
Sigfredo Ariel era, lo sabemos quienes lo conocimos y quisimos, un ángel inquieto escondido bajo la piel de un poeta. Tal vez debimos decir antes, y hacerlo valer, que su estilo poético nos marcó a casi todos en su generación y a muchos otros, en las promociones siguientes de poetas, dejando una impronta insustituible en la historia de la poesía cubana. No se trata de un poema (aunque sólo con ese tan amado «La luz, bróder, la luz» bastaría, por su carácter definitorio de una época que nos marcó) sino de una poética convertida en modus vivendi que se extendió hasta ser un magisterio, en un profundísimo sentido de la hermandad y el humanismo que, sin esforzarse y en ese modo tan natural suyo, logró convertir en esa imagen inolvidable que todos conservamos por su honestidad, su sentido profundo de la ética, su desenfado y su alegría de vivir y contagiarnos con ese ángel/niño eterno al que nos vimos obligado a decirle adios este 2020. Tirios y troyanos lo alababan, lo querían, y eso, en un escenario tan pedregoso y barriotero como el de la Cultura Cubana, es ya una evidencia de la singularidad profesional, creativa y humana de «Sigfredito» o «el Sigfre», como muchos le llamábamos, quizás en un intento por devolverle aunque fuera una brizna de ese cariño que nos regaló en vida.
Esos hilos de unión en lo esencial, que él defendió con anécdotas que muchos pudieran contar aquí, lo reiteró también en una de sus últimas entrevistas:
Me gusta sobre todo la poesía que hacen los poetas de mi promoción, estén donde estén, porque el sino de la gente de mi edad es bastante peregrino. Pero quién duda que nos hemos pasado veinte años mirando y descifrando a Cuba, cada quien a su manera, hurgando en nosotros mismos y mostrándonos a la gente “con la honradez posible”. Ahí están los poemas, los libros, los blogs. Creo que mi mayor vanidad es sentirme orgulloso de pertenecer a ese conjunto de escritores, que de alguna manera hemos seguido conectados en lo invisible y que nos complementamos en las diferencias. No hablo, por supuesto, de tendencias ideo-estéticas ni de grupos determinados en los cuales, con perdón, no creo ni me interesan.
Desde esa «conexión en lo invisible» de la que él hablaba se elabora este brevísimo espacio dedicado a honrar su memoria. OtroLunes, en medio del dolor por la pérdida de un amigo, por la desaparición de un nombre imprescindible de nuestras letras, propone este acercamiento a la vida y obra de Sigfredo Ariel, convencido de que es ahora cuando comienza su eternidad: el tránsito hacia la presencia infinita de esos seres elegidos que dejan una huella indeleble en la cultura de un país.
Amir Valle
Director General Leer más…