Aquello que hace singular esta novela de la cubana Ena Lucía Portela (La Habana, 1972) es lo mismo que la hace destacar en el actual panorama narrativo hispánico, y que se puede resumir en la conjunción de inteligencia en la planificación y desarrollo de la trama, agudo manejo del lenguaje, notable sentido del humor y poderosa capacidad fabuladora. Con estos mimbres la joven autora viene tejiendo desde 1997 una obra compuesta por tres novelas y dos volúmenes de cuentos, galardonada con prestigiosos premios internacionales –Premio U.N.E.A.C. 1997, Juan Rulfo de cuentos de Radio Francia Internacional 2000, y Premio Jaén 2002 con esta última novela–, y digna de captar la atención de lectores en busca de obras recreadoras de hablas peculiares, personajes en trance de adorable naufragio y universos de luz y sombra. Cien botellas en una pared es la historia de un amor al límite entre una enternecedora mujer y un hombre loco que se ve atravesada por las turbulentas peripecias de varios personajes –todos ellos supervivientes, a su manera–, que finalmente convergen en un dramático aunque esperanzado final. La novela, narrada por su protagonista, Zeta, roza la categoría de obra coral, pues el peso de los personajes secundarios y sus historias es tan notable que se convierte en el relato descriptivo del microcosmos del barrio habanero de El Vedado. Portela suele localizar allí sus textos, y a través de éstos, sin ánimo particularmente reivindicativo pero sin vendas, presenta la cotidiana lucha por la supervivencia en la isla. En este sentido, la autora escribe como miembro de aquel grupo al que Abilio Estévez se refiere como “una generación literaria naciente para quien la literatura no es exaltación ni queja, ni reivindicaciones sociales, ni posiciones de principios que no sean puramente literarias” y que “parte de la libertad como presupuesto”. El cosmopolitismo de las últimas promociones de escritores cubanos queda reflejado en la diversidad de referencias culturales que los asisten, y a las que esta autora se muestra especialmente receptiva (Cien botellas… está plagada de guiños a la literatura universal). Pero Portela escribe al margen de grupos, revelando una voz definida y muy personal, capaz tanto de subyugar con la riqueza de su material vivo y colorista como de plasmar de forma verosímil unos hechos terribles de modo humorístico y desenvuelto.
No deberían perderse el retrato facetado de esta Zeta que va creciendo en cada página, mostrándose como mujer minusvalorada por los demás pero positiva y cálida, compasiva, vaga, cobarde, juerguista, muy sexual, algo masoquista, católica pendiente de su confesor pero capaz de gozar de la forma menos ortodoxa… y cargada de un sentido del humor y un desparpajo capaz de redimir debilidades. Y hasta tragedias.