Cuba, el país que nadie ve

Rafael Vilches Proenza y su esposa, la escritora y actriz cubana Ana Rosa Díaz Naranjo, en Alcalá de Henares, 2023.
Rafael Vilches Proenza y su esposa, la escritora y actriz cubana Ana Rosa Díaz Naranjo, en Alcalá de Henares, 2023.

Vivir en Cuba jamás ha sido fácil. El cubano se ha vuelto un animal de costumbres al que desde 1959 la dictadura se encargó de inocularle el miedo en los huesos hasta pudrirle la carne y cerebro. El ciudadano en Cuba desconoce qué es la libertad.

Hemos sido cautivos del sistema, no hay manera de amar y ser feliz en una tierra donde todas las pobrezas son el plato fuerte de cada día. No recuerdo haber escrito un verso feliz en todos estos años en que mi vida fue un constante morir.

No me arrepiento de la manera que escogí vivir después de haber descubierto el horror, el cinismo del Estado mafioso que comanda el país. Por eso, a pesar de todos los dolores y las vergüenzas ajenas, al acostarme podía dormir sin ningún remordimiento personal.

Mi dolor es plural, por el ciudadano de a pie, ese que mira para los lados, y pretende no ver la podredumbre y el hambre que lo acongoja y hunde a su familia en el fango de la miseri; por el cautivo entre los muros de las mazmorras comunistas que gritó a voz en cuello Patria, Vida y Libertad, y por los presos políticos de mi tierra, esos me duelen más.

Yo, Rafael Vilches Proenza, que amo escribir poesía, fui un exiliado en el suelo donde debieron agasajarme por cantar, pero decidí no estar de parte de los esbirros, por ello silenciaron mi voz como a la de millones de cubanos y fui como ellos y otros un no persona.

No hay inxilio rosa, tampoco el exilio es de seda, pero qué lindo es sentirse un ser humano, caminar libre y amar en libertad. Duele marcharte, mata no andar con tu gente amada en los hombros, encontrarlos a la vuelta de la esquina… Luché para no tener que salir huyendo de las garras de la dictadura. Quiero verla morir como se extingue la hierba en el duro sol del verano y que los sueños vuelvan con las lluvias de mayo. Ahora las primaveras en Cuba tienen otro color, un aroma de muerte.

Por más que ha sido nuestro SOS desde el vientre del país, el mundo es sordo, y va por otras cuestas de la mano de la dictadura, tendiéndole alfombras de todos los colores, mientras la dictadura se alimenta con la sangre de un pueblo que muere cada 24 horas, en la patria que no deja de llorar. Y el pueblo lamiendo las sobras que, como obsequios, cada mes llegan en forma de módulos, y en ocasiones hasta creen ser felices y llegan a cantarles a los tiranos por las migajas y el garrote.

No sé cantar otra cosa que no sea el dolor. Caímos en las manos de un loco con poder, que se agenció todos los poderes, y fue peor que Stalin, Hitler, Mussolini, Franco, Pinochet. La bestia de Birán no tiene comparación entre los criminales que le antecedieron. 

Intento no envenenar mi sangre con el odio despiadado contra los que me convirtieron en el ser triste que hasta ahora ha vivido dentro de mí, pero es imposible, prohibido olvidar. Otro yo ha quedado vagando por las calles pestilentes del país, en cada ojo de niño que llora, en cada anciano que muere de frío y hambre, en cada mujer que sueña y ansía ver a sus hijos en libertad, en cada joven que arriesga su futuro por darle otro rumbo al destino de la patria, por cada hombre que levanta su mano contra la dictadura, ahí voy yo.

Duele escribir siempre de lo mismo.

Madrid 7 de abril de 2023