Nada desaparece para siempre
Jorge Villalobos
Pre-Textos. Valencia, 2022
Con el aval del XXXVI premio “Unicaja”, se edita Nada desparece para siempre,de Jorge Villalobos (1995). Es la tercera entrega del escritor marbellí tras La ceniza de tu nombre, premio de la Crítica de Andalucía Opera Prima (2017) y El desgarro, premio “Hiperión” (2018).
Construido con precisión sobre una atmósfera de acentuado lirismo, el volumen recorre la relación del amor y la muerte en una suerte de canto vital y pleno de acordanza. El verbo se torna recapitulación que precede a una íntima toma de conciencia y desde el que se es capaz de reescribir una simbología visionaria, benefactora.
“Aunque cueste aceptarlo, hoy ya sabes/ que la vida es aquello que dijeron:/ una casa, un trabajo, una familia”, se lee en el poema que sirve de pórtico. Consciente de que “el asombro, la aventura, lo inefable” fueron el anhelo que ahora marca distancias con la edad, el yo lírico busca redimirse de cierta orfandad que dejó en su interior la consumada experiencia de lo acontecido. Porque, como paisano del tiempo y su circunstancia, Jorge Villalobos se expresa sin máscara alguna dando paso a una oralidad de sabios y certeros ritmos, de milimétrica textura, de cromático impresionismo, con la que pretende, además, incidir en lo balsámico de la palabra: “Quiero que mi poesía sea útil/ que salve alguna vidas (…) Que estés a gusto en estas líneas/ como en las buenas camas de hospital/ modernas, que se elevan con un mando/ para que estés tranquilo./ Dedicar mis esfuerzos, que parezca un hotel./ Cada rincón con su metáfora/ y con su ambientador”.
El valor seminal de estos poemas ahonda en el originario esencialismo de un verso depurado, de reflexiva autenticidad, que sirve para dar cuenta de la contumaz búsqueda de lo trascendente. Y, aquí y ahora, el poeta cordobés alza lo mejor de su voz en textos clarividentes, que revitalizan su fidelidad creadora y que hacen de su grito enamorado, humano y lírico compromiso: “Lo más difícil de tu muerte/ no fue verte quieta en el ataúd,/ ni tampoco llevarlo a hombros,/ sentir el peso de la pérdida (…) Lo más duro fue besar una última/ vez tu frente/ helada, rígida, distante”.
