

Las superficies en las que se escribe dictan de manera evidente el destino que el escribiente quisiera para sus palabras. Hay así quienes sólo quisieran escribir en mármol o en granito en el deseo de que sus palabras puedan ser leídas por los siglos de los siglos con su amén incorporado.
Hay quienes lo hacen sobre agua, como reza el epitafio de John Keats, (“aquí yace uno cuyo nombre fue escrito sobre el agua”), porque no temen a la fugacidad o porque escribir sobre un río es aspirar a desembocar en un océano. Así sea en ese mar sin orillas que es la muerte. Es como escribir en la pizarra de la calle con tiza para ver cómo lo escrito se borra bajo la lluvia. O como esos grafismos que traza el dedo índice en el vaho de una ventana visitada por la niebla o por el frío.
La naturaleza de Escrito sobre el hielo, el libro de poemas de Alberto Rodríguez Tosca, hace pensar, precisamente, en uno de los asuntos que más ha preocupado a la poesía contemporánea: el tema de la palabra, de la duda ante la escritura, de los miles de Narcisos que han trazado su rostro en el espejo del agua, en un arte que se informa a sí mismo. Por más de que sea agua compacta, un bloque de hielo, bajo el sol de los trópicos desaparece poco a poco aunque esté inscrita en él la palabra eternidad.
Imagino a Alberto Rodríguez Tosca hundiendo un punzón en el hielo como un esquimal que hace un silabario o traza la palabra distancia, en medio de una inmensa soledad. Porque su libro habla de lo efímero. De lo efímero del hombre y de lo efímero de su verbo. Y lo hace desde un signo o de un vestigio de la poesía como exploración, como reflexión, como forma del pensar nacida en una bien habitada soledad.
El poeta de Escrito sobre el hielo nos conduce por una serie de laberintos, que no son los hipogeos lingüísticos de su maestro don José Lezama Lima, sino una suerte de preguntas y de paradojas en los que mezclan muchas formas, narrativas, filosóficas, líricas y a veces teatrales, para entregarnos una suma de grandes vidrios (salud, monsieur Duchamp), a los cuales podemos asomarnos como lectores o intrusos.
Yo me asomo a sus poemas, que además se apoyan en un encabalgamiento de aforismos y me siento atrapado por el peso de la irrealidad, de lo que no tiene rango de comprobable pero que existe en nosotros, de aquello que es un aspecto de la realidad que por desconocida escamoteamos a conciencia.
Así lo manifiesta en el primer poema del libro que además inserta una cita de Cioran en la que dice que “toda palabra es una palabra de más”. El poema se titula Nada de lo que escribes es real y en unos de sus versos dice: “porque no sabes/ dónde desemboca el río Nicodemo/ en el mapamundi de su horror”.
De lo inasible, de lo que huye o rehuye de nuestra mirada, habla su poema. Y entonces hace una serie de pesquisas para dar consigo mismo. Lo hace incluyendo guiños a varios poetas en diálogo con la soledad y con la escritura. Rimbaud y su barco menesteroso y ebrio o el gran Señor de Trocadero, Lezama Lima, y ese vicio de cruzar un puente que no se ve, a lo mejor porque aún no se ha construido.
Todo lo leído, pero más aún lo vivido y no-vivido, entra en la poética de Rodríguez Tosca. Desde el don o el arte hecho sin voluntad expresa, el arte que brota de una fuente que no es puramente racional, “como aquel niño que escribía/ palabras inocentes en la arena/ e ignoraba totalmente el arte de escribir”, hasta el deseo conciente de forcejear con la poesía que nace de la poesía misma, o de las largas conversaciones con los paisajes y los libros. El poeta cubano nos aclara que “en escribir no hay arte, hay vértigo”.
Y eso, precisamente eso, el vértigo, es lo que jalonó mi lectura de este volumen de poemas. El libro está dividido en dos partes, Letra muerta y Toda la dicha está en una cabina de teléfonos. En las dos secciones habita el vértigo. El vértigo de asistir a poemas que reflexionan, como el dragón que se muerde la cola, sobre lo inútil de la escritura cuya utilidad está en negarse a sí misma o, por lo menos, en informarse de sus imposibles. O el vértigo de ese poema con un cisne cuellirroto que escribió en su natal Artemisa: “Este mundo, este cisne,/ perdido ganado en mi juego/ y ahora muerto. Este cisne/ muerto. ¡Vengan a ver/ al cisne muerto! No alegre/ sino muerto, el presumido cisne muerto”.
Son los suyos poemas que nos invitan, como en todo gran arte, a participar de la duda. Porque eso son el poeta y la poesía –epicentro de todas las demás artes- y el filósofo: hombres y mujeres capaces de ser pastores de abismos, gente capaz de pastorear sus demonios interiores. No de matarlos. No de anularlos. Sólo de saber convivir con ellos a pesar de su bronca ferocidad, de su ambigua mansedumbre.
Cuando Rodríguez Tosca reflexiona en su poema Los extraños sobre la palabra, sobre su condición de puente tendido pero a la vez de puente cercenado y recuerda que “de niños/ nos enseñan los grandes/ que con extraños no se habla”, uno como lector se puede preguntar si no se trata de una amputación prematura del otro, si no hablar con extraños es una forma de no hablar con nuestro adentro, ya que el primer extraño que se conoce en el mundo es uno mismo. Por eso viene tan bien en su libro la sentencia de esa magistral mujer y poetisa norteamericana, Denise Levertov, que en su ensayo El poeta en el mundo afirma que “escribir es escuchar”.
Sólo quien sabe escucharse, quien sabe traducirse a sí mismo, podrá escuchar a los demás y podrá traducirlos. Cuando el poeta lo logra es quizá cuando se produce el hecho estético, cuando logra anidar en la parte del otro que hace suya, o viceversa.
Todo esto lo leo de manera muy clara, cenital, en Escrito sobre el hielo. Su gusto por la fragmentación, tan caro para Apollinaire, para Nietzshe o para Kafka, desde expresiones diversas, su manera de verse en un sucediendo, “cada día el que soy/ traiciona al que fui./ El que fui/ traiciona al que seré./ Cada día/ de traición en traición/ avanzo”, es algo que me remite al autor de Así hablaba Zaratustra cuando afirma que “la serpiente que no logra cambiar de piel, perece” y que de la misma manera “la almas que no saben mudar de opinión dejan de ser almas”.
No es esta una poesía suave, edulcorada, mesiánica ni complaciente. Es un tour de force, una demostración de fuerza en la captura de imágenes provenientes de la multiplicidad del mundo. Hay en todo esto una almendra amarga. Una visión dura que se hace soportable por el grado de ironía que desaloja el dolor y la miseria humana.
Es una valiente y riesgosa poesía que en su aspecto más visible me recuerda al formidable viejo anarquista George Orwell, cuando afirma que “si la libertad significa algo, es el derecho de decir a los demás lo que no quieren oír”.
Uno de los poemas más inquietantes de este libro es precisamente el titulado Pandemónium de la libertad, donde un hombre se pregunta tras las rejas cuál es el prisionero y cuál el hombre libre, como en aquellos versos de un poeta colombiano que dice que “el tigre lleva en la piel los barrotes de su jaula”.
La poesía de Alberto Rodríguez Tosca ha sido celebrada así por dos coetáneos y compatriotas suyos, nuestros amigos Jorge Luis Arcos y Ramón Fernández Larrea. El primero habla de una poesía “más reflexiva que lírica, que ha expresado los problemas existenciales del hombre frente a la historia, los conflictos de identidad del hombre contemporáneo” y el segundo lo califica como “uno de los más sólidos testimonios líricos de mi generación”.
En este libro que hoy celebramos hay poemas fechados en Artemisa en 1983 y en 1988 y poemas escritos en Bogotá en 1994, con lo cual queda claro el lento trasegar de Rodríguez Tosca, la lenta digestión de sus palabras.
Hace doce años que el poeta vive en Colombia, en una suma de calendarios que en términos electorales son tres períodos presidenciales y que en términos de resistencia son un rebaño de ásperos días en el arte nacional de pedalear en una bicicleta estática. Sus poemas son huellas y señales de vida, el gesto de quien, desde su soledad, sabe que “toda la dicha está en una cabina de teléfono”.
Hoy lo festejamos, apenas hoy, con su primera publicación colombiana, devolviéndole de manera morosa pero sobre todo amorosa, un poco de lo que nos ha entregado.
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