

«A JosÉ Lorenzo Fuentes se le recuerda en La Habana como un hombre tranquilo, casi taciturno, que caminaba cogido del brazo de una de las cubanas mÁs hermosas, Lida, su esposa, y que tenÍa una fe en la escritura que aÚn hoy le permite trabajar todos los dÍas al borde de los 80 años desde su exilio de Miami. Este escritor aparentemente invisible es uno de los autores mÁs representativos de la Generación de los 50, su libro DespuÉs de la gaviota es un clÁsico dentro de la narrativa cubana, sufriÓ prisiÓn en las cÁrceles de la Revolución a la que Él mismo contribuyÓ arriesgando su vida y padeciÓ tambiÉn el silencio forzoso durante el llamado "pavonato", sin embargo, su nombre dio la vuelta al mundo por haber sido víctima del caso de plagio mÁs escandaloso de la literatura cubana. Actualmente trabaja en dos novelas y, si esto fuera poco, le ofrece a los lectores de Otro lunes un cuento inÉdito, No hay Última vez.»
Es una pregunta que a mí no me corresponde responder, aunque acaso tampoco tengo una explicación válida que ofrecer. Pero estoy completamente convencido de que siempre habrá una persona encargada de hacer los esfuerzos necesarios para impedir que esta entrevista se publique.
"Estoy completamente seguro que siempre habrÁ una persona encargada de hacer los esfuerzos para impedir que esta entrevista se publique"
En El hombre verde, uno de mis últimos cuentos, el personaje central expresa la siguiente reflexión: Nadie puede impedirnos tener sed pero sí tomar agua. Si trasladamos esa formulación al oficio literario pudiéramos decir que es posible que nos impidan publicar pero no escribir. Sin embargo, estaríamos faltando a la verdad. Por mucha vocación que lo sostenga, el escritor necesita de una comunicación fluída con el público lector, que si se interrumpe puede dañar seriamente su obra. ¿Ése es mi caso? Sólo el tiempo lo dirá.
Te respondo, sin ninguna evasiva, sólo porque todavía lo ignoro, que esta pregunta debes formulársela al carcelero.
Desde la niñez he llevado una vida colmada de alegrías, y al final el saldo me favorece porque he tenido hijos, he escrito algunos de los posibles libros que surcaron mi imaginación, no me han faltado los amigos, y he amado profundamente a una mujer. Pero también los dolores son incontables. Y el más reciente de todos: verme obligado a vivir alejado de mi país. ¿Por qué no hablamos de literatura?
"Es posible que nos impidan publicar pero no escribrir"
La gaviota es un libro que se inscribe en la literatura fantástica, mientras que algunos de mis textos posteriores responden a las exigencias del realismo mágico, dos opciones que obviamente reclaman modos diferentes de abordar la materia literaria. La versión de que la influencia de García Márquez torciera el camino de mi prosa, como tú señalas, estuvo manipulada por quienes trataban entonces -y aún hoy- de ponerle obstáculos a la difusión de mis trabajos literarios. Recuerdo que uno de esos textos fue rechazado por una editorial cubana porque, a juicio del impresor, parecía escrito por García Márquez. Cuando pocas horas después de escuchar el veredicto, me encontré con García Márquez en el hotel Riviera, de La Habana, y le referí los pormenores del rechazo de mi novela, Gabo me respondió bromeando:
- Si parece escrita por mí debe estar muy bien escrita. Dámela para publicarla a mi nombre.
Le entregué el original, que él prometió leerlo en su casa de México, y la charla continuó aparentemente por otros caminos, sin que pudiéramos sospechar que aquel texto años más tarde iba a aparecer publicado en España a nombre de Ricardo Bofill, y que García Márquez desde ese momento se convertía, por imperativos de la casualidad, en testigo del escandaloso plagio de mi novela.
Recuerdo que por aquellos días, cuando más enconada estaba la disputa por la paternidad del libro, llegaron a La Habana periodistas procedentes de Europa, América Latina y Estados Unidos, atraídos por el hervidero de noticias que provoca el diferendo en torno a un libro que supuestamente lo disputaban dos autores. Entre las numerosas entrevistas, artículos y reportajes publicados entonces, persiste en mi memoria el trabajo exhaustivo realizado por el periodista norteamericano Sam Dillon, quien lo publicó con fecha 7 de febrero de l988 en The Miami Herald. Dillon recogió en su reportaje las opiniones vertidas por todos los que tuvimos que ver con la disputa, incluido Elizardo Sánchez, quien se separó de Bofill a raíz del cisma que dentro del movimiento cubano de los Derechos Humanos creó el plagio de la novela. Como resultado de sus acuciosas averiguaciones, Sam Dillon subrayó: "Lorenzo Fuentes pulled his original manuscript from a shelf and laid it next to Bofill's edition of the novella. The texts were identical, word for word, including the scribbled rewrites". Por supuesto, digo yo, no podía existir la menor diferencia porque, en efecto, mi novela había sido publicada a nombre de otro sin que una sola palabra hubiera sido suprimida o añadida al texto original.
Cuando a José Mijares, uno de los grandes maestros de la pintura cubana, le hacían esa pregunta respondía que él continuaba viviendo mentalmente en Cuba, y de inmediato agregaba que la nostalgia lo estaba matando. Yo contestaría casi lo mismo pero obviando la alusión a la muerte que, según la supersticiosa creencia de Cabrera Infante, no debe ser mencionada como tema ni como anatema. Confieso que a veces me despierto en Miami, a medianoche, con la impresión nítida de que todavía estoy viviendo en mi casa de la Avenida Novena en Miramar, o que debo saltar de la cama porque tengo concertada una cita con alguien en la Plaza de la Catedral. Necesito un consejo: ¿Para evadir el acoso de tales alucinaciones debo ingerir un cocimiento de toronjil y hierbabuena en la Casa de las Infusiones del Vedado, o sentarme en un taburete de la Bodeguita del Medio frente a un plato colmado de congrí, yuca hervida y lechón asado?
La reacción que en una parte casi mayoritaria de la intelectualidad cubana se desató a partir del programa de la televisión a que te refieres, parece haber demostrado (y ojalá no esté equivocado) que el pavonato ha perdido su última batalla. Ya era hora.
Tal vez el primer contacto prometedor que tuve, todavía en la adolescencia, con el tema del misticismo y de esa disciplina que más tarde iba a adquirir el nombre de Parasicología, me lo facilitó la lectura del libro de Romain Rolland en el que relataba los pormenores de la vida de Swami Vivekananda. Según Rolland, el maestro hindú tuvo noticias de que en los Estados Unidos se iba a efectuar un Congreso de Espiritismo, y aunque carecía de los medios materiales para hacerlo decidió asistir al evento. Como por arte de magia, muy pronto se le hizo posible obtener el visado, el vestuario y el dinero para realizar el viaje. Cuando aquel hombre, de impresionante personalidad, llegó a los Estados Unidos cautivó con su elocuencia a cuantos tuvieron el privilegio de verlo y escucharlo. El congreso se efectuó en 1908 y entre los vaticinios certeros que Vivekananda ofreció al auditorio estuvo el de la revolución de obreros y campesinos que se llevaría a cabo en Rusia nueve años más tarde.
No puedo responder quÉ era lo que andaba en la cabeza de Bofill cuando decidiÓ publicar mi novela a su nombre. En cambio, desde el primer momento no me resultÓ difÍcil demostrar la autorÍa del libro"
Fascinado por la novela de Rolland, y poco después por la de Hermann Hesse sobre Siddhartha Gautama, continué incorporando a mis lecturas los textos de Patanjali y Krishnamurti, de Helena Petrovna Blavatsky y de Annie Besant, hasta llegar a las sorprendentes revelaciones de la física cuántica de Einstein, Max Planck y Werner Heisenberg, con la formulación científica de que el mundo que contemplamos a nuestro alrededor es tan ilusorio como Buda lo previó.
De ahí a la práctica de la meditación medió un breve paso, convencido como estaba de que gracias a ella podía mejorar mi salud corporal y tal vez acceder a niveles de conciencia que posibilitan establecer contacto con la verdadera naturaleza interna. Pero no sólo decidí practicar la meditación, sino también trasmitirle a los demás el resultado de mis experiencias y de mis apasionadas lecturas sobre el tema. Así surgió el libro Meditación, que inicialmente publicó la editorial Llewellyn en español y en inglés, y muy recientemente ha sido editado en Rusia, República Checa, Portugal, Grecia y la India.
Apenas acabo de enterarme que en La Habana murió Maruja, la mujer de Pablo Armando. También alguien me escribe desde un lugar de Cuba para decirme que murió un amigo de la infancia, Pablo Ribalta, quien estuvo junto al Che en la batalla de Santa Clara. En esta otra orilla de la Isla han muerto, entre otros, Guillermo Cabrera Infante, Heberto Padilla, Antonio Benítez Rojo y Manuel Granados. Todos teníamos más o menos la misma edad. ¿Qué está ocurriendo? Yo he llegado con relativa buena salud -con excelente salud, para qué negarlo- a mis setenta y nueve años, pero todos los mensajes de bienestar que les envío a los órganos de mi cuerpo, practicando el yoga y meditando, no me ponen a salvo del zarpazo final. Entonces, ¿qué debo hacer? Lo que hago: tratar de conquistar los beneficios de esa palabra que destella en la décima y última de tus preguntas: paz.
"En esta otra orilla de la Isla han muerto, entre otros, Guillermo Cabrera Infante, Heberto Padilla, Antonio BenÍtez Rojo y Manuel Granados. Todos tenÍamos mÁs o menos la misma edad. ¿QuÉ estÁ ocurriendo?"
Edgar Cayce, el gran vidente norteamericano, aconsejaba que durante la práctica meditativa se debe repetir, tantas veces como sea posible, la palabra que se identifica con la intención que mueve a meditar, que puede ser salud, amor, compasión, paz o bienestar. Esa palabra, repetida una y mil veces, rítmicamente, nos permite controlar la mente para utilizarla en la consecución del fin supremo: la transformación del meditador en un ser nuevo, con todas las facultades creadoras a su disposición, y situado por encima de cualquier aflicción.
Creo, amigos de Otro lunes , que costaría gran esfuerzo imaginarme sentado todos los días en un cojín redondo, en la postura del loto, con la espalda erguida, las manos en el regazo y los ojos entrecerrados, repitiendo en voz baja hasta el infinito: paz, paz, paz.
También creo que, de tanto procurar la paz, al fin la he conseguido. Tanta distancia he marcado entre mi paraíso interior y las turbulencias de la vida, que ya apenas me interesa convertirme en motivo de una entrevista. Lo que no impide que agradezca este gesto generoso y amigo.
José Lorenzo Fuentes (Santa Clara, Cuba en 1928). Se graduó como periodista en La Habana. Estudió una Maestría en Hipnología Multidimensional y Biolística Curativa. Posteriormente recibió un curso de Medicina Tibetana y Autocuración Tántrica certificado por el Lama Gangchen Rimpoche, de Sri Lanka. Como periodista colaboró con varios medios de comunicación entre los que destacan los periódicos El Nuevo Día de Puerto Rico y El Mundo, Bohemia y Carteles de Cuba. Fue, además, subdirector de la revista Cuba. Es autor de varios libros con premios nacionales e internacionales. Además de su pasión por la literatura y el periodismo, José Lorenzo Fuentes ha dedicado una gran parte de su vida a la investigación y al estudio de temas metafísicos como la magia, la medicina alternativa y la parapsicología. Ha publicado: El lindero, cuento (1953); Maguaraya arriba, cuento (1963); El sol, ese enemigo, novela (1963); El vendedor de días, cuento (1967); Después de la gaviota, cuento (1968); Viento de enero, novela (1968); Mesa de tres patas, cuento (1980); La piedra de María Ramos, novela (1986); Brígida quiso soñar, novela (1987); Los ojos del papel, novela (1990); El hombre verde y otros relatos, cuento (2005) y Meditación (2001).
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