Una pastilla de jabón

Amir Valle

 

Cubanos esperando frente a una Casa de Cambio (CADECA). Foto _ Enmanuel Castell Carrión.

Cubanos esperando frente a una Casa de Cambio (CADECA). Foto _ Enmanuel Castell Carrión.

La noche anterior su mujer salió del baño, se sentó en la cama para secarse los pies y le dijo, algo molesta: “Ya se acabó el jabón”.

Había usado la última astilla, ya casi del fino de una hoja de papel, hasta que se diluyó entre sus dedos, sin poder enjabonarse todo el cuerpo. Por eso su molestia. Él la conocía y desde aquellos primeros años del noviazgo, cuando ambos eran muchachones con deseos de comerse el mundo que se habían subido al carro de la Revolución de Fidel dispuesto a dar su vida por cambiar ese mundo tan imperfecto e injusto donde vivían, él siempre había admirado en ella su limpieza, su empecinamiento en andar olorosa, su vicio de andar detrás hasta de las motas de polvo que, cada día, entraban por las ventanas hacia los muebles de la casa adonde se fueron a vivir después que se casaron.

Incluso a los trabajos voluntarios, a las movilizaciones revolucionarios siempre que los yanquis andaban jodiendo la pita, ella cargaba con su desodorante y su pomito de perfume y él recuerda que le gustaba oler aquel aroma que mezclaba el sudor de su mujer y el perfume que, de cuando en cuando y siempre que podía hacer un descanso, ella se untaba: “no soporto oler a mono”, decía, mirando a otros para quienes aquello era un vicio burgués, “apestar no hace más revolucionario a nadie”, concluía, la mirada seca, casi agresiva.

Años después, cuando a Cuba sólo entraban unos perfumes rusos que, más que oler, apestaban de tan fuerte que eran, y entre los que destacaba el llamado “Moscú Rojo”, “si te pones ese perfume, la gente te huele aunque estés a diez cuadras”, se quejaba ella, decidió hacer su propia esencia y recuerda que le dio por coleccionar esas florecillas llamadas Violetas, que machacaba y metía en un pomo de alcohol de 90 grados junto a otras yerbas aromáticas, hasta que el alcohol se permeaba.

– Hay que ir a la Cadeca a comprar dólares –le dijo esa mañana–. Mariano, ¿te acuerdas?, el amigo del niño que trabaja en la fábrica de jabones me dijo que podía venderme, pero en dólares, algunos de esos que hacen sólo para los hoteles.

– Los que huelen rico… –dijo él.

La vio asentir. Y de algún modo agradeció la fidelidad de los amigos de ese hijo que ella seguía llamando “el niño”, aunque ya tuviera 35 años y llevara cuatro viviendo en Miami, desde aquel día en que se montó en una balsa y escapó de Cuba casi provocándole a él un infarto del disgusto.

– Lo dimos todo por esta Revolución y míranos –respondió ella una tarde, casi un año después, cuando él llamó traidor a su hijo en una discusión por teléfono–. Somos dos viejos cagalitrosos que no tienen ni para bañarse. Si el niño no mandara el dinero que manda estuviéramos por ahí, como esos otros viejos, vendiendo hasta la poca ropa que tenemos para comer.

Y por eso baja la cabeza, con vergüenza, cuando llega a la CADECA (que así le llaman a la Casa de Cambio), donde el Estado cambia el dólar por el peso cubano o el CUC. Una valla enorme habla de Unidad frente a la injerencia yanqui y él siente que aquello es una burla: la verdad es que allí todos están unidos, sí, pero para comprar el dólar, que es la única moneda con la que se pueden comprar en las únicas tiendas que tienen mercancías: las tiendas donde tienes que pagar en dólares, la moneda del enemigo.

– ¿Quién me iba a decir esto hace cuarenta años? –masculla.

Del Autor

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Amir Valle
(Cuba, 1967). Escritor y Periodista. Su obra narrativa ha sido elogiada, entre otros, por escritores como Augusto Roa Bastos, Manuel Vázquez Montalbán, Herta Müller y Mario Vargas Llosa. Ha publicado más de una veintena de títulos en los géneros cuento, novela, ensayo y testimonio. Saltó al reconocimiento internacional a través de su serie de novela negra “El descenso a los infiernos”, sobre la vida actual en Centro Habana, integrada por Las puertas de la noche (2001), Si Cristo te desnuda (2002), Entre el miedo y las sombras (2003), Últimas noticias del infierno (2004), Santuario de sombras (2006) y Largas noches con Flavia (2008). Sus libros más recientes son La Habana. Puerta de las Américas (una historia novelada sobre la capital cubana, Editorial alMED, España, 2010), Las raíces del odio (novela, Editorial El barco ebrio, España, 2012), Hugo Spadafora - Bajo la piel del hombre (biografía novelada, Aguilar-Santillana, 2013), Nunca dejes que te vean llorar (novela, Penguin Random House, 2014) y la antología de sus mejores cuentos Nostalgias, ironías y otras alucinaciones (Editorial Betania, 2018). Actualmente reside en Berlín desde donde dirige OtroLunes - Revista Hispanoamericana de Cultura.