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Hasta donde Consuelo lograba remontar el pasado sin que los pulmones le devolvieran tantos sollozos y la garganta le suministrara gemidos incontrolables y las escenas evocadas le arrancaran lágrimas copiosas, tenía diecisiete años y ya le habían estallado en el cuerpo todos los atributos de una insólita belleza que iba más allá de lo que cualquiera sea capaz de imaginar, pero lo que la naturaleza le concedía en pestañas, turgencias, cabellera, ritmo, corvas, caderas, miradas flamígeras y pliegues recónditos de la piel, el destino, ese oscuro torvo insaciable prestamista, no dudó en cobrárselo hasta el último sufrimiento, haciendo oídos sordos a las rogativas que todas las tardes ella elevaba a los vientos de su devoción, hincada frente a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, o de la Virgen de la Caridad del Cobre, que tanto amor ponía a disposición de los cubanos.
Si la inconsolable Consuelo hubiera tenido el consuelo de un hombre bueno a su lado, qué distinto hubiera sido todo. El primero y el único en llegar a su vida, no para quedarse sino para hacerla padecer la dicha del amor sólo nueve días escasos, se llamaba Baldomero Iznaga. Era alto, musculoso y flexible, con unos ojos atrevidos, que parecían desnudarla cuando la miraba, y según su errático dictamen, con una persuasiva voz de encantador de serpientes. Habían nacido en el mismo caserío rural pero él debió haber salido a trotar por el mundo mucho antes de cumplir los diez o doce años, porque ella no conseguía introducirlo en la memoria de aquellos tiempos primaverales durante los cuales los varones de su misma edad empezaban a ordeñar las vacas apenas salía el sol, y a trasladar el ganado de un potrero exhausto a otro con más abundante pasto. La versión que ella siempre le escuchó, tendidos boca arriba entre los árboles después de hacer el amor a campo abierto, era que Baldomero había pasado los últimos cinco años de su vida en un circo trashumante, el más fabuloso de todos, el de más jirafas y elefantes, donde estrenó su vocación limpiando a manguerazos la jaula de las fieras, hasta que pudo trepar paso a paso a la condición de payaso, ventrílocuo, mago, y finalmente, a la más codiciada de sus ocupaciones, la de trapecista, en la que alcanzó tan vertiginosa fama que el recuerdo de sus maromas allá en lo alto aún persistía en todo el ámbito desmesurado del país, desde los arenales de Guane hasta los pinares de Guantánamo y Mayarí. Pero la versión aceptada por el vecindario era muy distinta. Menos por satisfacer la antigua manía de hablar mal de la gente que por acceder a las instancias de sacar a flote la verdad, era unánime la opinión de que Baldomero había regresado a El Toro, convencido de que aquel puñado de casas hundido entre las montañas, tupido de cañaverales, corrales de ordeño y árboles frutales, era el mejor lugar para que le perdieran el rastro los policías y otros agentes del gobierno que de seguro venían pisándole los talones. Cuando lo vieron dando vueltas alrededor de la casa abandonada, en la que recién habían muerto sus padres, hasta que decidió violentar los cerrojos sin indagar primero quién podía ser el custodio del manojo de llaves que permitían abrir la puerta principal o la que daba a la cocina, tuvieron la confirmación de que Baldomero no sólo era un traficante de negocios turbios, como sospecharon desde el primer día, sino posiblemente un prófugo de la justicia, un asesino que había perdido la cuenta de sus muchos crímenes y despropósitos, pero que además no estaba dispuesto a reanudar ningún tipo de relación con nadie, ni siquiera con sus amigos de la infancia, para no tener que confesar que le había vendido el alma al diablo a cambio del dinero que necesitaba para frecuentar tabernas y prostíbulos, para disfrutar algunos momentos de alegría que no eran de auténtica felicidad. Cuando lo vieron prender una hoguera en el patio de la casa y entregarle a las llamas algunas de las ropas que usó de niño, que sus padres conservaron a lo largo de los años en armarios de cedro, los vecinos pensaron que efectuaba un ritual de despedida deshaciéndose de tantos recuerdos, y que muy pronto abandonaría El Toro, envuelto en el mismo silencio que le sirvió para llegar. Pero cuando a través de las ventanas lo vieron desempolvar los muebles esparcidos en la sala, tanto los ancianos más desconfiados como las muchachas más zalameras, que le destinaban furtivas miradas de admiración, dieron por hecho que Baldomero, después de subir lomas y bajarlas con la respiración agobiada por el esfuerzo, había adoptado contra todo pronóstico la decisión de permanecer cuando menos un par de semanas en El Toro, las indispensables para reponer energías antes de seguir adelante en busca de un refugio más confiable del otro lado de la cordillera, donde concluían las tierras labrantías y empezaba el mar, con pescadores dispuestos a facilitarle, si pagaba bien, una lancha para abandonar clandestinamente el país.
Lo que nunca sospechó nadie en El Toro fue que Baldomero Iznaga era un ser tan indefenso que se resguardaba de los maleficios de la vida eludiendo la realidad para que no lo conturbara ninguna preocupación, para no crear la más mínima atadura entre él y los demás, para no amar ni odiar ni herir a nadie y tener que responder más tarde o más temprano a las consecuencias de sus actos. Había adoptado una férrea disciplina a fin de que ninguna de las personas que inevitablemente se cruzaron en su camino lograra desviarlo del propósito que se forjó desde la más temprana edad. Empezó por no tener un modo definido de ganarse la vida, por no durar más de un mes o dos en el desempeño de cualquier empleo, de modo que hasta entonces, sin detenerse en ningún oficio, había sido carpintero, albañil, sastre, cartero, pintor de brocha gorda, chofer de un autobús que había el recorrido entre La Habana y Sagua la Grande, pescador, plomero, estibador en el muelle de Caibarién, telegrafista y otras muchas actividades más que yacían desperdigadas en el subsuelo de sus recuerdos, no porque renegara de ellas sino porque era imposible retener tantos afanes en la memoria.
La segunda estrategia que se había trazado fue la de no permanecer anclado más del tiempo necesario en ninguno de los caseríos o ciudades que visitó de un extremo al otro de la Isla; la tercera, extinguir todas sus conexiones con el pasado, lo que motivó su repentino regreso a El Toro para lanzar a las llamas todos los objetos que pudieran provocarle nostalgias, incluidas las ropas que usó de niño, y la cuarta, negarse al amor, que fue la más difícil de cumplir porque lo obligaba a una constante lucha contra los reclamos de su cuerpo, contra la necesidad de sentir una mujer joven y bella compartiendo su misma almohada, respirando su mismo aire, besándolo y dejándose besar.
Al cumplimiento de esa cuarta consigna le dedicó con buen éxito sus mejores entusiasmos hasta el momento en que regresó a El Toro y las horas más difíciles se le iban sustituyendo en su imaginación su cuerpo lleno de apremios por el cuerpo sin máculas de un sacerdote, de un anacoreta o de un hombre sometido a la barbarie de la castración. Había experimentado sin pausas todas esas variantes adormecedoras, hasta la tarde en que emprendió una caminata sin rumbo fijo y vagó durante horas entre palmeras, algodonales, vegas de tabaco y cañaverales, creyéndose predestinado al goce de la soledad en medio del compasivo silencio que lo circundaba, imaginándose inmune a los azares del porvenir, a las sorpresas del próximo minuto, cuando avistó la corriente de un río, desde la cual emergía una mujer desnuda que se acercaba a él con lentitud perturbadora. Baldomero Iznaga asomó como pudo su mejor sonrisa para restarle tensión a la escena. Ella se arregló el pelo, que le había estado cayendo en desorden a lo largo de la espalda hasta las caderas: lo recogió mechón a mechón y al fin consiguió enrollarlo con sabiduría artesanal detrás de la cabeza. Baldomero estuvo calculando el lugar exacto en que la joven concluiría colocando sus manos: tal vez en el pecho, sobre dos senos tan sólidos que los movimientos del cuerpo no los convulsionaban, o acaso sobre el triángulo del pubis, negro y preciso, al que el sol le sacaba a rachas destellos metálicos.
A la pregunta inesperada de si era el recién llegado y si además era cierto que había nacido en El Toro, Baldomero respondió sin despegar los labios, sacudiendo afirmativamente la cabeza llena de pensamientos encontrados: ¿aquella joven era una profesional que mostraba los incrementos de su belleza con la única idea de hacerlo caer a sus pies, o por el contrario, en el más improbable de los casos, era la versión bucólica de la ingenuidad, que ninguna asechanza de la vida había podido corroer? Baldomero se sintió predispuesto a concederle credibilidad a la segunda pregunta, formulándose otra que era consecuencia inevitable de la anterior: ¿la joven iba a seguir de pie frente a él, sin ocultarle ningún pliegue recóndito de la piel, y hasta cuándo? En ese minuto exacto se dio cuenta que estuvo mirándola despacio desde las uñas del pie hasta el mentón, y que había obviado el rostro, el sitio desde donde hubiera provenido la explicación más acertada, donde estaban estacionados unos ojos diáfanos y unos labios que le alargaban una sonrisa sin ninguna intención pecaminosa, según dictaminó Baldomero con prontitud mientras hacía esfuerzos desesperados por extinguir el incendio que se había desatado en las vastedades de su sangre. A pesar de la voracidad de las llamas que crepitaban en su interior, Baldomero no perdió la compostura. Tantas veces se había visto en ese mismo espejo y enfrentado a situaciones similares que no dudó en poder sortear con fortuna los hechizos que se repetían como señales de peligro desde el principio de los tiempos en la piel de una mujer desnuda. En cada una de esas situaciones de conflicto a él le había bastado con apelar a una fórmula por pueril no menos infalible: imaginar que aquella joven de suntuosa belleza, puesta por el destino delante de sus ojos, se iba a convertir muy pronto, a la vuelta de unos pocos años, en una anciana desdentada, que apoyaba en un bastón su andamiaje de arrugas. Pero en esta oportunidad, intuyendo que sucumbían a un encuentro predeterminado, antes de que ella diera su consentimiento y él lo solicitara, ya estaban respirando con turbulencia, derrumbados en la hierba que crecía muy cerca de las márgenes del río. ¿Por cuánto tiempo? Hasta que ella y él, es decir los dos, levantaron la cabeza para averiguarlo y se percataron de que el sol empezaba a ocultarse en las crestas de la cordillera. La joven pensó que ya era demasiado tarde, la noche se posesionaba sin tregua del paisaje, ay Dios mío, sus padres ya estarían muertos de preocupación. Badomero alcanzó a preguntarle ¿cómo te llamas? en el instante en que ella se inclinaba a recoger la ropa para vestirse a toda prisa.
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