

A raíz de la Feria del Libro de Guadalajara 2002, el último gran evento cultural internacional al que Cuba asistiera casi masivamente, se crearon polémicas variadas, muchas de ellas vinculadas con la política; porque política se hace de cualquier evento en que participe Cuba, no importa que sea de arqueología, arte culinario o canaricultura.
Pero ahora quiero referirme a las porfías que existieron entonces en cuanto autores que debieron ir, o que debieron ser recordados u homenajeados o reconocidos de alguna manera. Tanto en la prensa de la Isla como en la que habita fuera de ella, y asimismo en encendidas tertulias anónimas, bajo techo y esquineras, en la Feria y en los hoteles, saltaron nombres que fueron omitidos, según unos, y nombres que no debieron estar, según otros.
Durante todos esos días yo pensé en dos escritores que no fueron mencionados ni por la prensa ni por las alocuciones de fiscales y abogados espontáneos. Digo de José Soler Puig y Onelio Jorge Cardoso; el primero, entre los más grandes novelistas cubanos de siempre; el segundo, hasta hace unos añitos, considerado el Cuentero Mayor o el cuentista número uno de Cuba, y adjetivos así. Ni a mi vista ni a mis oídos llegó una línea o una mención a estos dos autores. Como si no existieran ni para los que trazan la literatura fuera de Cuba, ni para los que la enaltecen desde adentro.
Claro, que casi todas las personas, en uno u otro sitio, que están vinculadas con la creación literaria cubana, conocen a estos dos autores. Y digo casi porque puede haber algunas que los desconozca, a partir de las omisiones que reciben de quienes desde la Isla envían expedientes definitivos, y, nadie sabe si con buena o mala leche, tachan y agregan.
Sólo con su novela El pan dormido, Soler Puig se afinca en un lugar prominente de las letras cubanas. Si algún error cometió este hombre -que eso fue, hombre, en las más encomiables y variadas posibilidades del término-, fue quedarse en provincia. Cuba no está exenta de ese fatalismo que afecta a la cultura de tantos países: a provincia llega más tarde, o al menos en menor medida, el reconocimiento, y más temprano el olvido (creo que estoy respirando por la herida). Fallecido hace unos años, hoy comienza a mencionarse cada vez menos la incidencia de Soler en la novela cubana.
De Onelio ni hablar. Ahora hay en la patria, y fuera de ella, una tendencia no sé si manifiesta a tapiarlo. Ahora son otros los clásicos, los grandes cuentistas cubanos del siglo XX, y justamente de la segunda mitad de éste. Ya los cuentos de Onelio no caen bien en ciertas seseras; son demasiado impresionistas, demasiado evidentes, demasiado “fáciles” de leer. Ahora los estudiosos, de “dentro” y de “fuera”, se dedican a piezas más intrincadas, a asuntos más “profundos”. Y así, proclaman guías de la cuentística cubana a lo que sea antípoda del autor de El caballo de coral.
Bueno, aquí vale la pena agregar que tampoco la literatura en Cuba, me refiero a los de “adentro” en este caso, está ni ha estado exenta de eso que los hijos de Martí llamamos “piña”; es decir, capillas. O de audaces sobrepromociones a circuito cerrado ¿Quién, por ejemplo, podría olvidar a aquel combo de “Ambrosio y sus Muchachos”, que hiciera furor en los 80? Más olvidable, quizá, podría ser algún “estudio” sobre la narrativa cubana de los 80, llevado a cabo por una señora española (cuyo nombre ahora no recuerdo), la cual, junto con sus colaboradores (léase varios de los mismos que aparecerían en su “estudio”), se despachó con la cuchara grande, a dos manos y sin pararse de la mesa puso y no puso cuanto quiso y le dijeron. (Creo que vuelvo a respirar por la herida.) Par de ejemplos, no más.
Ya sabemos que en el arte, la justicia es algo muy difícil de alcanzar; o mejor dicho, inalcanzable. Y que la calidad y el éxito nunca van de la mano, por razones elementales. Pero de lo que se trata es de aflojar un poco, de abrir el diapasón de modo que reciban oxígeno todas las estrellas, la grandes, las chiquitas, las otras. Pero sobre todo que no se adocene la creación literaria del país por razones de afinidades varias; ni por causas políticas. Es loable la intención actual del Ministerio de Cultura cubano de darle vía a la obra de todo creador cubano, viva donde viva, piense lo que piense, escriba lo que escriba. Y aquí quisiera hacer otra aclaración: eso de vivir “adentro” o “afuera” no es molde para aplicar ningún precepto, porque no son pocos los que están “adentro”, pero se la pasan “afuera”, y de “afuera” traen esos dólares imprescindibles para vivir “adentro”, en apacible beatitud dentro del llamado Período Especial -es decir, como si estuvieran “afuera”. Y también vale: los que están “afuera” -muchos porque no les queda más remedio-, salvo alguna rarísima excepción no tendrían inconveniente en cooperar con el hecho literario de allá “adentro”.
Bueno, qué jodedera. A ver cómo se arregla. Si he traído a colación los ejemplos de dos grandes de nuestras letras ya fallecidos, Onelio y Soler Puig, que al parecer comienzan a recibir, injustamente, cierto olvido u omisión, es sobre todo para, con toda humildad, encender una bengala de alerta.
O sea, no obstante las infalibles “piñas” -un mal necesario, podría argüir alguien-, lo que hace falta es menos forcejeo y más comunión. No debe seguir ocurriendo que, por ejemplo, para los investigadores radicados en Cuba no existan en buena medida tantos buenos escritores exilados, ni viceversa. Porque hasta un niño sabe que la literatura de un país es una sola (y habrá “literatura de un país” hasta el día en que no seamos más que terrícolas). Por eso me niego hablar de escritores de “las dos orillas”; ésta, una denominación que, como frase, es de suficiente mal gusto y que, semánticamente, pónganse a pensar, no dice nada.
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