Inquisición Roja
Rafael Vilches Proenza
Ilíada Ediciones, Alemania
En unos pocos meses se celebrará en Israel el día nacional de rememoración del Holocausto o Yom HaShoah. Horas de introspección solemne durante las cuales se honra la memoria de los más de seis millones de judíos víctimas del nazismo. Le ideología nazi y el comunismo comparten nefastas similitudes. Entre las más notables figuran los campos de concentración en sus distintas modalidades. Nombres como Auschwitz o Treblinka resuenan a atrocidad y muerte en la memoria colectiva. La Unión Soviética de Stalin, condenó a millones a campos similares o peores, conocidos como Gulag en la inhóspita Siberia. La tiranía tropical no falló en imitar a sus progenitores ideológicos. No es secreto la admiración de Fidel Castro por Adolf Hitler cuya autobiografía fue libro de cabecera y que impúdicamente plagió en su panfleto La historia me absolverá.
Las UMAP (Unidades militares de apoyo a la producción) fueron quizás el más cruento de todos los experimentos de esta índole que el castrismo puso en práctica. Casi todos los que nacimos en Cuba después de 1959, experimentamos alguna clase de reclusión, distanciamiento de nuestra familia y privación de libertad enclaustrados en algún tipo de centro de educación, reeducación, trabajo forzado o castigo. Claros ejemplos fueron las escuelas en el campo (ESBEC e IPUEC), brigadas de apoyo al trabajo (BET), y demás contingentes de trabajo forzado en la agricultura. No obstante, las UMAP fueron sin duda el ápice de la represión contra aquellos que no se sometieron al molde del “hombre nuevo” impuesto por el castrismo.
Mientras devoraba las páginas de Inquisición Roja, en varias ocasiones tuve que regresar desde la helada Europa hasta los campos de Cuba y corregir las imágenes de los cadavéricos seres en trajes rayados, trocándolos por otros en uniformes color sucio, menguados y acosados por el calor, el hastío y la inanición en medio de plantaciones de caña de azúcar. El autor es consciente de dichos infames paralelos y nos lo recuerda constantemente con sagacidad, particularmente en la dolorosa cadencia de las marchas y los amontonamientos humanos en asfixiantes vagones de tren donde las víctimas son transportadas quizás con menos compasión que a reses con destino al matadero.
Escribir sobre temas arquetípicamente traumáticos tiene sus riesgos. Se puede pecar por exceso al exacerbar lo cruento en detrimento de la sensibilidad de los personajes o quizás la mitificación de la deshumanización extrema. En Inquisición Roja sucede todo lo contrario. La novela crece de adentro hacia afuera, léase desde la psiquis y sensibilidad aplastada de sus personajes, quienes hilvanan la historia casi como objetivo secundario pero inevitable: Olivia se revela cada vez más como un espectro en la fatídica implosión Hernán quien no solo pierde a su amada y sus miembros, también la razón. Esta es una historia difícil de leer, pero es indispensable. Sean estrictamente históricos o no los sucesos que se entretejen en la trama, son completamente plausibles en medio del espanto de la realidad de aquellos años terribles dentro de la pesadilla que han sido las últimas seis décadas. Supuestos crímenes como el homosexualismo, profesar una religión, la identificación con corrientes políticas, culturales y sociales fuera de lo establecido son el muro contra el que violentamente se estrellan los personajes. Encima de ellos, al igual que las recurrentes auras tiñosas que sombríamente sobrevuelan a los condenados, están los militares, quienes matan, violan, torturan y devoran lo que les queda de moral y de vida.
Mi mayor regocijo es que el gran secreto militar que debieron ser las UMAP es hoy un visible estigma de dolor en la memoria histórica cubana. Un cráter que a diferencia del Holocausto judío no ha sido exhumado y expuesto en su verdadera dimensión ante los ojos del mundo. Las víctimas de las UMAP no poseen un museo o lápida en ninguna parte. Nadie puede recordar los nombres de los que murieron, perdieron la razón, o salieron marcados para siempre. Los cubanos no hemos podido proclamar aún “Nunca más” como pueden hoy decir las víctimas de los nazis que aún viven o sus descendientes. Inquisición Roja, aunque una obra de ficción es una suerte de fidedigna piedra angular en la erección de nuestro mausoleo para todos aquellos que sufrieron la bota de los “Fifo Cagá,” bien logrado personaje que encarna el arquetipo del esbirro militar -y cuyo nombre no es nada casual- quien termina siendo devorado por la propia maquinaria que tanto defendió. Como es harto sabido el diablo devora a sus hijos.
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