También entre ruinas ubicará Ena Lucía Portela el escenario de su más reciente libro, publicado en el 2002, Cien botellas en una pared. Se trata de la Esquina del Martillo Alegre, un palacete del Vedado convertido en solar, donde vive Zeta, la protagonista de esta novela.
Lo interesante aquí es que la autora ofrece una visión poco explotada literariamente del Vedado. Una de las raras excepciones es tal vez aquella Casa del Mirador, antigua quinta devenida pobre cuartería, en cuyo oscuro laberinto encuentra refugio el estudiante acorralado por la policía del dictador Gerardo Machado en la novela El acoso. Pinta Alejo Carpentier entonces un viejo edificio maltratado en el que conviven —ya en aquella época— familias negras, pobres artesanos, gente miserable. No obstante, más frecuentes resultan, sin lugar a dudas, las imágenes del Vedado como vecindario rico, o bien aquellas otras, omnipresentes en la prosa de Cabrera Infante, donde se recrea un mundo de brillante y sonora actividad nocturna. Ya en algún momento expresa Portela que “por optimismo o por hábito, hay personas que se hacen ideas extrañas acerca del Vedado” (Portela 2002: 62). Lo cual no desmienten ciertos palacios y edificios, testimonios de su noble pasado durante la primera mitad del siglo XX. Mas la zona ha perdido mucho de su lustre de antaño y anda hoy muy lejos de constituir un municipio homogéneo. Apagones y restricciones económicas han convertido el relumbrante Vedado de los tres tristes tigres de Cabrera Infante en un sitio más bien sombrío, donde apenas pueden advertirse las huellas de aquellos tiempos de ilustre farándula. Perviven, es cierto, algunas reliquias de su época patricia: unas raras familias que permanecieron en la isla al triunfo de la Revolución y habitan aún las mansiones de sus antepasados; unos pocos teatros y cines puntualmente en sombras y vacíos, y clubes y hoteles a los que tiene acceso sólo una minoría que puede darse el lujo de derrochar dólares, rodeados de tribus de risueños turistas. También, en ciertas áreas, se reproduce la supuestamente extinta burguesía nacional, gracias a los nuevos ricos que se instalan en ellas. Sin embargo, no todas las calles del Vedado respiran el sosiego y bienestar que presentara Gutiérrez en Animal tropical. Hay sitios, como la ciudadela descrita por Portela, que en poco se diferencian de la cuartería de la calle San Lázaro en la que reside el personaje Pedro Juan.
Quizás, el único matiz diferenciador entre estos dos espacios literarios esté dado por el hecho de que en El Vedado que nos muestra la autora habitan gentes de muy diferente origen social, mientras que para Gutiérrez Centro Habana constituye un barrio completamente sumido en la marginalidad económica y social. La heterogeneidad del Vedado es explicada por Portela: “El Vedado estaba repleto de ciudadelas y se veía cualquier cosa, desde la hija del latifundista que se había negado a emigrar hasta el bandolero ex convicto que planeaba atropellar a la hija del latifundista para robarle los cuadros y las lámparas. Era ya la mezcolanza, el ajiaco, el carnaval” (Portela 2002: 62). Al pormenorizar la historia de la Esquina del Martillo Alegre, se ofrecen incluso elementos que ayudan a explicar tal fenómeno. Se narran entonces los avatares de un palacete situado en la intersección de una importante avenida con una “callejuela de mala muerte y peor fama” y que según la autora “ha padecido tantas y tan brutales transformaciones a lo largo de casi un siglo, que uno se asombra de que aún permanezca en pie”. Como la cuartería de Centro Habana donde son ambientadas las historias de Pedro Juan Gutiérrez, esta antigua casona se halla actualmente en avanzado estado de ruina. Ambas descripciones, en este sentido, pueden leerse casi en palimpsesto. Escribe Portela: “el techo se filtra y suelta boronilla, pedazos de estuco. También hay grietas en los muros. Grietas verticales, de las peligrosas. En temporada ciclónica el agua entra por todos lados (excepto por la pila, claro)” (Portela 2002: 31-2). Pero mientras en el edificio del narrador los vecinos no hacen otra cosa que observar indiferentes la depauperación acelerada de sus viviendas, en la morada de Zeta la destrucción es provocada justamente por la acción demoledora de sus habitantes.
Es pues la historia de una gran casona, residencia hacia los años 1920 de algún poderoso oligarca. Esfumándose su propietario un día o una noche cualquiera, sin dejar rastro alguno si no es un Cadillac en el garaje y una criada negra, el palacete queda abandonado a los azares e infortunios de la historia nacional. Luego fue sede de un improbable y curioso club esotérico llamado El Xilófono. Cuando, en 1961, el imaginario Partido Pitagórico que lo respaldaba “cayó en desgracia” (probablemente suprimido por el gobierno revolucionario recién llegado al poder y que se vuelve monopartidista por esa fecha), el palacete se convirtió en propiedad estatal y sirvió de “casa de huéspedes gratuita, más o menos de beneficencia, para individuos relacionados con el cine” (Portela 2002: 36-7). Describe la autora una situación de gran exaltación, en concierto con aquellos momentos eufóricos de los primeros años revolucionarios:
Qué tumulto. Qué bullicio. […] Eran unos jactanciosos. Discutían a voz en cuello, cruzaban aceros desde sus muy plurales e incluso antagónicos fanatismos, ensalzaban o despreciaban en tono apodíctico, argüían, recriminaban, contradecían, se desgañitaban, se emborrachaban. Creían vivir intensamente. Creían. Los imagino rebeldes, entusiastas, dinámicos, plenos de vitalidad, optimismo e ideas novedosas. Debió ser un momento de ilusiones. El ámbito, efervescente, propicio a la creación. La consigna, Gran Cine con mínimos recursos. El pronóstico, reservado. (Portela 2002: 36-7)
Asoma aquí la cáustica crítica de aquellos tiempos, desconocidos para la joven Portela; época a la que seguiría la de la estricta censura, los “años grises”, o el “decenio negro”, según apunta la narradora, siempre irónica. La era del desengaño, que era el precio que pagarían aquellos intelectuales por haber alimentado tan locas ilusiones: “Poco a poco, entre prescripciones y persecuciones, estalinismo puro y duro según papá, se disolvió la comparsa. Los del cine se fueron mudando a otras casas y a otros países” (Portela 2002: 41-2). Y es entonces cuando el caserón alcanza su grado de desastre máximo, última escala antes de la gran hecatombe: entregado al olvido, en el inmueble encuentran refugio nuevos habitantes. Como la gente solariega que describe Cabrera Infante en La Habana para un infante difunto o incluso Alejo Carpentier al exponer los orígenes provincianos de los que se alojan en la Casa del Mirador, la mayoría de los más recientes moradores del palacete provienen del oriente del país:
Muchos de ellos con acento oriental y desconocedores de los usos urbanos, aportaron una nueva fauna, insólita en el paisaje citadino: gallinas, pavos, palomas, jicoteas, un cerdo, un chivo con una campanita colgada del pescuezo, una jutía y una especie de megaterio, cruza de mastín con rinoceronte, que ladra y muerde y se cree el sabueso de los Baskerville. Todas esas criaturas hacen pipí y caca donde mejor les parece, como si habitaran en la floresta. Para decirlo de un modo romántico: el solar huele a jungla, a naturaleza agreste, a salvajismo. (Portela 2002: 42)
Historial tan agitado, reflejo de las sacudidas económicas y políticas de la nación, parece sin embargo guardar alguna coherencia con cierto “barroco” original, esa habanera indefinición estilística que autores y críticos persisten con tanto empecinamiento en explicar, aduciendo con preferencia oscuros linajes tejidos en frenético mestizaje. Se trata, por ejemplo, de aquel “tercer estilo”, tan impreciso, que Carpentier destacaba incluso en las páginas de El Acoso. En dicha novela, el perseguido que en los años 1930 se esconde en la Casa del Mirador, descubre un paisaje del Vedado en el que se revolvían “lo californiano, gótico o morisco, […] partenones enanos, templos griegos de lucetas y persianas, villas renacentistas entre malangas y buganvilias […] se asistía, de portal en portal, a la agonía de los últimos órdenes clásicos usados en la época” (Carpentier 1974: 222). Ena Lucía Portela, como el gran novelista, enumera también en dilatada descripción los elementos disímiles de la casa de La Esquina del Martillo Alegre, convencida de que responden al dudoso gusto de algún nuevo rico criollo de principios del siglo XX:
un gusto muy amplio, muy abarcador, ese que inspira la felicidad de respirar bajo un tejado colonial, entre vitrales neogóticos, arcadas románicas, balaústres barrocos, rejas art nouveau y columnatas griegas de distintos órdenes. El observador más o menos entendido en arquitectura se rasca la cabeza: no logra explicarse cómo es que faltan el minarete mudéjar, la cúpula bizantina y la pirámide egipcia. (Portela 2002: 32)
Así, Portela considera su palacete como “una joya arquitectónica, un monumento a la extravagancia, un prodigio de retazos y parches y costuras, un Frankestein ecléctico según la moda de 1926” (Portela 2002: 32). Y sus actuales inquilinos, perpetuando la profusión disparate, han hecho de la casona “una ruina según la moda del año en curso”. En perfecto hacinamiento conviven aquí numerosas familias cada una con su más o menos extensa y variopinta fauna acompañante. La narradora —“sin contar a la población flotante, una recua de tíos, primos, sobrinos, cuñados y suegros también con acento oriental y costumbres campestres”— cree que son unos cuarenta y cuatro vecinos, “poseídos por la fiebre de las construcciones. […] Día a día se multiplican los tabiques, divisorias, mamparas, biombos, nichos, bañitos, un apartamento en el garaje, dos en la azotea, un palomar y sospecho de algún que otro pasadizo secreto. La ciudadela crece hacia adentro, se torna densa, una colmena, un avispero” (Portela 2002: 45-6). La innovación pseudo-arquitectónica y la carpintería alcanzan niveles tales que es de esta situación de donde proviene el topónimo la Esquina del Martillo Alegre.
Zeta encaja perfectamente en este mundo de ruinas pues la muchacha es la imagen exacta de la indolencia. No en balde carga con el nombre de la última letra del abecedario, alegórica de su posición postrimera en cualquier escala de valores orientada hacia el progreso humano. Un ente suspendido en la nada: sin familia ni ataduras que no sean sus amigos o Moisés, sádico marido. Nada parece importarle, ni la política, la sociedad, la historia de su familia, ni su obesidad o poco agraciado físico, tampoco su propio futuro o las cotidianas agresiones de Moisés. Nada tiene sentido salvo su hambre crónica… de alimentos o de sexo. Hay aquí otra diferencia esencial con Don Fuco, Salma y Victorio, quienes imaginan un mundo de fantasías alternativo, al margen de las urgentes necesidades del habanero común; tanto como con el protagonista de las obras de Pedro Juan Gutiérrez, que se esfuerza en soltar lastre, deshacerse de toda moral y caer, con la mayor rapidez posible, en la marginalidad social. Zeta, en cambio, vive desde su nacimiento, “inmóvil, sedentaria, fija como el musguito a la piedra” (Portela 2002: 31), dentro del mundo caótico y cada vez más decadente de la Esquina del Martillo Alegre. No ha pretendido ni acercarse ni escapar de este ambiente dirigido hacia algo que podría parecer un absoluto apocalipsis. Mientras Don Fuco, Salma y Victorio ignoran el desorden cotidiano y mientras Pedro Juan ha escudriñado el caos, le ha perseguido a través de la ciudad, se sumerge y hasta pretende —en sus últimas correrías narrativas— escurrírsele lejos; Zeta está siempre dentro de él —de hecho, no conoce otra vida. Sus excepcionales incursiones en otro modo de existir se restringen a las visitas que hace a su amiga, Linda Roth, prestigiosa novelista lesbiana perteneciente a una acaudalada familia de origen judío: quiere decir, alguien que tampoco representa las mayorías dentro la sociedad cubana actual, aunque vive otros tipos de marginalidad (voluntarios o no) dados por su profesión, sexo y sexualidad, clase social y, por supuesto, origen etno-cultural (la historia judía no deserta el imaginario de Linda).
Al describir su espacio en permanente desorden, Zeta sortea las trampas del juicio y la explicación y considera “que no hay nada que entender […], que las cosas son como son y ya” (Portela 2002: 33). Ha sido esta especie de indiferencia también uno de los objetivos existenciales de Pedro Juan, mas en la protagonista de Portela no se trata de una búsqueda, sino de un hecho ineluctable, una particularidad de su naturaleza cercana a cierto cinismo “ingenuo”, supuestamente “espontáneo”. ¿Verdaderamente? Difícil asegurarlo, por lo pronto ha tal vez de examinarse de cerca el recorrido existencial del uno y de la otra. Gutiérrez, nacido en 1950, ha podido creer en algún momento en la inmensa promesa que la revolución ponía al alcance de los cubanos, la posibilidad de construir y dirigir su propio mundo llevando a la práctica ideales encaminados a transformar la nación (alfabetización, escolarización, desarrollo agro-industrial, etc.) Portela nace en 1972, cuando la nueva sociedad ya anda en marcha desde hace algunos años y el régimen totalitario asfixia implacable las aspiraciones que el cubano joven pudiese abrigar en lo concerniente a su papel a jugar dentro de la sociedad. Escasísimo tiempo —que no se extiende mucho más allá de 1971— [6] para imaginarse verdaderos dueños de su espacio y su destino ha sido acordado a los jóvenes en la isla. Son dos situaciones bien distintas que han probablemente acarreado estas maneras disímiles de alcanzar el ansiado alejamiento con respecto al hecho social. Hay un hombre que al escribir Trilogía sucia de La Habana contaba con cuarenta años, que se esfuerza —y se fuerza— a no cuestionarse absolutamente nada, adoptar su estricto plan de sobrevivencia. Por otro lado, hay una joven de apenas treinta que no precisa esforzarse en ello, pues no le es en modo alguno extraño ese estado de total desinterés e inercia. Y puede que anden también estas circunstancias en trabada relación con otro hecho diferenciador entre la prosa del narrador y la escritora. En tanto Gutiérrez se apoya en un estilo crudo y desolado para ofrecer lo más sórdido del mundo que recrea, Ena Lucía Portela pinta el ambiente de la Esquina del Martillo Alegre ora con alegre desapego ora con sorna y hasta jocosidad. La realidad, bajo la mirada de su protagonista, aparece completamente desideologizada —una característica ya presente en la prosa de Pedro Juan Gutiérrez— y también desdramatizada —lo que es en cambio imposible aún en la obra del escritor.
Podría incluso parecer a veces que hay cierta “candorosa” delectación con la miseria. Es una actitud que puede remitir al lector a juegos no desprovistos de intención folklórica, a los que son tan aficionados algunos narradores cubanos de la actualidad, motivados quizás por las modas y modos del mercado editorial mundial. Zoé Valdés, por ejemplo, moja regularmente y sin melindres su pluma en esa tinta de sabroso exotismo postmoderno. Pero su intención no es alejarse, al menos explícitamente, de la crítica social y política. La narradora exiliada en París persigue, muy al contrario, ridiculizar la sociedad cubana actual. Es lo que pone en evidencia un personaje como Cuca Martínez, que en la novela Te dí la vida entera coloca constantemente en contraste una y otra Habana, antes y después de 1959: la una, luminosa y jovial, calcada de la imagen de nocturno delirio ofrecida por Cabrera Infante en Tres tristes tigres, la otra apagada, sucia y arruinada.
Ena Lucía Portela y Pedro Juan Gutiérrez vuelcan en sus obras sólo la ciudad de hoy en día, procurando evadir —como ya se ha explicado— las alusiones políticas. Consiguen posiblemente este distanciamiento al no presentar en sus textos al verdadero habitante de las ruinas en las que tanto se regodean. Se trata de aquel que carece realmente de opción, para quien vivir en la ciudadela miserable no representa ninguna elección moral (como es el caso del protagonista de Gutiérrez) ni tampoco una feliz casualidad o alegre destino (según la indolente Zeta). Sólo a veces, algunos personajes supuestamente representativos del cubano que en realidad vive en las pobres cuarterías, son presentados con cierto relieve por los dos autores. Puede incluso, en ocasiones, intentar Gutiérrez acercarse a la intimidad de estos hombres y mujeres. Mas se trata generalmente de breves instantes, amago de intención, jamás el despliegue detallado de la psicología de estos personajes. En Portela el desinterés por la población marginal que convive con su protagonista, es aún más notorio. Si en las obras de Pedro Juan Gutiérrez estos personajes parecían figurillas planas, caricaturales, desprovistas de toda complejidad, la joven novelista sólo consigue detener su atención —lo cual no quiere decir que alcance a descifrar sus propios conflictos— sobre los amigos negros de Zeta, los muy estereotipados, Yadelis y Pancholo Quincatrece, una bella jinetera y un simpático delincuente. Tan escasa deferencia es tal vez justificada, para ambos escritores, por la voluntad de permanecer indiferentes al medio que les rodea.
Los protagonistas Zeta y Pedro Juan se convierten de esta forma en observadores de un mundo al que, en definitiva, no pertenecen completamente. Pues mientras uno “cae” en él y ya anda buscando el modo de escapar hacia ambientes bucólicos, ella —quien también terminará abandonándolo para irse a vivir al elegante penthouse de Linda Roth— ha permanecido siempre encerrada en su habitación. Allí dentro, ella sobrevive al desastre de su edificio, desde los tiempos en que sus habitantes no eran precisamente esa tribu ruidosa, maloliente, campesina, “bárbara” en fin de cuentas. De hecho, no los conoce, los adivina al percibir sus martillazos y vocinglerías a través de las paredes maltrechas y los endebles tabiques. Sospecha sus vidas pero no sabe nada de ellos: “En cuanto a los vecinos, nunca se sabe. Ninguno de ellos trabaja. Me parece que se dedican a toda clase de trapicheos, aunque en realidad no lo sé ni quiero saberlo. Creo que mientras menos uno sepa, mejor” (Portela 2002: 41).
Tomado del ensayo: “¿Cómo vivir las ruinas habaneras de los años noventa?:
Respuestas disímiles desde la isla en las obras de Abilio Estévez, Pedro Juan Gutiérrez y Ena Lucía Portela”,
publicado por Caribbean Studies, julio-diciembre de 2004, año/vol. 32, número 002. Universidad de Puerto Rico, San Juan, Puerto Rico.