. ¿Sientes que perteneces a una generación de escritores con sus propias preocupaciones y un programa estético propio? ¿Cuál ha sido tu relación con los “novísimos”?

No, no siento que pertenezco a ninguna generación con sus propias preocupaciones y muchísimo menos con un programa estético propio. Yo tengo mis propias preocupaciones, que ya son bastantes de por sí, y ningún programa, Dios me libre. No me gustan los grupos ni los partidos ni los tumultos, y eso de las generaciones en literatura me parece bastante artificial, puro invento de los críticos. No olvidemos que la crítica es todo un género literario, en modo alguno ajeno a la ficción. Los críticos fabulan, andan por ahí como Adán, nombrándolo todo, y luego pretenden que la realidad sea como ellos la han inventado. Comprenderás que no es mi culpa. En cuanto a los “novísimos”, no podría decirte a ciencia cierta quienes son ni a qué se dedican. Son un vago rumor, los “novísimos”. Y me temo que, poco a poco, irán convirtiéndose en los “viejísimos”, si es que eso no ha ocurrido ya.

 

¿Qué significa escribir dentro de Cuba hoy?

Significa que puedes estar sentado, muy campante, frente a tu computadora, tramando alguna historia, y de pronto… ¡zas!, el apagón. Si eres el feliz poseedor de un regulador de voltaje o back–up, podrás salvar lo que hayas escrito. Si no, lo perderás todo. Si eres temperamental, te asomarás a la ventana y gritarás con fuerza: ¡Me cago en el recoñísimo de la puta madre de Fidel Castro!, pero nadie te hará el más mínimo caso. (No sé si esto será igual en todos los barrios, pero lo que es en el mío a la gente le importa un chícharo lo que tu grites por la ventana. Lo he comprobado.) Si eres depresivo, irás a consolarte con una botella de ron, o de algún mejunje barato, según tus posibilidades económicas. También significa que tus libros serán publicados por las editoriales cubanas cuando la rana críe pelos, porque allí también tienen apagón y carecen de papel, tinta, etc. Y nada de protestar por la demora pues tampoco allí te van a hacer mucho caso. Todo muy kafkiano. Significa además que un artículo tuyo en una revista demorará infinitamente en aparecer, por las mismas razones. Asimismo significa que, como ya se cayó el muro de Berlín y no hay tantas posibilidades de censurar sin escándalo, algunos funcionarios de la literatura tratan de meterte miedo con esto y con aquello para que te autocensures y así les ahorres el peligroso trabajito de hacerlo ellos mismos. Ceder o no ceder: he ahí el problema. Si cedes, no te respetan, te cogen p’al trajín y te dan el Premio de la Crítica, y bien que te lo mereces, por penco. Si no cedes, no pasa nada. No te hacen el más mínimo caso. Y tu problema sigue siendo el mismo: el apagón.  Eso sin contar otros problemitas que afectan al escritor en su condición de ser humano, como pueden ser la falta de agua, el calor inmundo, los mosquitos y las guasasas, los tipos que vienen a fumigar a los mosquitos y las guasasas mientras tú estás escribiendo, la bulla que arman los vecinos, lo mismo de día que de noche, y un largo etcétera. Escribir dentro de Cuba hoy es pintoresco y folclórico. Hay que tomárselo con calma.

 

¿Tienes un lector en mente cuando escribes? ¿A qué tipo de lector piensas que apelan con más efectividad tus historias dentro y fuera de la Isla?

No, no tengo un lector en mente. Nada de escribir para mujeres, ni para gays, ni para negros, ni ninguno de esos sectarismos. Escribo para los terrícolas en general, y tampoco me molestaría que algún que otro marciano leyera lo que escribo. Me parece que mis historias son bien recibidas, o tienen más posibilidades de serlo, por personas con sentido del humor, que no se horrorizan con facilidad. O también, por personas tal vez rígidas y adustas, pero que han tenido experiencias de algún modo similares a las mías, y que por eso me perdonan la guasa.

 

Cuando escribes, ¿piensas en alguna noción de “límite” que te provoca o te impide ir más allá?

Sí. Trato de ser legible, de evitar el malentendido hasta donde se pueda. Hay cosas en mi cabecita que hasta ahora sólo podría expresarlas mediante aproximaciones, no con las palabras exactas, porque aún no las conozco, así que no las expreso. Ya las expresaré, me digo, cuando sepa cómo hacerlo. Pienso que es preferible el silencio al embrollo. Ahora bien, no tengo otras limitaciones. No me interesa ser “políticamente correcta” para nadie. Me importan un bledo los funcionarios de la literatura de acá y los ayatolas de allá. Y en cuanto al mercado, me encantaría escribir un best seller, pero no sé muy bien cómo se hace eso, así que no trato de hacerlo. Si se vende lo que escribo, estupendo. Si no, perra suerte la mía.

 

No sé si puede decirse que las generaciones de jóvenes escritores cubanos (los que nacieron con la revolución) crecieron “sin maestros” ya sea porque estos últimos murieron todavía jóvenes, fueron marginados completamente o simplemente se exiliaron. Estoy pensando en Lezama, Virgilio, Cabrera Infante, Arenas. ¿Ha sido esa una preocupación en tu narrativa o tu formación como escritora? ¿Crees que se manifiesta cierta ansiedad en tu escritura por la pérdida o recuperación de un modelo intelectual o narratológico?

No creo que eso me haya preocupado nunca. Y en realidad no hay ninguna pérdida de ningún modelo intelectual o narratológico. He leído los libros de los escritores que mencionas y me temo que no he aprendido mucho de ellos. Virgilio y Lezama, en mi modesta opinión, no fueron buenos narradores. Lezama fue un gran poeta y Virgilio un excelente dramaturgo. Pero su narrativa me parece mediocre. Cabrera Infante y Arenas sí fueron estupendos narradores, creo. Pero no han tenido más influencia sobre mí que, por ejemplo… otros escritores no cubanos. No te voy a hacer la lista para no aburrirte, o quizás porque a mí misma me aburre bastante todo ese rollo de la angustia de las influencias. Creo que en el asunto hay mucho de pose y de frivolidad. De veras me sentiría un poco ridícula, a los treinta y tres años, jugando a la “novísima”, y lamentándome por carecer de padres y maestros, oh triste orfandad… Los que establecen esas conexiones, una vez más, son los críticos. En definitiva, ¿quién dijo que un escritor necesita maestros? No creo que nadie le pueda enseñar a nadie a ser él mismo lo mejor posible.

 

Pero querámoslo o no siempre hay una tradición, ¿no?

De acuerdo. Pero esta tradición… ¿tiene que ser cubana? ¿No podría ser hispana, o sea, la de nuestra lengua? ¿No podría ser occidental, o sea, la de nuestra cultura? ¿No podría ser incluso planetaria? ¿No podría ser mi maestro, por ejemplo, Yukio Mishima (que como narrador me parece mucho mejor que todos los cubanos que mencionas)? ¿O estoy condenada irremisiblemente a Lezama Lima? Te confieso que esto de las tradiciones literarias particulares de los distintos países de Latinoamérica me parece una pura ridiculez. Aunque esto es algo que nunca digo, pues ya sé que no me van a hacer caso. Figúrate, si ya lo dijo Borges mucho mejor que yo y, en las academias al menos, le hicieron el caso del perro. Si ignoran a Borges, ¿qué puedo esperar que hagan conmigo? Lo que he aprendido es a tomarme con cierta calma el lado empecinadamente koljosiano de las academias. Y no te preocupes, muchacho, que no muerdo a mis semejantes, aun en el caso de que piensen distinto a mí. De veras creo en la democracia.

 

Las generaciones de jóvenes escritores y plásticos cubanos desde finales de los ochenta se abrieron al mercado exterior como la única forma de sobrevivir como artistas y dar a conocer su obra. ¿Crees que el mercado ha impuesto su marca en todos ustedes?

¡Y dale con las generaciones¡ No puedo hablar por todos nosotros. No sé quienes somos “todos nosotros” ni cual podría ser la supuesta marca del mercado. Creo que somos bastante pocos los escritores cubanos jóvenes que vivimos en Cuba y, al mismo tiempo, accedemos a los mercados exteriores. Y digo los mercados porque cada lengua es un mercado diferente y el mismo libro se comporta de manera distinta en los distintos ámbitos. Puede tener éxito de crítica en un lado, éxito de venta en otro, o en un tercero pasar como un fantasma.

 

Entiendo por “marca” las formas o estrategias que usan los escritores cubanos de esta época para insertarse en un mercado global, menos particular, con menos posibilidades de respirar en la cultura tradicional y hacer referencias que sólo se entienden “entre cubanos” para usar la frase de Fernando Ortiz. Por eso también te preguntaba ¿para quién escribes? ¿Cuáles son estas marcas en tu obra? Acaso, ¿un tema más universal? ¿un lenguaje más castizo? ¿una despolitización de la literatura? ¿un desahogo? ¿una tropicalización del trópico, (un tropi-collage, para usar la frase de Carlos Varela)? A estas cosas me refería.

Me abrumas. Siento como si me estuvieras pidiendo un análisis filológico de mi propia obra. Esa clase de masturbación exhibicionista podrá ser muy del gusto de otros escritores, pero no del mío. Así que no sé muy bien qué decirte. Sobre las referencias que sólo se entienden entre cubanos, me parece que lo mejor sería, tal vez, olvidarnos de ellas o, en todo caso, colocarlas de manera que estorben lo menos posible la lectura de los no cubanos. Tales referencias, además, sólo aparecerían si tratamos en nuestra narrativa de temas cubanos, lo cual no es en absoluto obligatorio, por más que tantísima gente parezca creer que sí. Desde hace algún tiempo tengo la sospecha de que Cuba no es el ombligo del universo. No estoy segura, claro. Ya te digo, se trata sólo de una sospecha. Y en cuanto a la tropicalización del trópico, me suena a la receta de una especie de refresco instantáneo con roncito u otro mejunje afín. Podría ser muy sabroso, aunque me pregunto qué tiene que ver eso con la literatura.

 

¿Cómo entiendes tú la relación del escritor con el mercado exterior y el de la Isla, siendo ambos tan distintos?

Esta pregunta, como la anterior, me parece terriblemente imprecisa. No sé, tal parece como si hablaras en un lenguaje que no es el mío. No entiendo nada de relaciones entre el escritor y los mercados. El escritor escribe, el editor publica, el público compra o no compra, y ya. No alcanzo a ver cuál sería el drama, o la complejidad, en todo esto. En Cuba, por otra parte, no hay ningún mercado propiamente dicho. El mercado, para mí, es inherente a las relaciones capitalistas, y en Cuba no hay capitalismo, ni socialismo, ni la hostia, sólo una especie de época jurásica. No puedo comparar entre sí elementos tan heterogéneos. En fin, mi relación con el mercado es, como la de cualquier escritor de cualquier parte del mundo, y mi relación con Cuba es como la de casi cualquier cubano: puro Kafka. Sí puedo decirte que he advertido en los últimos tiempos en los medios literarios cubanos de la Isla una cierta identificación de los mercados con la mala literatura. Si una novela se publica en el extranjero y obtiene cierto éxito, por pequeño que este sea, de pronto se vuelve sospechosa de lesa literatura ante los ojos de los guardianes de la pureza literaria nacional. Se oyen frases como “concesiones al mercado”, “esas banalidades que se escriben ahora”, y otras por el estilo. Me temo que, por ese camino, se puede llegar, y de hecho se ha llegado en ocasiones, a identificar el fracaso con el talento, lo cual no es más que una de las tantas subversiones propias de este sistema. Cierto es que fuera de la Isla se publica y se promociona a bombo y platillos mucha mierda, pero la viceversa, o sea, el hecho de que no se publiquen ni se promocionen grandes obras maestras de genios cubanos desconocidos me parece una ridícula falacia. No hay análisis en eso, no hay argumentos, no hay honestidad, sólo voluntarismo y resentimiento. Al respecto, puedes ver, por ejemplo, la entrevista que le diera Antón Arrufat a Mauricio Vincens para El País. Resulta muy ilustrativa de esto que te digo.

 

¿Tienes algún nuevo proyecto en mente o en proceso?

Sí. Acabo de poner el punto final de una nueva novela. Se titula Djuna y Daniel. Trata acerca de la vida de Djuna Barnes en el París de entreguerras. No aparecen Cuba ni los cubanos por ninguna parte. Y sé que vendrán a preguntarme: ¿Por qué escribiste esto? Les responderé según esté de humor en ese momento. Podría decirles, tajante: Lo escribí porque me dio la gana. O si no, misteriosa: Lo escribí con propósitos ocultos y subrepticios. O si no, asombrada: ¿Y por qué no habría de escribirlo?

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Notas del artículo

  1. Hablando precisamente de esta generación, Jorge Fornet en su prólogo al Cuento cubano del siglo XX, cita unas palabras de Ena y dice que la mayoría de estos escritores hace “una literatura posrevolucionaria, en el sentido que la historia y el destino de la Revolución misma no parece importarles” (25). ¿Postrevolución en la Revolución? Por no ser “revolucionaria,” Fornet no incluye a ninguno de estos escritores en su antología y borra toda una generación del panorama literario de la Isla en el siglo XX.