
«No, no —contestaba riendo [el viejo zapatero a los niños provincianos]— en Lima ya no hay tapadas ni carruajes con caballos y es muy difícil ver al Presidente. Pero en la Catedral, eso sí, se pueden ver los restos de Francisco Pizarro. Y en las calles hay tanto autos como cuando aquí hay entierro de gente rica. Los edificios son diez veces más altos que nuestra capilla»
El espíritu de la ciudad, Oswaldo Reynoso
Las iglesias latinoamericanas se podrían clasificar en varios grupos, desde el punto de vista arquitectónico. Me refiero a los edificios y a los templos que son las construcciones, en los más diversos estilos, de las iglesias de varias y distintas religiones. Se puede decir que hay iglesias que son casi museos, por ser antiguas y dar refugio a piezas de arte de gran valor histórico y monetario: pinturas, esculturas, mosaicos, frescos, vitrales, pseudo-reliquias, altares. Dichas iglesias se ubican en medio de centros urbanos, o en pueblos alejados de la urbanidad, cual reservas rurales de patrimonio cultural, provechosas para la historia del arte. Algunas de esas iglesias-museo en las grandes ciudades exigen el pago de una entrada para acceder a ciertos de sus espacios, aunque sigan ofreciendo misas rutinarias y domingueras de manera gratuita, no faltaba más, puesto que las iglesias, en particular las católicas, han perdido visitantes; y lo que es peor, han perdido ovejas y hasta pastores en las última décadas por diversos motivos. Cobrar por oír misa sería su acabose.
En muchos barrios latinoamericanos, no obstante, a pesar de haber proliferado alternativamente templos de otras creencias —desde testigos de Jehová, mormones, fieles del Cristo de los Santos de los Últimos Días, miembros de Scientology y hasta del Movimiento Alfa & Omega— los locales adjuntos a los templos de las iglesias católicas siguen cumpliendo un rol esencial como espacios de socialización, sobre todo entre adolescentes de bajos recursos en los barrios populares. Durante la época de verano, que son las vacaciones escolares en su mayoría, muchos de dichos espacios católicos, llamados ‘centros parroquiales’, ofrecen actividades y cursos para afianzar destrezas innatas y así servir para un futuro impulso profesional: peluquería, cocina, repostería, costura; pero también dibujo, ajedrez; y en ese sentido se convierten en el marco positivo y refugio seguro de muchos integrantes de familias con carencias de todo tipo. Believe it or not, del hilo de las parroquias de barrio, a veces de construcción noble, alguien diría que cuelga la esperanza de muchas sociedades marginales y el futuro de toda una fe mundial.
Por otro lado totalmente opuesto, muchas iglesias de extraordinaria edificación en la América hispana y España se han convertido en la visita obligada de los ofertas turísticas más lujosas de sus grandes urbes debido a que muchas presentan características peculiares y trascendentes en la historia de sus sociedades; me refiero a la Catedral de Santiago de Compostela, a la gran Mezquita de Córdoba, al Templo de la Sagrada Familia en Barcelona, a las dos catedrales de Salamanca, al Templo de Coricancha en Cuzco, o a la Catedral Metropolitana de la Asunción de la Santísima Virgen María de los Cielos de la Ciudad de México. Todos ellos: muestras del poder político e ideológico de la arquitectura en sí misma; si también, por ejemplo, se piensa en aquella vieja estrategia de no derribar la construcción del ‘conquistado’, sino recurrir a un golpe incluso más bajo: construir una iglesia sobre su mayor edificio de creencias mono o pluriteístas. Así, con el poder imponente —aunque suene a hipérbole— de la belleza de sus arquitecturas, pretendieron legitimarse a lo largo de la historia unos espacios urbanos propios de una fe, cuyas virtudes debieran haber sido precisamente las contrarias: modestia, sencillez, tolerancia, y que olvidaron el pequeño detalle de lo efímero y lo transitorio aun en el ladrillo más fuerte y la más dura piedra.