

Página 1
lo que escribes
te lo impone la página en blanco
como penitencia de lúgubre profesor
de geografía porque no sabes
dónde desemboca el río Nicodemo
en el mapamundi de su horror.
No es real la porfía de tu mano
por escalar abismos como si fueran
cataratas en celo: nadie
te está esperando al final
de ese laberinto que tampoco existe.
No son reales las trompetas
que proclaman a la entrada del muro
la aparición de una palabra tuya.
Porque no es tuya la palabra y tampoco
de quien la dejó abandonada en tu memoria
para que la escribieras.
Quien lo hizo, quienes lo hicieron,
quienes lo hacen todavía, se desquitan
contigo. No creas que estás solo
en este trance de burlas y deslealtades
en donde cada cual se defiende como puede.
(No hay que aborrecer a los canallas...
debes de planear algo peor)
Sin embargo no escribas, no te defiendas
escribiendo, porque nada de lo que escribes
es real y los fantasmas del papel
suelen ser tan temibles como los canallas
de la realidad que, por supuesto, tampoco
son reales. Son más reales las tinieblas
en donde se extravían cuando salen
en busca de una canción para cantarse
a sí mismos porque se sienten solos.
Ninguna soledad justifica la escritura.
Ninguna lluvia, águila o sol; barco ebrio
a la deriva o puente que no se ve. Nada
la justifica. Cuando escribes
ya no estás más solo, cesa la lluvia, el águila
funda nido en la luna, el barco en la bahía
y el puente se hace visible para que lo desandes
y puedas dar contigo... No das contigo
porque escribes: clavas las uñas en la página
para no derrumbarte y entras en la bruma
con un farol prestado y ya
no regresas.
(Adiós)
Una rosa no es
una rosa no es una rosa no es... El jardín
donde "no es" no es un jardín sino una cárcel.
La cárcel donde puja por ser
es un pliego de agua tendido sobre un borroso
tablero de ajedrez donde ahora mismo
escribes una rosa no es
una rosa no es
una rosa
no es...
(¿"Escribir
para no morir", Maurice Blanchot?)
Nada de lo que escribes es real,
ni siquiera la metáfora aquella
que te salvó una vez de morir engullido
por un tigre o (no recuerdas muy bien)
devorado por un frontón de lava
intercambiando ultrajes con las piernas
de una mujer desnuda; ni aquel verbo
que jamás escribiste por temor a que estallara
la Tercera Guerra o se incendiara el mar.
(Era posible entonces: ya no, ya no)
A qué horas te volviste coleccionista
de cadáveres, a qué horas violador
de tumbas ya violadas, desvergonzado
a qué horas y a qué horas miembro
de número de un coro hinchado
por el ego de Dios y por su ego
(de Dios, del coro)
idiota, idiota... Idiota
a qué horas, dime, inofensivo y útil,
como aquel niño que escribía
palabras inocentes en la arena
e ignoraba totalmente el arte de escribir.
En escribir no hay arte, hay vértigo.
Hay alucinación
en lo que escribes y cuando irrumpe
el arte con su mano de seda,
entonces hay espasmo: colapsan los espejos
y entran los cómicos ataviados con máscaras
de antiguos cabalistas y hablan de la belleza
y de la reina de Saba y de los manuscritos
y de Gregorio de Nicea y de la apocatástasis,
y hablan de ti en hebreo
para que no lo entiendas porque saben
que aún no estás listo para verle la cara
a ese resplandor.
Es real la página en blanco y ese resplandor,
no la página en blanco y tu insistencia
por transformarla en algo que no es,
porque es campo baldío y engendra lilas
de la tierra muerta y si no te apresuras
a admitirlo corres el riesgo de ceder
a su irresistible adulación de proxeneta
tomando el sol en el techo del mundo
y apuntalando con hieles en el índice
la próxima línea que debes escribir.
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