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Hasta donde se sabe, el primer europeo que bajó de la nao capitana en 1492 y, con gesto del Neil Armstrong, pisó la Isla de Cuba, no fue un cristiano sensu stricto, sino un judío converso llamado Luis de la Torre, miembro de esa nación diaspórica, satanizada, masacrada, y que últimamente ha alcanzado la categoría dual de víctima y verdugo. Una nación cuyas mitologías están en el origen de todo Occidente. Aquel judío "converso" (entre comillas porque ignoramos cuan converso realmente) era el portador de una habilidad que tan útil ha sido a los cubanos durante el último medio siglo: pensar lo que queremos, decir lo que podemos y hacer todo lo contrario. Por eso resultan patéticos los turistas de la política que pretenden confirmar en dos semanas que Cuba es el paraíso de Utopilandia, o el Tropigulag.
Quinientos años después de aquel desembarco, la globalización ha abolido muchos muros (aunque otros se levantan con los escombros de las torres gemelas), pero un muro se mantiene incólume: el Muro del Malecón. Ese muro no sólo es el balcón de La Habana con vista al Estrecho de la Florida, sobre el que se sientan los amantes de espaldas al mar, o de frente al horizonte quienes padecen la claustrofobia de las islas, sino nuestro Muro de Berlín cultivado con mimo durante casi medio siglo por los fundamentalistas de ambos bandos. El muro entre el adentro y el afuera. Entre Miami y La Habana. Entre ellos y nosotros. Entre nosotros y ellos. Atrincherados tras ese muro se disparan odios, nostalgias, ambiciones y sueños. Caídos en combate, 30.000 cubanos, víctimas del fuego cruzado, tienen como sepultura las aguas del Estrecho. El muro sirve de excusa y de coartada, y sobre sus cimientos se han levantado no pocas carreras políticas al norte y medio siglo de totalitarismo al sur. El muro es esa frontera física y simbólica que expresa la tradicional división de la nación cubana entre dos polos opuestos: aborígenes y encomenderos, amos y esclavos, criollos y españoles, mambises y voluntarios, liberales y conservadores, proamericanos y antiamericanos, fidelistas y anticastristas, los que se quedaron y los que se fueron. Pero esta división, tan simple como un campo de tenis, es hoy -en buena medida quizás lo haya sido siempre, en una tierra de devociones mestizas- mera argucia didáctica. La realidad es mucho más compleja.
Durante la segunda mitad del siglo XX los cubanos no hemos podido librarnos de los estereotipos. Una izquierda nostálgica que intenta restaurar sin éxito el Muro de Berlín, se aferra a su imagen idílica de Cuba como el náufrago posmoderno a la tabla ideológica. Incluso alguno ha propuesto recientemente declararla Patrimonio Sociopolítico de la Humanidad, algo así como un parque temático del comunismo con once millones de ejemplares en vías de extinción, susceptible de ser visitado con fines didácticos. También suelen asociarse los términos "exilio-cubano-Miami" con "éxito económico", "intolerancia", "anticastrismo furibundo" y "conservadores". Una asociación ya hoy tan extemporánea y engañosa como pensar a los cubanos de la Isla como milicianos dispuestos a dar la vida por Fidel Castro cantando La Internacional.
Pero Cuba ya no es una, ni siquiera dos: la Cuba insular de jineteras que aplauden los discursos kilométricos del Comandante en Jefe, y la Cuba peninsular del Miami próspero y reaccionario. Cuba en los últimos quince años se ha multiplicado. Dentro de la Isla coexiste la Cuba oficial de los viejos patriarcas y los nuevos talibanes elegidos personalmente por el líder, con la Cuba desesperanzada que espera, ansía (y teme) el cambio. La Cuba de los jubilados condecorados con pensiones de seis dólares al mes, que bucean en la basura o trafican con lo que encuentran para sobrevivir, y la Cuba de los nuevos empresarios, los teléfonos móviles, los autos occidentales y la corrupción, la burguesía de mañana en su crisálida roja. La Cuba nocturna de jineteras y pingueros, chulos y tahúres, alcahuetas y policías, y la Cuba diurna de hambreados cirujanos, ingenieros y matemáticos, que pedalean sus bicicletas cada mañana hacia el trabajo a cambio de quince dólares mensuales, profesionales de alto nivel que sólo aspiran a cenar esta noche y se conformarían con que sus hijas fueran camareras, siempre que eludieran la tentación de convertirse en putas. O la Cuba de los que están y no están: el 6,4 por ciento de la población, 700.000 cubanos que han hecho constar su deseo de emigrar.
Fuera de la Isla, en el propio Miami, los viejos exiliados de los 60, luchando contra el calendario para presenciar por televisión la muerte de Castro aunque sea lo último que vean, se codean con los balseros de los últimos 20 años, instruidos, portadores de una adolescencia comunista, menos competitivos e inmunes a la nostalgia, y con los cuban-americans, quienes hablan en español de la isla mítica que no conocen, pero sueñan en inglés. Además de las muchas Cubas repartidas por el planeta: el "exilio de terciopelo"; el exilio cautivo por contrato de médicos, constructores, deportistas, marineros; la extraordinaria geodemografía de la diáspora. Aunque no se diga en los prospectos turísticos, quienes se acerquen a las múltiples islas de Cuba deberán ir sobre aviso. ¿Cómo y por qué una isla de seis millones de habitantes que era hace medio siglo una pregunta difícil en los exámenes de los escolares europeos, ha logrado la omnipresencia en los medios de comunicación y en la geografía?, es la pregunta que me gustaría responder.
A inicios del siglo XVI Fray Bartolomé de las Casas pedía la importación de negros africanos para sustituir a los aborígenes taínos y siboneyes en vías de extinción. Al final de ese mismo siglo, ya los nativos cubanos eran apenas una perdurable toponimia y algunos rasgos faciales diluidos en el galopante mestizaje. Desde ese momento, en la Isla sólo puede hablarse de una autoctonía por adopción, por aplatanamiento, dado el peso abrumador de las (e)migraciones en la cocción de eso que llamamos la nacionalidad cubana. Muchos ingredientes compusieron esa mezcla. El primero, la inmigración española que comenzó con la conquista y sólo se detuvo en 1959: aventureros andaluces y extremeños, comerciantes catalanes, empresarios vascos, soldados que se negaron a la repatriación tras su derrota en 1898, oleadas de gallegos y asturianos -734.454 sólo entre 1902 y 1929-. El segundo ingrediente de peso fue la trata de esclavos: millones de personas acarreadas a lo largo de tres siglos y medio, de modo que hubo momentos durante el XIX en que superaron en número a la población blanca. Pero no sólo hubo esclavos negros. Durante ese siglo se importaron, según algunas fuentes, 200.000 coolíes chinos en condiciones de semiesclavitud. Inmigración que se diversificó en el siglo XX, de modo que entre 1902 y 1929 entraron a Cuba 1.293.058 inmigrantes: los 734.454 españoles, 323.264 jamaicanos, haitianos y puertorriqueños, 60.774 norteamericanos, 10.344 chinos y 166.804 sirios, libaneses, judíos polacos, japoneses y de otras nacionalidades -los suecos formaron una colonia en las montañas de Guantánamo-. A eso hay que sumar la entrada de trabajadores temporeros procedentes de las islas del Caribe, la migración e inmigración temporal hacia/desde México, Estados Unidos y Europa -Garibaldi vivió en la capital cubana, Ítalo Calvino nació en la Isla-; más un fenómeno que durante dos siglos marcó la personalidad de La Habana: el sistema de flotas: barcos cargados de metales preciosos procedentes de toda América se reunían durante meses en la ciudad antes de partir en convoy hacia España. La Habana llegaba a triplicar su población con los marinos de paso y conformó precozmente lo que hoy llamaríamos una economía de servicios. Amén de ganar fama como ciudad disoluta y pecadora, donde la marinería podía encontrar aguardiente y buena compañía a cualquier hora del día o de la noche.
De modo que Cuba fue, durante cuatro siglos y medio, un país centrípeto: un sumidero donde se iban asimilando oleadas de inmigrantes -voluntarios o forzosos- de todo el planeta, que a la segunda generación se convertían en cubanos. En 1933 la población ascendía a unos cuatro millones. Cuatro de cada diez no habían nacido en el país. De los seis millones que comenzó a gobernar Fidel Castro en 1959, la quinta parte había llegado a Cuba en busca de la tierra prometida. Dos millones la abandonarían en los siguientes 45 años, devolviendo al planeta la transfusión humana recibida durante la primera mitad del siglo XX. Cuba se convertía en un país centrífugo.
Hasta ese momento, los isleños apenas emigraban, si nos atenemos a las cifras de cubanos en Estados Unidos, el destino preferente. En 1850 el Censo Federal reportaba 5.772 cubanos y diez años más tarde, 7.353. En 1870, ya en plena guerra de independencia, eran 12.000 (8/1.000 de una población cubana que entonces ascendía a 1.445.000 habitantes). En 1890, 20.000 (12/1.000) y 40.000 en 1910 (18/1.000). Según algunas fuentes, 35.145 personas emigraron de Cuba entre 1930 y 1950, y 50.950 en la década siguiente, en su mayoría emigrantes temporales dada la situación de guerra civil que imperaba en la Isla bajo la dictadura de Fulgencio Batista.
Una regla invariable de los flujos migratorios, desde las cigüeñas y los charranes árticos hasta los humanos, es el desplazamiento de menos a más: más alimento, mejor clima, mejores condiciones de vida. Aunque Fidel Castro ha fabricado a lo largo de miles de horas/discurso una imagen miserable de la Cuba anterior a 1959, prehistoria apenas del luminoso presente, lo cierto es que aquella Cuba tenía un salario industrial promedio de 180 dólares al mes, y agrícola de 90 -el octavo y séptimo del mundo, respectivamente- (hoy no llegan a 12 dólares al mes); era el tercer país de América Latina con mayor solidez monetaria por sus reservas de oro, dólares y valores convertibles en oro; tenía la inflación más baja con 1.4 por ciento, el índice más bajo de analfabetismo y el primer presupuesto para la enseñanza de América Latina, así como el menor índice de mortalidad infantil, el mayor kilometraje de vías férreas por kilómetro cuadrado y el segundo de carreteras en la región. Un país que, sin disponer de petróleo o grandes recursos naturales, se encontraba entre los tres primeros de América Latina en casi todos los índices.
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"José Martí"
Damaris Betancourt. 2005