"Cuba necesita muchos más cambios que unos cuantos permisos".

Entrevista con el periodista peruano Isaac Risco

Por Amir Valle

Isaac Risco, periodista peruano - Foto: Deutsche Welle.

Isaac Risco, periodista peruano – Foto: Deutsche Welle.

Uno de los mayores enriquecimientos que he recibido durante mis 30 años como periodista es el privilegio de conocer a grandes periodistas. Periodistas, como digo siempre, «de verdad», no de esos que uno se encuentra en las redacciones de agencias, periódicos, emisoras de radio o televisión, cuyo único interés es rellenar los espacios de noticias, salgan como salgan, con tan de ganarse el dinero. A esos les llamó «mercachifles del periodismo», y lamentablemente son una especie cada vez más numerosa y, por ello, los culpables mayores de que el periodismo hoy sea un medio tan poco serio y denigrado por la mayoría de la población.

Así que, conocer a alguien como Isaac Risco, repito, es un privilegio. Periodista de alma, apasionado, con un profundo sentido de la necesidad que el periodismo tiene de ser objetivo y lo más imparcial posible, como muchos latinoamericanos tenía una idea de Cuba que en muy poco tenía que ver con la realidad y más con esa poderosa propaganda que el gobierno de la isla y sus seguidores difunden por el mundo. En ese sentido, su estancia de cinco años como corresponsal de la agencia alemana DPA en Cuba fue, reconoce él, un despertar, un abrir de ojos ante un hecho histórico que es mucho más complejo de lo que suelen mostrar las dos casi únicas posiciones que existen sobre el polémico «Tema Cuba»: paraíso o infierno.

Su primer libro de periodismo, Crónicas del deshielo, que acaba de publicar la editorial madrileña Verbum, es un ejemplo de cuánto se conmocionó la vida de Risco con la problemática y la singularidad cubana. Nos conocimos en la redacción televisiva de Deutsche Welle y entablamos una primera y muy rica conversación sobre Cuba, a la que siguieron otras, hasta que me dijo que estaba trabajando en un libro sobre sus vivencias como periodista extranjero en la isla. «Me gustaría leerlo», le dije y poco después me envió un pdf con el texto. Confieso que inicialmente tuve mucho miedo: he leído -tanto en español como en inglés y alemán- casi todo lo que los periodistas extranjeros acreditados en Cuba han publicado después de su trabajo en mi país y las desilusiones han sido terribles. Hay mucho maniqueísmo, mucha ceguera y mucha superficialidad y hasta mucho folclorismo barato en esos libros, y por ello emprendí la lectura del libro de Isaac Risco con cautela. Pero estaba equivocado. Es un libro auténtico, confrontativo, de esos que lanzan preguntas al lector constantemente, de los que obligan a ver la realidad, analizarla y sacar conclusiones sin que el periodista te dicte lo que quiere que pienses. Un libro, para utilizar una palabra hoy muy común, «interactivo», en el cual el lector no es un ente pasivo. Y fue tanta la impresión que le propuse escribir el prólogo. Aceptó y me siento honrado de que un libro tan humano, profundo y profesional como este lleve mis palabras de presentación.

De esos temas hablamos en esta entrevista, en exclusiva para OtroLunes.

–***–

Se impone en este comienzo aclararle a los lectores de OtroLunes el origen el libro y, en especial, el sentido exacto del título: Crónicas del deshielo, especialmente porque, en mi opinión, va más allá de reflejar un momento específico, aun cuando las crónicas puedan inscribirse en ese momento de distensión de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

El momento de distensión entre Cuba y Estados Unidos es, obviamente, una ideal central para explicar el título del libro. Por el «deshielo político», la metáfora para el acercamiento entre los Gobiernos de La Habana y Washington tras décadas de la conocida enemistad política. Pero creo que la idea del «deshielo» es algo que se puede aplicar también a los tímidos cambios sociales y económicos que vivía Cuba en esos años, por esas ansias de muchos cubanos de salir de la parálisis, de una época de congelamiento, por así decirlo, debido a la falta de perspectivas que uno ve cuando se adentra en la Cuba profunda. En muchas de estas historias intenté contar sobre esa esperanza y esos pequeños cambios, aunque también hay muchos otros pasajes que matizan la idea de ese supuesto espíritu de cambio, que refutan esa narrativa de que hay un deshielo y se está acabando con esa vieja «edad de hielo», porque hay personajes para los que cambia muy poco o no cambia nada.

Creo, en resumen, que el «deshielo» se puede aplicar al deseo de cambio en todos esos ámbitos: el político, el social, el económico. Cuando estaba pensando en posibles ideas para ilustrar la portada, me acordé además de una frase de Cabrera Infante, una que está en Tres tristes tigres, si no me equivoco. En ella, Cabrera Infante dice que el mojito, ese trago tan típico de la isla, es como una metáfora de Cuba: ron, vegetación, azúcar y frío artificial. Hasta por ahí, por lo del hielo y el frío artificial, veía yo la posibilidad de encontrar otra asociación con la idea del «deshielo» del título de mi libro. Pero al final no maduró una idea concreta para colocar eso en la ilustración de la portada, por ejemplo, con un elemento como una copa descongelándose en medio del calor tropical. En todo caso, esa es una muestra de esas otras asociaciones que yo veo posibles en relación con el deshielo. Hablando de la copa, por cierto, y para cerrar este tema, en las Crónicas del deshielo hay un motivo vinculado con eso: el de un daiquirí, que se repite en el libro.

 

Como decía en la presentación, me atrevo a asegurar que he leído casi todos los libros importantes que, en español, inglés y alemán, se han escrito sobre Cuba por periodistas que han visitado o investigado el tema. Por eso puedo asegurar que tu libro, más que de crónicas, es una mirada sociológica al cambio de mentalidad que se ha producido en la isla durante lo que muchos llaman ya “Raulismo”. Sabiendo que te enfrentabas a un tema sobre el cual muchos han escrito, ¿qué retos te impusiste para ofrecer esta mirada que es, sin dudas, diferente?

Me elogia la mención que pone mi trabajo a la altura de esos libros valiosos, muchas gracias. La idea de partida para escribir este libro fue que las crónicas fueran escritas desde una perspectiva muy personal, narradas en primera persona y alimentadas con observaciones muy propias. Es, en cierta forma, una contraposición a mi trabajo de corresponsal extranjero a lo largo de los cinco años que pasé ahí, la otra cara de la medalla. Porque el libro aspira a recoger todas esas observaciones que se quedaron en el tintero cuando escribí los muchos reportajes y notas que publiqué desde Cuba como corresponsal de una agencia de noticias, y que no tenían cabida en esos textos por los rigores del oficio. Como corresponsal extranjero uno está comprometido con la equidistancia, con la búsqueda de la mayor objetividad posible y la imparcialidad. Las Crónicas del deshielo aspiran a salirse de ese molde, a narrar abiertamente desde mi perspectiva, reflejando también mis dudas y vacilaciones, mis juicios de valor y también algunas opiniones y simpatías o fobias, aunque siempre desde una distancia prudente y con el ánimo de no posicionarme de forma maniquea entre «unos» y «otros», evitando los extremos de la vieja disputa ideológica cubana. La idea con la que abordé las Crónicas… era sobre todo la de disfrutar contando historias, sin estar sujeto a los rigores y los corsets propios del oficio, ofreciéndole al lector mis puntos de vista y mis observaciones, pero dándole siempre la posibilidad de juzgar por sí mismo. Tal era mi intención de librarme de formalidades y de narrar libremente, que en algún momento, mientras escribía, me di cuenta de que algunos temas sobre los que escribía me estaban pidiendo más libertades y me puse a escribir ficción. Un libro de ficción sobre Cuba. Reorganicé entonces todo mi material y lo dividí en dos partes. Por un lado, el material de estas Crónicas…, todo verídico, un libro de no-ficción y de periodismo sobre mis experiencias y vivencias en Cuba, y por el otro un texto distinto, de ficción, que todavía no he terminado.

Durante la presentación y venta de su libro en la Feria del Libro de Madrid, 2019.

Durante la presentación y venta de su libro en la Feria del Libro de Madrid, 2019.

Agrego algunas palabras respecto al «Raulismo». Ese momento político es un momento central para las Crónicas…, por lo que estaba pasando en los años en los que yo viví en Cuba. Es, desde luego, un tema importante e ineludible. Dado que ya existen trabajos como los que mencionabas, y dado también el hermetismo cubano, mi intención no fue nunca descubrir algo nuevo u ofrecer un análisis novedoso sobre el fenómeno político del «Raulismo». Creo que ya los hay, y son trabajos mucho más concienzudos, profundos y ricos que lo que yo habría podido ofrecer. Tampoco aspiraba a revelar información privilegiada o desconocida hasta ahora, como, por ejemplo, las del último libro de Peter Kornbluh y William LeoGrande, Back Channel To Cuba. Mi principal reto era intentar reflejar esa etapa que vivía Cuba a través de la realidad cubana, del día a día, en base a las observaciones y las vivencias de las que hablaba antes. Intentar esa mirada sociológica, como la definías tú, una formulación que me halaga mucho porque define bien lo que fue mi principal intención al escribir este libro.

 

Muchos análisis establecen una diferencia, antagónica incluso, entre la época de Fidel Castro y la de su hermano Raúl. Pero sé que muchos estarían interesados en saber qué pensabas sobre ese tema cuando arribaste a la isla como corresponsal y en qué sentidos cambió esa primera impresión.

Obviamente me preparé bastante y leí muchos libros y textos sobre Cuba antes de mi llegada, en 2011. Por eso tenía una idea bastante detallada de lo que eran la Cuba de Fidel y lo que empezaba a diferenciarse como la nueva Cuba de Raúl. Pero cuando te ves confrontado con la realidad empiezan a surgir nuevos matices, muchos aspectos que uno no conocía antes o que sólo intuía grosso modo, y que empiezan a dar forma a una imagen mucho más clara y concreta, mucho más variopinta de lo que se ve desde fuera y a veces abiertamente contradictoria dentro en sí misma… Una de las principales conclusiones a las que llegué con el transcurso del tiempo, en La Habana, es que el «gran cambio» que muchos veían o veíamos posible desde fuera no se estaba gestando en Cuba o, si pudiera estar ocurriendo, no era por voluntad del Gobierno cubano. Observando lo que ocurría de cerca, uno concluye que el «Raulismo» no quiso en ningún momento impulsar un cambio político, una apertura política real, sino que sólo estaba buscando reformar el régimen de tal manera que consiguiera por fin tener un fundamento económico consistente, lo que no había conseguido nunca Fidel. Llegar a la versión cubana de lo que eran los modelos de China o Vietnam, por ejemplo, dos países que concilian un sistema autoritario de partido único con una economía de mercado. Imitar de alguna forma el modelo de Estado creado por los chinos, que ha demostrado ser muy exitoso económicamente en los últimos 40 años, aunque eso no quiera decir que sea el mejor sistema posible. Bueno, pues esa es la observación que en mi caso se fue convirtiendo prácticamente en una certeza tras mi llegada a Cuba. En las Crónicas… hablo de algún momento de mis elucubraciones al respecto, justo cuando plasmo varias de mis impresiones sobre Raúl Castro.

Agregaré también algo sobre la actitud que uno tiene como corresponsal extranjero al llegar a Cuba, al menos en mi caso. Siempre estuve muy interesado en la historia de Cuba, algo que fue una de las razones decisivas para que yo aceptara esa corresponsalía. También porque uno ha conocido la fuerza que llegó a irradiar en su momento la Revolución Cubana, algo que perdura en parte hasta ahora y que define la imagen positiva que hay aún en ciertos círculos del extranjero sobre la Cuba castrista. Pues bueno, al llegar a Cuba yo llegué con el firme propósito de intentar ser imparcial, de acercarme a la realidad de ese país sin prejuicios, de ir formándome poco a poco mi propia idea sobre lo que ocurre ahí y sobre ese sistema. Al mismo tiempo, yo tenía ya mis propias ideas formadas sobre lo que debe ser una democracia, sobre las libertades civiles, sobre los derechos humanos…; eso representaba entonces una tensión entre ese objetivo de mirar sin prejuicios y el imperativo de esas ideas políticas concretas que uno ya tiene. Menciono esto último para explicar cómo fue, para mí, ese proceso de ir revisando viejas ideas y reemplazarlas o reajustarlas. Eso también es aplicable a mis análisis sobre la Cuba de Fidel y lo que estaba cambiando o no estaba cambiando en la Cuba de Raúl.

 

Si te pusieran ante el reto de resumir cuáles de los tan difundidos “cambios” encontrará el lector en tu libro, ¿qué dirías? ¿Pudiste verificar algún cambio real o todo es “cosmética nacional de cara al mundo”, como tanto se ha dicho?
En el Malecón, con La Habana al fondo.

En el Malecón, con La Habana al fondo.

Bueno, cambios ha habido. Para mí eso es innegable y es además algo que es palpable, que se puede ver en el día a día en Cuba, en las calles por las que circulan autos nuevos, en las casas viejas que empiezan a recuperarse, en los nuevos negocios, en una nueva clase social con mayor poder adquisitivo, también en las diferencias sociales que empiezan a surgir y a notarse cada vez más…, eso lo intento reflejar también en mi libro. Otra cosa, sin embargo, es que esos cambios hayan sido los cambios que necesitaba y necesita el país, algo que se puede poner claramente en duda, con hechos y cifras. Son cambios que no reforman lo suficiente las cosas que hay que cambiar en Cuba. Entiendo que eso es lo que muchas voces críticas califican como «cosmética nacional de cara al mundo». Es una crítica comprensible. Comparto la opinión de que Cuba necesita muchos más cambios que unos cuantos permisos para «cuentapropistas» o las autorizaciones para vender coches viejos.

Quiero rescatar, sin embargo, que esos años del «deshielo» sí trajeron cambios que se traducían sobre todo en las esperanzas y el espíritu de una época, en que parecía que podían pasar muchas cosas. Un espíritu que pudo ser pasajero, pero que estuvo ahí. En los factores que contribuyeron a ese espíritu de la época incluyo también la visita de Barack Obama en 2016, porque él entendía que muchas veces la base para conseguir los cambios anhelados es poner en marcha ciertas dinámicas sociales. Que a veces el mejor camino es impulsar ciertas dinámicas sociales para que los cambios lleguen desde dentro. Te diré, en resumen, que los cambios que el lector podrá ver en mi libro serán los que están relacionados sobre todo con esa idea, con esa esperanza de que podían pasar cosas mucho más grandes. Y que, en muchos casos, desembocaron también en decepciones.

 

El entierro de Fidel es un punto importante en tu libro. Entre las dos versiones: “el pueblo cubano lloró dolorosamente a su líder histórico” (Granma) y “el pueblo cubano asistió a la muerte de Fidel como a un show esperado que nada cambiaría en sus vidas” (Los Ángeles Times), ¿cuál definirías cómo más cercana a la verdad?

Puestos a quedarnos con una de estas dos versiones, a la que esté más cerca a aquello que yo considero la realidad, me quedo con la segunda. Con la idea de que muchos cubanos sabían que eso era algo previsto y que lo ocurrido no cambiaría muchas cosas en su vida. Como salvedad, eso sí, comentaré que nada es blanco y negro, y que también en este caso hay muchos puntos medios, y que por eso sé que hubo también muchos cubanos que lloraron con auténtico dolor la muerte de la persona que los había gobernado la mayor parte de sus vidas, para muchos el único presidente o líder que conocieron, una persona, además, de un enorme carisma, un tipo que actuaba a menudo como un padre para sus compatriotas. En la crónica dedicada a la muerte de Fidel aparecen muchas de las vivencias y observaciones, justamente, que cimentan mi opinión respecto a eso que cito ahí como «el hecho». No quiero desgranar aquí los detalles del texto, pero mencionaré muy sucintamente que esa crónica recoge muchos de los encuentros y charlas, también durante los actos públicos multitudinarios tras la muerte de Fidel, sobre las que se basa este juicio que emito aquí: creo que para la mayoría de cubanos se trató de un evento esperado y ya mucho menos significativo de lo que hubiera sido quizá dos décadas atrás. Aunque también hubiera dolor y conmoción auténticos.

 

Como periodista testigo de un momento histórico para los cubanos: los flirteos de Obama con el gobierno cubano que, por desgracia, van quedando cada vez más solamente en la buena idea, ¿qué esperabas en aquellos días y… qué piensas hoy falló entonces?

Las expectativas eran muy grandes en esos días. El día del anuncio del deshielo -el 17 de diciembre de 2014- no hubo euforia colectiva por algo que es habitual en Cuba, ese temor a expresar opiniones o sentimientos políticos divergentes en público, pero sí surgió poco a poco un entusiasmo, aunque fuera a menudo muy cauteloso, y también surgió entre los cubanos, no sólo entre nosotros los observadores extranjeros. Se notaba. Y creo que ese optimismo cauto muchas veces no se manifestaba únicamente en el ámbito privado, que es por lo general el único lugar donde los cubanos pueden ser ellos mismos al hablar de política.

Y las expectativas eran muy grandes porque había ocurrido algo impensable, que era la reanudación de lazos diplomáticos, y todo eso se había gestado de forma secreta y se había tejido con mucha habilidad, desde ambas partes. Lo ocurrido rompió todos los esquemas y creo que era inevitable que surgieran expectativas, también entre los corresponsales y los analistas extranjeros, respecto a un cambio mucho mayor. La Historia se pone en marcha así, a fin de cuentas, con uno o varios hechos inesperados, y sólo a posteriori es que los historiadores ponen todo mejor en contexto y consiguen explicar mejor las cosas… La caída del Muro de Berlín, por ejemplo, un hito que condujo en pocos años a un cambio radical del orden mundial, se puso en marcha de forma repentina por una frase célebre del funcionario alemán Günter Schabowski, como sabes, que condujo inesperadamente a la apertura de los pasos fronterizos esa misma noche… Nosotros no éramos cándidos y con el paso de las semanas muchos podíamos identificar mejor muchos matices y hacer un mejor análisis, pero la fuerza de lo que ocurrió esos días sí planteaba al menos la interrogante de si estábamos ante una nueva dinámica que podía desembocar en cambios históricos. Pasaban entonces cosas impensables poco antes: la televisión y la radio cubanas transmitían nada menos que el discurso de un presidente de Estados Unidos en el que éste criticaba el sistema político de los Castro, los Rolling Stones daban un concierto histórico en La Habana y hablaban de cambios… en fin. Es difícil para mí decir qué falló entonces, al menos desde este nuevo momento histórico, cuando todo parece volver a la parálisis de antes. Quizá la Administración Obama pudo haber exigido más concesiones al Gobierno de Raúl Castro a cambio de la flexibilización de sanciones, pero yo creo que, a grandes rasgos, la nueva política hacia Cuba trazada por esa Administración era acertada. Creo que era un enfoque inteligente. Se trataba de intentar acabar con la retórica del enemigo todopoderoso que quiere adueñarse del país, de la idea de la «plaza sitiada» que siempre le permitió a Fidel Castro cerrar filas en casa y justificar medidas represivas. Y, al mismo tiempo, con la flexibilización de muchas de las sanciones del embargo, de poner en marcha dinámicas sociales que impulsaran los cambios necesarios desde dentro. Desde nuestra perspectiva actual podemos suponer que no funcionó, quizá porque faltó el tiempo, porque la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca cortó ese proceso, que quizá habría seguido avanzando muy rápido y de forma distinta si Hillary Clinton ganaba esas elecciones. O quizá con un par de concesiones más arrancadas al castrismo, lo dicho… Y también está la rigidez ideológica y el temor a los cambios en el Palacio de la Revolución habanero. Mirando hacia ese lado, creo que pudo haber sido la última oportunidad para Raúl Castro y la generación histórica de impulsar ellos mismos el cambio que necesita Cuba. Y bueno, por último quiero constatar también que el análisis de lo que significó la «doctrina Obama» para Cuba y para las relacciones entre Cuba y Estados Unidos todavía puede estar incompleto. La Historia avanza también en zigzag y está llena de reveses, ocurre en periodos a veces largos y llenos de vaivenes, y sólo podemos ver la pintura completa mucho más adelante. A la Revolución Francesa le atribuimos la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, pero no olvidemos que en los años posteriores siguió el periodo oscuro de los jacobinos.

 

Me atrevería a decir que este es un libro sobre “los de abajo”, pues en él no encontrará el lector ni a personajes políticos oficiales ni a reconocidos disidentes Todas esas figuras, sin embargo, aparecen como telón de fondo para otras historias de seres marginados o vinculados de algún modo a la vida del cubano que habita en los márgenes de la sociedad. ¿Qué te llevó a no incluir a esos otros reconocidos personajes con quienes coincidiste? Pienso por ejemplo en un hombre de la capacidad analítica de Oscar Espinosa Chepe, alguien que levanta tantas controversias como Yoani Sánchez o un personaje tan “escandaloso” como Mariela Castro.
Durante el mítico concierto de los Rolling Stones en La Habana, 2016.

Durante el mítico concierto de los Rolling Stones en La Habana, 2016.

A esos personajes conocidos no les quise dar tanto protagonismo en mi libro, en efecto, porque creo que era lo menos novedoso que yo podía aportar. No soy el único corresponsal que visitaba a Espinosa Chepe, que charló un par de veces con Abel Prieto o Esteban Morales y que trató con Yoani Sánchez o Berta Soler. Algunos de esos encuentros fueron peculiares y recordarlos me sirvió para contextualizar o para enriquecer las crónicas, por eso aparecen en el libro, pero no son el tema central de estas historias. Como decía antes, creo que se han publicado ya textos sobre esos aspectos y sobre los intercambios «políticos» de un corresponsal. Además, un analista tan agudo como Espinosa Chepe publicaba él mismo textos con sus ideas, Reinaldo Escobar, Yoani Sánchez o Manuel Cuesta Morúa también difunden a menudo sus puntos de vista. Sobre Mariela Castro se ha escrito mucho, tengo unos amigos holandeses que rodaron hace unos años un documental muy interesante sobre su trabajo. Y mis propios despachos informativos, reportajes y análisis como periodista de agencia hablaban lo suficiente sobre figuras como todos ellos.

No, yo quería que las Crónicas…» se centren en todas esas historias distintas con las que me topé en la isla. Y en esas vivencias al margen de la actualidad política, en describir esa otro Cuba de la que a menudo los corresponsales sólo hablamos superficialmente. Porque quería contar Cuba a través de ellos, desde sus anhelos y alegrías, sus dificultades y sus penurias, por esa mirada sociológica de la que hablábamos antes. Siempre me han fascinado además los personajes sencillos con biografías o historias personales interesantes, por mi pasión por la literatura y la escritura de ficción. Por eso, en estas crónicas me propuse servirme también de técnicas literarias y experimentar más con la forma, que es algo que me apasiona, e intentar construir personajes  aprovechando que son desconocidos y que, en la mayoría de casos, no hay moldes previos. El resultado es algo que tienen que juzgar ya los lectores.

 

Como buena parte de los periodistas extranjeros acreditados en Cuba que no se resignan a ofrecer al mundo la visión que les ofrece el gobierno cubano conociste de cerca el control que quiere mantener el régimen sobre el mundo de la información y la prensa. ¿Cómo es ser corresponsal en Cuba, según tu propia experiencia?
Caminando por las empinadas calles de Santiago de Cuba.

Caminando por las empinadas calles de Santiago de Cuba.

Es una experiencia única, muy sui géneris. Ninguna de mis experiencias como periodista en otro país es tan peculiar como la de Cuba. La relación entre el periodismo y la política, en general, implica por sí misma un conflicto de intereses: el buen periodismo siempre indaga en asuntos que al poder político no le interesa difundir y, a la inversa, es normal que los políticos o las instituciones del Estado intenten persuadir a los medios de divulgar su mensaje y su versión de las cosas. Eso se puede ampliar a las relaciones del periodismo con muchas otras instituciones, también privadas y de distintos ámbitos. No hay, en principio, nada malo en ese conflicto de intereses. Ahora bien, en el caso de Cuba eso es distinto. Porque se trata de un Estado que controla toda la esfera pública del país, de un sistema de partido único asentado y aceitado desde hace décadas. Eso implica que te pueden vedar de manera muy efectiva el acceso a cualquier fuente de información y también que te pueden presionar de múltiples formas, algo que hacen. Al Estado cubano le gusta aparentar que sus relaciones con los medios extranjeros son como las que hay en cualquier sociedad abierta, pese a que no lo son. Y en un comienzo, pues, uno se esfuerza en construir esa normalidad. Solicitas entrevistas, pides declaraciones, buscas el diálogo permanente. Hasta que uno se da cuenta de que en realidad está todo cerrado. Y eso marca la labor del corresponsal en Cuba, que consiste sobre todo en no desesperarte por la falta de información, en no ponerte nervioso por ciertos hostigamientos, en mantener el pulso con las autoridades cuando te transmiten que algo no les gusta. Y en buscar siempre enterarte de lo que puede estar ocurriendo, normalmente por los rumores que circulan por ahí, por las «bolas» y por «Radio Bemba», pero con la conciencia de que en realidad nada de eso es publicable, porque no deja de ser especulación o información falsa, tergiversada. Uno pasa mucho tiempo enterándose «en la calle» de asuntos que no puede confirmar o esperando informaciones oficiales que no llegan nunca, algo, esto último, a lo que una colega le llamaba con mucho tino «estrés improductivo». En Cuba uno afronta permanentemente esa frustración por la falta de información, a diferencia de en otros países, donde, por el contrario, lo que hay que hacer es desarrollar estrategias para lidiar con el exceso de información y filtrar lo verdaderamente relevante. Antes de dejar La Habana, yo solía bromear diciendo que tenía ganas de volver a un país donde hubiera un número de teléfono al que llamar en una institución estatal o privada, y donde un encargado de prensa levantara el auricular.

Pese a todo, uno intenta mantener siempre las buenas relaciones con ese Estado que controla todo, porque al haberse asentado ahí como corresponsal extranjero uno ha aceptado las reglas de juego impuestas por ellos. Eso es lo que no entienden muchos de los que critican el trabajo de los corresponsales en un país así; que, para poder hacer un trabajo crítico desde un lugar como Cuba, uno no puede permitirse romper todo el contacto con las instituciones del régimen. Por lo demás, para el Estado cubano también hay un campo de tensión interno, un conflicto entre sus propios intereses. Porque, por un lado, no les gusta nada el trabajo crítico de la prensa extranjera, pero por el otro, el Gobierno quiere transmitir hacia afuera esa impresión de normalidad, de que aceptan el periodismo libre, porque Cuba depende mucho del turismo y necesita potenciar los contactos comerciales con otros países. Ocurre entonces que las represalias y los castigos son mucho más sutiles que lo que serían en países como Corea del Norte o Rusia, por ejemplo. El trato puede ser rudo a la vez que amable, el control no llega nunca a que te censuren un texto impidiendo su difusión, pero sí a que te pongan una serie de obstáculos o a que te maltraten a posteriori por haberte «portado mal» publicando algo demasiado crítico. Por ejemplo, excluyéndote de coberturas oficiales, haciéndote esperar más que a todos los demás para la renovación de tu acreditación anual, el requisito indispensable para poder trabajar como corresponsal extranjero según las leyes cubanas. Todo eso además con jueguitos psicológicos, porque rara vez te dirán «ahora te vamos a hacer esperar con la reacreditación porque nos molestó mucho eso que escribiste», sino que te responderán «ah, no te preocupes, es sólo un retraso burocrático, está todo bien», el funcionario a cargo sonriendo con cara angelical mientras te dice eso, cuando tú sabes perfectamente que te están atizando. En ese aspecto tuve en Cuba algunos de los intercambios interpersonales más taimados y falsos que me han tocado en la vida. No quiero ahora sobredimensionar eso, porque creo que esas experiencias son parte de las relaciones humanas, en general, en cualquier parte del mundo. Pero a mí me tocó vivirlas ahí, en un ambiente que favorece esas relaciones retorcidas por la naturaleza del sistema.

En La Habana yo pasé por un amplio rango de intercambios con los funcionarios gubernamentales, que fueron desde la cordialidad e incluso la simpatía hasta el enfado y las muestras de aversión abiertas. Y yo también asumí mi papel en ese juego, intentado burlar los escollos para acceder a información y escribir de forma crítica, o para desactivar sus críticas posteriores. No viene al caso dar nombres aquí, pero recuerdo muchas anécdotas y situaciones con funcionarios cubanos, desde la llamada de alguno para pedirme un «favor personal», pasando por amenas charlas sobre nuestras lecturas de filosofía alemana hasta las reprimendas e indirectas en las que me hacían ver que sabían todo de mi vida, con una amplia sonrisa en el rostro. Otra conclusión clara es que muchos de ellos también eran impotentes antes una directriz oficial, porque a veces sentía que mi caso estaba más allá de lo que ellos pudieran querer hacer por mí. Al mismo tiempo, resultaba muy difícil que te hablaran con claridad. Hasta ahora no sé bien qué les molestó, qué fue lo que, más o menos un año y medio antes de mi partida, determinó ya hasta el final su actitud hostil conmigo. Porque mi relación con ellos siempre tuvo altibajos, ellos se molestaron casi desde el comienzo, pero siempre conseguía de alguna manera encauzar todo y entiendo que ellos decidían darme otra oportunidad. Hasta que en cierto momento me pusieron la cruz, por así decirlo, justo en las semanas previas al anuncio del deshielo con Estados Unidos.

Recuerdo bien las circunstancias. Los amigos cineastas de los que hablé antes me habían pedido que hiciera una entrevista con Mariela Castro para el documental, porque ellos querían filmarla en esa circunstancia. Yo, por mi parte, podía usar el material de la entrevista para mi trabajo. Era una buena cooperación. Mariela Castro y el CENESEX, la institución que ella dirige, estaban de acuerdo, sólo faltaba el beneplácito de las autoridades de prensa. Me dijeron que sí, pero a los pocos días me bloquearon. A los cineastas les dijeron que les daban a otro periodista, porque yo no podía ser. A mí nunca me dieron una explicación clara, ni de por qué no me permitían hacer esa entrevista ni tampoco, más adelante, de por qué yo había «caído en desgracia».  Puedo imaginarme los motivos por los que decidieron que yo ya no era bien visto, pero nunca lo dijeron explícitamente. Quizá fueron varios motivos, el cúmulo de cosas escritas por mí que a lo largo de los años no les habían gustado. Quizá fuera la aversión personal de un funcionario al que le yo le caía mal. El caso es que nunca me dieron explicaciones claras, sólo empezaron a excluirme de eventos y luego se quejaron sobre mí en la sede de mi agencia, tanto en Berlín como en Madrid. El último año me tuvieron meses sin acreditación. Y nadie me hablaba con claridad, más allá de cierta cortesía fundamental; parecía que ningunearme y no concederme siquiera el grado de interlocutor a su altura era otra forma de castigarme y mostrarme menosprecio. Así fue hasta que me fui, de acuerdo a los plazos pactados con mi agencia. Pese a todo, no guardo rencores personales por ninguno de esos funcionarios, porque creo que detrás de esa malograda relación está la esencia del sistema autoritario. Nada de eso pesa tampoco más que los grandes recuerdos que tengo de Cuba ni que el cariño que siento por esa isla.