Jugar a los nazis

Uriel Quesada

Jóvenes neonazis durante los funerales del joven neonazi Mauricio Egaña en el Cementerio General en Chile.

Jóvenes neonazis durante los funerales del líder neonazi Mauricio Egaña en el Cementerio General en Chile.

A principios de los años noventa tuve la oportunidad de servir como columnista en un periódico costarricense.  De las muchas columnas que escribí, la que causó mayor impacto fue una titulada “Jugar a los nazis”.   Para ser honesto, no recuerdo detalles de su contenido,  pero sí tengo presente una de las motivaciones: el ser o querer se nazi cuando se ha crecido en América Latina.  Esa motivación partía de un recuerdo de adolescencia.  Un compañero de colegio se me acercó una vez a proponerme que me uniera a un grupo nazi que él estaba formando. De mi reacción lo que ha quedado en mi memoria es una frase como, “Si vos y yo nos presentamos a los nazis de verdad en Alemania, no va a pasar mucho antes de que nos ejecuten”.  Lo que quiero rescatar de la anécdota es tanto una posición moral –el nazismo es malo– como una identitaria: solamente con ciertos rasgos y cierta herencia se puede optar al nazismo.  El ser nazi surge por exclusión.

Una crónica del periodista chileno Oscar Contardo, “Gótico araucano” (publicada en Gatopardo en octubre del 2006), rompió mis esquemas sobre el fenómeno nazi en América Latina, y lo traigo a colación en este momento que han ocurrido ciertos hechos en mi natal Costa Rica.  Como buena crómica, “Gótico” sigue a un personaje que tiene características que interesan a los lectores, y está inmerso en una situación que le permite al escritor crear una historia.  Sin una trama no hay crónica. El personaje principal en “Gótico” es Mauricio Egaña, alias el Mafalda, que ha muerto en una riña en un barrio pobre de Santiago de Chile. “La ciudad de Santiago”, escribe Contardo, “se divide por comunas, y la distribución del ingreso desciende hacia la puesta del sol. Una de esas comunas donde el sol se pone es Conchalí [donde vivía Egaña]”.  El Mafalda no es solamente un obrero pobre, sino que también pertenece a una de las muchas tribus urbanas neonazis de Chile.  Si el nacionalsocialismo como lo hemos conocido tiene un componente racial muy fuerte,  los nazis de  Conchalí han debido adaptar ese fundamento ideológico, pues “[m]uchos de ellos tienen tez oscura, son bajos, con pomos telúricamente indígenas y algunas de sus mujeres tienen muslos pachamámicamente amerindios”.  Contardo explica sus fuentes de pensamiento: música metalera de bandas nazis, una estética fílmica proveniente de Alemania y Hollywood,  y el deprecio a distintas otredades como los punk, los borrachos, los homosexuales, los inmigrantes y los judíos.  La crónica también hace un breve repaso de la historia del pensamiento nazi en Chile durante los siglos  XX y XXI,  para señalar cómo se ha pasado de  posturas intelectuales en los años treinta a una forma de reclamo del espacio social en las décadas más recientes.  Llama poderosamente la atención cómo las posibles contradicciones entre una ideología de por sí excluye con base en rasgos físicos y origen se haya repensado hasta naturalizarla en función de las realidades de grupos marginales.

“Gótico araucano”  es un texto que si se toma a la ligera resulta extraño.  En realidad, constituye una llamada de atención sobre la presencia de formas de pensamiento extremistas en la sociedad y la desatención que sufren grandes sectores de la población.  En la crónica las autoridades brillan por su ausencia, y no se dice nada de políticas públicas que aborden el problema del neo-nacionalsocialismo en Chile. Una de las cosas que más me preocupa es cómo una agenda neonazi puede surgir y llenar un nicho en nuestras democracias.  Si los nacionalsocialistas llegan a organizarse y un candidato logra articular un grupo de influencia o partido político, podrían darse cambios en el aparato institucional que acuerpen y naturalicen estas formas de pensamiento. En Estados Unidos, por ejemplo, desde que Donald J. Trump empezó su mandato, los grupos neonazis se han vuelto más visibles y violentos. La renuencia del presidente a condenar esos actos ha empoderado a quienes no solamente sostienen la agenda neonazi, sino que ven las instituciones democráticas como espacios de corrupción que deben ser tomados para “sanear” el país.  Un reciente artículo en The Chronicle of Higher Education  (“Fascism and the University”) dice que en años recientes varios países han sido tomados por alguna forma de nacionalismo de extrema derecha, incluyendo Estados Unidos.  Ese solo hecho hace que cualquier movimiento escondido o reprimido en otras partes del mundo sienta un nuevo aire para sus creencias y acciones.

En agosto, en Costa Rica, hubo una marcha para protestar contra la inmigración nicaragüense en el país.  El acto fue calificado de xenofóbico y, aparentemente,  fue rechazado por amplios sectores de la población.  Sin embargo, la noticias mencionan que entre los participantes hubo personas “de filosofía nazi”,  lo cual  contradice la tradición costarricense de brindar refugio a perseguidos políticos y desplazados por distintas causas. Me gustaría pensar que esas personas nazis no fueron muchas, y que Costa Rica no puede ser un campo fértil para ideologías extremistas. Sin embargo, jugar a los nazis no es tan difícil y, como ocurre en las barriadas pobres de Chile, un movimiento de extrema derecha de esas características puede surgir, crecer y reconfigurar lo que será el país en la próximas décadas.

Del Autor

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Uriel Quesada
(Costa Rica, 1962). Escritor. Estudió en la Universidad de Costa Rica, New Mexico State University y Tulane University, donde obtuvo un doctorado en Literatura Latinoamericana. Es autor de los libros Ese día de los temblores (cuentos, Editorial Costa Rica, 1985), El atardecer de los niños (cuentos, Editorial Costa Rica, 1990; Premio Editorial Costa Rica y Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 1990), Larga vida al deseo (cuentos, EUNED, 1996), Si trina la canaria (novela, Editorial Cultural Cartaginesa 1999), Lejos, tan lejos (cuentos, Editorial Costa Rica, 2004; Premio Áncora de Literatura 2005) y El gato de sí mismo (novela, Editorial Costa Rica, 2005; Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 2005). Actualmente vive en Baltimore, Maryland, y enseña en McDaniel College.