El cielo roto de Shanghái
Estefanía Cabello
Bartleby Editores. Madrid, 2022
Tras la publicación de 13 segundos para escapar (premio de poesía “Gloria Fuertes”, 2017), Estefanía Cabello dio a la luz La teoría de los autómatas (2018), premio “Valencia Nova” de la Institució Alfons el Magnánim. De aquel poemario, dejé anotado que la identidad del ayer y su mudanza se erigían en temática principal. A la escritora cordobesa, no le era posible volver el corazón a lo pretérito ni tampoco dejarse cautivar por la incertidumbre del mañana, pues sus párpados se abrían silentes hacia nuevos horizontes prendidos a la duración de lo vivido: “Crecer no es aprender a despedirse”.
Ella, y su poesía, han crecido en este tiempo y, de ello, da cuenta El cielo roto de Shanghái, un volumen que respira reflexión y lucidez y que se sostiene desde un yo vulnerable, inclinado hacia el estupor y la soledad, hacia los interrogantes que procura el lenguaje: “¿Cómo creer en las palabras precisas,/ cómo saber lo que está dentro de mí…?”.
Esa búsqueda interior deviene en la incertidumbre de una realidad ilimitada que roza lo onírico y se dirige sin premura a los territorios ya hollados. A sabiendas de que cuanto su boca pronuncie será espacio venidero por descubrir, la autora aprehende con mimo toda la semántica de su decir y la ofrece de forma puntual, certera. Y así, entrelazada al tiempo que inunda su circunstancia, alumbra los versos conjugando lo terrenal y lo mítico: “Todos estos caminos me unen a ti/ y el mirar a través de techos/ que se abren al mar. Has venido para mostrarme/ a Eros joven y a Eros adulto”.
Al igual que para Gaston Bachelard la casa natal era no sólo origen sino también, hogar de sueños, de ilusiones y de estabilidad, para Estefanía Cabello la poesía es la morada donde reconducir la patria de la infancia, el refugio donde refundar sus creencias. Y, desde esa sugestiva atalaya, su cántico alcanza su mejor expresión en este libro de madurados y preclaros acentos, pues su verbo se hace semilla y cosecha, piel y cuerpo habitables al son del ayer: “Yo solo hubiera ido hasta el final,/ porque solo se puede ir hacia el final/ y hasta el fondo,/ en lo que dice el ruido/ en mis ojos. Muy lejos de mí/ hay una niña que baila/ frente a un espejo y se pregunta/ si hace frío ahí fuera”.
