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- Consuelo -susurró mientras la falda descendía hasta cubrirle las rodillas-.
- ¿Cuándo nos volveremos a ver?
- Mañana -gritó Consuelo, que ya había echado a correr.
- ¿A la misma hora?
- Sí -se escuchó su voz desde detrás de un macizo de cañabravas.
La vida de Baldomero Iznaga había tomado un rumbo que desfiguraba sus antiguos objetivos. La embriaguez emanada de aquel amor imprevisto le desordenó la imaginación a tal extremo que, apenas se enfrentó a solas con sus nuevos sentimientos, se contempló aturdido por necesidades desconocidas. Le entraban deseos desaforados de volver al río a cualquier hora, incluidas las de la noche, sabiendo que no iba a encontrarse con ella. Lo asaltaban unas urgentes ganas atolondradas de tumbarse boca arriba sobre la misma hierba que compartió con ella para observar la ruta que ahora tomaban las nubes vagabundas y escuchar a su alrededor el zurear de las palomas. Experimentaba el acoso de pretensiones que no quería satisfacer para no hacer el ridículo delante de sí mismo, propósitos irreflexivos como deshojar una flor encontrada al borde del camino para arrancar sus pétalos uno a uno con el deliberado designio de que el último le dijera que sí, que a la misma hora de la primera vez ella estaría emergiendo de las aguas y esperándolo.
Durante el curso de los nueve días posteriores a su encuentro con Consuelo, Baldomero hubiera querido informarse sobre los hábitos contraídos por una persona después de haber hecho el amor por primera vez, para constatar que lo que ocurría en su corazón incontrolable no lo estaba arrastrando al abismo sin fondo de la locura, para averiguar si era rigurosamente normal, por ejemplo, escuchar que las hojas caídas de los árboles crujían porque los pies ausentes de Consuelo las hollaban. Pero las respuestas que solicitaba no estaban al alcance de sus posibilidades más cercanas, pues entre sus pertenencias no existía un solo libro que pudiera consultar, ni en todo el caserío iba a encontrar un vecino a quien hacerlo depositario de sus congojas y esperarle una opinión esclarecedora. Así que continuó acercándose todas las tardes a las márgenes del río para saciar sus apetencias de Consuelo, como un sonámbulo, sin hacerle una sola recomendación a su destino ni preguntarse por qué se sentía más indefenso que nunca antes y hasta cuándo. Pero durante las horas mas encarnizadas del décimo día, en un momento que más tarde calificaría de providencial, le cedió el paso a las reflexiones irrebatibles de que sólo nueve días antes Consuelo no existía en su pasado y sin embargo se había posesionado en tan breve tiempo de su futuro. Ese único pensamiento lo estremeció. Todo lo que él había hecho hasta entonces estaba fundado en la certeza de que nunca se dejaría arrancar de las manos las riendas del porvenir. Pero Consuelo lo había conseguido. Recordó la frase escuchada en boca de su padre: el tiempo ha sido creado para modificar los acontecimientos. Lo reconoció: ya él no era él. Consuelo había necesitado apenas nueve días para torcerle la ruta de desapego que había asumido desde que abandonó El Toro con la consigna de ser tan independiente como lo tenía previsto. Siguiendo el hilo de sus deducciones se dijo que en varias oportunidades sufrió alguna que otra derrota pero siempre había alcanzado la victoria después de una llamarada de inspiración que le permitía aprovechar las virtudes transformadoras del tiempo. Igual que el tiempo había permitido que Consuelo existiera para modificar con una sola caricia todas sus costumbres, podía ahora sacarla sin grandes esfuerzos de su vida si establecía una alianza con el tiempo y acudía a la redonda fórmula perfecta de imaginar que, con el paso de los años, Consuelo dejaría de ser aquella mujer joven y bella para convertirse en una anciana con los magros senos mancillados por las arrugas.
Baldomero no ignoraba que se había enamorado de Consuelo hasta las fronteras del desatino, y que eso era lo mejor que podía ocurrirle a cualquiera en este mundo, menos a él que estaba comprometido desde siempre con la empresa personal de sofocar las urgencias de su cuerpo. Sin embargo, por mucho empeño que ponía no lograba apartar a Consuelo un solo instante de su mente. Una noche, con el delirio de la pasión en carne viva, abandonó la cama y se asomó a la ventana para contemplar el cielo cuajado de estrellas, y estuvo a punto de rendirse a la evidencia y confirmar lo que la sabiduría popular había decretado: después de descubrir la intensidad en un cuerpo adherido al de uno, no hay manera de darle marcha atrás a los apetitos desatados. Frunció las cejas y apretó los dientes mientras se vaticinó que sólo necesitaba apelar a las grandes reservas de su voluntad para negar que Consuelo alguna vez existió, para apagar el incendio que Consuelo había avivado tarde a tarde y beso a beso junto a las márgenes del río. Cuando regresó a la cama ya lo había decidido: apenas despuntara el día iba a introducir lo más imprescindible en su mochila: la navaja de afeitar, un par de calcetines roídos por el uso, camisa y pantalón, y las llaves de la casa natal por si algún día sentía el pálpito de regresar, que era la opción menos probable. En horas de la tarde le anunciaría a Consuelo los pormenores de su nueva biografía. Sin que le temblara la voz, mientras dejaba de mirarla con profundidad a los ojos, iba a decirle que estaba en la necesidad de ausentarse de El Toro para darle cumplimiento a varios proyectos que desde mucho atrás había venido postergando.
- Si no me voy ahora -dijo- talvez nunca lograré reunir fuerzas para hacerlo.
- ¿Qué vas a hacer?
- Tengo varias ideas
- ¿Se puede saber alguna de ellas?
- Son tres o cuatro. Estoy sopesándolas.
- Pero, ¿por cuál te vas a decidir?
- Mira que eres preguntona, muchacha.
Consuelo alzó la vista, atraída por algunas ráfagas de fuego que surcaban el cielo del atardecer, y atisbó un pájaro carpintero, allá en lo alto, ennegrecido y persistente, que horadaba con su pico el tronco de una palma real. Regresó a la puntera de sus zapatos, dominada por un presagio de desolación.
- Tengo miedo de que sea la última vez -dijo como si no estuviera persuadida de lo que iba a ocurrir.
- No hay última vez, muchacha. Métetelo en la cabeza. El sol siempre sale -ocultó el resto de la frase escuchada en boca de su abuelo pero por el mismo lugar. Pensó que era mejor persona omitiéndolo. Se echó la mochila a la espalda.
- Me hiciste muy feliz -dijo mientras agitaba la mano aérea por encima de su cabeza en señal de despedida, antes de volverse y encarrilar el terraplén en dirección al lomerío que servía de telón de fondo al horizonte. No me dejó siquiera un beso antes de irse, fue lo único que Consuelo atinó a pensar cuando la figura cada vez más diminuta empezaba a ser devorada por la noche.
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