Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Mayo 2007. Antilde;o uno. Número uno

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
otrolunes.com >> Sumario >> Unos Escriben

El hueco

Guillermo Vidal
Cuento (fragmento)

"Alto", dijo una voz y los tres jóvenes se sintieron perdidos. Habían hablado mucho del alzamiento como quien juega –acaso aún jugaban– pero estaban ansiosos por alzarse y de ello habían hablado en los últimos días y se habían despedido de sus novias (dos) o de su enamorada, el tercero, para cuando regresaran triunfantes.

Todo el mundo hablaba en rumor de los alzados que vendrían para liberar el país y algunos se soñaron entre los alzados que andarían a campo traviesa en territorios libres, con sus barbas negrísimas y sus pelos largos amarrados a la espalda y sus uniformes verdeolivos con insignias del 26, tipos duros que ellos pensaron encontrar para solicitarles que los incluyeran a la tropa, que ya nada podría separarlos hasta que regresaran entre la algarabía de los triunfadores.

Sólo habían obtenido un arma, un revólver muy viejo y unas pocas balas que les habían comprado a un señor del barrio, un antiguo policía de otros gobiernos que no dejó de mirarlos con cierta burla.

Así habían salido esa madrugada y ya era casi de noche cuando los sorprendieron.

"Alto" gritó nuevamente la voz y ahora los veían acercarse y quizás no había mucho que hacer, de un momento a otro los registrarían y encontrarían el revólver y ya no iban a creer que andaban de cacería. No iban a creer otra cosa que se trataba de jóvenes revolucionarios.

"Qué, ¿nos los llevamos?" (en realidad había dicho ¿queinojlo llevamo?) era un guardia de piel marrón, un tipo con cara de guajiro, pero un guajiro con muy mala estampa.

"Pero si son pichones de alzados" dijo el otro, flaco, blanco, bigoticos, ojos claros, alguien que parecía el jefe.

"queinojlo afrijolamoaestos?"

Los otros ( cinco) estaban algo más lejos, pero se acercaron y en un instante encontraron el revólver.

"lo afrijolamos a etos?”

"adónde creen que iban" dijo el bigotes.

"pensamos cazar algo y no hemos podido"

"porque no son de aquí" dijo el bigotes, "sino de mucho más lejos, del pueblo".

"ujú"

"y no saben que un poco más allá están los alzaos"

"ujú", cagadísimos, sabiendo lo que se decía de ellos, detienen, torturan, matan y ya nadie sabe más de uno.

"tal y como me habían dicho así fue" dijo el bigotes mientras se iba poniendo rojo aún en la semipenumbra.

"unos ahí van a alzarse de seguro, jefe"

"tú estás seguro que no on unos comemierdas"

"comemierdas y to se están alzando ahora mismo"

"y era cierto lo que me dijeron y también lo del revólver que traían"

"es que..."

"¿lo afrijolamos?"

"uno sólo es el que trae revólver y son unos vainas, jefe"

" no me importa, si los dejas llegar, luego nos matan si les damos tiempo"

"entonces lo hacemos y ya" dijo un tercero, porque se estaba haciendo de noche y podían venir alzados.

"hay veces que hay alzados por allá mismos" dice otro.

"se está haciendo tarde" dice el bigotes, " a ver si son tan machitos como creen".

" ¿loj jodemos to, jefe?

Los tenían de espaldas, amarrados con sogas y habían comenzado a golpearlos.

" ay"

"ayayyayayayayayayayayayayay"

"mire que pendejitos me han saldido"

"suéltennos"

Les golpeaban por todas partes y ya estaba en el suelo, doblados y ya eran levantados y estaban quejosos, con rabia y miedo, porque sabían. Si los alzados vinieran a liberarlos.

Pero no vinieron. No estaban por allí esa noche, sólo la luna en cuarto menguante, una simple hilacha de luna cuando los golpeaban.

"¿quei si lo jodemos to?

"eso no, eso no" gritó uno de ellos cuando vio la cuchilla en los huevos.

"mejor salimos de una vez que se hace tarde"

"caminen"

"qué nos van a hacer"

"caminen, maricones"

Caminaban adoloridos, a empellones, a culatazos, a burlas.

" horasi loj afrijolamos"

Los pusieron de espaldas frente a un hueco.

"nos van a matar" gritó uno de ellos.

" viva la revolución, cojones", dijo uno de ellos cuando se sintieron morir.

"por pendejos", dijo el bigotes, y vio que allí estaban los tres, en el hueco.

"no es muy hondo" dijo el bigotes, pero ya no van a salir.

"no me dejó hacerle unas marcas, jefe"

El bigotes lo miró con asco.

"tápenlos", dijo "nadie vio, nadie supo, nadie se ha enterado de qué han sido los tiros.

"siempre hay intrusos, jefecito."

"vamos" dijo el bigotes y fueron en busca del jeep y ya no regresaron más al lugar.

Todo estaba demasiado oscuro y no comprendía lo que le estaba pasando, le dolía todo el cuerpo y comenzaba a sentir que se asfixiaba, que ya no podía más, que había despertado del letargo de la muerte y estaba herido, tan herido que no podría con la tierra fangosa que lo cubría.

Desesperado se dio cuenta de que estaba junto a los otros que ya no se movían y que él de un momento a otro moriría igual, sólo que no había muerto aún, porque lo habían dejado medio muerto, con aquellos balazos por todas partes.

No tenía tiempo más que para quitarse la tierra de encima y salir, pero cada vez se sentía más incrustado en la tierra fangosa, cada vez era más trabajoso mover las manos agarrotadas y heridas.

Así y todo había empezado a quitarse la tierra de encima y que podía respirar mucho mejor.

Estuvo aún medio asfixiado hasta que logró sacar una mano de entre la tierra, una mano sola, con un hombre herido allá al fondo, una mano que busca un asidero y lo encuentra.

Salió a la noche como si fuera un monstruo de sangre y fango, alguien que venía del más allá, donde estaban los otros tan bien muertos.

No podía llorar a los suyos porque era tiempo de huir, de buscar una ayuda en medio de la noche, una ayuda que lo calmara y le dijera que podía vivir, porque ahora quería vivir y ya no era el mismo de antes, quería vivir por los otros, los que no habían vivido, los que estaban más allá del valor y del miedo y ahora nada sentían.

Sintió envidia de los muertos, porque ya no tenían que seguir, ni tendrían miedo jamás, ni dolor, ni se pondrían viejos, ni estarían ahora mirando la hilacha de luna a lo lejos.

Se arrastró como pudo, quejoso, con la sed de quien tiene una fiebre enloquecedora y se vio a sí mismo hablando con Dios.

Dios estaba en lo alto, le decía, hijo, le decía aún no es el tiempo, hijo.

Despertó, o creyó despertar cuando escuchó unas voces a su lado.

"Dios mío, cómo llegó hasta aquí"

Despertó varias veces aún y deliraba

"Es un joven rebelde" dijo alguien.

" No es un joven rebelde, no ves que no lleva uniforme"

"De los que se alzan y los matan"

"Esos fueron los tiros"

Tenía ganas de decirles que había otros y quizás aún estaban vivos, pero sabía que era sólo.

"Allá" dijo y habría querido hablar.

Lo habían bañado sin que lo supiera y le habían puesto ropas limpias de alguien, ropas muy pobres.

Nunca supo cuántos días había estado así.

Después ya estaba curado y triste, porque así no podría ir a los montes.

"No me van a aceptar así"

Era un matrimonio de viejos y una joven.

Los viejos tenían las caras llenas de mil arrugas y los ojos claros.

O él lo creyó en medio de la niebla de la convalecencia.

"Gracias" dijo, le había salido de muy adentro.

"Ya está mejor" dijo el viejo "pero aquí no está seguro, vienen y lo desgracian cualquier día"

"Mañana lo vienen a buscar para llevarlo con los alzados"

O es que aún estaba en el hueco. O es que se iba a morir de la asfixia y no había más que el tiempo de la muerte. O es que pataleaba en medio del hueco, cada vez más débil, o es que no había visto la hilacha de la luna, ni se había arrastrado, ni había escuchado las voces, o es que eran meras ensoñaciones. Porque nunca se sabe.

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"José Martí"

Damaris Betancourt. 2005

Sumario

Este Lunes

Política y religión en Cuba en los siglos XIX y XX

Leonel A. de la Cuesta

Discurso en defensa de Pavón

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Notas (para una conversación) sobre la diáspora cubana

Jorge Luis Arcos

La isla numerosa

Luis Manuel García

Desventuras de la "conciencia crítica" en la Cuba del "sí"

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La Rebelión de los Enfermos

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Lunes de Revolución y la Revolución de Lunes

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Noticias sobre el día después. Primera parte: La isla

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Gastón Baquero, conciliador y discrepante

León de la Hoz

Otro lunes Conversa

Con José Lorenzo Fuentes

El hombre tranquilo

No hay última vez

Cuento inédito de J. L. Fuentes

Punto de mira

Exilio: ¿ruptura o continuidad?

Antonio Álvarez Gil

Armando de Armas

Joel Franz Rosell

Odette Alonso Yodú

Ricardo Ortega Nápoles

Cuarto de visita

"La humanidad tiene un contrato de fe"

Entrevista al escritor albanés Arian Leka

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La serpiente de la casa

Fragmento de novela de Arian Leka

Unos escriben

Guillermo Vidal

Otros miran

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En la misma orilla

Omisiones, olvidos

Félix Luis Viera

Conjuro para fundir la nieve...

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¿Seremos famosos Pepe?

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Escrito sobre el hielo

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Poemas

Libre-mente

Cuba: la escritura carcelaria

Rafael E. Saumell

Recycle

Los impedimentos de la literatura

George Orwell

De lunes a lunes

Carta abierta de Enmanuel Tornés

Carta de Santo Domingo

Librario

Pallá y Pacá

Mario G. de Mendoza

Fantasía roja

Iván de la Nuez

Todos los buitres y el tigre

José Luis Arzola

Palabras de mujer

Olga Connor

Otro lunes. Revista Digital. Tlf: +34 686 111 523. info@otrolunes.com
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