Velada entre amigos

Antonio Álvarez Gil

Caricatura: Cortesía OnCuba Magazine

Caricatura: Cortesía OnCuba Magazine

Desde hace algún tiempo vengo trabajando fuerte en mi actual proyecto literario. Confieso que este verano ha sido duro, tanto por lo mucho que he debido estudiar y escribir como por ciertos asuntos de orden familiar que no viene al caso mencionar aquí. Pero lo cierto es que apenas he tomado algún que otro baño en las playas —hermosas como pocas— del lugar de España donde vivo. Tal vez por eso aprecié tanto la visita de una pareja de amigos que hace unos días vinieron a casa para compartir un rato de buena conversación a la hora de la puesta del sol y la caída de la tarde. Era agosto y la noche se presentaba calurosa; pero en la terraza corría el fresco, el vino estaba frío y la mesa bien servida, ideal para recordar vivencias, historias y amistades compartidas. Por esto y porque nos debíamos noticias de todo tipo —libros y autores, compatriotas y colegas, ideas y planes futuros— las horas corrieron y nos dejaron el recuerdo de una linda velada entre viejos amigos. Desde hacía unos meses no conversaba durante varias horas seguidas con gente de mi tierra. Los de esta historia son personas inteligentes, honestas y con intereses parecidos a los nuestros. Con ellos comparto el desarraigo y la nostalgia por la Cuba que fue. Coincidimos también en muchos juicios y opiniones sobre el estado actual del mundo. Y compartimos, sobre todo, la pasión por las letras y la  buena literatura. No he dicho, ni creo que haga falta decirlo, de quiénes hablo aquí. Son, sencillamente, un matrimonio de cubanos que, como nosotros, decidieron un día emprender el camino del exilio.

Pero lo que me interesa destacar aquí es la evocación —inevitable siempre— del estado de las cosas en nuestra pobre patria. Este es uno de los temas que, tarde o temprano, salen a la luz cuando se reúnen varios cubanos residentes en diferentes países del mundo. Esta vez la primera pregunta sobre Cuba iba dirigida a mí, puesto que hace unos meses viajé a la Isla para pasar unos días con mi familia. Los pasé con mis hermanas, de manera que no puedo hablar del estado de las playas, de los hoteles para turistas o los restaurantes privados, esos que el pueblo llama “paladares”. Lo más difícil fue encontrar respuestas precisas a las consabidas interrogantes del “¿cómo viste a Cuba?, ¿cómo está aquello? o ¿es verdad eso de los cambios?”.

Pues sí, hay cambios, respondí a mis amigos. Lo que ocurre es que algunos benefician a los más listos, mientras que de los otros el pueblo llano ni se entera. Y claro que hay cambios, sobre todo si comparamos el país que encontramos allí con aquel otro que dejamos al salir de la Isla. No me refiero a las infraestructuras ni al transporte en La Habana, ni a la imposibilidad del gobierno para satisfacer las necesidades de la población en casi ningún orden o rama de la producción de bienes materiales. Tampoco hablo del empobrecimiento de los valores cívicos entre la gente, del lenguaje chabacano que se ha adueñado de gran parte del pueblo ni de ese “hombre nuevo” que vi, sobre todo en la capital, y que ha ido sustituyendo poco a poco a aquellos cubanos que un día fuimos nosotros o fueron nuestros padres y abuelos. En fin, todos esos aspectos de la vida en el país siguen cambiando, solo que para mal.

Hay, eso sí, un aeropuerto nuevo en La Habana. Sin ser nada extraordinario, creo que cumple con los requisitos de su clase. Lo otro que me llamó la atención fue la gran cantidad de cubanos que vi comprando en las tiendas del circuito de moneda dura o enganchados a Internet, privilegios a los que no se puede acceder con el peso cubano normal. A juzgar por esto y por la cantidad de público que llena los célebres “paladares”, creo que una parte de la población vive relativamente mejor que antes. Habría que ver cuántos son y de dónde proceden sus recursos. Siendo generosos, se podría decir que, para estos ciudadanos, algunas cosas han mejorado en el país. ¿Y para el resto?

Con todo, el cambio que más me llamó la atención, les conté a mis invitados en la terraza de mi casa y ahora lo cuento aquí, es algo que yo no esperaba ver en Cuba. Trataré de resumirlo en breves palabras: Los primeros cubanos que se fueron al exilio no deseaban abandonar su patria. Se iban urgidos por la necesidad, despojados de sus bienes o salidos de la prisión, lo cual les hacía imposible quedarse y seguir viviendo en su país. Se iban y lloraban al dejar su tierra. Luego nos marchamos quienes sí queríamos marcharnos. Era una decisión consciente y meditada. Nosotros, pese a todo, sabíamos del dolor que le ocasionábamos a nuestros seres queridos. Atrás quedaban ellos, que sufrían por nuestra marcha. Sufrían, pero aceptaban la decisión de sus hijos o hermanos y los despedían entre lágrimas. Actualmente, la máxima aspiración de muchos padres es que sus descendientes se vayan del país y construyan su futuro en otra parte. Hay familias que tienen a varios hijos fuera. Y a veces a todos. Los muchachos se van, regresan de vacaciones cuando pueden; pero, sobre todo, trabajan y ganan el dinero necesario para vivir ellos en su nuevo país y educar a sus hijos en aquellas tierras. Y, lo primordial, mantienen a flote a sus padres en Cuba. Saben que ellos no podrían vivir sin esa ayuda. ¿Es o no esto un cambio radical en la psicología colectiva del pueblo? Que juzgue cada cual.

 

Del Autor

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Antonio Álvarez Gil
(Melena del Sur, La Habana, 1947). Ha publicado Una muchacha en el andén (Ediciones Unión, La Habana, 1986), Unos y otros(Ediciones Unión, La Habana, 1990), Del tiempo y las cosas (Ediciones Unión, La Habana, 1993),Fin del capítulo ruso (Ediciones Vintén, Montevideo, Uruguay, 1998), Las largas horas de la noche (Editorial Universidad de San José, Costa Rica, 2000; Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), Naufragios (Algaida Editores, Sevilla, 2002), Delirio nórdico (Algaida Editores, Sevilla, 2004), Nunca es tarde (Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005), La otra Cuba (Centro Cultural de la Generación del 27, Málaga, 2005). Entre sus muchos premios destacan el Premio de novela Ciudad de Badajoz (España, V edición) y el Premio de novela del Ateneo ciudad de Valladolid (España, en su LI edición). Álvarez Gil aparece incluido en varias antologías del cuento contemporáneo. Cuentos y artículos suyos han aparecido en publicaciones de España, Italia, Suecia, Estados Unidos y Latinoamérica. Es miembro de la Asociación de Escritores de Suecia. Desde 1994 reside en Estocolmo. Acaba de publicar las novelas Después de Cuba en la editorial española Baile del Sol y Perdido en Buenos Aires (2010), con la que obtuvo el Premio Internacional “Mario Vargas Llosa”, de la Universidad de Murcia en el 2009. Sus novelas más recientes son Callejones de Arbat (2012), Annika desnuda (2015), Las señoras de Miramar y otras cubanas de buen ver (2016) y A las puertas de Europa(2018).