


Algunos lo consideraron un sacrilegio, un grave insulto, pero hace ya más de 15 años escribí en uno de mis primeros ensayos: "de esta promoción que, lamentablemente, la crítica ha pretendido encasillar en todo el significado del concepto Novísimos, habrá que hablar de cinco nombres (y lo veremos si no de aquí a unos años), debido a que sus poéticas han nacido diferenciadas por eso que muchos escritores buscan eternamente y que los críticos más exigentes llaman Estilo".
Más de 15 años después me gusta escuchar cuando los críticos hablan, estudian, profundizan en la obra de Guillermo Vidal, Ángel Santiesteban, Alberto Garrido, Gumersindo Pacheco (hoy Sindo Pacheco) y Jorge Luis Arzola, con obras ya de una madurez que los ha colocado, sin discusión alguna, al centro de la mejor narrativa cubana escrita en la Isla en los últimos 20 años.
Eran raros. Quienes se atrevieron a juzgar entonces sus nacientes obras (Salvador Redonet, Francisco López Sacha, Madeline Cámara) hablaban, para referirme ya al caso que me ocupa: Arzola, de "rara avis", "cuerda personal", "poetización del hecho narrativo". Y no por gusto hasta hoy, el cuento"Prisionero en el círculo del horizonte" sigue siendo uno de los más antologados en toda la historia de la cuentística cubana (así, aunque parezca exagerado, pero se puede comprobar buscando en las antologías que sobre el cuento cubano se han publicado en Cuba, España, Argentina, Estados Unidos, Portugal, Italia, Alemania, Francia, Canadá, Colombia, Puerto Rico, Suecia, Bélgica, Inglaterra, entre otros).
No se trata de un autor prolífico, lo sabemos. Pero cada uno de sus libros ha constituido un pequeño hito en la cuentística cubana, primero, y ahora, su novela Todos los buitres y el tigre, publicado en la prestigiosa editorial española Siruela, lo inserta, con estas 208 páginas, en lo mejor de la novela cubana escrita en ambas orillas.
Razón de continuidad y ruptura: ese es el dilema. Y en esta novela, la continuidad llega desde ese estilo poético y conciso, que apela a lo simbólico, que hurga en la gran parábola humanista que se esconde detrás del más simple gesto humano en su lucha por supervivir, que arma personajes etéreos, casi fantasmales, de vidas condenadas por un absurdo que los oprime en todo momento; estilo y modo de asumir la escritura que ya Arzola había anunciado en sus libros Prisionero del círculo del horizonte (Premio Pinos Nuevos) y La bandada infinita (Premio Alejo Carpentier en su primera edición). Ruptura en tanto unidad de análisis: si en sus cuentos Arzola fue construyendo un entramado casi inquisitorial a la realidad que lo circundaba, pero sin incisiones en la piel de esa sociedad que el resto de sus colegas generacionales pretendieron (y lograron) incinerar en sus obras, como si cada cuento planeara sobre el cuerpo en decadencia y solamente contemplara la desolación, en esta novela se produce un aluvión de cuestionamientos que nacen (ojo) en una mirada crítica humanista sobre las derivaciones (traumas, opresiones silenciosas, frustraciones, suicidios del espíritu) que los avatares de esa sociedad provocaron en la psicología social de una nación.
De ahí que sus personajes, partiendo de una construcción arquetípica (el Gordo, el príncipe, el Maestro, la Hiena, la Mujer, el Viejo, la Vieja) se desdoblen y nos ofrezcan historias que resultan totalmente conocidas, cercanas, como si fueran propias, aunque el escenario sea el de un lugar impreciso, de política indeterminada pero sugerida y detectable, de tensiones que abocan a los personajes al suicidio, la frustración y la desesperanza (como puede suceder en cualquier sitio del mundo), todo ello dirigido muy hábilmente por un narrador que se debate entre las frustraciones de sus aspiraciones literarias, la amistad, la traición, el absurdo social erigido en una catedral desde la que, silenciosamente, algunos seres controlan, manipulan y destruyen la vida de los demás, y los intentos desesperados de sus padres de proteger la última vaca en medio de una asfixiante crisis económica que gravita sobre todo y sobre todos, debido a una misteriosa plaga que, con tonos míticos (como aquella que Dios lanzó a los egipcios para sacar a los judíos de Egipto), va arrasando paulatina y vorazmente todo lo animado y lo inanimado en esa territorio novelado por Arzola.
Interesante resulta analizar que en el movimiento interno de la novela, los protagonistas vayan viviendo las mismas etapas que marcaron el desarrollo histórico del período revolucionario cubano, pero sin caer en los clásicos esquemas, en la priorización de un acercamiento realista a los hechos, y sobre todo, sin convertir en seres maniqueos a esos personajes. Los talleres literarios, las becas, la cárcel, la vida en el campo, la doble moral y sus variaciones, las represiones individuales, la paranoia social del cubano, según las épocas de la Revolución, van siendo vividas por los personajes como un desatino, como una predestinación fatal, como si ya todo estuviera escrito en algún libro sagrado y a ellos, míticamente, sólo les quedara introducirse en esa historia de márgenes raros, de atmósferas viciadas, de escenarios delirantes que tienen una lejana resonancia a los escenarios de la Cuba de la realidad, de la que pueden adivinarse algunas señales (el Alma Mater, la mención a un par de instituciones represivas cubanas, la nomenclatura burocrática asumida bajo el sello de lo kafkiano, etc.). Todo ello le confiere a la novela una otredad que la diferencia; una otredad que añade a la anécdota central (¿cómo se puede sobrevivir en un país sin esperanzas?) lecturas más amplias, más universales, menos regionalistas y menos patrioteras (como suele suceder en algunas novelas y cuentos de "carácter crítico" sobre el "hoy cubano").
En ese movimiento interno, la conformación de los personajes es otro de los grandes méritos: los protagónicos (El Príncipe, el Gordo, la Mujer, el Maestro, que representan los últimos atisbos de los sueños de realización personal y las esperanzas) serán engullidos a mordiscos primero por las leyes absurdas de esa sociedad invisible (representada por la Hiena, inolvidable en su oportunismo y su sádica maldad), y luego por las frustraciones que les llega desde sus pocos (o sus únicos amores, si es que lo son): la familia escatológicamente aniquilada, absurdamente grotesca del Gordo y la desesperanza ciega, la desconfianza ancestral, los miedos supervivientes a antiquísimas escalas del amor, de los padres del Príncipe. No hay salvación. No hay salida.
Los buitres (esos males de la sociedad que se huelen, se imaginan, se vislumbran entre la niebla de lo sugerido en la novela) siempre acechan con su malvado hálito de muerte, atisbando en todos los rincones la muerte misma que habita en cada uno de los escenarios y cada uno de los personajes de la novela, sin saberlo ellos, muertos ya espiritualmente desde el mismo inicio de la historia. El tigre (El Príncipe) vaga solo intentando sobrevivir en un mundo sin víctimas, en el cual él mismo es (y será) la principal víctima.
Es, podrá comprobarlo quien lea Todos los buitres y el tigre, una de las novelas más originales, más desgarradoras, más tristes y más cubanas de las que se han publicado fuera de la isla en los últimos años.
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Rafael
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Yo no tengo ni teléfono, Amir. Ni teléfono. El correo me llega a través de una piadosa amiga. El electrónico. El otro, si es de afuera, del extranjero, sencillamente no me llega, y si me llega es abierto. Cosas del cartero, me imagino.
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Amir
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Ya a mediados del siglo pasado Carlos Gustavo Jung alertaba sobre la catástrofe que acecha a Occidente desde su flamante entrada a la modernidad; no por la modernidad misma, sino por la neurosis colectiva que produce el distanciamiento del hombre de lo numinoso...
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"José Martí"
Damaris Betancourt. 2005