

Nunca imaginé que con el tiempo me convertiría en un profesional del crimen, ni aceptaría proposiciones para hacer estallar un avión en pleno vuelo, ni saludaría en el aeropuerto a algunos de mis compañeros de viaje que morirían inevitablemente a los pocos minutos, porque alguien habría colocado la cantidad de explosivo necesario en el baño, dejar allí la carga sin adivinar quién lo hará o lo saben y lo ocultan siempre, saber, a fin de cuentas, cuando ya todo ha ocurrido y ellos van por su paga.
Soy capaz de reconocer en cualquier sitio a quienes simulan una calma que no llevan y fingen para que no se les descubran sus propósitos o al menos creo adivinar tras esa calma la procesión que va por dentro, el oficio de ocultarse de los demás y de sí mismos. No hay opciones. Se creyó más en la farándulas de los filmes o las novelas que en las consecuencias, o se prefiere la muerte de otros a la de uno o se llega a comprender que la vida del hombre pende de un hilo demasiado fino para creer que no estamos expuestos a la muerte o al crimen de otros o al ajuste de cuentas de quienes nos vigilan y ya no hay sitio para uno que no sea ocultarse o continuar matando, fingir esa cantidad de rostros distintos en cada viaje, en cada uno de los aeropuertos a los que uno llega con su rostro de conocedor de mundos, con la indiferencia de quien viaja mucho y no de quien ha dejado las cargas para explotar y solo es cuestión de tiempo y ya nada puede evitarlo y toma un taxi y calcula el tiempo en que el avión aún permanece en el aire.
Los minutos que quedan de esas vidas y por lo tanto aún no están muertos, aún viven. Pero ya no hay arrepentimientos ni mala conciencia como alguien puede creer, porque es solo un trabajo y uno ha sido ese alguien que ahora entrega sus documentos en una carpeta de hotel y ve el trasiego de los huéspedes y no saben que el señor que llega es el mismo que ha dejado una bomba, de saberlo se espantarían y acabarían con mi vida y dirían no merece otra cosa que la muerte y sin embargo se muestran solícitos, me sonríen en los ascensores o en las puertas y me ceden el paso o yo cedo el paso y sonrío y digo buenas tardes o buenas noches y solicito un escocés como siempre, un escocés doble con hielo, en un vaso alto.
La humedad pegajosa del alcohol, la mirada fría de ciertas mujeres de bares como si calcularan la posibilidad de un romance provechoso, no hay nada de anormal en los encuentros de uno en un bar o en quien tocase unas piezas melancólicas desde un piano, un tipo con cara de mejor fortuna, con el pelo largo estilo años sesenta como si su figura se hubiera estaqueado y no tuviera que ver con los años siguientes, siendo lo que es, se gana la vida interpretando piezas de Los Bravos o Los Mustangs y quedó en aquel sitio y quizás se crea uno de ellos y con sus amigos se jacte de aquel tiempo sin comprender que ha quedado tan lejos.
He sentido a veces un poco de lástima de esos tipos con sus ropas demasiado vistosas y la creencia de que todos los escuchamos con deleite cuando muchos ni siquiera lo oyen, ni les importa, y les resbala cuanto pueda suceder a su alrededor porque beben para olvidar algún escarnio o alguna muerte o muchas, pero yo entonces no he tenido noticias del siniestro y prefiero suponer que aún no ha explotado, sé que explotará y es una carga suficientemente grande para que no haya testigos y ya no me importará otro asunto que la explosión y las noticias de los cables me demuestren que ha ocurrido, pero cómo puede haber sucedido, cómo puede haber gente así, dicen por el periódico o declaran que las vidas de los autores del siniestro deberían pagar con sus vidas o mucho más si fuera posible, porque una vida no es mucho, ni es un cambio posible, aún no, aún no ocurre y mientras es aún no otras cosas ocurren en las casas de esas personas que están por morir y aún no mueren y los familiares hacen planes para cuando venga Carlos, lo recibiremos de este modo, quizás hay un cerdo a la espera, los cubanos suelen celebrar con cerdos asados, esas comidas, con demasiada grasa, esa algazara, cuando llegue Makenzie, las gentes en sus casas o en las calles de esos pueblos sin saber lo que ocurriría, no ocurre aún aunque ya haya ocurrido, no ocurre porque no se sabe o está por ocurrir cuando miro el reloj y digo falta poco y puedo suponer lo que se dicen allá en el avión, los vi chequear sus equipajes y pasar por aduana y sentarse y hacer grupos y hablar alto, como suelen hacer los grupos eufóricos, aún traen las medallas en sus pechos y sus uniformes de colorines, aún son los campeones de esgrima, hablan de sus momentos más tensos, se relajan de las competencias y creen que llegarán a destino y yo sé que es aún no, que hubo un antes, la decisión de alguien para que no ocurriera, el brazo invisible de quienes me contratan con antelación y ya no importa cuál sería el resultado de las competencias, sólo el hecho de esas muertes, sólo el odio que no se cansa en el pecho de alguien capaz de indicarlo como parte de una guerra, uno viaja y no sabe que lo matan, que ya está muerto con solo chequear su boleto y subir al avión porque es lo que alguien desea y lo cumple, hay otros que esperan, no importa demasiado quienes son o importa en ocasiones o se sacrifican los que nada tienen que ver porque nadie es inocente o por el odio demasiado fuerte o porque debe ocurrir y es preciso que esté para una entrevista en lugares muy apartados y sin nadie para declarar, sin nadie que sospeche que se prepara, todo un entramado de sigilos y de argucias, un mundo oscuro que se mueve por donde mismo se mueven otros sin saber que son parte de las escaramuzas de los otros, alguien comprueba fechas y rutas y estados de las competencias y nombres de pasajeros, dice ahí va o no importa si con ese viajan cientos de inocentes, porque ahí va quien debe ir y morir y los otros son una carga adicional y no importa o ya no importa o uno se lo dice, bebe su escocés doble, sigue aún bebiendo lentamente y mira el reloj con disimulo en la semipenumbra y sabe, aún no pero es, ya no tiene dudas si lo ha hecho otras veces y siempre resultó, extienden un cheque o aún pagan en billetes recién estrenados, lo entregan para mostrar la buena fe del proyecto y dicen es que somos los enemigos del régimen y ellos deben pagar o no hablan o ya hablaron bastante sobre el asunto y creen que uno debe acatar porque siempre acató y recibió los billetes y selló con ello la muerte de los otros y al parecer hay decenas para comprobar que se haga el trabajo, para que se siga a quien ha de hacerlo, para auxiliarlo o demostrarle que tendrá la obligación de ser el brazo ejecutor desde el momento en que recibe los billetes y las instrucciones y ya no hay nada como hacer volar en pedazos el vuelo tal y para ello debes ir a tal sitio, debes entrar a tales lugares y no debes comunicarte con nosotros sino nosotros contigo, y esos nosotros deben ser los rostros visibles y el lugar visible, pero nunca se dejan ver los verdaderos, nunca das con los que planearon los detalles, los que creyeron que sería muy conveniente que un avión explotara en medio del vuelo, antes viajaba de un sitio a otro convencido de que no iba a suceder algo así, pero desde entonces viajo a sabiendas de que puede ocurrir y a veces creo que ya ocurrió y lo que pienso lo hago después de mi muerte porque ya salté en pedazos y ya no soy quien era, en efecto, puedo darme cuenta de que no soy el mismo, no soy al menos el que antes conocieron muchas personas que creyeron que jamás haría algo así, pero en el ejército comencé a sentirme atraído por los explosivos y aprendí de ellos desde el primer día.
Me he vuelto a ver millones de veces cuando era un simple soldado y me entregan una granada que explotará en segundos, tengo una granada de mano y no tiene el aspecto de arma mortífera sino es un pequeño artefacto de un peso normal y sin embargo ya sé que tengo que soltarla o volaremos, me preguntaba entonces por qué no la hice explotar solo atrás para que mis compañeros de ejército desaparecieran, para que el instructor también se convirtiera en polvo, pero nunca lo hice, me sentía eufórico mientras lanzaba las granadas que explotaban a cierta distancia, retumbaba aquello en mis oídos y con cierto miedo me reincorporaba después de ver los desastres que provocaba.
No creo que haya una relación proporcional entre mis días en el ejército y la profesión, pero sí en el placer que sentía cuando veía saltar las piedras y uno sabe que es el artefacto, después pasamos varios cursos de explosivos, pero muchos no estuvieron tan atentos, lo hacían para huir del resto de las obligaciones militares, de los abusos de los jefes de compañía, de la insidia de esas órdenes pueriles, de la abulia de un día tras otro y yo preferí aprender cuanto pudiera, como si en lo más oscuro de mi vida estuviera prefijado que me ocuparía de algo semejante, entonces no lo supe o no quise saber que me entrenaba para matar, como ciertamente nos dicen cuando nos enseñan y que prefieren la paz a la guerra, pero al enemigo hay que exterminarlo, no sabía que haría nada de aquello, pero intuía que no sería otra cosa, ni siquiera es una profesión de la que uno pueda ufanarse como la de los cineastas o los escritores o los artistas o los médicos y aún los militares de altos rangos o los asaltantes de bancos o los deportistas, nadie suele colocar su nombre para ofrecer sus servicios, sino que se deja convencer por cifras escalofriantes y va matando sin que le duela, sin pensar en los familiares o en la vida trunca de quien muere en pleno vuelo, aún no, me dije.
Mientras paladeaba mi escocés, aquel tipo con alma de los sesenta creía comerse al mundo sin saber que ya había colocado la bomba, no era tan difícil como puede creerse, es realizar las operaciones con rapidez y un poco de calma sentado en el baño, la colocación en el tiempo requerido, sin miedo, sin otro pensamiento que terminar cuanto antes y dejar que el reloj avance, un mero objeto dejado al descuido bajo el asiento, un pequeño paquete, un envoltorio de periódico que alguien se deja y nadie se percataría porque no hay tiempo para percatarse, simplemente he chequeado mi equipaje y he pasado a la sala de espera y los he visto y me he mantenido al margen y ellos me han mirado, pero nunca con cara de sorpresa, es un simple viajero, soy el viajero como otros que también abordarán el mismo vuelo y luego todo es tan rutinario, tan normal, los ajustes de la maquinaria hasta que se produzca.
Me bajé y aún tuve un gesto de cortesía para quien me miraba, no sabes que es tu última hora, nadie podía adivinarlo y luego era solo cuestión de tiempo, pero si ellos definitivamente morirían, solo les adelantaba la fecha y cobraba por ello, pero no disfrutaba más que del trabajo realizado, nunca de las muertes, hasta ahora no pensé mucho en el dolor ajeno ni en el odio del prójimo, hasta ahora bebí mi escocés en una barra y miré a aquel pobre tipo onda retro. Al pobre tipo al que quizás le dieran por el culo, pues tenía ciertas maneras, ciertas caídas de ojos, seguramente se pincha en algún sitio y vive en un apartamento de solitario, acaso sienta un poco de lástima por aquel que chapurrea en el piano y ahora, a petición de alguien, canta, entonces no había hecho mi primer trabajo, sé que pensé, y quizás no había empezado en el ejército, sino mucho después, cuando se les oía menos por algunos sitios, no estaba en campos de entrenamientos con la fiebre de los comandos, de los grandes escaladores, ni me habían entrado las obsesiones por hacerme experto en explosivos y aún me importaba ese tipo de vida insomne y veía con arrobo filmes bobalicones y creía en ideologías y opiniones políticas, después me fueron indiferentes y sólo hice mi trabajo y al escuchar al gay de los sesenta mientras tocaba ya no me fijé en sus ropas de negro reluciente, ni en su pelo largo pintado de amarillo, ni en sus ademanes escandalosos como si viviera aquellos tiempos y quizás lo hacía de veras, pero de lo que estaba seguro es que aquel tipo no habría matado jamás a nadie, ni tendría valor para ello, ni se imaginaría que ahora tocaba también para un profesional que no tiene más cara que la de un buen señor con algún dinero o un problema o quizás espera a alguien, pero no da bola con nadie, no quiere hablar sobre nada porque seguramente es de los tipos hoscos de los bares.
Concluí el escocés doble con cierta prisa y exigí otro al barman que me lo ofreció con la solícita y mentirosa humildad de los barman que esperan una buena propina y la trabajan con una docilidad ficticia, un aire de qué desea el señor y no sabe que sirve a quien acaba de colocar la bomba, se irá al concluir su servicio esta noche y se acostará sin enterarse de lo que ha ocurrido o se lamentará de que hechos así sucedan, un barman flaco y de nariz larga y vestido con el uniforme con toda corrección, un barman que intenta no mirarme o me mira un instante porque nunca sabrá quienes son sus parroquianos a pesar de que se entrena en ello, solo sirve y sirve y se apresta y llega molido a casa con una mujer que antes fue hermosa y ya no lo es y le ha dado hijos que duermen en las habitaciones contiguas, un barman que quizás nunca quiso ser barman como otros no quisieron ser otra cosa y lo son y pagan por no ser lo que han querido, pero cuando llegue esta noche, molido de estar casi todo el tiempo de pie y de un sitio para otro preparando los tragos que piden los parroquianos y soportando incluso insolencias o historias que para nada le importan, ha ocurrido aquello que es importante para otros y aún para él mismo.
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