

Dicen que a la tercera es la vencida. Eso espero. Hace unos años, cuando en esa isla que llamamos Cuba no existían las revistas literarias digitales que hoy pululan, a cierto escritor se le ocurrió recoger en breves páginas lo más reciente, cada semana, dentro de las letras escritas y publicadas en la isla, y lanzarlo vía e-mail hacia un grupo de amigos. Como las ondas se difunden en el éter, o en las aguas quietas cuando una piedra cae sobre la superficie, los lectores de aquella pequeña revista fueron creciendo, creciendo, creciendo... y poco después el escritor debía dedicar casi dos días para completar todos los envíos, más de seis mil. Le resultaba hermoso. Sentía que había cumplido un sueño. Y ya se sabe, cuando se cumple un sueño es como si se avanzara un paso hacia la luz, luego de haber estado en cierta zona oscura, indefinible, aún cuando fuera soportable. Letras en Cuba se llamaba esa revista.
Pero los sueños, también se ha dicho, sueños son. Y un día terminaron por decreto: "no sabes lo que ha costado que me dejen entregarle correos electrónicos a los escritores y artistas para que por una negligencia como la tuya todo se eche a perder", le dijo cierto Ministro al escritor. No podía seguir con la revista, así de simple. Pero, ojo: hablemos a favor del escritor, que aceptó la medida sin protesta, pues puede presumirse cobardía. El Ministro no tronó: "¡¡¡no puedes tener esa revista!!!". Dijo, en voz afable, amiga: "vaya, te propongo dirigir una con tu idea, oficializada por nosotros. Eres libre de hacer allí todo lo que idees. Yo confío en ti". El escritor creyó. Es más, nacieron sueños. Y en menos tiempo del pensado tenía un número, y otro, y sólo esperaba el recurso técnico para montarla en la red... Pero, los sueños... ah, los sueños... El escritor descubrió que la revista no sería "su" revista, que no era libre de hacer allí "todo lo que idees", como prometiera el Ministro. "Todo lo que quieras publicar debe pasar por sus manos". Aquel hombre que pusieron para dirigir, por encima de él, "su" revista, debería haber dicho: "por sus viejas manos". Cierta Dama vieja y ciega tendría que aprobar todos los textos. Y al escritor le pareció un engaño, una cruel burla. ¿Una ciega censora? Es obvio, renunció. Hoy, a veces, entra al sitio web de la UNEAC y se pone a leer "su" revista. Se llamaba La isla en peso. O se llama, aunque ya no sea suya.
"¿Podrías asesorarnos? Necesitamos respuestas", le dijeron. Los lectores preguntaban, escribían, preguntaban, insistían con las preguntas: "es que en otros lugares oficiales nadie nos da respuestas a estas preguntas". Querían saber, por ejemplo: "¿qué tendencias existen hoy en la narrativa cubana?, ¿qué autores se destacan?, ¿qué libros recomiendas?", y el escritor decidió hacer cápsulas. Respondía las preguntas de poesía y las enviaba por email a todos los interesados en poesía de aquel listado de seis mil lectores de Letras en Cuba. Igual con la narrativa, igual con el teatro, o el ensayo. Pero hablar de literatura sin permiso es algo muy peligroso en ciertas islas. Le cortaron el servicio de correo electrónico. "¿Te burlas de nosotros? ¿No se te dijo que no podías usar tu correo personal para esas cosas?", le dijo un fascista disfrazado de funcionario, o un funcionario fascista, o un exdiplomático que perpetrara alguna vez un horrendo libro y se ganara el puesto de funcionario fascista en una oficina de control de internet con nombre fascista y métodos de control y represión fascistas. Ya no sabe. A título personal se llamaban aquellas cápsulas. Duraron poco, como los sueños.
Donde estaba una parte del muro de Berlín hoy se alza un parque de diversiones. Hay, también, un par de mogotes inmensos, estilizados, altos, donde los amantes del alpinismo practican. Abajo, en espacios de arena, los niños juegan.
Al hijo del escritor le gusta montarse en los troncos de equilibrio. Puede verlo tambalearse sobre el madero, soñando con alcanzar la otra punta, lejana, difícil. Sonríe el escritor mientras lo ve en el intento. Pero cuando pierde el equilibrio y cae sobre la arena, siente un pequeño hincón en el pecho y abraza a su hijo que, en cada caída, se acerca. "Dale, que tú puedes", le dice, y lo empuja hacia el tronco.
Allí mismo ha visto a los turistas que vienen a ver el muro. Llegan en grupos, silenciosos, puede jurar que tristes y solemnes. Y los ha visto perder tristeza y solemnidad ante el jolgorio y la ingenuidad de los niños.
Alguien ha vuelto a decirle: "¿Y ahora qué piensas hacer?", y él ha dicho: "escribir, intentar un par de proyectos... por ejemplo, una revista". Y aunque sigue llevando al niño a jugar al parque donde estuvo el muro de Berlín, en las mañanas dedica un buen tiempo a la nueva revista. Otro lunes se llama. Se ha encontrado otros locos que, también, soñaban con tener la suya. Cree tener la certeza de que esta vez, la tercera vez que inicia una revista, será la vencida, la definitiva. Siente que los sueños vuelven. Que es hermoso. Que pueden equivocarse y, por primera vez, sus errores serán suyos. Que la libertad es algo que no lograba entender en toda su inmensidad allá en su isla, donde no se entiende que la libertad puede ser querer alcanzar la punta de un tronco, sin importar cuántas veces te caigas, pero siempre luchando con tus propias fuerzas y sueños.
Por eso, cierta tarde en que el parque volvió a llenarse de turistas (alguien dijo que venían de Polonia o de otro país exsocialista que no precisa); cuando él y su hijo los vieron fotografiar a niños, alpinistas, y a los restos del esqueleto del muro que los alemanes habían dejado allí, como recuerdo claro de lo que no será más; cuando sintió la voz del niño preguntar: "Papá, ¿y para qué le tiran fotos a esos escombros sucios?", quiso decirle: "es que sus sueños se han cumplido, hijo", pero le miró a los ojos y supo que, gracias a Dios, el niño jamás entendería aquello. Y entonces, como si la voz le naciera desde la misma sangre, o desde ese secreto rincón donde se guardan los sueños, con una alegría rara, sintió que algo le obligaba a decir: "son para una revista, hijo".
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Rafael
Alcides
Yo no tengo ni teléfono, Amir. Ni teléfono. El correo me llega a través de una piadosa amiga. El electrónico. El otro, si es de afuera, del extranjero, sencillamente no me llega, y si me llega es abierto. Cosas del cartero, me imagino.
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Amir
Valle
Dicen que a la tercera es la vencida. Eso espero. Hace unos años, cuando en esa isla que llamamos Cuba no existían las revistas literarias digitales que hoy pululan, a cierto escritor se le ocurrió...
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Alejandra
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"Hay hijos que nunca vieron a su padre, ni en fotos. Y hay otros que probablemente estén llenos de fotos de su padre, y sin embargo nunca lo hayan visto bien, o nunca se hayan tocado el alma"...
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Ya a mediados del siglo pasado Carlos Gustavo Jung alertaba sobre la catástrofe que acecha a Occidente desde su flamante entrada a la modernidad; no por la modernidad misma, sino por la neurosis colectiva que produce el distanciamiento del hombre de lo numinoso...
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Hércules Poirot, el detective belga, andaba por el mundo resolviendo casos con arrogancia y displicencia. Bajo de estatura, calvo y con mostachos, Poirot era una figura cómica, una suerte de pariente cercano de Chaplin.
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Ladislao
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Cuando se produjo el fin de los sistemas comunistas de Europa del Este, los intelectuales(...) "No sabían reinventarse en condiciones libres, no sabían qué hacer con la libertad"...
Imagen de portada:
"Martí"
Damaris Betancourt. 2006