Fiel a la bebida y a “algunos yerbajos, para seguir arrastrando el triste carpacho por los andurriales de esta perra vida”. Descolocada y tragicómica, habladora y caribeña. Sin rumbo aparente, narradora privilegiada de un mundo caótico que parece desmoronarse a cada paso, de esa manera transcurre sus días Zeta, la protagonista de Cien botellas en una pared, novela de la escritora cubana Ena Lucía Portela. Zeta es la última muchacha en el abecedario de las chicas de La Habana: pobre y bebedora, come con voracidad y su figura se deforma ante la belleza de sus amigas, tolera sumisa los golpes de su pareja (Moisés, un soberbio misógino que sólo gusta de refunfuñar y denigrar a cuantas personas pueda), observa pasiva desde “un trapecio sin red que amortigüe la caída”. Zeta es puro presente, goce irresponsable, sin atención a futuro alguno.
Disfruta del sexo a tal punto que no recuerda haber sido virgen. El contexto es el de la Cuba luego de la caída de la Unión Soviética, un período especialmente difícil para el entonces gobierno de Fidel Castro, en el cual se vio afectada buena parte de sus relaciones comerciales, situación que se sumó al bloqueo económico impuesto por EE.UU. Así, en una ciudad que augura más incertidumbres que certezas, que poco tiene en común con la imagen idealizada de La Habana turística, se desarrolla un triángulo compuesto de violencia y placer, que la narradora sostiene con Moisés y con su amiga Linda, feminista empedernida y lesbiana evangelizadora, que incita a comer guayabas en un mundo que programa a las personas para adorar a los mangos.
El insumo central del que se nutre la autora para trazar el estilo de la novela es el habla popular. Allí es donde radica su virtud: Portela escribe con una coloquialidad hilarante, rica en comparaciones ridiculizantes, expresiones fosilizadas, humor negro y vocabulario local, cuya presencia frecuente y cadencia caribeña enriquecen al texto y sellan su impronta realista. Ese grado de picardía sólo atribuible al ingenio callejero se adueña del fluir de la conciencia de Zeta, que narra sus peripecias como ladrona de autos, como contrabandista de habanos y su convivencia con un cerdo en una pequeña habitación, entre otras escenas que se intercalan con la trama central.
La novela habilita una lectura en clave feminista, en tanto lo masculino aparece ligado al encierro, al abuso de un poder autoproclamado y a la imposibilidad de desarrollo, mientras que lo femenino es rebeldía, violación de las normas, acción y adrenalina. En las páginas de Cien botellas en una pared hay una crítica frontal a los vestigios de una sociedad machista que aún pervive en ciertos sectores de América Latina. Portela tiene algo de escritora maldita: la violencia, lo sucio, lo prohibido, aquello que la hegemonía cultural –del país que sea– busca normalmente invisibilizar, constituye el núcleo temático que la obsesiona y que motiva su obra.