


Pocos libros he leído sobre eso que algunos llaman "cubanía" y "cubanidad", que me hayan despertado las reflexiones provocadas por el libro P'allá y P'acá, del abogado cubano Mario G. de Mendoza III, alguien que, desde las primeras páginas, logra algo muy difícil en el mundo de la narrativa: dar el primer golpe y obligarte a seguir leyendo. Y ese primer golpe va directo a despertar el interés: ¿Qué puede pasar en la vida de un ser humano que regresa a su tierra luego de más de cuarenta años de estar soñándola?, y sigue cuando comienza a burlarse de todos los impedimentos morales, burocráticos, sentimentales y políticos (ah, la política, esa palabreja siempre enredada en los asuntos cubanos) que le podrían haber impedido (e intentaron impedirle) viajar a una Cuba que no imaginaba tan distinta, en una epopeya muy personal que, como diría el autor "ocurrió del 11 al 19 de julio del 2003 y cubrió un período de 59 años".
Y repito: la cubanía, según los que la han estudiado, es ese grupo de connotaciones, raíces, detalles, puntos de diferencia, tipicidades, que definen la pertenencia a "lo cubano". Es algo que existe más allá del propio deseo del ser humano, en este caso, del ser cubano: nada ganas con querer ser cubano y tener esa marca de "cubanía" si no gravitan sobre ti esas connotaciones, esas raíces, esas tipicidades. La "cubanidad" (que algunos confunden con la "cubanía") es, sencillamente, el sentido de pertenencia a la cubanía; en simples palabras, la conciencia de pertenecer a nuestra cultura. Ambas cosas están presentes en cada una de las páginas de este "diario de viaje". Y ese es uno de los méritos del escritor: el contrapunteo que se produce entre un concepto de cubanía que (al menos cronológicamente) debería pertenecer al pasado y las nuevas resonancias de esa cubanía, a través del rescate, gracias a este viaje, de dos mundos regidos por la memoria histórica y social de una isla, el mundo íntimo del recuerdo de una época visto desde la óptica de una familia de amplia raíz histórica, y el mundo de la supuesta modernidad, del presente, más ligado a la colectividad social que a la individualidad, y donde el concepto "familia" es solamente una palabra vacía.
Es esta una de las primeras claves que devela P'allá y P'acá desde la ingenuidad con la que los protagonistas (Mario y su esposa Jackie) narran su recorrido por la isla: el impacto demoledor de un proyecto colectivista, destructor de la individualidad, sobre células esenciales de la sociedad civil cubana anterior al triunfo revolucionario. De esas células, la que guía al escritor (y justamente la que ha dado motivo e impulso para el viaje) es la familia, el culto por la familia, el credo de que todo gira en torno a la familia, que si bien no ha sido destruida por la Revolución ha tenido que mover su eje vital hacia otras tierras del mundo, abandonando raíces, sueños, proyectos comenzados y realizaciones personales. A la busca de lo que la memoria dejó del panteón familiar en esa isla que nunca les ha sido ajena, Mario y Jackie van describiendo un verdadero descenso a un inframundo social que había prometido ser mejor que todo lo que ellos (su familia, y el entorno social en que vivieron) significaba para la nación, y que, sin embargo, ha terminado destruyendo hasta los más pequeños signos de ese pasado y de ese entorno, sin capacidad para edificar al menos "algo humano".
La segunda virtud de este libro radica en su profunda historicidad. Mario G. de Mendoza se muestra aquí como un hombre profundamente marcado por la historia de su nación, y consigue un verdadero trabajo de arqueología literaria e histórica cuando, a partir de las ruinas (o de las inexistencias) que hoy quedan de un mítico patrimonio familiar, logra la rememoración de una época, la reconstrucción del mundo en que habitó su familia, la de su esposa, y la de sus amigos, y la rehabilitación de un amplísimo espectro de instituciones y personajes que, por su influencia en la construcción de nuestra patria, no debían haber sufrido el proceso de invisibilización que sufrieran, dictado por "el nuevo lente revolucionario", de modo que su legado pudiera estar más presente (o debiera decir, ser conocido) en las generaciones actuales. Quizás ni el propio autor lo haya notado, pero es una virtud no por hacer esto que he dicho, sino porque rescata y ofrece una visión distinta a la que la Historia oficial ha dado de esos "oprobiosos años". Podemos encontrarnos, en estas rememoraciones, con un universo muy humano, plagado de personajes imperfectos (y por ello, más humanos) muchos de los cuales fueron los patricios, los fundadores de la gloria y la decencia de una nación. Podemos encontrar, en ese buceo en el pasado que bulle en la cabeza del escritor enfrentado a las ruinas de su propia gloria familiar, las marcas de vida que dan fe de que muchos de los hitos económicos, sociales, políticos e históricos de ese "pasado oprobioso" fueron protagonizados por seres humanos, de carne y hueso, y no por esos monstruos faltos de conciencia que nos pinta la historia oficial. P'allá y P'acá muestra, como en un lienzo recién pintado, las luces y las sombras de un paisaje que, por negligencia oconveniencia, algunos decidieron borrar.
Otra de las claves esenciales tocadas en este "diario muy personal", según palabras del autor, es la supervivencia de la cubanía en el exiliado cubano. Se ha dicho que el cubano es el judío de esta parte del mundo: carga con su isla adonde va, la posa sobre la tierra en que ha decidido habitar y la reconstruye, la reinventa, la intimiza tanto que la hace mucho más suya que cuando la vivía allá, en la original Cuba. No miento, entonces, si digo que este es uno de los libros más cubanos que se han escrito en el exilio. ¿Cómo es posible que luego de 45 años fuera de la isla alguien pueda escribir "en perfecto y muy actualizado cubano" una travesía que ataca, precisamente, descubrimiento a descubrimiento, las raíces fundacionales de esa cubanía? Mario G. de Mendoza inserta una perfecta estocada en aquellos que se han dedicado a denigrar "del que se fue", acusándolos con una palabreja incómoda: "desarraigados". La palabra más cercana a "desarraigo" es "pérdida". Y no hay desarraigo en el mundo que se cuenta en este libro. Ni en ese mundo del pasado destruido (la Cuba de la República), ni en ese otro mundo al que fueron lanzados, en una tierra extraña que, con el paso de los años, también hicieron suya, sin que ello significara la pérdida de aquella lejana isla.
Anécdota tras anécdota, desilusión tras desilusión, en esa ruta de readquisición del pasado familiar que se trazan, Mario y Jackie son portadores de una dualidad en lucha: cabalga en cada uno de ellos el ser humano que fueron cuando vivían en esos lugares que visitan (cargados de sueños, metas, esperanzas) y el ser humano que regresa muchos años después a buscar esos mismos sueños, esas mismas metas, esas mismas esperanzas. Tristemente, no encuentran nada. Sólo ruinas. Sólo sueños perdidos. Solo metas frustradas. Y nada de esperanza. Ni siquiera en esos otros seres que pululan en los espacios que antes les pertenecieron, encuentran el más mínimo sueño o meta. Y en todos los casos, nada de esperanza. Muchas veces en la narración se percibe que Mario y Jackie se sienten triunfadores, superiores a esos otros, sin embargo: a ellos, al menos, les queda el recuerdo de aquella lejana esperanza, de aquellos sueños, y aún cuando haya sido en otras tierras, pudieron cumplir algunas metas, algo negado a esos que hoy habitan la isla.
Llama extraordinariamente la atención el ritmo de la prosa, algo atípico en los libros de memorias, como lo es éste. Hay un ritmo que avanza según el ritmo de lo que se cuenta, no hay artificios, no hay impulsos falsos o devaneos sentimentales o escarceos seudo filosóficos, tan usados en esta forma de escritura. El autor demuestra que sabe narrar, que sabe detenerse a describir los ambientes sólo cuando es necesario, que conoce cuál es el sitio justo para insertar una anécdota jocosa o un espacio para la tristeza, que sabe colocar el diálogo allí, donde es imprescindible, como un puntillazo. Y en ese sentido, reforzando la hilación de la historia, el empleo del gracejo cubano, de la fraseología del cubano verdadero, de su sentido único del humor, del estallido de sus dichos, de la soltura y gracia de sus refranes, de la honestidad de sus reflexiones (nótese: es un cubano que no adolece de la doble moral del que vive en la Isla), le garantiza la comunicación de un modo ameno, sutil, y valga la pena repetir, íntimo, familiar.
Finalmente, no es un simple viaje de dos viejos exiliados desde Santiago a La Habana; no es el viaje de retorno a la isla de dos resentidos cargados de odios; no es el viaje para enfrentar la gloria del pasado con la ruina del presente. Es el viaje por el justo centro de la idiosincrasia de una isla, de una nación; es el paseo silencioso por el legado que la vida de muchos grandes hombres dejó en ese gran mosaico de aportaciones que es la nación cubana; es un concienzudo homenaje a la inteligencia de quienes, en épocas pasadas, convirtieron una isla en una respetable y orgullosa nación; y es, sobre todo, un aldabonazo para quienes han olvidado que la verdadera historia de un país, el verdadero triunfo de un proyecto social, sea cual fuere, lo hacen los hombres, los mortales hombres, los imperfectos hombres, desde abajo, con sus individualidades, sus errores, sus aciertos, sus temores y sus sueños. Nunca al revés.
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