La narrativa policial en Panamá: Apuntes para una historia

Indudablemente las preferencias son cosas de todas las épocas y sociedades.  La literatura en sus devenires no excluye esos aspectos.  Desde autores, editoriales, lectores, por supuesto han existido y existen los gustos, así como en otras facetas de las interrelaciones humanas.  En el ámbito de la prosa, sea en los géneros literarios de la novela o el cuento, las llamadas novelas policial y negra -al margen de cualquiera de las denominaciones que suelen utilizarse-, pese a que han sostenido su conglomerado de cultivadores y consumidores, todavía hoy, más de una ocasión se les ha pretendido rechazar su condición plenamente literaria.  Sin embargo, desde sus orígenes, escritores admirables y obras valiosas, constituyen todo un legado que enriquece.

En Panamá las referencias sobre una “literatura policial” producida por escritores nacionales, históricamente resultan escasas, pese a que, en las últimas décadas, despunta una mayor presencia o producción, sobre todo, a partir del siglo en curso.  Por muchos años, como en otros linderos, se les dio consideraciones de subgénero, de escritos a los cuales se le negaba la calificación de “literario”, apuntándoles los prejuicios de que implicaban lecturas fáciles, sin mayor requerimiento de un esfuerzo intelectual.  En los textos de historia literaria y con afanes antológicos, su mención o muestra aparenta nula; pienso en los icónicos libros Aspectos de la literatura novelesca en Panamá (1968), El cuento en Panamá (1950), La literatura panameña: origen y proceso (1972) del ensayista Rodrigo Miró, igual en las reflexiones del novelista Ramón H. Jurado dadas en Itinerario y rumbo de la novela panameña y en los esfuerzos de recopilaciones llevados a cabo por Enrique Jaramillo Levi, particularmente sobre la cuentística panameña. 

Ante tales y encomiables obras de memoria, construcción, divulgación, evaluaciones del quehacer histórico literario panameño, la narrativa policial, noir o negra, aparenta no tener desarrollo, así como no atrae sus atenciones, aunque desde mediados del siglo XX se publicaban obras de escritores nacionales que desde los géneros de la novela y del cuento, conllevaban matices y aproximaciones a una literatura policial, noir o negra en Panamá.


Precisando concepciones

Dashiell Hammett (Estados Unidos, 1894 – 1961). Autor mítico fundacional de la novela negra.

Por supuesto que existen exposiciones valiosas que ilustran sobre cómo se definen o pueden definirse, tanto la novela policial como la novela negra, las características, similitudes, diferencias que campean entre una ante otra, así como minuciosos recuentos sobre los orígenes y los por qué de las denominaciones, incluyendo aquellas que plasman o emplean las expresiones de detectivesca y noir.

Pese a que, en las delimitaciones conceptuales no es extraño que aparezcan interpretaciones contrapuestas, nos interesa sobre modo, apuntar que entre las múltiples interrelaciones de forma y fondo que pueden existir entre la novela policial y la novela negra, despunta el contraste del enfoque sobre cómo se desarrolla el dilema del misterio; en ambas, persisten dichos flujos de incógnitas, sin embargo, en la novela policial parece fundamental resolverlo, mientras en la novela negra, resolver el misterio no representa un aspecto medular.

Como ha podido observarse con anterioridad, emprendemos hablando de la narrativa, pues las referencias que se comparten apuntan hacia los géneros literarios de novela y cuento, así mismo, especificamos sobre una narrativa policial, primero, asumiendo la licencia de una acepción amplia -la cual para algunos puede ser cuestionable-, otorgándole una dimensión no excluyente de la narrativa negra o noir; segundo, tomando en consideración que la producción narrativa, sea policial, detectivesca, negra o noir por escritores nacionales de Panamá, aparenta no ser prolija.

Pero un abordaje primigenio sobre la narrativa policial panameña -en la amplitud del concepto formulado-, también implica discurrir sobre un camino de hipótesis, de lineamientos que pueden ser cotejados, ampliados, redelineados, compartidos y adversados.  Siendo así, las premisas siguientes, procuran dar el paso sobre la configuración de un contenido como objeto de estudio, de preocupaciones analíticas en torno a la comprensión y valoración de la literatura.


Primera premisa: acercamientos e influencias

Un grupo de obras escritas por autores panameños, desde mediados del siglo XX, reflejaban particularidades de la novela policial o negra; los rasgos del misterio, de la incógnita planteada desde el principio del texto, de la investigación, de la existencia de pistas descubriéndose y de las pistas falsas tendientes a la construcción de la intriga, reverberaban.  En realidad, muchos más dispositivos de la novela policiaca que de la novela negra, pero aún proyectados en tales condiciones, el rasgo de la crítica social y de la reproducción de las realidades de los bajos mundos, de la violencia, del lenguaje crudo, incluso tuvieron sus asomos en algunos de dichos textos.  A pesar de esos reflejos y expresiones, a ninguna de esas obras se les ha valorado bajo los esquemas de una narrativa policial ni negra, ni menos se les ha considerado muestras de dichas tendencias.

Rogelio Sinán (Panamá, 1902 – 1994)

En 1946 Rogelio Sinán (1902) -nombre literario de Bernardo Domínguez Alba, publica Todo un conflicto de sangre, un texto unas veces considerado novela corta, en otras un cuento.  Aparenta a lo largo de sus páginas una narración en donde afloran los prejuicios sociales, el racismo, la dualidad de nazi versus judío, la crítica hacia una alta sociedad o casta dominante nacional, los traumas sicológicos, pero desde las dos primeras oraciones del primer párrafo, denota el elemento de la incógnita, de ese misterio que busca atrapar al lector y que, si bien no es exclusivo de la narrativa policiaca, representa un componente substancial.

La narración aparenta emprender por el final, presentándose la incógnita, el misterio, cuando los hechos ya están dados, y a manera de flash back, incursiona hacia el pasado, para retomar la linealidad de la historia que se cuenta y que en el párrafo 5, todavía en los inicios de la obra, se enfatiza uno de los elementos de la novela policial, cuando adentra al análisis de hechos, al conocimiento de la historia dada, tal como se suele instrumentalizar en las novelas policiales clásicas.  Al cierre de la obra, sale a relucir el aspecto del crimen, la descripción de la herida, y el palpable esclarecimiento de la asesina, la comprensión de los por qué.

Para 1954, de nuevo Rogelio Sinán, presenta otro texto narrativo que al igual a la anterior, suele ser considerado, mayormente como un cuento, aunque algunas veces una novela corta.  La boina roja también plantea el asunto de una desaparición o de un crimen, el de la científica Linda Olsen que arriba a una de las islas de Océano Pacífico en el Archipiélago de Las Perlas, Panamá.  La estructura de la narración se asemeja a la antes referida, pues emprende a posteriori de los hechos dados, y en una especie de flash back entra al pasado, cuenta, narra entonces, el desarrollo de los acontecimientos, en donde retornan los prejuicios raciales, el tema del negro, el asunto de la presencia militar estadounidense en el territorio panameño, experimentos científicos secretos amparados por los Estados Unidos de América, traumas sicológicos, pero el esqueleto argumental, gira fundamentalmente sobre el misterio y las incógnitas en torno a la desaparición o el crimen de la personaje que hemos mencionado y que similar a las narrativas policiacas se esclarece en el desenvolvimiento del final.

Tristán Solarte (Panamá, 1924 – 2019).

Entre 1953-1954 el escritor Tristán Solarte -seudónimo del periodista Guillermo Sánchez Borbón-, nacido en 1925, obtiene el premio nacional de literatura en la sección novela con la obra El Ahogado.  Para 1957 su primera versión sale a luz pública y posteriormente en 1962, se presenta con una aparente versión corregida.  En el contexto nacional panameño, constituye el texto literario con mayores aristas, propias de la novela policial; el asesinato, la investigación, el descubrimiento de los hechos, la referencia directa de testigos, testimonios que aportan pistas falsas, ambiguas, y pistas tendientes a desentrañar las incógnitas, permean en sus páginas.  En efecto, el fantasma de Edgar Allan Poe merodea, a pesar de las descripciones de ese Caribe panameño que representa Bocas del Toro, y que, sin duda, son rememoraciones del autor sobre su sitio natal. 

Aún de tal modo, forzar su encajonamiento dentro de los parámetros de una novela policial, conlleva riesgos valorativos y de posibles desaciertos.  En similar sentido, mucho menos encuadra en el esquema de una novela negra o noir.  Sin embargo, no deja de representar la obra literaria nacional, en donde mayormente despuntan algunas de las particularidades propias de una novela policial, quizás por esa compartimentación de dos partes básicas en donde refiera a unos apuntes y a los testigos o diferentes testimonios y que refuerzan la certeza de un proceso penal, de una indudable investigación -tipo judicial- en ciernes sobre un crimen.

Que pueden constituir aproximaciones, reflejo de influencias de algunos aspectos de la novela policial, en efecto.


Segunda premisa: otro precedente      

En las décadas de 1950, 1960, 1970, 1980, aparecieron escritos que narraban sobre la vida delincuencial y las hazañas de un muchacho proveniente de los estratos más humildes de la ciudad de Panamá, ciertamente describían un bajo mundo, reflejaba una violencia, y la trama giraba en gran medida sobre la persecución policial contra dicho personaje, hasta que por fin termina muerto a tiros.  Tales recuentos estaban basados en aquella persona que había existido entre 1899 y 1923, y al margen de lo que era realidad y de lo que era ficción, basta sostener que, en cada una de esas publicaciones, ciertamente se mezclaba la verdad con la imaginación.  Pese a que he escuchado que algunas veces se escribía a varias manos, el nombre del periodista Agustín Jurado resalta en la autoría, es más, en todos los capítulos que hemos podido recopilar, ver y leer, aparece como único autor de John Peter Williams: el Robin Hood Panameño.

Por lo general constituía una publicación por series, cada sección o capítulo aparecía en los diferentes números de las revistas o periódicos en donde quedaban plasmados.  Los periódicos La Hora, Crítica, El Siglo y la revista Más divulgaron esa historia, y más de una vez, se trataba de los mismos escritos, corregidos, modificados en algunos aspectos, ampliados, o transcritos literalmente.  No obstante, hasta la fecha no se cuenta con un texto que los haya recopilado y ofrezca una visión integral de esa historia que quizás sin pretenderlo, manifiesta matices de un relato policial, lo denota el hilo conductor de la narración que gira sobre la persecución del delincuente, la intriga sobre la concreción de su captura, las pistas, las informaciones, la preexistencia del crimen o delito, el desenlace, el manejo de las incógnitas, el hecho de la muerte violenta que se aplican.  Dichos vaivenes se desenvuelven en espacios sociales de pobreza, marginalidad, de bajo mundo, de sobrevivencia, complicidades que de una u otra manera recrean un perfil de una parte de la ciudad panameña a principio del siglo XX.

Tuve la fortuna de conocer y platicar varias veces con el periodista Agustín Jurado y por ello conocí de sus frustraciones literarias, pero leía, gustaba de aquellas historias de narrativa policial de Edgar Allan Poe, de Arthur Conan Doyle, de las impresiones que le causaba el icónico personaje de Sherlock Holmes, y de algunas creaciones de Agatha Christie, incluso poseía referentes sobre Raymond Chandler y Dashiell Hammet, en otras palabras, no se hallaba al margen ni desconocía aquellos clásicos de la novela policial y de la novela negra.

Sin embargo, parece ser que en la elaboración de dichos capítulos y de dichas narraciones, lo menos ideado fue la construcción de una narrativa policial.  Bastaba el cumplimiento de una faena periodística, el llenado de un espacio y de un segmento que atrajo lectores y produjo convencidos de que aquellas ficciones a una totalidad eran veraces.  Quizás si pudiera contarse con una versión integral de dicha historia -como ya he sugerido- publicada de manera intermitente y fragmentaria, podría valorarse de modo más vasto, una de manifestación interesante de relato policiaco.    


Premisa sobre aficiones

Ciertamente ha persistido una simpatía hacia la novela policial y la novela negra en Panamá, aun cuando se le haya subvalorado o ignorado y desde antes, a los esfuerzos actuales que se hacen para concentrar a su público lector, cultivadores y promociones.  Existe un semblante de masas que consume dichas narraciones con ahínco -antes y ahora-, sobre todo producciones de textos cuyos autores, por lo general son extranjeros, obras que alcanzan categorías de popularidad, de reconocimiento cualitativamente legitimo o sobredimensionado. 

En este esquema de producción y consumo, las expresiones de una posible narrativa panameña, es decir de obras y autores nacionales, rondan en la disyuntiva, por un lado, de las pautas del mercadeo, de las orientaciones de las grandes editoriales y, por otra parte, el desenvolvimiento de una cautela que resiste a las promociones mediáticas y sopesa criterios de aportes narrativos, estilísticos, conceptuales en la narración.  En ambas direcciones hemos visto narradores y textos.  Por supuesto que entre ambos parámetros -los cuales no son exclusivos de este país, pues se reproducen en otras esferas- la novela policial y la novela negra ha generado y está originando obras encomiables, autores talentosos. 

En los últimos años he topado por ejemplo Perder es cosa de método del novelista colombiano Santiago Gamboa, novelas del salvadoreño Horacio Castellano Moya; en Cuba, desde las novelas de Leonardo Padura, Amir Valle con Las puertas de la noche, Rafael Grillo con sus aportes Asesinos Ilustrados e Historia del Abecedario, Lorenzo Lunar autor de El barrio en llamas, Pedro Pablo Gutiérrez en Nuestro GG en La Habana, por solo referir algunos textos literarios de autores latinoamericanos que me han impactado.

En nuestro país, tal como consta con los precedentes anotados -y de seguro otros-, se ha cultivado sobre temas donde la violencia, la criminalidad salen a flote, pero el abordaje de esos componentes, per se, en nada concretan la existencia de una novela, cuento, relato policial o de literatura noir.  Los dispositivos de las averiguaciones, indagaciones, investigaciones con matices detectivescos, policiacos, judiciales, pueden verse como instrumentos en obras que, aun así, sería un desacierto endilgarlas como expresiones de una narrativa policial panameña, salvo las excepciones que existen y merecen valoraciones apartes a estas notas.

A pesar de semejantes contrastes, perdura esa simpatía que se denota en los festejos de un Festival Negro -que conlleva varios años de llevarse a cabo- y de una premiación que lleva el seudónimo del periodista y escritor Guillermo Sánchez Borbón, hechos que indudablemente abonan a un desenvolvimiento más vasto de novela policial y novela negra gestada por escritores nacionales y que procuran concurrir a esa masa de simpatizantes, cultivadores, al intercambio de percepciones, criterios, de respaldos, promociones, descubrimientos e incentivos.


Itinerarios posibles

La incipiente narrativa policial en Panamá insoslayable de los elementos del crimen, la muerte, el asesino, la investigación, las pistas, las incógnitas, las develaciones, puede recrear con sentido crítico o no, contextos sociales, históricos, implicaciones sicológicas, enriquecer el clásico esquema tanto de la novela policial como de la novela negra, adentrarse también a esos esquemas que algunos han denominado “neopolicial” como variantes de renovaciones, en donde la novela policial y la novela negra también son formuladoras de críticas sociales, adentran a la violencia del Estado, a la delincuencia organizada, a la delincuencia de cuello blanco, a la corrupción de las capas gobernantes y dominantes, indudablemente puede mirar hacia las entrañas de la sociedad, su pasado, su presente, hacia su gente, y ello no conlleva encasillamientos formales, ni localistas que limiten los procesos creativos.

El desarrollo de un espacio y de una presencia de la narrativa policial panameña, por supuesto puede andar circunscrito a los mismos factores que aquejan a la literatura en general; la escasez de incentivos, de políticas editoriales, de talleres destinados al estudio de los trasfondos de la novela policial y de la novela noir o negra, de la banalidad y las tantas caras del esnobismo.  Pero la senda no sólo depende de las condiciones materiales, que no pueden obviarse; la comprensión de los rasgos, de las lecciones legadas sobre los orígenes, la evolución, las singularidades entre “lo policial” y “lo noir”, entre las tendencias anglosajones, europeas, latinoamericanas y de otras latitudes, juegan roles esenciales. 

Entre las aproximaciones y una narrativa policial propiamente dicha, ronda el panorama panameño.  En cuanto al primer campo, es decir, el de las aproximaciones, no basta el abordaje de un crimen, de un asesinato, no basta el tratamiento de la violencia para considerarse novela policial o una novela noir.  El desatino en el desarrollo del argumento, la perdida el hilo conductor de la historia, la vacuidad en la construcción de los personajes, el manejo ligero del discurso narrativos, los reveses en las maniobras del tiempo, la voz del narrador de la novela no diferenciada de la voz del autor, entre otros rasgos, pululan, y en algunos casos, complican el logro de la obra, la cual pese a la retahíla de páginas que se acumulan, no encarnan en el género de la novela en general.


Ojeada sobre cuatro expresiones

Rafael Pernet y Morales

Dentro de la incipiente narrativa policial panameña propiamente dicha, ya destacan voces y obras.  Cuatro escritores como muestras -y no los únicos- para estas inferencias contribuyen a delinear otros aspectos, de verdad encomiables.  El escritor Rafael Pernet y Morales, originario de la ciudad atlántica de Colón, nacido en 1943, médico de profesión, titulado en la Universidad de Salamanca, España, establecido en la caribeña provincia de Bocas del Toro.  En la década de 1970-1980, publica sus primeras novelas imbuidas de un realismo mágico, Loma ardiente y vestida de sol (1974) y Estas manos son para caminar (1977), que lo convierten en uno de los novelistas nacionales más representativos.  En el 2008 sale a luz pública la obra El indio sin ombligo, y que fue merecedora el Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró un año antes, cuyo jurado procedió a calificarla como “una novela policiaca de ciencia ficción”. 

En efecto, construye el argumento a partes de la muerte de un aborigen, cuyo cuerpo llega sin ombligo a la morgue, originando un curioso proceso investigativo llevado a cabo por un detective de la antigua Policía Técnica Judicial de Panamá, apoyado por un biólogo y un vendedor de enciclopedias, planteando tramas e intrigas que deambulan entre lo absurdo para esclarecer el por qué de la desaparición del ombligo, y con ello las develaciones de las causas de esa muerte, mezclando un lenguaje coloquial, a veces culto, de tono irónico, burlesco, una narración desde diferentes puntos de vistas, entre ocasiones incorporando matices de ese realismo mágico que aflora en sus anteriores novelas.  A la realidad se perciben tonalidades de la novela policial y de la novela negra que se entretejen, que afloran entre las curiosas averiguaciones, el planteo hiperbólico en torno a las pistas, posibilidades, la violencia, las incredulidades.

Ariel Barría Alvarado (Panamá, 1959 – 2021)

En el año 2006, es decir dos años antes a la novela de Pernet y Morales, el escritor Ariel Barría Alvarado, publica La casa que habitamos.  Proveniente de la provincia de Chiriquí, colindante con la república de Costa Rica, Barría, profesor universitario, nace en 1959 y fallece en el 2021.  Merecedor en múltiples ocasiones del premio nacional de literatura Ricardo Miró en las secciones de novela y cuento.  Innegablemente en dicha obra, incorpora elementos de la novela policial, los signos de una muerte, el suspenso, la siembra de pistas, las develaciones, entrecruzados con la persistencia del humor, y que giran a lo largo del argumento consistente en el descubrimiento del cadáver de una desconocida por parte del personaje crucial que representa una figura pública dentro de su residencia.  Hay una alegoría al hedonismo desenfrenado, a los dilemas de la hipocresía social, la corrupción, las ambiciones, la complicidad, las envidias, la incidencia de los medios frente a la visión de las cosas, la valoración del qué dirán, no obstante, en el desarrollo del argumento, se toma distancia de una prototípica novela policial.                                 

Osvaldo Reyes

En el caso del narrador Osvaldo Reyes, a diferencia de los dos novelistas mencionados, se configura un autor nacional que opta de pleno por la novela policial y novela negra.  Médico originario de la ciudad de Panamá, nacido en 1971.  Muestra un amplio repertorio de textos, entre los cuales destacan novelas y cuentos que se dan a conocer a partir del año 2011 cuando publica su primera obra El efecto Maquiavelo en donde plasma una estructura y prosa influenciada por la narrativa de Agatha Christie y que servirán de base para la construcción de sus posteriores creaciones.  Desde dicha fecha, en un promedio de diez años, ha publicado diez textos novelescos y tres libros de colecciones de cuentos.  Crímenes, muertes, detectives, médicos, psicólogos, misterios, se desarrollan al pie de la letra en los esquemas básicos de una novela policial.  No sería arriesgado sostener que transpira esta corriente novelesca, ya sea en el mercadeo de sus libros, en sus comentarios tendientes a la divulgación de una narrativa policial panameña.  En general despuntan en los argumentos de sus textos, el desarrollo lineal, profuso algunas veces de diálogos directos, la configuración de personajes, juegan sus roles dentro el crimen o el misterio que debe develarse, el discurso narrativo, elemental para cerrarle las puertas a las lecturas sin complicaciones.

Ramón Francisco Jurado

Por su lado, Ramón Francisco Jurado, también originario de la ciudad de Panamá, nace en el año de 1979.  Conocemos tres de sus obras.  En Veritas liberabit (2009) y La Niebla (2005), destaca el dilema del misterio, la necesidad de su desentrañamiento, sin que ello implique la investigación de un asesinato en particular, el suspenso.  Deambulan particularidades tanto de la novela policial como de la novela negra; no será tanto la violencia física, la delincuencia común, la delincuencia organizada, sino aquella violencia emocional, síquica, a veces imperceptible, el miedo, el heroísmo, la sobrevivencia.  Pero será, sobre todo, en su siguiente obra Mirada siniestra (2002) en donde la narrativa policial panameña da un paso cualitativo en firme.  Un asesino como protagonista, un criminal en serie, que derrocha violencia, desencadena misterio, incógnitas, sus develaciones, el manejo de las pistas, de la puesta de personajes creíbles, de prosa audaz.


Derivaciones

Entre los escritores vistos, a pesar de sus diferencias cronológicas, de las fechas en que nacen, tomando como punto de partida, a Rogelio Sinán (1902), Tristán Solarte (1925), y sus obras publicadas en los años 1946, 1954 y 1957, sobresale el interés por la novela policial y la novela negra, la presencia de herramientas prototípicas de estas modalidades en textos u obras de otros contenidos y puede sostenerse que alrededor de la mitad del siglo XX, emprende una aproximación hacia la narrativa policial y sus instrumentos característicos. 

De similar modo puede observarse que, a partir del año 2000 en adelante, la narrativa policial panameña, tiende a crecer, cuantitativamente y de manera cualitativa.  Las creaciones de Pernet y Morales, Barría, Reyes, Jurado, no serán las únicas publicadas, ya sea por esfuerzos propios, coediciones, o como resultado de premiaciones. 

No obstante, más de un texto que intenta incursionar en la narrativa policial y negra en Panamá, revela en algunos casos, despreocupaciones en el manejo del lenguaje, de técnicas narrativas, de la diferenciación entre la voz del narrador, las voces de los personajes y la voz del autor, pero son aspectos subsanables, y en lo cual pueden ejercer roles correctivos, el estudio teórico de la narración literaria, la lectura, la escritura, sus revisiones mesuradas, los talleres, los procesos retroalimentativos que generan los festivales, los eventos -sin esnobismos ni banalidades- que se adentran en la promoción de la novela policial y de la novela negra, así como las experiencias precedentes, las experiencias de narradores locales y foráneos.