
La mayoría de nosotros hemos estado en una de estas dos situaciones ante la lectura de un libro, en cualquier momento de su proceso de serlo (manuscrito, corrección, publicado y hasta convertido en bestseller): lees, reconoces que no es bueno y te callas. Tu silencio, apretándonos a la impostura del refrán, otorga. La otra: lees, reconoces que no es bueno, y hablas. Tus palabras, dando buena esa impostura de la servidumbre a lo dicho, te significa.
El día que leímos peligrosamente nos jugábamos algo que, así por encima no se tiene por muy importante: el criterio. Uno de los signos de nuestro tiempo (muchos dirán que de todos los tiempos, pero de otra forma) es la neutralidad cobarde, la democratización de los sueños y la pluralización de los espacios para “ser” lo que se quiera. Porque ahora, si quieres pasearte por los saraos (de lo que sea, pero aquí hablamos del mundo libro) de medio planeta, necesitas ser neutro, tener un pH estético que no arda, que no duela. Las pieles ya son muy finas, los orgullos, siempre exagerados, son más que nunca muy heribles.
Ese día que leímos, que nos dimos cuenta de que la novela, el poemario o el ensayo no solo no había por donde cogerlo, sino que era del todo desechable, tomamos una decisión peligrosa: transformar el criterio, aportar, con nuestra nunca humilde opinión, bases para la construcción de una “obra”, “carrera” y hasta vida literaria que esconde, bajo esas etiquetas, una “bonita historia de superación, basada en hechos reales” (que no es autoficción). Publicar lo “escrito” se ha convertido en el aliciente, en la terapia, en el fin.
Cuando dijimos, “pues nada, qué bien, no”, fuimos inflando con ese proemio cobarde, ideas infundadas de talento, posibilidades sin pasar nunca por el calvario del trabajo o el aprendizaje: les entregamos (eso creyeron) a más de uno la gloria sin la cruz, anulando el viacrucis, invitándolos a “la gloria” que no es tal, que no es otra cosa que una obra bien escrita, único acto revolucionario (y hoy más que nunca lo es) de un escritor, su único deber, su solo compromiso. Y ya sé que a más de uno el trabajo de escribir no es cruz, ni mucho menos calvario, pero sí trabajo, feliz, que duda cabe, pero no me revienten las metáforas ni los símiles tan rápido: hay que hacerse entender.
También pudo ser, aquel día que leímos peligrosamente, que dijéramos: “mira, esto que has escrito no hay quien se lo lea, trabájalo más”, y entonces los cielos de los cielos fueron abiertos, y el dios defensor de los sueños y la buena vibra, tronó en voz audible: “¡quién te crees tú para decir eso!”, en boca del recién leído, y todo cambió para siempre, alimentando así la herida confirmadora y la señal preventiva de “ojo, envidioso a la vista”. Luego te enteras por las redes (malditas redes, o no), de que el herido confirmado, tu víctima (así se perciben muchos en el fondo), ha publicado aquello que dijiste que no valía. Tu asombro (ni tristeza, ni rabia, ni contrariedad) es que muchos “lectores” (consumidores de libros, quizás) reaccionan al “sí se puede” ser escritor nada más proponértelo. Da igual lo que se escriba: impreso y vendido, es éxito, es fin en sí mismo, es la materialización de los sueños. El criterio, esa malamaña y malacrianza de algunos, ni está ni se le espera.
Y aquí estamos, en una de dos situaciones, o en ninguna, o en proceso de las dos. Se necesita (discutamos esto) que el criterio salte por los aires para que quepamos todos. Cuando cualquier persona deja de ejercer su actividad, más o menos pública, escribe un libro. Y si un escritor quiere dejarlo, qué debe hacer, ¿poner un restaurante, operar a corazón abierto o pilotar un avión? Algunos dicen que no es lo mismo, pero que lo demuestren. Si mañana, con los medios que tenemos, decidimos dejar de escribir y montar un disco de ópera, ¿qué pasará? O montemos un ballet, clásico, con tutú, cisnes agonizantes y una orquesta en directo, ¿por qué no? Ya sé, es todo un delirio. Lo mismo si nos bajamos de la burra del criterio.
El día que leímos peligrosamente, cuando optamos por una u otra situación, inauguramos un centro constituido de preguntas (de parte de los leídos, claro), y que, sin generalizar, casi siempre se hacen los que quieren “la gloria literaria”: ¿Tú quién te crees? ¿Por qué tú sí y yo no? ¿Qué es buena o mala literatura? ¿No es una cuestión de gustos? ¿Leer tanto es necesario? Y de afirmaciones que complementan las preguntas para espesar el argumentario (estos son los de #yoescritor2.0): “Siempre hay un roto para un descosido”. “Tengo mi público”. “Los tiempos han cambiado”. “Eres un envidioso, estás envanecido”. “Yo soy dueño de mi obra, los editores quieren cambiármela”. “El arte es libre”. “Yo escribo para mí”. Tan independientes son algunos “escritores”, que se han independizado de la lectura. Y allí está la razón de todo.
En conclusión: leer se ha convertido en un deporte de riesgo, dicho mejor, hablar de lo leído, opinar sobre lo leído, tener criterio, vamos, que cuando estés delante de un texto pretenden que te pienses bien qué vas a decir. Lo que se pretende es empujarnos al silencio, no mojarse para no salir movido en la foto, lo que siempre beneficia al mercado común de soñadores del mundo, a los que “sí pudieron” vencer al egoísta y arrogante criterio. De las grandes industrias del libro hablamos otro día: es lo mismo, pero veinte veces más grande, con más dinero, más medios y con igual o menos idea de los que es literatura.