“La justicia es dar a cada uno lo suyo, lo que le corresponde por ley…pero también lo que se merece”, manifiesta Fernando López en su novela Odisea del cangrejo, finalista del Premio Planeta Argentina en 2005, y publicada por El Emporio Ediciones, en 2014, en Córdoba, Argentina.
Es una novela negra narrada en primera persona por el juez Alejandro Barón Roca, un personaje que tiene experiencia suficiente para observar y evaluar la vida desde todos los ángulos. El autor, es un estilista comprometido con su tiempo y con el género negro; sin embargo, reconforta reconocer que no practica la novela como formulario.
Fernando López, nacido en Córdoba, Argentina, en 1948, es una figura notable de la narrativa policiaca argentina contemporánea; nació con esa paciencia que es posible convertir en intensos momentos creativos. Es un escritor calculador que parece seguir a su personaje, su manejo del tiempo narrativo es interesante por las licencias que se permite, lo mismo que sus reveladoras atmósferas en que la clase media universitaria está presente con todo lo que tiene que ofrecer: sus sueños de crear un país mejor, sus fiestas ilimitadas, sus prácticas amorosas y sexuales y desde luego, su relación con la ley y la vida en sociedad. López se deja llevar por el juez Barón Roca del Juzgado a la pesca de dorado en un afluente del río Paraná, pasando por el cuerpo cálido de una chica de ojos celestes y otros encuentros amorosos como aquel en que, “mientras yo beso los labios de Tita, Mara besa su cuello, y Tita parece aceptar ese placer pequeño burgués con una excitación creciente…” Claro, toda esa historia susceptible de ser compartida convierte la novela en una cartografía en sepia. Una sepia, que al menos en una generación que ahora vive su madurez, no se terminará de borrar.
Un aspecto sobresaliente es que el narrador está en terapia intensiva en un hospital, a punto de morir. Mientras percibe que es atendido por un grupo de médicos y enfermeras, no se entera del paso del tiempo pero sí recuerda su vida, según él que le acertaron cinco balazos por la espalda y a las personas con las que ha convivido a lo largo de los años: padres, esposa, una hija y un hijo, colegas, compañeros de trabajo, enemigos, amores y un grupo íntimo con el que se emborracha, los acompaña en los asados y se va de pesca y caza. Es un personaje incansable y “temible”, que se encuentra en un estado “de vigilia controlada”. Hay dos personajes femeninos que se distinguen por su hermosura: Laura, que es una agente policiaca de gran belleza, y Candela, una prostituta epiléptica, muy linda y muy fuerte, que es asesinada después de una despedida de soltero. El caso es que Alejandro Barón Roca ha tenido relaciones con las dos y en el caso de Candela, sabrá de un aspecto de su personalidad que desconocía, algo así como quedar “atrapado en una historia a la que no pertenece”.
Cada recuerdo de Barón Roca es una relación con el mundo, algo que ofrece al lector, como señala Julio Ramón Ribeyro en Dichos de Luder, “un grado mínimo de incertidumbre”, que es el aspecto nodal en cualquier relato negro que se respete. López teje libremente su discurso, pero siempre tiene presente que está contando una historia y que cada personaje tiene una razón de ser y estar en determinadas atmósferas. Seguro que es una novela representativa de la realidad, no porque se note demasiado, sino porque es lo que da sentido a la novela policiaca latinoamericana, y se mencionan algunos hechos de los años setenta cuando los argentinos generaron un estilo de guerrilla urbana que al menos se discutió en el resto de los países americanos. Por supuesto que en esta novela se bebe vino, champagne, whiskey y demás, toman helado de postre, comen ensaladas verdes con tomate, zanahoria y huevo duro, pescado a las brasas y disfrutan “chinchulines, tripa gorda…riñones, ubres, mollejas, chorizo de cerdo, morcilla…un costillar de ternera…matambre al roquefort y carne”, recién retirada del quincho. La comida argentina es recia pero jugosa y riquísima.
‘“Las conclusiones son el punto débil de la mayoría de los autores”, observó George Eliot’, cita David Lodge en El arte de la ficción, y a propósito, a Fernando López no le inquieta el tema de las conclusiones, su historia va de salto en salto y de las conclusiones, si hicieran falta, se ocuparán los lectores. Tampoco me cabe duda de que La odisea del cangrejo es una novela para disfrutar, cualquiera que sea el rincón en sepia que más le atraiga. No olvide que elegir también es la ley de vida.
Publicado en El Universal, el 19 de enero de 2015.
