Ena Lucía Portela, de paso por Barcelona para presentar su obra, comentó ante la prensa su preferencia por autores como Faulkner, Djuna Barnes y Paul Auster, al tiempo que reconocía su filiación con los clásicos griegos. La lectura de esta densa y bien organizada novela revela, sin embargo, la huella sobresaliente de la atmósfera inquietante y borrosa de la Barnes, por una parte; por otra de los trágicos griegos, urdidores de trabados destinos inexorables y crueles. No hay concesión al lector distraído en esta novela sobre la que su prologuista,
Abilio Estévez, anuncia que “persigue hacer pensar y divertir. Que busca a tientas, con dificultad y con pericia, su propia estructura, la armazón de un mundo en un sistema verbal”.
Ahora bien, como es frecuente en la más joven promoción de narradores cubanos, E. L. Portela traza los límites de ese “mundo” narrativo en un ámbito estrictamente literario y se desentiende de cualquier otra referencialidad instrumental que no sea la de la plena libertad creadora. Si las promociones anteriores necesitaron del reclamo historicista, de la épica dotada de un color u otro, del bisturí sociológico y el inventario costumbrista, la nueva narrativa cubana se instala con profesionalidad y profunda vocación en el hecho literario mismo.
Pareciera como si el acontecer histórico inmediato hubiese sido voluntariosamente superado por una conciencia crítica que se negara a hacer la contrafaz del horror. Pareciera como si con su actitud declarase el fin de la historia, entendida ésta como la primacía de un sistema, de una ideología, de un poder omnímodo. El escritor asume así el fúnebre papel del enterrador: no existes porque no te veo.
E. L. Portela, entre los muchos artificios literarios a su alcance parece preferir la alegoría; la representación sustituye el lugar gris de la realidad. En este sentido el horror claustrofóbico y totalitario, vulgar y cotidiano, está representado por el eficaz y pulcro terror de la clínica Dr. Schilling (“El doctor Schilling se divertía de lo lindo en la claridad del corredor. Todopoderoso de nuevo, jugaba con ella a esperanzarla. Dentro de un momento vamos a saber por fin qué es lo que pasa con esta ratica, qué es lo que no funciona. Siempre con el sádico propósito de hacerla caer más tarde en un agujero semejante al de las pesadillas. ¿Para qué sirve el poder si no se ejerce?”). Los personajes —Fabián, Camila, Bibiana, Emilio U.— se nos presentan como los electrones sueltos en un caos que poco a poco va cobrando figura. Un inquietante laberinto resuelto con inteligencia y audacia.
Pero el goce, el verdadero disfrute de El pájaro: pincel y tinta china se encuentra en la escritura misma de la obra: sus constantes referencias literarias, la oblicuidad de su mirada, su paladeo de los registros del clasicismo greco-romano, sus guiños intertextuales, la sagaz elocuencia de sus protagonistas.
Esta novela —anótelo, lector— se convertirá en un obligado punto de referencia. Es la constatación de un gozne, el lubricado giro que dobla la página; la grieta que deja ver una escritura nueva. El fin de un canon. El anuncio de una nueva libertad.