La calle

Ofelia Huamanchumo de la Cuba

«Tú tienes lle-ca», me dijo el chico que había conocido en la interminable cola de un viejo cine limeño al que había ido sola, poco después de cumplir mi mayoría de edad a finales de los años ochenta.  En esa ocasión a aquel simpático muchacho le entendí que se refería a que yo no le parecía tonta, sino lista, o sea, astuta; es decir, en otras palabras y por el machismo que salía de su mirada: le parecía bien ‘zorra’. Y es que la verdadera escuela de la vida en las grandes urbes del mundo como Lima parece tener que ser la escuela de las calles, primero las de tu barrio y luego las que vas conquistando poco a poco; solo que en sociedades como la Lima de ese entonces las aceras parecían reservadas para cosas de hombrecitos y no de niñas. Pero, de verdad: ¿nos dejan alguna moraleja las veredas, las esquinas, la avenida, la callecita, el pasaje? ¿Es verdad que algo se aprende tonteando por el barrio o atreviéndote junto con tus amigos desde temprana edad a traspasar las calles de ‘tu zona’, primero a pie, luego con la bici? ¿Son esenciales para la vida los primeros e inocentes rituales callejeros transgresores: tocar timbres y correr, y otras palomilladas? Será tal vez que muchos de esos paradigmas son herencia de un imaginario colectivo de alguna ancestral lección que nos hace ver la calle del gran conglomerado cosmopolita como fuente de sabiduría emocional. O quizá sea esa vieja tradición religiosa impregnada en nuestras sociedades occidentales de considerar a las grandes ciudades como las madres de todo pecado, las prostituidas, salidas de esas historias bíblicas que parieron a más de una metrópoli: Babilonia, Sodoma, Gomorra, que junto a otras tantas urbes textuales se van heredando y plasmándose en las literaturas del mundo, pasando de la ficción a la realidad y viceversa. Saltear el mal, los pecados y los peligros pareciera ser lo que va impregnando de coraje y astucia a los ciudadanos de las grandes urbes al querer sobrevivir en ellas. Yo crecí en el distrito de Breña, que colindaba con el bien alicaído centro histórico de Lima y con una zona industrial regada de fábricas camino a la bancarrota y hasta de aserraderos, adonde solíamos ir los amigos en grupo a pillar aserrín o palitos para jugar. A diferencia de lo que pensara un personaje vargasllosiano de La ciudad y los perros (1963), ese populoso distrito no fue nunca para mí un lugar «donde pululan los zambos y los obreros», sino un sitio apacible y lleno de ocasiones para las incansables aventuras de la niñez, donde el lechero todavía podía dejar hacia la aurora las botellas de vidrio llenas de leche de establo en las puertas de las viviendas y por las tardes uno podía echar su bicicleta sobre la grama de un extremo del parque y corretear por el otro, sin que en ninguno de los casos desapareciera nada.

No obstante, la gran babilónica Lima, como la conocemos hoy día, ya había ido naciendo desde mediados del siglo pasado, cuando se dieron las migraciones del campo a la ciudad, que se suscitaron tanto en Latinoamérica como en la Europa de las postguerras. La literatura peruana no quedó indiferente frente a ese fenómeno social y muchos de sus artistas dejaron expresiones a lo largo de sus obras de todos aquellos impactos del irrefrenable crecimiento de la capital del Perú: la barriada, el inmigrante, las calles peligrosas y el inexorable camino a la decadencia y al empobrecimiento, debido a la sobrepoblación que empezaba a confirmar que a mayores dimensiones demográficas se daba también más espacio a los conflictos. En el cuento Dirección equivocada (1955) de Julio Ramón Ribeyro se describe cómo uno de los personajes, que es un burócrata de clase media, va arribando a las calles de una barriada limeña: «En los barrios pobres también hay categorías. Ramón tuvo la evidencia de estar hollando el suburbio de un suburbio. Ya los pequeños ranchos habían desaparecido. Sólo se veían callejones, altos muros de corralón con su gran puerta de madera. Menguaron los postes del alumbrado y surgieron las primeras acequias, plagadas de inmundicias». Las calles del centro de Lima de esos años tampoco se salvan de las reverencias novelescas abruptas. Oswaldo Reynoso en En octubre no hay milagros (1966) escribe: «Desde el vigésimo piso del edificio de su Banco [Don Manuel] contempló Lima: Babilonia de la porquería: a sus pies, casas, chatas y sucias, de vez en cuando, un alto edificio de cemento, cristal y acero; pocos parques; por las calles, angostas y largas, autos y tranvías, destartalados, aglomerados en las esquinas; y el cielo gris, triste, cochino; basurales colgantes, aéreos, color tierra podrida»; mientras Vargas Llosa arremete de manera aún más cruda a través de los pensamientos de Zavalita, personaje principal de Conversación en La Catedral (1966) al describir las inmediaciones de un local público de Lima: «Un gran canchón, rodeado de un muro ruin de adobes color caca —el color de Lima, piensa, el color del Perú— flanqueado por chozas que, a lo lejos, se van mezclando y espesando hasta convertirse en un laberinto de esteras, cañas, tejas, calaminas».

Por su lado, con una carga más nostálgica y nada cruda Carlos Villacorta deja pensar a una de sus personajes de Alicia, esto es el capitalismo (2014), ambientada en la Lima hacia finales de los noventa, sobre uno de los distritos limeños con alto nivel de delincuencia: «No sé si La Victoria siempre fue así. A veces la recuerdo con sus calles despertando en medio del verano, con el sol sobre sus aceras, moviéndose sobre las paredes de las casas. Otras veces, es más bien el cielo nublado lo que me recuerda sus pistas llenas de huecos, de baches, destruidas desde ya hace mucho. Cuando abro bien los ojos y los oídos, se me vienen los gritos de los vendedores anunciando sus productos en el mercado: pollo, cebollas, tomates, culantro, pescado, los álbumes de cromos o figuritas de algún dibujo animado o de alguna enciclopedia, el ajetreo de la gente caminando y comprando en la calle, entre restos de animales y comida por el piso con los viejos edificios del distrito rodeándonos. Tal vez, La Victoria y El Porvenir alguna vez fueron así, con muchachos jugando fútbol en el parque, con familias jugando los domingos a las familias».

Sobre las calles de la Lima de hoy se encuentran también otras referencias de su estado desde la ficción de escritores peruanos contemporáneos. Pedro Novoa presenta al personaje principal de su novela La sinfonía de la destrucción (2017) así: «Lima, ¿qué chucha eres?, se preguntó el Monarca mientras se iba adentrando en su nuevo reino: guapo, hinchado y sobrador. Acucarachó las manos en los bolsillos de su bluyín gastado, sicoseó la mirada y, con severidad, pasó inspección a los grafitis repartidos en el último coletazo de la avenida Francisco Pizarro. Todo orbitaba en su adecuado desorden, las pintas eran de los suyos y nada podía desentonar el universo cartografiado en los muros: coronas, cetros, tronos y apelativos salpicados con aerosol rojo y negro. Los colores binarios de Los Reyezuelos, sus droguers. Arriba, el gris del cielo era cruzado por el arañazo blanco de algún avión o un mal presagio. Le pareció una crueldad innecesaria comparar los muros corroídos de Lima, con los albos de su ciudad natal Arequipa, pero igual se permitió el masoquismo. Se imaginó las paredes limeñas orinadas durante años, carcomidas por una oficiosa enfermedad que habría venido desde la colonia. Le pareció obvio que esa avenida llevara el nombre de un cuidador de chanchos. ¿Pero además de él, quién te encerdó más de la cuenta y luego te dejó a la suerte, a la más cabrona y mezquina suerte?».

Ahora pienso en las referencias que aluden a las calles de la gran Lima desde la poesía o el teatro y veo que la lista es interminable, como sin fin han de ser también las veces que recorra las calles de mi ciudad natal, cada vez que esté ahí, de día o de noche, pero siempre a pie, eso sí, que poniendo los pies sobre la tierra es como más se aprende.

Del Autor

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Ofelia Huamanchumo de la Cuba
(Lima, Perú, 1971). Hispanista y escritora. Vive desde el 2001 en Múnich, Alemania, dedicada a la docencia universitaria, a la investigación académica y a la creación literaria. Estudió Lingüística y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Es Magíster y Doctora en Filología Románica, Literatura Comparada y Literatura Alemana Contemporánea por la Ludwig- Maximilians- Universität München (LMU). Ha publicado los libros Magia y fantasía en la obra de Manuel Scorza (2008; 2015); Encomiendas y cristianización (2011; 2013); la novela Por el Arte de los Quipus (2013; 2015); además de cuentos, poesía, teatro y traducciones literarias en revistas impresas y electrónicas; así como estudios en publicaciones académicas.