Algunos apuntes sobre el libro de Emersson Pérez: La muerte de la televisión no será televisada.
Es cierto, vivimos el final de los tiempos, al menos, como los conocíamos hasta hace algunas décadas. Es cierto, la posmodernidad ya no es “post”, y el neoliberalismo ya no es “neo”, es cierto. Podemos comenzar a asumir que vivimos en el futuro, ese futuro distópico que no alcanzó a quitarnos la rémora del pasado. Un pasado arcaico y mecánico donde nada era digital, donde el humano era, en efecto, demasiado humano. La combinación ambidiestra de ambos escenarios en la actualidad no tiene nombre. No vivimos en la modernidad, de hecho hace mucho ya no somos modernos, también se nos acabó la postmodernidad, se terminó con la homogeneización de los modelos económicos en el mundo. ¿En qué época vivimos? -Me pregunto, te pregunto, les pregunto-. Tengo más de 20 años escuchando definiciones sobre nuestra época, que van desde la filosofía hasta la literatura, pasando por la sociología, la antropología, la economía, la teología, la filosofía de la ciencia, hasta las matemáticas y la física. La necesidad del hombre por determinar, por nombrar, por dilucidar acaso, esa época en que vive, siempre ha sido un reto inocuo, vano y fútil. He leído que vivimos en la “era neobarroca”, en el “postmodernismo”, en el “neoliberalismo”, en la era “postcapitalista”, en el “neomodernismo”, en fin, tantos epítetos, sólo me hacen pensar una cosa: La muerte de la modernidad está lejos de ser definida.
El libro del poeta chileno Emersso Pérez: La muerte de la televisión no será televisada (Ediciones Filacteria, 2018) contiene en el título una gran aporía que funciona, también, como paradoja (similar a la de Edipo quien tras arrancarse los ojos recién «puede ver lo real» que le censuraba lo imaginario), asumo que ese es el sentido del título del libro. Por otra parte, esta paradoja sutil y contundente que se puede extrapolar a otros ámbitos como el del libro y la lectura: “la muerte del libro no será publicada”. Es ahí donde me interesa llegar.
Esta fórmula aporística se repite a lo largo del libro: “Siempre desconfié de la televisión y ella desconfió de mí”, “Individuos del mundo uníos contra toda unión”, como un recuerdo constante la negación de la negación, como si en ese sutil acto lográsemos nombrar, al fin, lo que no podemos nombrar, lo que nunca aprendimos a nombrar, ese fracaso en el que somos exitosos: autodefinirnos sin definirnos. Por otro lado, como dice Emersson: “Tenemos la manía de poner nombre a todo”, y “Tenemos la manía de darle valor a todo”, termina por crear un cúmulo de adjetivos para cada cosa que se vuelven fractales de un cristal trozado en el que ya no nos podemos reflejar.
Al final, este es un libro extraño para la “tradición” poética chilena, no obstante, para mí no es ajena, ya que es como se ha estado escribiendo poesía en México los últimos 20 años. Esta fórmula viene de Norteamérica: eco, posmo, pop, cosmo, serían algunos prefijos que podrían encajar en el libro.
Algo he aprendido de poesía en los casi 5 años que tengo habitando Chile. Como por ejemplo que aquí (a diferencia de otras latitudes), se reconoce que, si bien un poeta, o una poética puede no gustarle a algún crítico o algún lector, se entiende que todas esas poéticas son como teclas de un piano, que en su conjunto logran formar la música del piano. Ese es el gran acierto de Emersson en su libro, haber dado en una nota que es poco común en Chile. Haberlo hecho con la más pura tradición norteamericana pero, sobre todo, no tenerle miedo a su propia tradición.
Yo soy un convencido que los libros, sean el género que sea, deben decir algo, tener un objetivo claro, de otra forma, la publicación de un libro se vuelve simplemente un acto narcisista de reafirmación de un individuo que se aleja de la colectividad. Este no es el caso, La muerte de la televisión no será televisada tiene algo que decirnos, es un libro contestatario, en el que quizá los puristas encuentren algún dejo de poesía panfletaria, sin embargo, yo defiendo el derecho y legitimidad de la poesía social y comprometida, incluso, la panfletaria, porque es una de las notas más importantes en la historia de la poesía latinoamericana reciente. Como ejemplo basta el salvadoreño Roque Dalton, el guatemalteco Otto René Castillo, el hondureño Roberto Sosa, el mexicano Juan Bañuelos (y recientemente su coterráneo Balam Rodrigro), el peruano Arturo Corcuera, el argentino Juan Gelman, o el propio Raúl Zurita en sus primeros libros.
Finalmente, celebro la claridad con que está escrito el libro, eso siempre se va a agradecer. Un discurso desprolijo que pone en pugna al lector reflejándolo en una pantalla ultra HD donde se mira televisado como en el mejor Reallity Show al que uno pudiera asistir. En ese sentido el libro de Emersson cumplió su objetivo, el cual es simple, no por ello menos complejo que el de cualquier libro de poesía: la catarsis.

