El profeta y analista del más importante y profundo tema de la modernidad, la muerte de Dios, o más preciso, la dificultad creciente de la creencia racional en Dios, es Friedrich Nietzsche. La creencia en Dios, en un propósito trascendental dictado por un ser sobrenatural, es ahora, al menos en occidente, mucho más difícil de asumir, ha sido usurpada por las explicaciones naturalistas de la evolución de las especies, el comportamiento de la materia en movimiento y las causas inconscientes de los comportamientos y actitudes humanas. No obstante, sin Dios o un propósito trascendente es muy difícil soportar el peso de la existencia, el sufrimiento, la muerte inevitable, el horizonte inexorable de la nada de donde venimos y a donde vamos.
Nietzsche vio la muerte de Dios, del teísmo, como la consecuencia inevitable de la modernidad post cristiana. Si no hay Dios que le otorga a cada ser humano un alma a imagen y semejanza de su creador, por qué entonces asumir que todos merecemos la misma consideración moral. El mundo post cristiano está desprovisto de un sustento donde basar su moralidad. Y esto es algo mucho más radical de lo que pueda pensarse a primera vista. Ninguna moral secular, por más que sus defensores se empeñen en sostenerla, tiene un asidero sólido. Sí no hay Dios, como vio Dostoevsky, todo está permitido. Pero, se pregunta Nietzsche, ¿y si una moral de altruismo y piedad, si la compasión por los débiles, las virtudes cristianas en general no fuesen más que un obstáculo a la excelencia humana? Si es así, entonces abandonar toda idea de igualitarismo es el camino correcto.
El joven Nietzsche fue a la universidad con la idea de estudiar teología, su padre y su abuelo fueron ambos pastores protestantes. Pero muy rápido cambió de idea, al año se pasó a la filología clásica, donde sin duda estaba en su medio, y donde sobresalió. Poco después de graduarse conoció a Wagner, y cayó por completo bajo su hechizo. Pensó que la música de Wagner sería capaz de sacar a la cultura europea del marasmo de la moral cristiana en decadencia, y le costó bastante abandonar al maestro.
Sus estudios de filología clásica le dieron a un conocimiento profundo sobre los presocráticos. El encuentro con el dios griego Dionisos, y la tragedia, serían determinantes en su visión del mundo. A Schopenhauer, otro pilar en su pensamiento, lo descubrió por sí mismo. La obra magna de Schopenhauer “El mundo como voluntad y representación” (publicada en 1818 pero reconocida bastante después) marcó un punto central en su pensamiento: ¿cómo puede la vida, dado que incluye incesante y sin sentido sufrimiento, ser justificada? ¿No es mejor, siguiendo a Hamlet en sus dudas, acabar de una vez, estar muertos? Esto pensó Schopenhauer, por algo es el filósofo del pesimismo. La vida, afirma, es un negocio en el cual los costos exceden los beneficios.
Nietzsche no podía aceptar semejante conclusión. Tenía demasiado incorporado el espíritu de los presocráticos, a Dionisos, quería afirmar la vida hasta las últimas consecuencias, aun cuando se estuviese condenado al “eterno retorno”. No obstante, la influencia de Schopenhauer le hizo ver que la razón es mucho menos importante en la vida de los seres humanos de lo que generalmente se cree. Lo determinante, vio Nietzsche siguiendo a Schopenhauer, son las fuerzas inconscientes, los instintos, los afectos que subyacen detrás de la razón como un océano de fuerzas desconocidas, divinas o diabólicas, y con el poder de lo divino y lo diabólico.
Vale notar algo poco conocido en relación a lo anterior. Freud tomó su idea del inconsciente en gran parte de Nietzsche, que fue paciente de Josef Breuer, el mentor del joven Freud.
Nietzsche vio que toda teoría filosófica tiene una base más profunda que lo que creen sus autores, que la razón es a un a posteriori de impulsos ocultos, que lo decisivo es lo inconsciente. Podría pensarse que estaría de acuerdo con Kant cuando este pone límites a la razón para dar lugar a la ética y lo divino, pero Nietzsche no es kantiano, insiste en la primacía de los valores inconscientes, es, según sus propias palabras “inmoral”.
La consciencia es en gran parte ilusoria, “una superficie” que oculta las causas inconscientes, la mayor parte del espíritu humano permanece oculto, piensa Nietzsche. De aquí que diga que los seres humanos no son ni libres ni responsables de sus acciones. Y más radical aún, la moralidad es una barrera a la excelencia humana, la búsqueda de la felicidad, la disminución del sufrimiento como imperativos morales son, sino ridículos escapes, frenos a la potencialidad máxima de los excepcionales. La aclaración es pertinente: los excepcionales. Nietzsche sabe, por supuesto, que la inmensa mayoría del sufrimiento humano es sin sentido, y que la felicidad del rebaño no es en modo alguno enaltecedora de la grandeza humana, pero en algunos, en los excepcionales, el sufrimiento es el mayor cultivo del alma, el alimento a la expresión máxima del espíritu humano. De aquí la radical crítica a la cultura de la modernidad post cristiana: una cultura dedicada a la prosecución de la felicidad y el bienestar haría que los genios creadores, como el propio Nietzsche, o Wagner, dedicasen sus esfuerzos a lo anterior, malgastando así su real potencial creador. Si es malo sufrir todos los esfuerzos deben estar encaminados a la eliminación del sufrimiento. Si la única meta de la vida es la felicidad entonces todas las energías deberían estar dirigidas a obtenerlo. En una cultura que tenga como objetivos la felicidad, el hedonismo, los grandes genios creadores no se manifestarían; pero, y aquí la contesta de Nietzsche al pesimismo de Schopenhauer, en la ausencia de tales genios no podíamos dar sentido al sinsentido inevitable de la muerte de Dios. Para Nietzsche la existencia del mundo está justificada solo como un fenómeno estético, capaz de “seducirlo a uno a la continuación de la vida”. No una estética en el sentido desinteresado de contemplación kantiana, sino interesada: la estética promete la felicidad de vivir, excita en un modo muy sensual, y casi sexual, divino, como en el frenesí de las ménades borrachas de Dionisos.
Una cultura dedicada al placer, a evadir el sufrimiento, la época del “último hombre”, la época que sigue a la muerte de Dios, y en la cual según Nietzsche estaríamos, sería pues incapaz de responder al reto del nihilismo que él mismo, como nadie, vio venir inevitablemente sobre el mundo occidental.
Ciertamente Nietzsche profetizó mucho de lo que ocurre en la actualidad, el ascenso de la mediocridad, todo el mundo queriendo lo mismo, todo el mundo siendo lo mismo, la negación de las jerarquías naturales del talento y el genio en aras de un igualitarismo plebeyo, la vulgaridad y la grisura como normas. Pero cabe preguntarse si la solución estética sería válida para afrontar el nihilismo, si una civilización humana podría sobrevivir sin trascendencia. No lo creo. El último hombre que vio Zaratustra, el nihilismo que se vino sobre occidente casi a la manera de Spengler, seguidor de Nietzsche, puede ser una aberración de la propia evolución natural, una etapa transitoria donde, al mirar al abismo cara a cara, de nuevo sea posible, al menos para los excepcionales, sentir la risa de Dionisos danzando con Apolo, y detrás la divinidad silenciosa sin rostro ni nombre, el ser de los Upanishad a los cuales el propio Nietzsche admiraba. O cabe también que semejante cultura, abocada al nihilismo, se agote en sí misma como justo eso, una aberración de la evolución natural.
